Habíamos dejada a la Compañía a punto de probar las delicias de una buena tortura a manos de los trasgos, una experiencia que aparece en todas las guías turísticas de la Tierra Media y sin duda no les habría dejado indiferentes. Sin embargo el aguafiestas de Thorin no quería que sus compañeros disfrutaran de la hospitalidad local, vete tú a saber por qué. Así que ahí estaba él, adelantándose para encararse al jefe de los trasgos. La autora está segura de que tenía algo muy épico y majestuoso que decir para librar a Ori y a los demás de ser torturados. Seguro que sí. Pero nunca lo sabremos, porque al ver claramente y reconocer al rey enano, sucedieron varias cosas muy extrañas en torno al Gran Trasgo. La primera es que se le escapó una especie de chillido agudo que ningún mortal debería ser capaz de emitir, acompañado por un tembleque generalizado de todas sus papadas y en consecuencia de todo su cuerpo (por pura inercia). La segunda es que tanto tembleque provocó un pequeño temblor de tierra que hizo que un trasgo temerario que estaba demasiado cerca del borde fuera a reunirse con Eleuterio en el abismo. La tercera es que todos los allí presentes se quedaron calladitos de la impresión, incluso Ana se calló a pesar de que se le habían ocurrido otras tres amenazas a la altura moral de las anteriores. Y la última, pero no por ello la menos importante, es que entre tanto chillido y tanto tembleque, el Rey de las Miradas Despectivas se había quedado patidifuso. Estupefacto. Y, por qué no decirlo, con el culo torcido. Y su confusión no hizo más que aumentar cuando oyó lo siguiente:

- Ayyyyy madreee mía. ¿Thorin? ¿Thorin el Rey Bajo la Montaña? No me lo puedo creer. ¡Soy súper fan tuyo!

En un alarde de elocuencia sólo digno de alguien majestuoso como Thorin, a tan ferviente declaración de admiración el rey enano respondió:

- ¿Eh?

- Que sí hombre, que sí, que soy muy fan. Me sé todas tus hazañas. Que si batalla por aquí, que si asesinato en masa de orcos por allá. Es que eres muy chungo, ¿eeehhh, señor Escudo de Roble?

Puede ser que estas palabras fueran acompañadas por un sugestivo meneíto de cejas. Puede ser, o puede que no, la autora prefiere no detenerse demasiado en esa imagen mental en particular.

- P-pero si somos enemigos, ¿no?

- ¡Claro que sí, hombre! ¿Pero desde cuando no puede un trasgo admirar a sus enemigos, eh? ¿EH?

Nadie tuvo la valentía de discutirle esa afirmación, así que el Gran Trasgo siguió con su discurso sin impedimentos y, poniendo su mejor cara de cachorrito adorable al que no se le puede negar nada (que en él tenía un efecto bastante terrorífico, pero bueno), le pidió a Thorin lo inevitable:

- Thooorin, ¿me firmas un autógrafo? Anda, porfiii. Un autógrafo de nada en mis máquinas de tortura, anda, qué te cuesta.

- Erm… esto… ¿no?

- ¡Jooooo! ¡Venga, sólo una firmita pequeña! ¡Poooooorfiiiiiiii! ¡Y te prometo que no le diré nada a Azog de tu paradero!

- ¡Que no he dicho! Y además, Azog el Profanador está muerto.

- ¡Já, eso es lo que tú te crees! ¡Anda que te costaba mucho echarme una firmita, desgraciado! ¡Cutre, que eres un cutre! Pues nada, si no quieres ser majo conmigo… ¡matadles a todos, muchachos!

