Una vez que Ana consiguió permanecer más de diez minutos seguidos sobre la burra sin que Sardinilla atentara contra su persona ni una sola vez y la enviara directa al suelo, a la chica le bastaron sólo unos pocos minutos más de viaje para llegar a tener una revelación trascendental. Un descubrimiento sobre las raíces mismas de la vida y el universo, sólo al alcance de unos pocos privilegiados… O bueno, puede ser que las molestias en sus nobilísimas posaderas provocadas por no estar acostumbrada a montar en tan excelente corcel le nublaran un poco el juicio, quizá, porque básicamente había descubierto que estos animales son unas criaturas fuertes, independientes, y un poco rebeldes. Vamos, que hacen lo que les da la real gana. O al menos, Sardinilla era así. Al principio, desde su inexperiencia Ana había intentado dirigirla para que girara en los momentos apropiados, o para que fuera más o menos rápido según el ritmo del resto de la Compañía; y lo más que había conseguido era que Sardinilla se parara cinco minutos enteros a un lado del camino mascando el pasto y mirando a una mariposa, para exasperación de los allí presentes. Así, como para demostrar quién mandaba de verdad en esa expedición. Al final, Ana había aceptado que su fiel montura era más cabezota que ciertos enanos incluso y se movía para dónde ella quería y cuando ella quería, sin remedio, así que llevaba la mayor parte del viaje tirada encima de la burra con la misma gracia que un saco de patatas, con la esperanza de que su cabalgadura siguiera al resto de animales y no la tirara al suelo más veces.
Eso sí, no tener que hacer nada le había dado tiempo para pensar. Es verdad que de vez en cuando la distraía la ocasional interrupción de Fili y Kili, quienes seguían empeñados en su misión diplomática de darle conversación cada vez que se les ocurría un nuevo tema que les pareciera de interés. Igual los pobres estaban un poco desesperados ya, o quizá es que a dos jóvenes e inocentes enanos prácticamente recién salidos de su roca natal les resulta difícil hablar con una exótica extranjera, pero el caso es que empezaban a tocar asuntos de rabiosa actualidad como los diferentes tonos de verde de las hojas y el tema estrella de las conversaciones incómodas, la meteorología. Incluso se habían embarcado en una apasionante discusión los distintos tipos de piedrecitas que se iban encontrando por el camino. Sólo les escuchaba a medias, pero podría jurar que en cierto momento estuvieron casi cinco minutos enteros discutiendo sobre el parecido con Dwalin de una roca que dejaron atrás en la vera del camino. Así y todo, Ana había llegado a dos conclusiones sobre su situación. La primera, si al final resultaba que estaba inmersa en un juego de rol gigantesco llevado por unos cuantos locos, antes o después se les tendría que acabar el presupuesto para decorados, caracterización y demás, así que lo mejor que podía hacer era seguir con ellos y al primer signo de civilización o se cansarían del juego, o ella huiría haciendo la croqueta si hacía falta. La segunda, si finalmente todo era un sueño, lo más apropiado parecía ser esperar a que se acabara sin más, de forma natural. Lo que se iba a reír Mat de ella cuando se lo contara.
Llegó un momento en que el vaivén del viaje en burra y no tener nada más que hacer empezó a adormecer a nuestra expertísima amazona. Así que ahí estaba ella, sumida en sus cavilaciones, tan tranquila y medio ajena al resto del mundo cuando el sereno discurrir de sus pensamientos se vio interrumpido bastante bruscamente (y de forma ciertamente maleducada, por qué no decirlo) por dos acontecimientos. El primero fue la llegada de cierto hobbit a todo correr gritando algo como "¡Esperad! ¡Lo he firmado!". Justo cuando el pensamiento a medio formar de que Qué puñetas me importan a mí los asuntos legales de la gente empezaba a cruzar lánguidamente su mente, un segundo acontecimiento la mar de impactante acabó de despertarla. Un acontecimiento, en concreto, en forma de bolsa de monedas viajando a toda velocidad justito hacia su cara.
Quizá, si Ana hubiera sido una Sue hecha y derecha, habría desarrollado unos reflejos sobrehumanos de la nada y esquivado la bolsa, así, de repente. O quizá hubiera descubierto en el momento justo, en medio del subidón de adrenalina que dan situaciones de vida o muerte a la altura de esquivar una bolsa, que poseía unos poderes fantásticos la mar de útiles otorgados por los mísmisimos Valar, por qué no, para su misión en la Tierra Media. De tipo, pongamos, parar el tiempo, que cosas más raras se han visto en el aterrador mundo del fanfiction. Pero, desafortunadamente para ella, la única misión que tenían los Valar en mente era la de echarse unas risas a su costa, y Ana seguía siendo simplemente Ana, pues la MMS no le daba ninguna ventaja especial a ella ya que sólo afectaba a los de su alrededor.
