Disclaimer: Todo pertenece a George R. R. Martin I el Inacabado.

Esta historia participa en el hilo de Desafíos del foro Alas negras, palabras negras en respuesta al desafío de nieveardiendo.

El requisito era un Rhaenyra/Daemon desde el punto de vista de él.

Ya, ya sé que dije que no iba a seguir escribiendo de este fandom y ya llevo tres fics. Lo peor es que queda al menos uno más. Martin nos engaña diciendo que publicará y no lo hace y yo os digo que no lo haré y os torturo haciéndolo.

TW: Palabras malsonantes. Referencias sexuales.


Syrax les sacaba diez cuerpos de distancia. Podía ver a Rhaenyra aplastada contra el lomo de la dragona, intentando ofrecer la menor resistencia al viento posible. Caraxes rugió frustrado cuando otra racha de viento les golpeó de frente, desestabilizándolos.

—¡Asciende unos metros, Caraxes! —vociferó Daemon, intentando hacerse oír por encima del atronador ruido que formaba el aire en sus oídos.

El viento les trajo un bramido de Syrax, que también debía estar peleando enconadamente contra el viento. Caraxes berreó en respuesta, pero el aire se llevó el sonido hacia sus espaldas y sólo Daemon le oyó.

—¡Caraxes! ¡Tienes que subir para salir de la corriente! —gritó de nuevo. La misma física que impedía que Syrax oyese a Caraxes hacía imposible que Caraxes le oyese a él—. ¡Me cago en el puto viento del norte de los cojones, joder!

Tenía las manos heladas por el frío que el aire transportaba, incluso a tantísima distancia del Muro e Invernalia, y no sentía la montura a la cual se aferraba. Su capa se había desatado y ondeaba a su espalda, dejando su cuerpo descubierto a la inclemencia del tiempo. El viento se colaba por las aberturas de su camisa y por el hueco de sus tobillos. El sudor de su pecho y espalda se había congelado cuando la dirección del viento cambió y estaba tiritando. Sus pezones, duros como piedras por el frío, rozaban con la áspera tela de la camisa de montar, provocándole un dolor que le obligaba a apretar los dientes.

Una fina llovizna tan fría que parecía granizo empezó a golpearle el rostro, provocando que su pelo dejase de darle latigazos en la cara y se le pegase a la frente. Sus ojos empezaron a lagrimear. Imitando la posición de Rhaenyra, se aplastó contra el lomo de Caraxes, intentando ofrecer el menor cuerpo posible a las inclemencias del tiempo e intentando aprovechar el calor corporal del dragón.

—¡Caraxes! ¡Arriba! —aulló con la máxima potencia que su garganta le permitía mientras le golpeaba con ambos talones lo más fuerte que podía, intentando que captase su mensaje—. ¡Arriba, Caraxes! ¡Arriba primero y luego adelante!

Bien porque uno de los gritos había coincidido entre dos rachas de viento, bien porque Caraxes había notado los golpes de sus pies, o porque había llegado a la misma conclusión por su cuenta, el dragón empezó a dejar de pelear por avanzar contra el viento y empezó a mover las alas para ascender hacia arriba.

Usando las alas como una vela, aprovechó el embate del aire para subir a toda velocidad. Daemon vio como Rhaenyra y Syrax se alejaban rápidamente al dejar Caraxes que el viento lo arrastrase hacia atrás en su ascenso. Apretó los dientes con fuerza, tenso como una cuerda, rezando al Desconocido que la corriente de aire no estuviese tan alta que la falta de oxígeno obligase a Caraxes a descender de nuevo.

Súbitamente, la presión del aire desapareció. Caraxes aleteó un par de veces más, sosteniéndose en el sitio. Daemon se incorporó y soltó la montura, abriendo y cerrando los dedos para restablecer la circulación sanguínea de las manos. Jadeó, con la cabeza martilleándole por la presión a la que había sometido a su cuerpo. Rhaenyra y Syrax eran apenas un punto lejano debajo de él.

—Puta cría —murmuró excitado y admirado por el tesón que demostraba, volando todavía contra el viento—. ¡Vamos, Caraxes! ¡Adelante! ¡Adelante!

