En cierta taberna cósmica estaba ocurriendo una cosa terriblemente peligrosa. Algo que podía cambiar el destino de todos los mortales, alterar unas veintisiete líneas temporales y cambiar el mundo para siempre. Algo muy chungo, en definitiva… y es que Gandalf había empezado a aburrirse. No estaba contento si no tomaba parte en las cosas, se sentía incompleto. Y como todos sabemos, cuando eso pasa, el mago suele tener por costumbre hacer algo para liarla. O para ser más exactos, obligar a alguien a que haga algo, que él ya tiene una edad y no está para esos trotes.

Así que se dijo a sí mismo, al ver a Ana inconsciente, que esa era su oportunidad de abusar de sus poderes. Ni corto ni perezoso, se levantó, le anunció al resto de los parroquianos que iba al baño, y así pudo hacer sus maldades en la intimidad y a espaldas de todos los demás. Y su plan loquísimo fue aparecérsele a Ana en forma de sueño profético, todo muy místico, con nieblas insondables y cosas de esas. La cosa fue más o menos así:

- ¿Gandalf? ¿Qué está pasando?

- No soy Gandalf, no el que tú conoces. Pero tengo un mensaje importante que vengo desde el más allá a darte, uUUUUuuUUUuuuHHHhh –dijo el mago, agitando los brazos ante sí y ululando cual fantasma. O el concepto que él tenía de un fantasma, quizá no muy acertado. Igual no ayudaba el hecho de que Gandalf también hubiera abusado del bebercio en la taberna, y no le estaba quedando todo lo épico que él se pensaba. Pero Ana no tenía mucha experiencia en lo que a sueños proféticos se refería, así que se sintió debidamente impresionada de todas maneras.

- ¿Y cuál es ese mensaje?

- Mira joven, estás de viaje con unos enanos, ¿no? Pues puede que no te acuerdes, pero varios de ellos van derechitos A UNA MUERTE SEGURA. VAN A MORIR, MORIRÁN TODOS SI NO HACES ALGO POR IMPEDIRLO, UUUUUUUUuuuuuuUUUUUUUUhhhhHHHhh.

- Joder Gandalf, y me lo sueltas así sin más, ¿no? ¿Así sin presiones, eh? ¿Y qué se supone que voy a hacer yo, EH? ¿Si con la MMS no puedo hacer nada, EEEEEEHHHHH?

- Ponte creativa, usa tu ingenio, yo qué sé. No te lo voy a dar todo mascadito. Y ahora, me voy.

- Gandalf, quiero que sepas que en todas las realidades eres un sinvergüenza.

- Y a mucha honra. ¡Hale, diviértete, ciao!

Dicho lo cual, Gandalf desapareció entre las nieblas del sueño profético de Ana, contando con que al no ser una completa desalmada se sentiría inclinada a hacer algo. Poco le importaba que nadie en la taberna fuera a permitirle cambiar mucho la historia, de hecho, ahí estaba la gracia. Seguro que bajo presión daría el espectáculo, más si cabe de lo habitual. Y ajeno a la discutible moralidad de sus propias acciones, desapareció. Ana se despertó poco después muy confusa y sin saber qué hacer. A su confusión no ayudó para nada el encontrarse en el centro de un círculo de enanos muy preocupados, hablando de ella sin tapujos al creerla inconsciente todavía:

- Thorin, si no se despierta pronto va a haber que dejarla aquí, por su propio bien.

- ¡Ni hablar, Balin! No me fío yo de nadie de este pueblucho, no señor.

- Pero Thorin, vamos a ver, sé razonable, ¿cómo vamos a llevarla con nosotros, al origen del peligro, en este estado?

- Mimimi, mimimi, todo son críticas contigo, Balin. ¡Soluciones, quiero soluciones!

- ¡Ojo, que parece que se está moviendo! – interrumpió Nori, redirigiendo la atención de todos los allí presentes.

Tras asistir con sorpresa a tal conversación, y sobre todo a la inesperada y bastante infantil forma de hacer burla del Rey de las Miradas Despectivas © hacia su más antiguo consejero, Ana se incorporó y echó un vistazo a sus alrededores. Pudo comprobar que estaba en el acogedor interior de una casa, sin tener ni idea de cómo había llegado ahí. Pero lo que era quizá más preocupante, era que todos los enanos empezaron a atosigarla con preguntas y a cubrirla de atenciones, sin dejar que metiera baza.