Así que vio acercarse, sin ralentización dramática ni nada, el fatídico saquito. Y, dado que unos buenos reflejos nunca habían sido una de sus virtudes, su nariz recibió amablemente el impacto, acompañándolo de un crujido de pura alegría (y no porque hubiera algo roto, para nada). Es decir, que ya que no había desayunado, se comió una buena ración de dinero enterita, para ella sola. Y en esta situación, tuvo una reacción completamente normal y desde luego, nada desproporcionada:
- ¡Me cago en todo! ¿Quién co** ha sido, eh? ¿Quién? ¡Juro que os mato, jo***! ¡Hijos de ****!
En ese momento se formó un cierto vacío a su alrededor, un radio de seguridad, porque tanto el hobbit como los enanos sabían reconocer a una moza cabreada cuando la veían. Sobre todo cuando usaba un lenguaje tan colorido, por así decirlo. Olvidando por el momento sus apuestas, ninguno de ellos dijo ni una palabra, ya fuera porque no sabían quién era el culpable, porque no querían reconocerlo (los muy cobardes), o porque seguían sin aliento después de incorporarse a toda prisa a la aventura (sí, Bilbo, todos sabemos que nunca estuviste en forma).
El silencio se extendía, y todos ahí sin saber qué hacer. Ana, en vez de calmarse, cada vez se ponía más furiosa al ver que todos la ignoraban. Justo en el punto álgido de su rabia, justito en ese momento, Thorin, que iba a la cabeza de la expedición y por lo tanto las novedades le llegaban con un poco de retraso, dijo:
- Dadle un poni al hobbit y continuemos, no hay tiempo que perder.
Tal cual, pasando de ella tan regiamente, con clase, como un señor. Así las cosas, Ana no pudo más y sintió el deseo irrefrenable de desatar toda su ira de un solo golpe, contra Thorin como único objetivo porque él había sido la gota que colmaba el vaso. Así como idea igual no es la mejor de la historia, pero el enfado hacía que a Ana le importara todo un comino. Dándose cuenta de que la bolsa había caído de su cara a su regazo, la recogió y, reuniendo todas sus fuerzas apuntó directamente al cogote de Thorin…
Las consecuencias podrían haber sido terribles. Porque al fin y al cabo, tenemos entre manos a un enano que no pasa por alto fácilmente las ofensas reales o imaginarias, como todos sabéis. Y aún no llevaba el suficiente tiempo bajo el dañino influjo de la MMS como para perdonar según qué cosas. Si los hechos hubieran ocurrido de otra manera, probablemente habría mandado a freír espárragos a Ana y nuestra historia acabaría aquí, para su alivio y nuestra desgracia.
Por fortuna, la bolsa pasó de largo a su objetivo con un amplio margen de varios metros y fue a aterrizar entre un grupito de arbustos, donde asustó de por vida a una familia de ardillas, que nunca volvieron a ser las mismas. Ya sea por la inocente intervención del viento, porque los Valar no querían que se acabara la fiesta tan pronto, o simplemente porque Ana tenía menos puntería que un borracho, Thorin salió ileso y sin darse cuenta de nada.
Es curioso como los acontecimientos más insignificantes pueden tener consecuencias inesperadas. En este caso, la Compañía se quedó patidifusa al ver que Ana se echaba a llorar como una magdalena, berreando entre lágrima y lágrima:
- ¡Nada me sale bien! ¡Buaahhh! ¡¿Por qué me pasan a mí estas cosas?! ¡Buaaahh! ¡Y encima sigo descalza, y llena de polvo! ¡Quiero una ducha! ¡Y zapatos! ¡Buaaahhh! ¡Y TENGO HAMBRE! ¡BUAAAHHH!