Caraxes bombeó las alas con energía, impulsándose hacia el frente con decisión. Habían subido lo suficiente como para quedar entre dos corrientes de aire. Probablemente subiendo más habrían encontrado alguna corriente cálida que les impulsase hacia adelante, pero el esfuerzo de subir haría que Syrax les sacase demasiada ventaja.

—¡Más rápido! —gritó. Caraxes contestó con un gruñido enfadado—. ¡Ellas siguen ahí abajo, pero nos sacan mucha ventaja!

Caraxes aceleró con un gañido por el esfuerzo de batir las alas tan rápido. Entusiasmado por volver a tener posibilidades en la competición, lo espoleó con los talones. No tenía manera de saber cuánto tiempo llevaban volando y bajo ellos, los jirones de nubes solo le permitían ver la masa de agua que se interponía entre Desembarco del Rey y Rocadragón. Ganar a Rhaenyra dependería de lo cerca que estuviesen de la isla. Si estaban muy lejos, Caraxes conseguiría acercarse lo suficiente a Syrax para adelantarlo.

—¡No creo que hoy batamos un record de velocidad, Caraxes! —bromeó a gritos—. ¡Pero si te esfuerzas, las alcanzaremos! ¡Si las rebasamos antes de llegar a Rocadragón, te prometo un rebaño entero de ovejas!

Caraxes bramó conforme, dando lo mejor de sí mismo. Al principio fue imperceptible y no parecían recortar distancias, pero al cabo de un rato la dragona había dejado de ser un punto negro en el horizonte bajo ellos y distinguió a Rhaenyra, envuelta apretadamente en su capa, encima de Syrax.

La adrenalina volvió a dispararse en sus venas. Su entrepierna cosquilleó de excitación. Su dragón siguió dando todo lo que podía de sí mismo. Lentamente, la distancia entre Syrax y Caraxes fue disminuyendo. Estaban lo suficientemente cerca como para ver a Rhaenyra mirar hacia atrás, buscándole. Caraxes resopló y Rhaenyra levantó la vista hacia donde estaban.

—¡Por los huevos secos del Gran Maestre! —maldijo frustrado. Si Rhaenyra había escuchado a Caraxes la corriente de aire en contra ya no podía ser tan fuerte.

Un rato después había corroborado su teoría. Seguían acercándose a ellas, pero lo hacían más despacio que antes. Syrax ya no encontraba tanta oposición en el viento y Rhaenyra la espoleaba con tesón. Apartando la vista de ellas, miró al frente, entrecerrando los ojos. Un punto negro era ya visible.

—¡Rocadragón está ahí delante, chico! ¡Si quieres ganar a esa niña presumida vas a tener que adelantarla lo suficiente para que nos dé tiempo a bajar!

Rhaenyra volvió a mirar hacia arriba, sonriendo con sorna. Levantando el brazo, le hizo un gesto insultante. Él se lo devolvió sin miramientos. No iba a darle el lujo de perder el tiempo en ofenderse.

Rocadragón estaba cada vez más cerca y Caraxes seguía recortando agónicamente la distancia que le separaba de Syrax. El castillo ya se recortaba claramente. No tardarían más de media hora en llegar, pero volaban demasiado alto.

—¡Tienes que empezar a bajar! —ordenó a Caraxes—. ¡Si no, perderemos la ventaja que les llevamos!

Caraxes bufó salvajemente, pero obedeció y varió la posición de sus alas para permitirle seguir avanzando mientras empezaba a descender lenta pero perceptiblemente.

—¡Ya estamos llegando Syrax! —Oyó que Rhaenyra instigaba a la dragona—. ¡Directa a la torre!

Ya estaban casi encima de ellas, pero seguían volando demasiado alto. Rocadragón ya era una mole imponente justo delante de ellos. Excitado, empezó a animar a gritos a Caraxes, moviéndose nerviosamente encima de él como un adolescente para el minuto siguiente aplastarse contra su lomo intentando ofrecer el máximo aerodinamismo.

La terraza superior de la torre estaba prácticamente debajo de ellos cuando Caraxes dio un giro sobre sí mismo en el aire, obligándole a apretarse contra él y agarrarse fuertemente a la montura, antes de lanzarse en picado hacia el suelo. Su cabeza y estómago dieron un vuelco y se excitó más ante el vértigo del descenso.