Y así el Gran Trasgo se sentó en su trono, murmurando obscenidades sobre enanos maleducados. El pobre había sufrido una gran decepción al conocer a su ídolo, con la ilusión que le hacía. Y encima le habían amargado la hora de la siesta. En días como ése, el pobre trasgo no ganaba para disgustos. Pero mientras él intentaba lidiar con su sufrimiento, los demás trasgos se cernían sobre la Compañía con toda clase de objetos afilados de aspecto nada placentero. Thorin por su parte intentaba ignorar las miradas de espanto de sus compañeros al negarse a una solución tan sencilla que quizá podría haberles librado de la tortura, pero es que tenía que mantenerse en sus trece, que la dignidad y la imagen de rey enano chungo no se mantienen solas, oiga. Y así las cosas, el futuro pintaba cada vez más negro para la Compañía, cuando de pronto hubo una explosión cegadora de luz y todos los presentes disfrutaron de primera mano de los placeres de no poder ver ni torta. Según se fueron acostumbrando, se dieron cuenta de que en medio del resplandor había un señor de sombrero puntiagudo con cierta afición por la pirotecnia y los espectáculos de luz, por lo que se ve. El bueno de Gandalf había aparecido justo a tiempo, y empezó a repartir hostias como panes, como a él le gustaba. No había quien le ganara a entradas triunfales cuando se ponía en serio a ello, está claro.

Aprovechando la distracción, los enanos se lanzaron a por sus armas, que convenientemente ningún trasgo previsor había pensado en llevarse lejos del alcance de los prisioneros. Acto seguido, ellos también empezaron a repartir golpes a diestro y siniestro, con una ferocidad tal que Ana por fin recordó su plan brillante de insultar a todo lo que se le pusiera por delante. Las armas no se le daban demasiado bien, pero lo que es insultar a la gente desde detrás de una saludable capa de enanos lo dominaba, oiga.

Hay que decir en honor de los trasgos que no debían de tener muchos problemas para reproducirse, porque había trasgos a puñados, para aburrir. Tantos que si se cargaban a uno aparecían todos sus primos para vengarle. Total, que la Compañía decidió que igual el curso de acción más sabio era salir por pies de allí, porque por muchos que despachaban los trasgos parecían no tener fin. Así que con Gandalf a la cabeza echaron a correr como condenados por puentes que nunca habían oído hablar de lo que era una barandilla. Las instalaciones jamás habrían pasado una inspección de riesgos laborales, pero a los trasgos ese tema no parecía importarles mucho, vaya usted a saber por qué. A pesar de que Ana seguía en pleno arranque de violencia verbal, alguien tuvo la sensatez de agarrarla del brazo y tironear de ella hasta que echó a correr con los demás. Sin embargo, nuestra ligeramente perturbada protagonista seguía haciendo gestos amenazantes aun cuando se la llevaban a rastras. Si los trasgos hubieran entendido el significado de los cortes de mangas, más de uno se habría sentido muy muy ofendido, seguro.

Hay que reconocer que Ana le ponía mucho ímpetu a sus gestos amenazantes, y muy poca atención a por dónde pisaba. Juntando esos dos factores no es de extrañar que, en un corte de mangas particularmente vehemente, se tropezara un poquito y se precipitara al abismo sin que enanos ni barandillas detuvieran su caída. Afortunadamente para ella, se llevó por delante a un trasgo que le amortiguó el golpe muchos metros más abajo, por desgracia para él, ya que después de esa experiencia se quedó bastante muerto.