Algo de razón tenía, la pobre, que al fin y al cabo había sido insultada (sin querer), arrastrada a una misión en contra de su voluntad, perseguida por una hobbit que a pesar de su apariencia adorable metía unos escobazos que ríete tú de la lucha libre, abrumada por las atenciones de un montón de enanos, tirada varias veces al suelo por su burra llenándose en el proceso de polvo y arañazos, y recibido un bolsazo en toda la nariz que es posible que se la dejara torcida para siempre. Todo esto, en menos de un día, y por si fuera poco en pijama, descalza, y sin haber comido más que unos pastelillos (¡inaceptable!). Así que al final la tensión tenía que salir por alguna parte.
La Compañía estaba petrificada. Podían enfrentarse con hordas de orcos si hacía falta, pero dales una mujer llorando y se vienen abajo. Como no tenían muy claro qué hacer exactamente en estas situaciones, Balin, siempre tan diplomático, se acercó, le dio un par de palmaditas incómodas en la espalda y se aferró a lo único que veía que podía solucionar:
- No se preocupe, señorita Sissí…
Aquí Ana le miró tan mal que tuvo que rectificar.
- Señorita Ana, quería decir, claro. Aquí tiene, un poco de pan para esa hambre. Y en cuanto a sus pies, podemos encontrarle unas buenas botas y ropa más adecuada por el camino, ya que estamos. Todo irá bien, señorita, ya lo verá.
Más majo que las pesetas, Balin. Sin embargo, Ana no se lo tomó de la forma correcta:
- ¡JAMÁS! ¡No voy a dejar que encima me vistáis con lo que os dé la gana, como a una muñeca! ¡Lo que me faltaba ya, hombre!
Y allí se quedó, enfurruñada y cruzada de brazos sobre su poni. Afortunadamente, como Sardinilla hacía lo que le daba la real gana y en ese momento le apetecía avanzar, nadie tuvo que preocuparse por si la dejaban atrás.
En otro lugar del espacio-tiempo, los parroquianos del bar no quitaban ojo a la pantalla. Se ve que cuando hay crisis nerviosas la audiencia sube como la espuma, oiga, que estar más allá de la muerte al parecer no te libra de ser susceptible al morbo. Excepto por la ocasional risilla mal disimulada cada vez que sus ojos recaían en Thorin (que aún no entendía nada, el pobre, y lo achacaba a que los Valar son un tanto peculiares), a Manwë se le había pasado el ataque de risa y se había reincorporado hacía rato. También, y sin que sorprendiera a nadie, hasta Gandalf había vuelto a entrar discretamente porque su alma de maruja había podido más que su orgullo. De hecho, estaban todos tan pendientes de la pantalla y había tanta expectación en el ambiente, que eso estaba empezando a afectar al mago. Le daba caladas a su pipa con tanta rapidez por culpa de la tensión televisiva, que pronto la sala empezó a llenarse de humo a un ritmo alarmante. Para cuando Frodo casi se ahoga intentando únicamente respirar y la pantalla apenas podía verse por el humo, Manwë se hartó de tanta tontería:
- ¡A ver, gente! ¡Declaro desde ahora mismo impuesta la Ley Antitabaco en este bar! ¡Que ya ni se puede ver bien lo que pasa en la televisión, señores!
Dicho lo cual, Varda se inclinó hacia él y le susurró algo sólo para sus oídos. Algo que es muy probable que contuviera las palabras "hobbits medio ahogados" y "mantén tu imagen de líder bondadoso, cariño", y que hizo reflexionar al jefazo:
- ¡Y también porque el humo es dañino para la salud, por supuesto! ¡Que no soy un insensible, vuestro bienestar me preocupa más que la tele, obviamente!
Obviamente, sí, se nota.
- Así que, Gandalf y demás amigos del tabaco, a partir de ahora os lleváis vuestro vicio perjudicial a la calle, que aquí dentro no se puede fumar. ¡He dicho!
Hubo alguna que otra queja, pero ninguna más sonora que la de Gandalf, quien tenía a su pipa y a su hierba en más alta estima que a muchas personas:
- ¿Qué clase de atropello es este, Manwë? ¿Qué clase de ley es ésa? ¡No puedes prohibirnos fumar!
- Pues está bastante extendida en muchos sitios de la Tierra, para vuestra información. Y a mí me parece bien, así que lo copio. Mi bar, mis reglas, señor mago.
- ¡Pero…!
- MI. BAR. MIS. REGLAS.