Bardo y su familia observaban desde la periferia, atónitos ante tan enternecedora escena viniendo de una gente que no les había dado la impresión, en lo poco que llevaban conociéndose, de ser especialmente cariñosa. No habían sido capaces de echar de allí a esa joven en apariencia tan perjudicada ni a los enanos que la acompañaban, por mucho que no estuvieran en las mejores relaciones después del lío de la armería y darse cuenta de quiénes eran en realidad, pues no sabían muy bien qué hacer con tan extraño grupo de huéspedes. Así las cosas, se limitaban a observar. Bilbo también observaba desde la periferia, preguntándose si intervenir y ayudar a su amiga. El marujeo indiscriminado le podía, la situación le hacía gracia y de vez en cuando no se negaba a sí mismo asistir a un poco de salseo. Qué suerte para él haberse librado de la MMS, aunque fuera gracias a haber adquirido un mal mucho mayor. Aun así, hay que decir en su defensa que es una buena persona en el fondo, y al final se apiadó de la muchacha (más o menos al séptimo intento frustrado de la chica de decir algo) y se dignó a intervenir:

- Vamos, muchachos, apartaos un poco, dejad que respire. Puede sobrevivir cinco minutos sin que le preguntéis cómo está, seguro.

- ¡Puedo, efectivamente! ¡Y estoy perfectamente, gracias! Pero lo que sí me gustaría saber es qué ha pasado y cómo hemos llegado hasta aquí.

- ¡Ay qué alegría oír su voz, señorita Ana! ¡Ya pensábamos que jamás se recuperaría!

Y después de unos cinco minutos de que todos le aseguraran muy efusivamente lo mucho que se alegraban de que hubiera vuelto de las puertas de la muerte, así sin exagerar ni nada, por fin le contaron todo lo que había pasado tras encontrarla inconsciente al salir del barril. Desde la entrada triunfal por el váter, cosa que se alegró mucho de no haber estado consciente para presenciar, hasta el lío que habían montado para conseguir armas y cómo habían acabado poniendo a la gente de la Ciudad de Lago de su parte, si no contamos a Bardo. Es lo que tiene prometer riquezas, que eso siempre es muy efectivo. Buena cosa que Ana no hubiera estado ahí para liarla en un momento tan delicado. Pero en cuanto ella se enteró de que tenían la intención de salir en barca hacia la Montaña en cuanto se hiciera de día, le volvió a la mente el sueño que había tenido. En Ultra HD y con todos los detalles, para ser más exactos.

- ¿Adónde decís que vamos?

- A la Montaña, señorita. ¡Está a nuestro alcance por fin! - dijo Balin.

- Ah no, no, nada de eso, no.

- ¿Cómo dice?

- Que no vamos, digo.

- Señorita, ¿está segura de que no se ha dado fuerte en la cabeza? ¿Cómo vamos a abandonar nuestra misión ahora?

- Pues abandonándola y punto. Podemos montar todos una panadería en Hobbiton o algo, pero bien lejos de aquí, ¿eh?

- Pues si queréis tengo echado el ojo a un local a buen precio, no me lo digáis dos veces- intervino Bilbo, un poco por las risas.

Ana no recordaba qué iba a pasar exactamente, ni a quién. Pero sí sabía que, fuera lo que fuera, iba a pasar en esa Montaña o sus alrededores. Gandalf se había encargado de recordárselo. Y también tenía claro que le había acabado cogiendo cariño justo a esta Compañía de idiotas. No sabía qué había hecho mal para acabar siendo ella la que tuviera que hacer… en fin, cosas, en general. Echaba de menos estar tranquilita en su sofá sin preocuparse de nada más que de si Mat quemaría la cena. Pero nooo, tuvo que agarrar y ponerse a escribir a lo loco y ahora estaba pagando por ello (de forma desmesurada, si se le permitía la opinión). Seguro que si el fandom supiera el estrés que se pasaba, no se empeñaría tanto en hacer self-inserts. Y podría haberse encariñado de cualquier otra gente, pero tampoco. Ella tenía que ir y congraciarse con los más rematados pánfilos que hubieran salido alguna vez de la roca (y de Hobbiton). Así que haría lo que pudiera por evitar que acabaran asesinados, aplastados, devorados, chamuscados… había muchas opciones, y todas se evitaban si no iban adonde todos los enanos se emperraban en ir. Pero para su desgracia, nadie le hacía mucho caso.