Ya estaban prácticamente a la misma altura que Syrax y Rhaenyra, pero ellos iban con la cabeza de Caraxes por delante, al contrario que la dragona, que extendía sus patas hacia adelante, preparada para tomar tierra. Daemon sentía el aire azotándole la cara y deformando sus rasgos faciales. Nunca habían volado tan rápido.

—¡Vamos! ¡Vamos, campeón! —su voz sonó distorsionada por la velocidad.

—¡Demuestra que vales más que los viejos huevos de ese dragón! —exclamaba Rhaenyra.

Iban a estrellarse. En el último momento, Caraxes modificó su posición para elevar la cabeza y avanzar las garras traseras, lo que le hizo reducir la velocidad que llevaban justo a tiempo de no estamparse contra las baldosas de piedra. Syrax apoyó las patas en el suelo, derrapando en el suelo de la velocidad que llevaba y dos segundos después, Caraxes hizo lo mismo con algo más de elegancia, usando sus alas para amortiguar el aterrizaje.

Jadeando, siguió agarrado a la montura de Caraxes. El dragón resoplaba agitado. La emoción del descenso y la adrenalina de la carrera seguían ardiendo dentro de sus venas. Se dio cuenta que estaba duro como una piedra de la excitación que había sentido en los últimos minutos.

—Te has ganado ese rebaño de ovejas, chico —felicitó al dragón mientras le palmeaba el lomo.

Caraxes volvió a resoplar en respuesta. Daemon se dejó caer por un lateral mientras Caraxes terminaba de derrumbarse a su lado, agotado del esfuerzo. Cuando tocó el suelo, las piernas le flojearon por la tensión, pero consiguió mantenerse en pie. Enfrente de él, Syrax también estaba recostándose y Rhaenyra se desenrollaba la capa.

—Hemos ganado, tío —le restregó petulante mientras se acercaba a él mientras reía. Señalando su pecho, añadió—: No sabía que habías sacrificado tu sangre para intentar vencernos.

Desconcertado, Daemon miró hacia su camisa. A la altura de sus pezones, dos manchas de sangre que fluían hacia abajo en un delgado reguero teñían la tela. «Con razón dolían tanto», maldijo. Se quitó la capa y, con cuidado, separó la tela de la camisa de las tetillas y la sacó por encima de su cabeza.

—Espera un momento —le indicó Rhaenyra, rebuscando en su morral.

Sacando un pote de arcilla, lo destapó, introdujo un dedo dentro y lo sacó cubierto de una sustancia amarillenta.

—¿Qué es? —preguntó con curiosidad.

—Un ungüento de mi maestre —respondió Rhaenyra aplicándoselo delicadamente en uno de sus pezones—. Yo lo uso antes de volar precisamente para que esto no ocurra, pero también tiene propiedades cicatrizantes. Te hará bien.

Mientras Rhaenyra le extendía el ungüento, se dio cuenta por primera vez de tres cosas.

La primera, que Rhaenyra era una mujer bella, intrépida e indómita. Hasta ese momento, solo había sido una niña que jugaba con su tío favorito porque su carácter era más juerguista que el de su padre.

La segunda, que seguía teniendo la polla dura como un roble y que el tacto de los dedos de Rhaenyra sobre sus pezones le estaba excitando como nunca le había encendido ninguna otra mujer.

La tercera, que Rhaenyra era la heredera de Viserys. La heredera del trono que legítimamente debería haber sido suyo si no fuese por la cabezonería de su hermano.

Cuando Rhaenyra pasó a extender la pomada en el otro pezón, sonrió ladinamente.


NdA. Bueno, pues quería contaros un par de cosas. La idea del fic surgió documentándome para Nueve años. En Mundo de Hielo y Fuego comentaban que Daemon y Rhaenyra se llevaban muy bien durante la estancia del primero con motivo de un torneo en Desembarco del Rey. Tanto, que hacían carreras con sus dragones desde Desembarco del Rey hasta Rocadragón, ida y vuelta. El dato me chirrió tanto, que estuve una tarde entera calculando distancias, kilómetros, velocidades y comparativas con otros animales. Un vencejo, el ave más rápido de nuestro mundo en vuelo plano (no caída en picado) habría tardado más de 8 horas en recorrer esa distancia. Un dragón, siendo muy muy optimistas, habría tardado más de el doble. Y eso sin parar a descansar y manteniendo velocidad constante. Y bueno, pues ya imagináis por donde fue la idea, ¿no?

Abrazos!