Dicho eso, ambos se enzarzaron en una encarnizada batalla de miradas feroces, dando cada uno lo mejor de sí y demostrando todo su potencial. Y se miraron. Y se miraron. La nube de humo seguía aumentando y ellos seguían mirándose para cuando Melkor, armado de una jarra de cerveza (la más pesada que pudo encontrar), decidió poner fin a la discusión arreando un buen golpe en la cabeza primero a Gandalf, para que dejara de fumar; y luego a Manwë, porque le tenía tirria y no podía dejar pasar la oportunidad. Un muchacho práctico que sabe resolver las situaciones comprometidas con diplomacia, como puede verse. Para cuando la nube de humo se disipó y los allí reunidos pudieron volver a ver algo, Melkor justamente volvía a entrar en el bar después de haber sacado de allí a los caídos con toda la delicadeza de la que se vio capaz (a patadas). Cuando le preguntaron que qué había pasado, mintió como un bellaco:
- Nada hombre, no os preocupéis. Que se han ido a resolver sus diferencias muy civilizadamente a la calle para que podamos los demás seguir viendo la televisión en paz. Qué majos que son, ¿eh?
Y volvió a ocupar su sitio tan tranquilamente, con estilo, sin que nadie sospechara de su participación en el asunto. Nadie excepto Sauron, a quien guiñó un ojo conspiratoriamente. Pero también hay que decir que a Sauron no le importó mucho, porque cuando su Melkorcito del alma demostraba su naturaleza malvada a él le temblaban las piernas del gusto. Qué pareja tan adorable.
En cualquier caso, a nadie se le había ocurrido poner la televisión en pausa, así que para cuando todos devolvieron la atención al aparato, se podía ver a la Compañía en sus ponis avanzando por el paisaje. Sin más. Cuando hicieron un alto en el camino para satisfacer la llamada de la naturaleza, por decirlo finamente, los del bar decidieron que no necesitaban ver ese espectáculo.
- Ugh, tampoco hace falta que veamos los detalles más mundanos de la historia, ¿no, compañeros? ¿Hay alguna manera de avanzar rápidamente hasta las partes entretenidas?
- ¡Por supueeesto que -hip- la hay, amigo Leeegolas! Sólo teengo que darle a eshte botonciiito, creo - respondió Varda, que se había quedado con el poder supremo del mando a distancia en ausencia del jefazo. Señalando al botón de fast-forward, continuó - Eshtos humaanos de ahora son de lo más ingeniooosos. A veer, Bilbo, cuéntanoos, ¿cuál diríash tú que es la siguieente parte de interésh en vueestra aventura?
- ¡Pues yo diría que todas! Porque en esos caminos se fueron forjando los lazos de amistad que unieron a nuestra Compañía y…
- No mientas, señor Bolsón. Todos sabemos que no te aprendiste del todo bien el nombre de todos tus compañeros hasta llegar a la casa de Beorn, por lo menos… - apuntó Aulë, que se ofendía con todo aquel que no honrara a sus creaciones como es debido. Eso, y que a veces le gustaba liarla casi tanto como a Melkor, aunque jamás lo reconocería.
- Nooo, qué va. Yo sabía perfectamente…
- ¡Ajá! Así que por eso nos llamabas a todos continuamente "señor enano", ¿eh, bribón?
- ¡Sinvergüenza!
- ¡No es mi culpa que todos vuestros nombre sean tan parecidos!
- ¡Uy lo que ha dicho! ¡A por él!
Dicho lo cual, todos los enanos menos Balin y Thorin se lanzaron sobre el pobre Bilbo. Balin, porque se dijo a sí mismo que estaba demasiado viejo para estas cosas; y Thorin, porque un Rey Enano Majestuoso y Digno no hace tales niñerías (y más probablemente, porque sabía que si iba seguramente alguien le acabaría quitando su sitio en el sofá).
Tampoco es que los enanos le tuvieran rencor a Bilbo, qué va. De hecho, no les molestaba demasiado. Pero una oportunidad de un poco de pelea entre amigos no se deja pasar así como así. Así que ahí estaban, enzarzados en una épica batalla de coscorrones, tirones de barba, y lo que es todavía más terrible, cosquillas, cuando se pudo oír la débil vocecita de Bilbo viniendo de debajo de una pila de enanos.
- ¡Pasad a los trolls! ¡A los trolls! ¡Y quitadme a este montón de desagradecidos de encima! ¡AGSBGSDFSGFG!
- ¿Así que a los trolls, eehh? ¿Seguuuro que no te dejas naaada? ¿Cómo alguna -hip- eshcena donde se cuenta el terriiible pasado del pueblo enano y Thorin mira al horizooonte poéticamente?
- ¿Eh?