Un conocimiento tan íntimo y repentino del suelo había dejado a Ana un tanto inconsciente, todo hay que decirlo. Cuando volvió en sí tampoco tenía mucha prisa por moverse, ya que al fin y al cabo acababa de caer desde una altura considerable y, por mucho que un trasgo aleatorio le hubiera servido de cojín y hubiera evitado su muerte, eso no quitaba que le dolieran hasta las raíces del pelo. Por no hablar de los mil cortecitos y magulladuras varias que estaba empezando a notar por todo el cuerpo. Vamos, que la caída había dejado hecha un cuadro a la pobre chica. Eso sí, cuando fue consciente de que estaba usando a un trasgo maloliente como camilla, ahí ya sí se apartó todo lo rápido que pudo, sin dejar de pensar en el montón de gérmenes que seguro que había pillado por el simple hecho de estar en contacto directo con tal ser. Un rápido vistazo a su alrededor le reveló a la chica que, efectivamente, no tenía ni idea de dónde estaba más allá de que seguía bajo tierra en una caverna cualquiera. Renqueando, Ana empezó a andar en una dirección aleatoria, porque al fin y al cabo estaba un poco aturdida y tampoco es que tuviera la más remota idea de por dónde quedaba la salida. Podríamos pensar que lo más lógico en su situación habría sido que se perdiera y deambulara por grutas y pasadizos subterráneos hasta morir. Podríamos pensarlo, pero entonces no tendríamos historia y los Valar no se podrían reír de nadie. Y ellos no renuncian así como así a su fuente de diversión. Así que llamémoslo suerte o intervención divina, pero el caso es que tras un ratito corto de avanzar por donde la llevaran los pies sin una dirección concreta, Ana se encontró llegando a la orilla de un pintoresco lago subterráneo. Se habría lanzado de cabeza a intentar lavarse los restos del trasgo de encima, si no fuera porque estaba cara a cara con una escena que le resultaba familiar. La verdad es que, con lo poco que se acordaba de esta historia, ya es raro que recordara algo… pero es que acababa de ver a uno de los pocos personajes que se le había grabado a fuego en la memoria.

Y es que había llegado justo a tiempo para ver cómo Gollum se daba cuenta de que había perdido su querido Anillo, mientras Bilbo asistía atónito a la escena. Tenéis que entender algo, y es que una de las pocas cosas que Ana había sacado en claro de ver las películas es que Gollum le parecía un adorable ser incomprendido. Tenía debilidad por él y cada vez que lo veía en la pantalla sentía la inexplicable necesidad de abrazarle y susurrarle que hay solución para las adicciones a la joyería. Quizá creáis que está loca, que es excesivamente compasiva, o que empatiza con él porque ella de pequeña perdió su chulísimo anillo favorito recubierto de purpurina y eso le dejó un trauma imborrable. Todas las opciones son igualmente probables, la verdad. Pero el caso es que, al ver a Gollum en vivo y en directo, no pudo evitar dejarse llevar por sus emociones y olvidándose de todas sus dolencias se lanzó al agua con toda la intención de expresarle sus sentimientos en forma de reconfortante abrazo.

- ¡Gollumcito de mi alma, no te preocupes! ¡Todo irá bien! ¡Yo te ayudaré a superar lo de tu anillo!

Y Gollum, al ver a una extraña desconocida salida de la nada que parecía conocerle acercándose a él con los brazos abiertos y una perturbadora sonrisa de oreja a oreja en la cara, como no puede ser de otra manera recurrió a la única opción razonable que tenía. Le tiró la primera piedra que encontró, claro. Le dio sólo de refilón, igual por los nervios al encontrarse en una situación tan rara, pero eso bastó para dejar a Ana momentáneamente aturdida y así Gollum pudo centrarse en acusar a Bilbo de ser un vil ladrón y lanzarse a por él.

