SE NECESITA ESPOSA


1. ¡Urgente!


Naruto deseaba estar muerto. Bueno, tal vez la muerte era una exageración, aunque sólo san Pedro sabía cuánto tiempo más iba a poder soportar el pobre esa continua tortura.

—¿Y qué pasa después?

Su ejecutora lo miraba fijamente, con unos ojos que le eran muy familiares, unos ojos que Naruto veía cada mañana en su espejo al afeitarse; un color azul claro que resultaba lo suficientemente agradable.

Pero, al encontrarse rodeados por las exuberantes pestañas oscuras de su inquisidora, aquellos ojos le resultaban particularmente encantadores. E inocentes. E inocuos... Algo que la dueña de aquellos ojos, definitivamente, no era.

—¿Y bien? ¿Qué pasa después? ¿No me lo vas a decir?

Naruto deslizó un dedo por su garganta, tirando del pañuelo que tenía alrededor del cuello para aflojar su asfixiante presión, deseando, por enésima vez en los últimos diez minutos, haber sido capaz de escapar a su captura.

—¡Quiero saberlo!

O haber encontrado otra víctima para lanzársela a quien lo tenía prisionero.

—¡Debes decírmelo!

Tal vez la muerte no era un pensamiento tan descabellado, después de todo. Si moría en ese preciso momento, Naruto estaba seguro de que sería admitido en el cielo. Sí, san Pedro vería los buenos actos que había realizado en beneficio de otros, actos como pasar quince años trabajando como espía para el Ministerio del Interior con el fin de obtener asilo.

Seguramente, no le sería negada la recompensa que se merecía, ni sería condenado a un eterno tormento, ni sería abandonado a un eterno infierno como el que estaba viviendo en ese momento, un infierno dominado por...

—¡Papá! ¿Qué pasa después?

Naruto suspiró, mientras bajaba la cabeza en señal de derrota.

—Después de que el gallo y la gallina... se casan, naturalmente desean tener pollitos.

—Eso ya lo has dicho —dijo la inquisidora de trece años de edad, con los ojos entrecerrados y con el tono de quien se encuentra ya cansada de ser razonable—. ¿Qué pasa después de eso? ¿Y qué tienen que ver los pollos con el malestar que siento?

—Verás, ese malestar tiene relación con el proceso de tener descendencia. Cuando una madre gallina desea tener pollitos, el gallo y ella deben... tal vez los pollos no son el mejor ejemplo para explicar esta situación.

Lady Ino Namikaze, hija mayor del marqués Rasengan, tamborileaba con los dedos sobre una mesa, a su lado, mientras miraba a su padre.

—¡Me dijiste que me explicarías mi malestar! Maito Dai dice que no moriré a pesar de que estoy sangrando, y asegura que éste es un momento muy especial para las niñas, aunque no veo qué puede haber de especial en sentir dolores en el estómago. Tú dijiste que me lo explicarías y ahora sólo hablas de abejas, flores, pollos y peces de río. ¿Qué tiene que ver todo eso conmigo?

No. Naruto decidió, mientras observaba los serios y posiblemente tempestuosos ojos de su hija mayor, que la muerte era claramente preferible a tener que explicarle el porqué y el cómo de la reproducción, particularmente el papel de la mujer en todo ello, haciendo énfasis en sus indisposiciones mensuales, a su hija Ino.

Decidió que, a pesar de haber sido elogiado tres veces por el primer ministro debido a su valentía, él era un cobarde de corazón, pues no podía soportar aquella tortura por más tiempo.

—Pregúntale a Koharu. Ella te lo explicará todo —dijo apresuradamente, mientras saltaba de la delicada silla rosa y salía de la soleada habitación que había dado a sus hijos, ignorando desvergonzadamente los gritos de «¡Papá! Prometiste que me lo dirías».

—Usted no me ha visto —dijo Naruto a su secretario mientras corría por una estrecha habitación sin ventanas que servía de antesala a su oficina.

— No me ha visto, no sabe dónde estoy, de hecho, debería ignorar por completo cualquier conocimiento que tenga sobre mi existencia. Es más seguro de esa manera. Póngale el cerrojo a la puerta. ¿Lo hará, Umino? Y tal vez debería poner una silla frente a la puerta. O un escritorio. No descartaría la posibilidad de que los pequeños diablillos encontraran una manera de entrar si la puerta se encuentra trancada sólo con el cerrojo.