Yavanna fue en auxilio de Varda y le recordó a esa mente alcoholizada que esa pobre gente no había visto las películas y ni siquiera sabían lo que eran. Y ya de paso, le tiró unas cuentas flores por encima, su sello personal.
- Joooo, pero a mí me gushta cuando Thorin se queda miraaando a la nada melancólicamenteee...
A esto, Yavanna le dijo que espabilara y que dejara de comportarse como una fangirl, que se suponía que era una Valier seria y respetable. Esta vez sin flores ni nada.
- ¡Bueeeeno, está bieeen! Olvidaaad que he dicho naaada. ¡A los trolls, pues!
Dicho lo cual, Varda apretó el botón con todas sus fuerzas. Así, en la parte de adelantar los acontecimientos hasta el encontronazo con los tres trolls hicieron caso a Bilbo. En la de quitarle a ese montón de desagradecidos de encima, no tanto, porque es muy entrañable y divertido ver una pelea entre colegas cuando no eres tú el que está debajo.
Ana había sido débil, tenía que reconocerlo. Todo había empezado por las botas. Con el temperamento de Sardinilla había acabado por ir andando una cantidad desproporcionada de tiempo, y después de que se le formaran ampollas sobre otras ampollas en los pies había acabado por ceder y la Compañía le había comprado unas buenas botas gastadas pero bien cuidadas a un granjero cuyas tierras estaban cruzando. Había que admitir que las malditas botas eran la mar de cómodas y no le había salido ni una ampolla desde entonces.
Pero bueno, las botas tenían un pase. Se podría decir que eran de primera necesidad, incluso. Lo que no se perdonaba a sí misma era haber cedido también en los pantalones y la chaqueta, que le compraron de segunda mano a una campesina. Pero es que eran tan monos, así hecho todo artesanalmente, y parecían tan cómodos y calentitos… Ya no se veía ropa así tan fácilmente. En fin, al menos la camiseta de vaquitas la había conservado y no se la iba a quitar por nada del mundo, que tenía una identidad que preservar, leñe.
En cualquier caso, habían recorrido ya bastante camino y no había señales de civilización por ninguna parte. Así que la hipótesis de los locos y su gigantesco juego de rol iba perdiendo fuerza. Además, según pasaba el tiempo e iba conociendo a sus compañeros y sus pasados, por mucho que intentara evitarlo, empezaban a caerle un poquito menos mal (y eso era lo más que estaba dispuesta a admitir). El viaje había sido bastante tranquilo y cómodo, eso sí, si no contabas con las inclemencias del tiempo y la falta de agua corriente, baños decentes, camas cómodas, artículos de higiene personal y otros temas que por lo que sea nunca nadie se digna a comentar en sus historias. Al olorcillo que desprende tanta gente junta después de un tiempo sin acceso a una ducha diaria se le podría hacer un poema. Igual "cómodo" no es la palabra más apropiada, pensándolo bien, pero al menos no había habido sobresaltos demasiado desagradables. Por tanto, en el camino Ana había llegado a una resolución muy zen consigo misma, y es que, ya fuera un sueño o cualquier otra cosa, iba a intentar disfrutarlo como la que más, qué leche. Que ya le gustaría a mucha gente verse en medio de una aventura en la Tierra Media. Y qué paisajes, oiga. Así que iba a dejar de cuestionarse tanto y dejarse llevar, y a intentar no ser tan borde con esa pobre gente. Lástima que esta resolución tan sana para su salud mental no le durara mucho, como vamos a ver.
La Compañía había acampado para pasar la noche, y Gandalf el fumeta había desaparecido a nadie sabía dónde por quién sabe qué discusión. En opinión de Ana, probablemente se le había gastado lo que fuera que fumaba y por eso estaba irascible, así que habría ido al bosque a ver si encontraba algo para reponer. Se ve que ya empezaba a conocerlos bien, la chica. Por su parte, Bilbo había ido hace un rato a llevarles la cena a Fili y Kili, quiénes se supone que estaban a cargo de vigilar a los ponis. Los demás estaban cada cual a lo suyo y Ana estaba ocupada siendo amable con Bofur y Bombur (porque parecían al cargo de la comida y a ella le gustaba cenar como a la que más), cuando se armó un revuelo bastante importante.