Hay que decir en favor de Bilbo que se le pasó por la cabeza ayudar a Ana, que tan inesperadamente había aparecido y había conseguido ganarle algo de tiempo (aunque sin pretenderlo). Lo pensó durante aproximadamente la mitad de un segundo, pero luego vio que Gollum no parecía tener muy buenas intenciones hacia él y puso pies en polvorosa sin perder ni un instante. Mientras nuestro querido hobbit desaparecía en menos que canta un gallo, con Gollum siguiéndole a poca distancia, Ana intentaba librarse de los efectos secundarios del aturdimiento por pedrada que sufría. Tuvo la suficiente entereza como para recordar por qué pasadizo se habían ido los otros dos, y cuando vio que el mundo dejaba de darle vueltas los siguió porque no tenía ninguna intención de quedarse sola en medio de la nada. También porque tenía la impresión de que Bilbo al final conseguía escapar de allí y pensaba que no estaría mal seguir sus pasos y volver a ver la luz del día. Y no menos importante era que Gollum la había ofendido profundamente y pensaba vengarse, como mínimo sacándole la lengua y haciéndole burla un rato (que era vengativa, sí, pero sádica casi nunca). Guiándose sobre todo por las maldiciones e insultos que iba soltando Gollum, que seguramente le habrían ganado una buena regañina de su madre si hubiera podido oírle, los alcanzó y desde una distancia prudencial llegó justo a tiempo para ver, o más bien para dejar de ver, a Bilbo, porque el Anillo se le acababa de deslizar en el dedo y le había hecho invisible. Gollum tampoco veía nada, pero el pequeño bastardo debía de tener buen oído o algo porque se las apañó para perseguir a Bilbo otro poco aún sin verle, guiándoles a todos hasta la salida sin siquiera darse cuenta de la presencia de la chica, centrado como estaba sólo en recuperar su Anillo. Ajena al dramatismo que había tenido lugar mientras un invisible Bilbo decidía si perdonarle la vida a Gollum o no, en cuanto Ana vio los tenues rayos de luz del sol que se filtraban por el agujero en la roca se abalanzó como una loca hacia allí, y a juzgar por la masa invisible con la que se chocó Bilbo debía de haber hecho algo parecido. Afortunadamente para ellos, fueron capaces de coordinarse lo suficiente como para escapar de allí relativamente intactos, y Gollum no se atrevió a seguirles a la luz del sol. Sí se atrevió a declararles su odio incondicional e imperecedero, por supuesto, ante lo cual Ana se giró y le sacó la lengua con muy malos modos. Venganza cumplida.

Eso sí, en cuanto se le pasó el subidón de adrenalina, Ana volvió a notar todos sus golpes y magulladuras. También estaba bastante cansada de tanto corretear, y podemos decir sin temor a equivocarnos que resoplaba como una locomotora. Además, Bilbo seguía siendo bastante invisible y tenía la ligera impresión de que el hobbit corría más rápido que ella porque no oía ni sus pisadas ni nada. Afortunadamente, no tuvo que avanzar mucho más antes de oír las angelicales voces de los enanos. Se apoyó en un árbol para retomar aliento y saludarles a todos, pero no pudo evitar escuchar lo que estaban diciendo y entonces dejaron de parecerle tan angelicales. Incluso le parecieron un poquito cabroncetes, por qué no decirlo. Ahí mal hablando del pobre Bilbo, diciendo que seguro que se había ido de vuelta a su hogar y les había dejado allí tirados y otras lindezas por el estilo. También es verdad que ellos no tenían ni idea de todo lo que había tenido que pasar el hobbit desde que se separaron, pero eso no era excusa para marujear a sus espaldas. Ana estaba a punto de salir en su defensa si no fuera porque el propio Bilbo se le adelantó y enterneció los corazones de todos los allí presentes con su discurso sobre el hogar y su promesa de ayudar a los enanos a recuperar el suyo.

La cosa podría haber quedado así, impregnada de ternura, si no fuera porque los enanos llevaban un tiempo sin estar directamente expuestos a la fuente de la MMS. Y claro, los efectos habían perdido algo de fuerza. Así que no se les ocurrió mejor idea que empezar a meterse con Ana, diciendo que no tenían muy claro que pintaba en medio de su aventura (argumento en realidad bastante lógico, si se piensa). Cierto es que Ana tampoco lo tenía muy claro, pero después de todas las situaciones en las que se había puesto a prueba su estabilidad mental no estaba dispuesta a que la ningunearan. Así que salió desde detrás de su árbol a cantarles las cuarenta a esa panda de desagradecidos:

- ¡Vamos a ver, desgraciados! Con todo lo que hemos pasado juntos, ¿y tenéis la desfachatez de hablar así de mí a mis espaldas? ¡Ojalá un huargo se os coma la barba!