Iruka Umino, secretario y hombre encargado de los asuntos de la propiedad, frunció los labios mientras su noble jefe se apresuraba a entrar en la habitación adyacente.

—¿Qué ha sucedido esta vez, señor? —preguntó Umino mientras seguía a Naruto.

Una débil luz se filtraba por las lúgubres ventanas, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire tras el paso apresurado de Naruto.

—¿Acaso Konohamaru le ha vuelto a presentar uno de sus hallazgos? ¿Ha decidido lord Deidara convertirse en herrero en lugar de heredar su título? ¿Están de nuevo los mellizos intentando volar desde el tejado del establo?

Naruto se estremeció visiblemente, al tiempo que tomaba un abundante sorbo de brandy.

—Nada bueno. Ino deseaba saber ciertos hechos. Cosas de mujeres. Los pálidos ojos marrones de Iruka se abrieron considerablemente.

—Pero... Pero lady Ino es sólo una niña. ¿Esos conceptos no serán un poco avanzados para ella?

Naruto respiró profunda y temblorosamente, y se inclinó hacia una ventana cubierta de polvo. Utilizando su codo, limpió una esquina de la ventana, lo suficiente como para echar un vistazo a la agreste naturaleza que alguna vez fuera un jardín.

—Puede que para nosotros sea sólo una niña, Umino, pero, de acuerdo con la naturaleza, está al borde de convertirse en una mujer.

—Ah... Se refiere a esas cosas de mujeres.

Naruto sostenía silenciosamente su vacía copa de brandy. De manera igualmente silenciosa, Iruka vertió una sensata cantidad del líquido ámbar en la copa.

—Tómese una usted. No todos los días puede un hombre decir que su hija ha... mmm... ha florecido.

Iruka se sirvió una pequeña cantidad y brindó silenciosamente con su jefe.

—Aún recuerdo el día que nació —dijo Naruto, mientras miraba hacia fuera a través del cristal de la ventana y disfrutaba el calor del brandy al bajar por su garganta.

—Shion estaba decepcionada porque era una niña, pero yo pensaba que era perfecta, con su diminuta nariz, su abundante cabello rubio y unos ojos que usaba para mirarme muy seria. Era como si fuera un ángel, enviada del cielo para bendecir nuestras vidas; un rayo de luz, un haz de sol, una alegría, un motivo de admiración.

De nuevo, Naruto aspiró profundamente, al tiempo que tres rápidas sombras plateadas destellaron a través de la polvorienta ventana y se escucharon las agudas y desprevenidas risas de los niños, a punto de cometer alguna diablura.

Naruto se recostó contra el muro y apretó el vidrio de la ventana con tal fuerza que las yemas de sus dedos se tornaron blancas.

—Y luego, creció y ahora me pide que le explique todo... ¿Qué vendrá después, Umino? Se lo pregunto en serio, ¿qué viene después?

Iruka quitó la mano del cristal de la ventana y luego se limpió los dedos en un pañuelo, tratando de no mostrar desagrado en su rostro ante el polvo y la evidente decadencia de la habitación.

El observar que aquella habitación no había visto la mano limpiadora de la criada desde que la familia había llegado, hacía tres semanas, perturbaba inmensamente a Iruka, un hombre de naturaleza ordenada.

—Milord, lady Hanami tiene hoy ocho años, supongo que dentro de cinco años estará exigiendo la misma información... Por cierto, si me permite una sugerencia, ¿no permitiría usted que una criada limpiara sus cosas? Puedo prometerle que ninguno de sus objetos o papeles importantes será tocado durante el proceso de limpieza. De hecho, estaría encantado de asistir personalmente a la limpieza, si usted me diera permiso...

Naruto quedó atrapado en la infernal idea de tener que repetir con su hija menor la escena de la cual acababa de escapar con tantas dificultades. Sacudió la cabeza.