Viniendo del bosque se oyeron unos cuantos gritos, bastantes imprecaciones y mucho meneíto de hojas. A cualquier persona sensata jamás se le habría ocurrido ir a investigar, como sabía todo aquel que hubiera visto un par de películas de miedo, pero los enanos no se contaban entre ese tipo de gente. Así que allá que fueron, enarbolando las armas mientras cargaban entre gritos de guerra contra Ana no sabía qué. Allá ellos con sus insensateces, pensaba. Alguien le gritó en un alarde de caballerosidad que se quedara en el campamento, que allí estaría segura. No hizo falta que le insistieran mucho, ciertamente.
Pero de pronto Ana se dio cuenta de una cosa. Estaba sola. Sola del todo. Ni medio enano a la vista. Hasta ahora nunca había pasado tal cosa, siempre había alguien de guardia. Era bastante curioso, la verdad. Una vocecilla interior le empezó a susurrar que sería una auténtica pena que no aprovechara esa oportunidad para algo, ¿no? Al fin y al cabo, sólo había intentado huir una vez, qué clase de conformista era, qué diría su madre si la viera, etcétera, etcétera. ¿Es que no pensaba al menos volver a hacer la prueba antes de dejarse llevar por el curso de los acontecimientos, eeeehhh? ¿Subirse a una colina a ver si se veía algo de civilización desde arriba, aunque sólo fuera eso? ¿Qué daño hacía un poquito de exploración a nadie, al fin y al cabo?
Así que, sin darse cuenta, Ana se encontró con que había echado a andar sin saber muy bien cómo, siguiendo los consejos de esa voz interior misteriosa. Casi juraría que podía oír a lo lejos a la voz reírse disimuladamente, pero las voces interiores no hacen esas cosas, ¿no?
En fin, el caso era es que ya se estaba internando entre los árboles, intentando cruzar y llegar a una colina que veía cerca. Curiosamente, parecía que los arbustos y los helechos que proliferaban por el suelo se habían dispuesto de forma que ir a donde ella quería era siempre lo más difícil. Así que ahí estaba, peleándose con las plantas e intentando abrirse camino, sin darse cuenta de que lo único que estaba consiguiendo era acercarse más y más a la fuente de todo el alboroto. Llegó un momento en el que estuvo lo suficientemente cerca para que la visión de pronto de toda la Compañía luchando con tres cosas gigantes y un tanto deformes, que si sus escasos conocimientos sobre El hobbit no le fallaban debían de ser trolls, consiguiera llamar poderosamente su atención. Bastante poderosamente. Tan impactada se quedó que usó la táctica ancestral de "cuerpo a tierra y camuflaje entre arbustos"así, casi sin pensar, haciendo caso de su instinto de supervivencia. Sin despegar la vista de la acción y sin preocuparse mucho del ruido porque con el jaleo que tenían montado nadie se daría cuenta de su presencia, procedió a arrancar un helecho cercano y a ponerse las hojas en el pelo y entre la ropa para completar su camuflaje.
Efectivamente, la idea no era digna de un Nobel, pero recordemos que la pobre actúa de forma bastante irracional en situaciones de estrés.
Desafortunadamente para ella, al ir a arrancar el helecho ocurrieron dos cosas. En primer lugar, dos de los trolls consiguieron recapturar a Bilbo y amenazaron con despedazarle. Lo que nos lleva a lo segundo, el que la Compañía dejara de luchar y soltara las armas, instalándose así el silencio. Lo que a Ana no le vino nada bien, porque permitió que se oyera alta y clara su aventurilla de camuflaje vegetal. El troll desocupado fue hacia donde estaba ella a investigar, y ella cerró los ojos fuertemente practicando el refinado arte de "si no lo veo, no existe".
"Mierda, mierda, mierda, cagoentó, ¡mierda! ¡Siempre me pasan a mí estas cosas! ¿Por qué parece que se está alejando el suelo de mí? ¿Por qué estoy en el aire?".
Aquí Ana cometió el error de abrir los ojos y ver que de pronto estaba sujeta por los pies a una distancia indecente del confortable y confiable suelo. Así que hizo lo único admisible en esa situación. Gritar como una condenada, por supuesto.
- ¡AAAAAAAAAAAAHHHHHHH! ¡BÁJAME, BÁJAME, BÁJAMEEEE! ¡SOCORROOOOOOO!
En su defensa, hay que decir que los gritos que profería rozaban el ultrasonido y casi cualquiera la habría soltado inmediatamente para protegerse los oídos de esa agresión timpánica, sobre todo estando tan cerca. Pero estamos hablando de un trol, de uno de piedra, así que no tuvo mucho efecto. En su lugar, el troll se acercó a la chica a la cara para examinarla mejor.