Tras tan impactantes declaraciones, todo el mundo se quedó calladito. Puede que porque realmente lo que dijo Ana les hiciera reflexionar. También pudiera ser que la aparición súbita de la fuente de la MMS les dejara en shock tras algún tiempo sin haber estado bajo su yugo. O, más probablemente, se quedaron todos en silencio porque oyeron unos aullidos muy amenazadores lo suficientemente cerca como para resultar alarmantes. Y es que se ve que los huargos tienen un gran sentido de las entradas dramáticas en escena y en cuanto se los nombra, aprovechan la oportunidad.

- ¡Retiro lo que he dicho, ojalá que nadie se os coma la barba! ¡Socorro!

- ¡Corred, CORRED!

Como bien gritaba el mago, echaron todos a correr ladera abajo como posesos. Imaginaos la cara de tontos que se les debió de quedar al ver que estaban corriendo hacia un precipicio, que los pobres no dan pie con bola. No les quedó más remedio que subirse a unos árboles que oportunamente habían decidido crecer justo al borde (para disfrutar mejor de las vistas) y así poder evitar ser la merienda de los huargos. Y de sus jinetes también, que seguramente no le habrían hecho ascos a la carne de enano, hobbit, humano o mago porque esta gente come de todo como parte de su dieta completa y equilibrada. Ríete tú de la dieta mediterránea, vamos.

En fin, que con mucho tropezar y resbalar por los troncos, y con más de una barba siendo usada como asidero, toda la Compañía consiguió subir a la seguridad de los árboles. Ahora quedaba la pregunta de qué puñetas pretendían hacer una vez allí. Con un montón de huargos que no querían precisamente darles un abrazo por un lado, y una caída que les dejaría más planos que una tortita por el otro, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que estaban bastante atrapados. En esas estaban cuando a Gandalf no se le ocurrió mejor idea que empezar a soplarle a una polilla que había aparecido por allí, para extrañeza de los de su alrededor. Más tarde les contó a todos que ese era su medio de comunicarse con las águilas, lo cual a algunos descreídos les sonó a excusa barata y pensaron que finalmente los humos de lo que fuera que fumaba constantemente le estaban afectando a la cabeza. Que cada cual decida qué explicación le parece mejor.

Menos mal que apareció un orco paliducho y grandote en escena, porque si no Gandalf se habría tenido que enfrentar a un montón de preguntas sobre sus malos hábitos. Al ver al orco, a Thorin le debió de dar una bajada de tensión o algo por la cara descompuesta que se le quedó. Ana pensaba que el orco era feo, sí, pero tampoco era como para reaccionar así, que se podía ofender o algo…

- ¡Azog! No puede ser…

Y ante una observación más detallada (y una explicación susurrada por parte de Balin) entendió que Thorin y el orco ya se conocían de antes y debe ser que precisamente bien, lo que se dice bien, no se llevaban. Incluso es posible que al orco lo creyeran muerto, de ahí la sorpresa…


- ¡Eh, eh, un momento! ¡Un momento! ¿Alguien me puede explicar qué hace Azog ahí? ¡Si estaba muerto! ¡Nosotros nunca nos lo llegamos a encontrar, ni nos enfrentamos al enemigo ahí!

- Lo sabemos, chaval. Sabemos que os limitasteis a esperar muy heroicamente en los árboles a que las águilas os recogieran, ¿eh? Pero esto es lo que se llama una licencia artística, Dwalin – dijo Melkor, siempre dispuesto a dar un poquito por saco, por mucho que Aüle le mirara mal por insinuar que sus queridas creaciones eran unos cobardes.

- Pues puestos a comentar "licencias artísticas", ¡me gustaría decir que cuando salí de esos túneles tuve que enfrentarme a muchos más trasgos de los que aquí hemos visto! – dijo Bilbo, en un intento de defender su honor.