- ¡Ya sé lo que le pasa, señorita! - saltó Oin.

- ¿Ah, sí?

- ¡Sí! Tiene usted miedo de las barcas, está claro. Por eso acabó desmayada la última vez.

Un "aaah, claro" se alzó desde los enanos allí congregados, acompañado por diversos gestos de asentimiento y miradas compasivas hacia Ana, como si esa teoría tuviera todo el sentido del mundo. Bajo los efectos de la MMS, no se les puede pedir más tampoco. Pero lo verdaderamente terrorífico fue que el Rey de las Miradas Despectivas © se acercó a Ana con solemne galantería invadiendo sus facciones (aunque para el observador atento pareciera más que acababa de morder un limón) y le soltó:

- Señorita, le juro solemnemente que haré todo lo posible para que se encuentre cómoda en este viaje, pero acompáñenos.

Quizá alguien más observador que ella habría detectado lo raras que eran esas declaraciones viniendo del estoico líder. En la taberna lo detectaron, por supuesto, y ya estaban pensando en incorporar esta escena al discurso que darían en la boda imaginaria. Pero no nuestra protagonista. Ella a lo suyo siempre, y visto que el plan de la panadería no acababa de cuajar (y eso que a ella le parecía súper sensato), pues hizo lo único que le quedaba. Agarrarse tremebunda pataleta, por supuesto.

- ¡Que no, que no vamos, y punto en boca! ¡Me niego! ¡Que si vamos, morimos todos!

- ¡Aaaayyyy, que está usted preocupada por nuestra seguridad! – dijo Bofur, enternecido.

- No se alarme usted, ya sabemos que es muy probable que no todos sobrevivamos – intervino Gloin, y los enanos a su alrededor asintieron con la cabeza en completo acuerdo.

- ¿Pero vosotros sois gilipollas o qué? ¡Que os digo que vamos a una muerte segura, y vosotros como quien ve llover!

Los enanos no acababan de entender el significado de la palabra "gilipollas", aunque supusieron, por el contexto, que debía de ser algún apelativo cariñoso. Volvieron a entregarse a los preparativos con renovadas energías, con alguna miradita intensa de Thorin entremezclada por ahí, para más risas de los del bar. Pero lo que es en el tema de detenerles, Ana no tuvo mucho éxito. Ni cuando intentó reclutar la ayuda de Bilbo, como persona que creía sensata, pero que resultó ser demasiado optimista para su gusto al creer que siempre habría alguna opción de éxito. Ni cuando se metió con cada pequeña imperfección en las barbas de cada uno de los enanos, cosa habitualmente muy efectiva, pero que en esta ocasión ignoraron con escaso daño a su orgullo dado que creían que la preocupación de Ana la hacía decir cosas que no sentía. Ni siquiera cuando se agarró de la pierna de Dwalin y no se soltó, intentando entorpecerle el paso, pero él se limitó a seguir con sus tareas arrastrando a una Ana cada vez más cabreada.

Así llegó la mañana, y así llegó la Compañía al embarcadero, con Ana todavía colgando de la pierna de Dwalin. Se quedaba sin opciones y sin ideas. Estaban ya embarcando cuando Bilbo hizo notar que Bofur no estaba, y Ana vio su oportunidad:

- ¡Tenemos que esperarle!

- No podemos esperar más, señorita, no llegaremos a la Montaña a tiempo – respondió Thorin, enfurruñado como sólo él sabe.

- ¡Pero no podemos irnos sin un miembro de la Compañía!

- Un miembro de la Compañía habría estado aquí a tiempo.

Lo que en un patio de colegio habría generado un "¡uuuuh, lo que le ha dicho!", aquí generó silencio. Silencio que Thorin aprovechó, con su falta de tacto habitual quizá exacerbada por la cercanía a la Montaña, para informar a Kili muy poco delicadamente de que él tampoco estaba invitado a subir al bote de los sueños.

Se montó tremendísima jarana, donde los dos sobrinos del rey acabaron en tierra ofendidísimos, y Thorin acabó en la proa del barquito mirando a la Montaña haciéndose el digno. Oin también se bajó para atender la herida de Kili, y Ana vio otra oportunidad más:

- Vamos, Thorin, no irás a dejar a tus propios sobrinos atrás, con todo lo que han hecho para llegar hasta aquí, ¿eh?