- ¿Qué es esto, otro saquehobbit?
- Nooo, nooo, qué va, soy un helecho. ¿Ves mis hojas, ves? – respondió ella, meneando a las susodichas para mayor efecto.
- No sabía que los helechos podían hablar, Tom.
- Es que no pueden, tonto. A mí me suena a que otro saquehobbit quiere engañarnos. ¡Pero no se nos puede engañar tan fácil, no señor! Tráelo aquí que lo vea.
El troll que la sostenía la llevó hasta donde estaban los otros dos, aun colgando boca abajo, por supuesto. Sobra decir lo inmensamente que echaba de menos su sofá Ana en esos momentos. Se estaba maldiciendo varias veces por haber llegado a pensar que podía disfrutar de la situación, cuando el tal Tom, que parecía el menos tonto de los tres, dijo:
- ¡Pero si es una humana, muchachos! Una humana pequeña, pero servirá. ¡Nos la comeremos primero!
- ¡Y ya viene aderezada, Berto! ¡Tiene hojitas, mira! Tú siempre dices que tenemos que comer más verduras.
- Pues mejor que mejor. ¡Atémosla y preparémosla para asar! ¡Y a los demás también! ¡Hoy cenamos bien, muchachos!
Así, Ana tuvo el placer de ser atada en torno a un palo junto con unos pocos enanos y asada a fuego lento. Ser parte de un kebab de enano es una experiencia única en la vida por la que todos deberíamos pasar alguna vez, estrecha lazos y enriquece como persona. Aunque ninguno de los allí presentes lo veía así en ese momento, pero bueno.
Desde el montoncito de gente restante metida en sacos, Bilbo intentó ganar tiempo diciendo que los enanos no venían preparados y que el secreto para cocinarlos era quitarles la piel antes. Se nota que estaba nervioso, el pobre, y se llevó más de una patada mal disimulada por parte de sus compañeros de montón. Cuando intentaron comerse crudo al pobre Bombur Ana le oyó cambiar de estrategia y gritar que todos estaban hasta los topes de parásitos, pero para entonces ella ya estaba rezando todas las oraciones que se sabía a todos los dioses habidos y por haber, y hasta a Superman, por si acaso. Cuando los enanos se dieron cuenta de lo que pretendía Bilbo, ayudados por la bota de Thorin impactando contra ellos, se sumaron de forma entusiasta a la idea y empezaron a competir por el honorable puesto de Poseedor de los Mayores Parásitos de la Historia. Justocuando parecía que los trolls no estaban muy convencidos del tema y el menú se iba a llenar de Reducción de enano a las finas hierbas, apareció Gandalf encima de una roca con su teatralidad habitual y la partió en dos cachos, dejando pasar los rayos de sol y convirtiendo a los trolls en roca.
"Me preguntó de qué puñetas estará hecha esa vara. Nota mental: nunca recibir un bastonazo de Gandalf".
Esos fueron los primeros y brillantísimos pensamientos que le cruzaron la mente a Ana tras haber sobrevivido a una experiencia cercana a la muerte. Tanto estar del revés no puede ser bueno para las capacidades mentales, está claro.
Gandalf ayudó a los enanos y a Bilbo a salir de los sacos y entre todos apagaron el fuego y devolvieron a tierra a los demás, sanos y salvos aunque quizá un poquito chamuscados. Tras unos minutillos para recomponerse, Balin se giró hacia Ana y le dijo:
- Señorita Ana, es usted muy valiente y se lo agradecemos sinceramente, pero no hacía falta que lo hiciera.
- ¿Eh, que hiciera qué?
- Venir en nuestra ayuda, señorita, no se quite mérito. Ha sido un acto valeroso y que pone de manifiesto su gran corazón, pero creo que hablo por todos si digo que preferimos verla segura…
- Eh, eh, eh, para el carro. Yo no venía a por vosotros, yo estaba intentando subir aquella colina de allí y no sé cómo, me he liado y he acabado metida en esto.
- No intente disimularlo, señorita. Nosotros sabemos la verdad. Si hasta intentó hacerles daño con esos chillidos que pegaba…
- ¡Pero que os digo que no! ¡Que lo único que he hecho es esconderme y gritar! Yo no sé qué tonterías se os meten en la cabeza a veces…
- Claro, señorita, claaaaro.