- Y cuando dices "enfrentarme" quieres decir "hacerme invisible y salir corriendo", ¿no, Bilbo?

- ¡Pues ésa es una técnica de enfrentamiento tan buena como cualquier otra, Kili, que lo sepas!

- De todas maneras, hay algo que nunca nos llegaste a explicar, ¿cómo conseguías hacerte invisible?

- Errrrmm, esto… sí, ejem ejem…

En realidad la mayoría de los allí presentes ya conocían la existencia del Anillo y de todo el lío que se había montado en torno a él, ya fuera de primera mano o porque el vecino de alguien que conocía al primo de uno que había visto de refilón a Frodo alguna vez se lo hubiera contado. Y es que en el más allá la gente se aburre bastante y los rumores circulan como la pólvora. Pero aun así, les parecía divertido ver lo incómodo que se ponía Bilbo cada vez que le sacaban el tema. Afortunadamente para él, el alma caritativa (y un poco quejica) de Fili salvó a Bilbo de mayor bochorno:

- Y digo yo, ¿por qué el Gran Trasgo parecía admirar tanto a Thorin? ¡Y no recuerdo que habláramos tanto con él! ¿Y por qué no ha salido nuestro escape de los trasgos, eh? ¡Eso sí que fue épico, maldita sea!

- Looo sentiiimooos, chiiicooos, pero esta historia sigue a nuestra Maary Suuue, ¿comprendéis?

Y harta ya de tanta interrupción, Varda le quitó la pausa a la historia sin media palabra más.


Mientras Thorin y Azog estaban ocupados en mirarse muy dramáticamente, los huargos habían empezado a saltar sobre los árboles intentando capturar a los miembros de la Compañía. Y está claro que los huargos debían de tener una dieta tan abundante y equilibrada como sus jinetes, porque cada vez que se lanzaban contra los árboles les metían un meneo como si les hubiera embestido un rinoceronte. Mientras todos se preocupaban de no caerse del árbol, Ana decidió tomar la iniciativa con otro de sus brillantes planes:

- Vamos a ver, chicos, estas cosas son básicamente perros muy creciditos y un poco agresivos, ¿no? ¡Pues hay que educarles! Vamos, ¡miradles fijamente y demostradles que no les tenéis miedo!

Dicho y hecho, Ana se puso a taladrar con la mirada al huargo más cercano, al grito de "¡Sit! Perro malo, ¡sit!". Sobra decir que sus avanzadísimas técnicas de encantamiento de perros no funcionaron, y que de hecho el huargo se sintió tan ofendido que arremetió contra el árbol con especial fuerza, de forma que le levantó las raíces del suelo, lo derribó y desencadenó un efecto dominó. La Compañía fue saltando como buenamente pudo de un árbol a otro hasta quedarse todos en el último árbol que resistía, al mismísimo borde, y sin perder la oportunidad de fulminar con la mirada tanto al huargo como a Ana a partes iguales. Gandalf los veía ya a todos en las últimas, así que puso en marcha otro plan brillante consistente en coger piñas del árbol, prenderles fuego, y lanzárselas a los huargos. Fue efectivo para dos cosas: la primera, los huargos se asustaron mucho y dejaron de acercarse; la segunda, todo el puñetero bosque se prendió fuego. Un genio, este Gandalf. Con tanto que le gustan los fuegos artificiales y demás, deberíamos haber sospechado desde el principio que tenía una faceta oculta de pirómano. Y ya como la gota que colma el vaso, el árbol en que estaban empezó lentamente a inclinarse más y más hacia el suelo, de forma que al final se quedó completamente horizontal. Justo sobre el abismo. Lo que se dice una situación ideal, vamos. Dori y Ori casi se hacen papilla contra el suelo si no fuera porque pudieron agarrarse en el último momento a la vara que les tendió Gandalf.