- No puedo poner en peligro la misión, ni siquiera por ellos.

Ante tales muestras de frialdad, Ana se vio en la tesitura de decidir con quién quedarse. Le apetecía cero unidades de cosa permanecer a bordo del bote de semejante botarate obcecado con su sacrosantísima tarea, pero por otra parte… si se empeñaban en ir, ella se veía en la obligación moral de perseguirlos hasta conseguir disuadirlos o que la mandaran a tomar por saco por cansina, lo que pasara antes. Por mucho que simpatizara más con los que quedaban en tierra, Fili, Kili, Oin y Bofur al menos eran cuatro menos de los que preocuparse. En la ciudad estarían a salvo, suponía ella.

Así que mientras la barcaza zarpaba, entre vítores y palabras rimbombantes del jefazo de la ciudad, Ana se fue a despedirse a gritos de ellos, dejándose llevar por la emoción.

- ¡Chicos, lo siento, tened cuidado! ¡Y tú, Kili, descansa esa pierna! ¡Adiós!

Agitando la mano los dejó atrás, y no alcanzó a ver como Kili estaba cada vez más al borde del desmayo. Tampoco alcanzó a ver, porque habría sido bastante difícil, cómo los cuatro enanos que se quedaban en tierra de pronto notaron algo alejarse junto con la barca. Como un peso que no sabían que llevaban encima, les dejó bastante confusos, pero con un Kili cada vez más cerca de poner un pie (o una rodilla) en la tumba no le dedicaron más recursos mentales de los estrictamente necesarios.

Lo que sí alcanzó Ana a ver fue a Ori, acercándose a ella tímidamente. La pregunta que le hizo la dejó a cuadros:

- Señorita Ana, ¿shippea usted a Fili y a Kili?

- ¡Ori, joder, no! ¡Que eso es incesto! ¡Ugh!

La chica se alejó de allí todo lo dignamente que pudo, que no fue mucho, porque al fin y al cabo una barquichuela ofrece posibilidades reducidas para las salidas de escena dignas. Ori se quedó muy pensativo, ya que él sólo pretendía inocentemente averiguar si shippear significaba "apreciar". Pero, a juzgar por la respuesta tan airada de la chica, sospechaba que no. Atando cabos, dedujo que tenía algo que ver con emparejar a la gente, y se arrepintió de su última frase como jamás en su vida se había arrepentido de algo.


En una taberna muy muy lejana, nadie se estaba enfrentando a una muerte inminente ni a dilemas dialécticos, así que sí pudieron pararse a pensar.

- Oye, que digo yo, si Ana se aleja de nuestros otros yo, ¿somos libres de la maldición? – preguntó Kili, muy observador él, para que luego digan.

- ¡Claro que sí, guapi!

- ¿Y lo vais a permitir?

- Claaaaro. Mira, bastante va a tener Ana con soportar a tu queridísimo tío. Y tú vas a estar de lo más entretenido bebiendo los vientos por cierta pelirroja…

- ¿Eh, qué? ¿Yo?

- Sí chaval, sí, tú. Condenado estás – intervino Melkor, ahí, yendo a hacer daño.

- ¡Jo!

Ante tan madura respuesta, se desató una epidemia de risillas mal disimuladas por el bar. Los parroquianos hicieron lo que pudieron por prestar atención a la pantalla entre tan eufórico ambiente, y pudieron ver (a medias) cómo se llevaban a Kili a casa de Bardo, que el pobre no gana para disgustos en lo que a enanos se refiere. También contemplaron cómo el resto de la Compañía atravesaba las ruinas de la Ciudad de Valle, sin contagiarse para nada de la solemnidad del momento. Lo que sí originó un par de codazos, dedos señalando a la pantalla y más torrentes de risillas disimuladas fueron las miraditas que el líder le echaba de vez en cuando a una Ana que no se enteraba de nada, pero si querían incursión a los pensamientos de Thorin, tendrían que esperar. Porque Bilbo, viendo que Gandalf no aparecía por allí para entrar a la Montaña con la Compañía, se hizo una pregunta que también se había hecho en su propia vivencia de los acontecimientos. Y ahora que podía aprovechar para darle voz, dado que le había perdido bastante el respeto al mago y no temía represalias, dijo:

- Oye Gandalf, ¿qué asuntos son esos que te retrasaron cuando nos dejaste en el Bosque Negro, si puede saberse?