Frase que Balin acompañó con su ya habitual guiño cómplice y conspiratorio. Era obvio que iban a creer lo que les diera la gana. Y vosotros, queridos lectores, quedáis así advertidos de que, como aquí se ve, la MMS ataca en cualquier ocasión y con más fuerza que nunca. Ori, el oportuno e inocente Ori, aprovechó ese mismo momento para preguntar:
- ¿Qué cosa es un Superman, señorita? Lo invocaba usted cuando estábamos al fuego. ¿Es algún tipo de magia de su tierra?
- ¡Oh por todos los…! ¡No, no es ninguna magia! ¡Da igual! ¡Que os den a todos!
Dicho lo cual, les dio la espalda con muy mala leche y se puso a pensar en que maldita la hora en que abandonó su sofá. Ya os dije que su decisión de dejarse llevar y estar de buen rollito no duraría mucho, que las viejas costumbres nunca mueren.
Volviendo al bar, toda esta acción había sido seguida con mucho interés. Algunos estaban más indignados que otros con el resultado, eso sí. O al menos lo aparentaban, porque les parecía adorable enfurruñar a Bilbo. Así que un coro de voces se alzó de pronto, mezclándose unas con otras:
- ¿Ha dicho parásitos, Fili?
- Parásitos, Kili, efectivamente. Muy mal, señor Bolsón, muy muy mal.
- ¿Parásitos, Bilbo? ¡Te parecerá bonito!
- ¡Desvergonzado!
- ¡Nos ofendes!
- ¡Rufián!
- ¡Yo no tengo parásitos!
- ¡Ni yo!
- ¡Ni yo!
- ¡Yo no he sido, no he dicho tal cosa! ¡Ha sido ese otro yo!
- ¡Intenta escaquearse, muchachos! ¡A por él!
Y todos se tiraron de nuevo encima del pobre Bilbo, que no ganaba para disgustos, a pegarse de broma entre ellos como viejos amigos (sin ánimo de hacer daño, o no mucho por lo menos) ante la mirada divertida de los demás. Hay que reconocer que es una imagen bastante entrañable, sobre todo para Oromë, que había visto oportunidad de hacer negocio y empezaba a organizar timbas para apostar sobre los ganadores de cada refriega. Siempre hay gente con visión comercial, oiga.
Nota de la autora: me encantan los enanos con sus peleas bienintencionadas ;D ¿Qué sería esa misteriosa voz interior de Ana? ¿Llegarán sanos y salvos a Rivendell? ¿Aceptará Gandalf la Ley Antitabaco? ¿Descubrirá Ori lo que es un Superman? Todo esto y mucho más, en los próximos capítulos.
Aquí os presento el quinto capítulo, queridos lectores. He observado que es terroríficamente común que llegue la Mary Sue y salve a todo el mundo con sus habilidades salidas de la nada, lo cual me perturba. Así que aquí tenéis mi visión, entre otras cosas XD
Datos chorra del capítulo: en un momento del texto se me ha ido la pinza y he escrito sin darme cuenta Manwë en una escena en la que ni siquiera aparecía, os juro que tiene complejo de diva y quiere dominarlo todo, empezando por esta historia, ¡SOCORRO! Si hay algún gazapo más así, avisadme, pero que conste que es su culpa XD Para que luego digan de Sauron…
Dato chorra del capítulo número dos: ¿alguien sabe si existe una traducción convincente de la palabra brooding? Porque si no existe, la necesitamos ya, describe a la perfección lo que Thorin se pasa la vida haciendo y me tengo que contener para no ponerlo tal cual XD
Como siempre, ¡muchas gracias a todos por seguir leyendo y comentando! Quizá os interese saber que he vuelto a atentar contra el mundo de la pintura y he subido otro dibujo a mi deviantart, con una interpretación de cierta escena del capítulo anterior. Es posible que para este capítulo padeciera un caso masivo de bloqueo del escritor mezclado con falta de tiempo, y quizá decidiera desestresarme y volver a inspirarme dibujando chorradillas. Os animo a que hagáis lo mismo, que es una práctica muy sana. No es gran cosa pero echadle un vistazo si queréis, igual os hace gracia ;D
Y ya sabéis, si os apetece comentadme lo que os haya parecido, cuál es el tamaño de vuestros parásitos o contadme vuestra vida si queréis en un review. ¡Se agradecen infinitamente y animan a seguir escribiendo!
Que os vaya todo de lujo y, ¡hasta el próximo capítulo! :D