Y en esas estaban cuando Thorin decidió darle más drama todavía al asunto y se fue a enfrentarse a Azog con cara de muy malas pulgas. Todos los demás lo miraban atónitos desde el árbol, sin poder ayudarle porque, básicamente, estaban colgando de un árbol y luchando por no caerse. Si hubiéramos podido leerles los pensamientos, nos habríamos encontrado desde "Qué valiente es" hasta "Qué cojones hace ahora el gilipollas éste". Y es que ir a enfrentarte a una muerte casi segura en forma de muchos huargos con muchos orcos encima, y armado sólo con una espada y un trozo de madera, no parece un comportamiento muy racional que digamos. Y menos racional todavía les pareció cuando vieron cómo el huargo de Azog casi se come a Thorin con patatas. Un buen mordisco por lo menos sí que le dio, pero no debía de ser un enano muy sabroso porque seguidamente lo lanzó a varios metros y ahí se quedó Thorin cual hamburguesa despreciada, medio inconsciente en el suelo. Iban a rematarlo cuando a Bilbo también le invadió el dramatismo y se las apañó para correr a toda pastilla y llegar a tiempo para interponerse entre Thorin y la espada que se dirigía a separarle la cabeza del resto del cuerpo…

Y ahí ya sí que se lio pardísima. Que si los huargos y los orcos rodean a Bilbo y a Thorin por todos lados; que si Fili, Kili y Dwalin se las apañan para milagrosamente escapar del árbol y liarse a espadazos contra todo lo que se meneaba; que si el huargo de Azog casi se come a Bilbo también (debía de tener hambre el pobre); que si Dori y Ori se caen al abismo… muy dramático todo, y más dramático habría sido si de verdad llega a morir alguien. Alguien importante, quiero decir, a nadie le importan los trasgos sin nombre o los pobres árboles anónimos que murieron quemados por las tendencias pirómanas de Gandalf. Menos mal que las águilas no estaban para tonterías y se dignaron a aparecer por allí y resolver el conflicto como sólo ellas sabían. Es decir, llevándose a los contendientes de la escena. Que con tanto pelearse y tanto quemar bosques estaban armando mucho jaleo y no les estaban dejando dormir la siesta en paz, oiga.

Así que ahí tenemos a la Compañía surcando los aires con mayor o menor grado de tranquilidad. No se podía estar más tranquilo que Thorin, porque el muy dramático había decidido quedarse inconsciente del todo para que todos los demás se preocuparan por él. Dori y Ori se agarraban al plumaje de su águila como si no hubiera un mañana, al fin y al cabo caerte desde tanta altura y creer que estás a punto de morir sólo para aterrizar en el blando lomo de un ave gigante tiene que ser una experiencia, cuanto menos, curiosa. Fili y Kili estaban disfrutando como nunca, Bilbo era incapaz de mirar al suelo y para compensar se entretenía disfrutando de las vistas, y el resto de los enanos se estaban tomando su primera experiencia aérea con bastante estoicismo, la verdad. Si alguno de ellos se mareó, no se quejaron, que son gente resistente. Mientras tanto Ana, que había volado alguna que otra vez en su vida y estaba más acostumbrada, iba pensando en otras cosas más prácticas. "Y digo yo, si las águilas éstas aparecen cada vez que se las necesita, ¿por qué no montan una empresa de transporte y ya está? A ver, les hace falta mejorar un poquito la comunicación con sus clientes y la imagen corporativa, pero de aquí se puede sacar negocio… voy a decírselo a mi águila, a ver qué opina".

- ¡Saludos, mi buen águila! ¡Muchas gracias por salvarme la vida! ¿Cómo te llamas?

