Escribí este One-Shot pensando seriamente en que los padres de Snape estaban vivos para la Batalla de Hogwarts, pero aislados del mundo mágico. No me cabe mucho en la cabeza de que estén muertos, sobretodo Eileen, pues los magos y brujas viven mucho, pero también Tobias porque "hierba mala nunca muere".
Disclaimer: Harry Potter, su universo y personajes le pertenecen a la J.K. Rowling.
El sobre en sus manos delgadas manos cetrinas sólo ponía su nombre y el remitente.
"Para: Eileen Snape.
Remitente: Kingsley Shacklebolt
Ministro de Magia Interino."
Eileen nunca recibía correspondencia por lechuzas que no fueran de Severus. Mucho menos de gente importante como un Ministro de Magia y un Shacklebolt ¿A quién podría importarle una vieja bruja aislada del mundo mágico por su marido, un muggle pobre?
"Hogsmeade, 3 de mayo de 1998.
Estimada Eileen Snape:
Le informamos que su hijo, el maestro de pociones, ex-profesor de Defensa contra las Artes Oscuras y ex-director de la Escuela de Magia y Hechicería Hogwarts, Severus Snape, falleció como un Héroe de Guerra durante la Batalla de Hogwarts el día 2 de mayo de 1998.
Su hijo fue, sin duda, uno de los hombres que se enfrentó cara a cara al mago tenebroso más poderoso del último tiempo y por quien estuvimos en guerra durante el último año, Lord Voldemort. Severus fue un mago brillante que espío y engañó a quien todos creímos que era imposible de engañar y mantuvo, dentro de lo que estaba en su poder, seguros a los estudiantes de Hogwarts durante el ciclo escolar 1997-1998, por lo que le pido que, a pesar de su pérdida, se sienta orgullosa de él.
Durante los próximos días, Harry Potter irá personalmente a entregarle las posesiones de Severus y contarle con mayor detenimiento los hechos y traerla a su funeral, que será privado, por lo que le pido que se mantenga pendiente de las próximas lechuzas.
Mis sinceras condolencias,
Kingsley Shacklebolt
Ministro de Magia Interino"
La bruja, algo mayor pero aún no una anciana, se había estado preguntado porqué su hijo no se había comunicado el último tiempo con ella, por lo que después de leer la carta sintió que había envejecido de la tristeza.
Se sentó a la orilla de la cama, reteniendo el llanto para que su marido no la oyera.
Normalmente, Severus le enviaba mensualmente una suma moderada de dinero muggle con el que compraba cosas para ella y la casa que compartía con su esposo. Tobias aunque nunca preguntaba de donde sacaba el dinero, podía suponer fácilmente que su procedencia era del hijo mago de ambos, del que prefería no saber nada.
El desprecio entre el padre e hijo era mutuo para desconsuelo de la madre. Sin embargo, cuando comenzó la Segunda Guerra Mágica, Severus se había encargado de esconderlos a los dos de los mortífagos.
No había sido tan difícil fingir que ambos habían muerto para el Ministerio de Magia mientras que mantenían sus vidas tranquilas en Irlanda, mezclados entre muggles. Eileen nunca comprendía las acciones de su hijo, pero sus órdenes las había seguido tan pasivamente como cuando Tobias le ordenaba servirle la comida después de una discusión.
Su marido no sabía nada. Él era fácil de engañar después de todo. Tobías era un muggle que había creído que Eileen era una mujer normal hasta que su hijo mostró su magia accidental frente a su padre. Desde ahí que las cosas no fueron iguales, pero ella lo amaba tanto que no quiso mentirle más y fue incapaz de desmemorizarlo.
Ella realmente lo amaba y sabía que Tobías la amaba, sobretodo cuando fingían que él nunca había sido alcohólico, que ella no era bruja y que ellos jamás habían tenido un hijo.
De pronto un anciano apareció en la puerta de la habitación matrimonial. Lucía demacrado, una musculosa blanca y pantalones que le quedaban sueltos a pesar de su barriga: ya no quedaba nada de aquel hombre grande y esforzado del que se había enamorado. Sin embargo, ella seguía intentando ser feliz a su lado pues Tobias había sido la motivación final para huir del mundo mágico repleto de prejuicios que la hacía infeliz.
— ¿Que te pasa? — le preguntó toscamente el hombre. Se había dado cuenta de su repentina tristeza.
Ella lo observó con el rostro cubierto de lágrimas incontrolables, aunque su rostro intentaba fingir que todo estaba bien. Tobías se acercó nervioso y se sentó cerca de su esposa en la cama.
— Él... murió. — contestó la madre sin siquiera poder pronunciar el nombre de su hijo en su casa.
El rostro de Tobías mostró tanto desconcierto que Eileen no podía creer que pareciera que él se había afligido por la noticia.
— Severus... ¿Está muerto? — preguntó el anciano.
La mujer, cuyo cabello negro canoso estaba amarrado con una coleta, asintió. Seguía tan delgada como cuando Tobias la había conocido. Quizás más que hace un par de horas.
De alguna forma, Eileen se sintió en confianza para afirmar su cabeza en el hombro de su marido cuando él pronunció el nombre del hijo de ambos. Tobías tiritaba pero no lloraba.
— ¿Cómo? — pronunció el muggle.
Su voz indicaba la duda de no saber si realmente quería conocer la respuesta.
— La carta dice que en una guerra. — contestó la bruja.
— ¿Una guerra?
— Contra un hombre que odiaba a los muggles.
— ¿Muggles?
Eileen hizo una pausa. Era la primera vez que su marido le preguntaba de forma no violenta por ese mundo al que él no pertenecía. No sabía si contestarle, por lo que le susurró la respuesta.
— Gente... que no... tien... puede hacer magia.
Tobías recordó cuando su hijo le llamó "sucio muggle" y, en respuesta, el hombre lo había azotado contra el piso, a pesar de no comprender lo que había querido decirle.
— Él me llamaba sucio muggle. — le confesó a su mujer.
— Lo sé.
Hubo un silencio entre ambos, sólo escondido por los sollozos de Eileen.
— ¿Una guerra? — preguntó nuevamente Tobias.
— Sí, Tobias. Todas esas catástrofes... eran causadas por magos... para matar muggles. — contestó la mujer.
En ese instante, el obrero jubilado pudo razonar que su hijo, aunque odiaba a su padre, había peleado para defender a gente como él. También pudo reconocer otra cosa: su hijo se parecía más a su padre de lo que ambos quisieran aceptar, aunque nunca hubiera sido un obrero o hecho algo de lo que Tobias se sintiera orgulloso.
Ese viejo hombre sabía perfectamente lo que significaba estar en una guerra. Él había participado en la Segunda Guerra Mundial antes de llegar a La Hilandera, donde estaba su vieja casa. Entonces sintió una inmensa tristeza al entender que su hijo había muerto en una que él nunca comprendería del todo.
— Él tenía treinta y ocho años. — lamentó el anciano.
Su esposa estalló en llanto.