- Asuntos muy importantes, cosas del Concilio, querido Bilbo.

- ¡JÁ!

Todos se sorprendieron al ver a Sauron, que hasta entonces había estado bastante modosito para lo que es él, elegir ese preciso momento para meter baza.

- ¿Algo que decir, Sauron?

- Unas cuantas cosas, sí. Dejadme el mando.

Entendiendo esa petición como le dio la real gana, Morgoth cogió el mando por la fuerza y se lo tiró a Sauron por los aires. Los allí presentes pudieron comprobar que el mundo del rugby no se había perdido nada con Sauron, porque le rebotó el mando contra el pecho sin que fuera capaz de cogerlo (eso sí, tras mucho agitar de manos). Pero no se dejó amilanar por este hecho, lo recuperó rápidamente y dicho y hecho, el amigo de los Anillos tocó un par de botones. La Compañía asistió con estupefacción a las impactantes imágenes de Gandalf encerrado en Dol Guldur, colgando en una jaula y contando ovejitas para pasar el rato, totalmente indefenso.

- Para algo que hago en esta película no nos lo vamos a dejar sin contar, ¿no, Gandalf?

Dicho lo cual puso las imágenes de la pelea entre Gandalf y el Nigromante en bucle. Luego se vino arriba y empezó a recrear los efectos de sonido, y a tirarle palomitas a Gandalf porque sí, porque le gustaba presumir y meter el dedo en la llaga cuando podía. Le importaba bastante poco, todo hay que decirlo, que la realidad no correspondiera del todo con la ficción que estaban viendo. Gandalf no era muy de soportar estas ignominias tranquilito y en calma, así que los parroquianos se estaban preparando para ver una recreación de la pelea al completo y en directo cuando una voz muy reconocible los dejó a todos inmóviles. Y a Gandalf un poco más rojo que antes.

- Vergüenza debería daros, no invitarme a estas cosas. Que me he tenido que enterar por Elrond, hay que ver qué poco se la respeta ya a una.

Con esas palabras entró Galadriel por la puerta como la reina que ha sido siempre, y le guiñó un ojo a Gandalf porque ella sabía perfectamente cómo estaba el percal. Al susodicho se le fueron de pronto todas las ganas de partirle el lomo a bastonazos a Sauron, así misteriosamente. Pero, cosa curiosa, el Señor Oscurísimo también se aplacó de forma considerable. Y es que él ya había visto las películas, ya sabía que en la pantalla iba a ir Galadriel a darle para el pelo, y no le hacía mucha gracia que ella misma hubiera aparecido por allí para restregárselo. Seguramente ella sabía todo esto perfectamente, con los superpoderes chungos que tiene.

Echándole una sonrisilla al malo ella empezó a buscar sitio para sentarse, y lo encontró al lado de Gimli. Ambos se pusieron a hablar de sus cositas, porque ella tenía la curiosidad de saber qué había acabado haciendo él con los tres cabellos que le dio y que tanto escándalo causaron cuando se enteraron todos los que conocían a Fëanor (aunque eso es otra historia). En la sala todos notaron que estaba a punto de liarse pardísima. Había una cierta tensión en el ambiente, una tensión que presagiaba muchas risas por cuenta ajena.


Nota de la autora: seguimos en tiempos de pandemia, espero que estéis todos bien. Por lo menos estrenamos septiembre con otro capítulo de esta historia y espero que alguna risa XD

Ojalá lo hayáis disfrutado, ahora con extra de apariciones especiales de Galadriel (olé ella). Muchas gracias por leer, y gracias redobladas si os apetece dejar algún comentario. Por fin Ori ha entendido el concepto de shippear, aunque se arrepienta. Y cada vez hay más gente libre de la MMS, quién sabe si temporalmente. ¿Conseguirá alguien más deshacerse de la MMS? ¿Cómo de vergonzosas serán las futuras incursiones a los pensamientos de los personajes? ¿Se atragantará algún parroquiano de tanto reír en consecuencia? ¿Se dignará algún día la autora a puntuar los diálogos correctamente, o seguirá pasando del tema por pura pereza? Quizá nunca lo sepamos, pero tenemos posibilidades de averiguar todo esto y mucho más en el siguiente capítulo.

¡Hasta el próximo capítulo! ;D