Sólo le respondió el silencio, y como éstas águilas son seres bastante inteligentes, es de suponer que el águila entendía perfectamente a Ana pero la estaba ignorando. Lo cual a Ana no le iba a impedir en lo más mínimo seguir inquiriendo sobre las inclinaciones empresariales del águila:

- Bueno, te llamaré Maria Antonietta entonces. A ver, ¿qué te parecería a ti y a tus compañeras águilas montar una empresita de transportes en la Tierra Media, eh? Algo pequeño al principio, claro, pero luego podríamos ir expandiéndonos y, ya que la idea ha sido mía, podríamos llevar los beneficios al 50%... y te pagaré un buen sueldo, por supuesto…

Nunca sabremos cuál era la opinión exacta del águila Maria Antonietta al respecto. Pero, si tuviéramos que juzgar por la forma en la que lanzó con muy mala leche a Ana sobre la roca al llegar a su destino, mientras que a todos los demás sus águilas los depositaron suavemente y con delicadeza, podríamos decir que el águila se sintió bastante ofendida. Porque al fin y al cabo, las águilas no son taxis.

- Supongo que eso es un no, entonces.

Mientras Ana se recuperaba de su accidentado aterrizaje y de sus planes de negocio frustrados, todos los demás se habían reunido en torno al inconsciente Thorin. Por una vez, Gandalf estaba haciendo cosas serias de mago y consiguió traer de vuelta al rey enano. O eso o le echó el aliento en toda la cara, que eso seguro que espabila a cualquiera, pero la autora prefiere pensar que fue magia. Nada más despertarse el Rey de las Miradas Despectivas preguntó por Bilbo y, como venía siendo habitual, empezó a echarle la bronca:

- ¡Tú! ¿Qué has hecho? ¿Has visto que casi te matan? ¿No te dije que serías un estorbo, que no sobrevivirías en las Tierras Salvajes? Que no sabía qué hacías aquí…

El pobre Bilbo, a pesar de todo lo que había pasado, no se molestó en defenderse, sólo puso cara de resignación. Eso sí, la resignación se volvió sorpresa ante las siguientes palabras del rey:

- En mi vida he estado más equivocado.

Y más sorprendidos se quedaron todos cuando Thorin abrazó a Bilbo con mucho sentimiento. Demostrar emociones no había sido nunca uno de los puntos fuertes del rey enano, y los que le conocían desde hace mucho se estaban preguntando en ese momento si no habría sufrido algún golpe grave en la cabeza del que nadie se había dado cuenta. Pero como parecía un abrazo sincero, y Bilbo después del shock inicial se lo devolvió, todos los allí presentes se alegraron mucho de que después de todo el estrés que habían pasado hubiera al menos un acontecimiento feliz, emotivo, y en el que ninguna vida corriera peligro (a no ser que Thorin le reventara alguna costilla al pobre Bilbo con la fuerza de su abrazo, nunca lo sabremos). Ana, por supuesto, también se encontraba entre las filas de los emocionados espectadores. "¡Ay, qué bonito! Por cosas como éstas la gente os shippea".

Y así, entre vítores y artísticos planos de la Montaña Solitaria al fondo, los dejamos de momento a la espera del resto de la aventura.


Nota de la autora: ¡buenas! ¡Sigo viva, sigo con mil cosas que hacer, pero os traigo un nuevo capítulo de este locurote! Espero que os guste y que las risas no decaigan ;)

Y con esto llegamos al final de la primera película, ¡qué emoción! ¿Descubriremos alguna vez qué fuma Gandalf? ¿Alguien tendrá en cuenta alguna vez los sentimientos de las águilas sobre ser usadas como medio de transporte? ¿Llegaremos a saber si el Gran Trasgo tenía las paredes de su dormitorio cubiertas con posters de Thorin? Todo esto y mucho más en próximas entregas ;)

¡Y muchísimas gracias por leer y comentar! Siempre es una alegría ver lo que pensáis, y además es muy motivador. Así que ya sabéis, ¡decídselo a vuestros amigos y conocidos, y a extraños por la calle! Y ya de paso comentadme lo que os parece el capítulo y la historia, y en general cualquier cosa que se os pase por la cabeza (incluidas propuestas comerciales indecentes hacia las águilas XD).

Que os vaya bien, ¡y hasta el próximo capítulo! ;D