—No, ésta es mi habitación, la única habitación en toda esta casa que es mi santuario. Nadie, excepto usted, tiene permiso de entrar en ella, ni los niños, ni las criadas, nadie. Umino, debo tener un lugar que sea completamente mío, un lugar sagrado, un sitio en el que simplemente pueda ser yo mismo.

Iruka echó un vistazo alrededor de la habitación. Conocía su contenido perfectamente bien, había tenido que meter las cajas de libros de Naruto, al igual que sus papeles de la propiedad, la pequeña cómoda llena de curiosidades y las horriblemente turbias acuarelas que adornaban las paredes.

—Al menos, si mandara a lavar las cortinas...

—No —repitió Naruto, deslizando una rápida mirada hacia la ventana, antes de atreverse a cruzar la habitación e ir a un escritorio de palo de rosa que se encontraba completamente cubierto de papeles, plumas esparcidas, tinteros, libros, una gran estatua del dios Pan y otros objetos, demasiado numerosos para poder ser catalogados.

—Tengo otro trabajo para usted, distinto a lavar mis cortinas.

Iruka iba a decirle a su jefe que no pensaba lavar él mismo las cortinas, pero, luego, decidió que aquella información no era relevante para la felicidad de su lord. Así que suspiró y se sentó en una cómoda silla de cuero que se encontraba al lado del escritorio. Sacó una libreta de memorandos y un lápiz de uno de sus bolsillos.

—¿Señor?

Naruto caminó desde el escritorio hasta la chimenea apagada.

—¿Cuánto tiempo hace que está usted conmigo, Umino?

—Se cumplirán catorce años este verano —respondió digna y prontamente el secretario.

—Estamos sólo a quince días del aniversario.

Iruka asintió.

—Me había casado con Shion el verano anterior —Naruto hablaba contemplando el oscuro vacío de la chimenea. Era como si su vida yaciese allí, entre un motón de carbón, esperando a ser encendida para cuando el cálido clima se tornase frío.

—Creo que cuando yo llegué a servirle, lady Shion... pues... estaba esperando la llegada de lady Ino.

—Sí, claro. Han pasado ya cinco años desde que Shion murió. Iruka asintió con un murmullo.

—Cinco años es mucho tiempo —dijo Naruto.

Sus ojos de color azul se oscurecieron.

—Los niños están creciendo muy deprisa. Dios sabe que no me escuchan y es muy difícil para Koharu y Maito Dai encargarse de los mellizos y Konohamaru, y eso sin contar a Deidara e Ino.

Las cejas de Iruka se elevaron casi imperceptiblemente. Tenía una sospecha acerca de la dirección que tomaría aquella conversación, pero no sabía cuál era la idea que vislumbraba el marqués, no sabía cómo podría servir en un asunto tan delicado.

Naruto aspiró profundamente y se restregó la nariz. Después se dio la vuelta y avanzó hacia la silla de cuero verde que se encontraba detrás del escritorio. Se sentó y agitó su mano en dirección al papel que Umino sostenía.

—He decidido que los niños necesitan tener el cuidado de una mujer. Necesito que me ayudes a encontrar una…

—¿Una institutriz?

Naruto negó con la cabeza.

—No. Después de que la señorita Reynauld muriese en el incendio... no. Los niños necesitan tiempo para reponerse de ese horror. La mujer a la que me refiero... —Le echó un vistazo a una miniatura, una delicada figurita que estaba al borde del escritorio—. Será mi marquesa. Los niños necesitan una madre y yo...

—¿Necesita una esposa? —Iruka respondió gentilmente mientras la voz de Naruto desaparecía e iba dejando su rastro.

A pesar de sus firmes intenciones de no sentirse afectado por los problemas personales de su jefe, Iruka había desarrollado con el tiempo un considerable afecto por Naruto y su descendencia de cinco diablillos.

Sabía perfectamente que Naruto había amado a su esposa, quizá no de una forma apasionada, pero sí lo suficientemente profunda como para quedar destrozado cuando ella murió dando a luz. Aún no se había recuperado, y ya iba siendo hora de que lo hiciera.

—Sí —dijo Naruto con un suspiro, recostándose contra el respaldo del cómodo asiento—. Tardé en convertirme en un hombre casado, pero debo admitir que es un estado muy agradable, Umino. Usted no considerará posible que alguien acosado noche y día por su alborotada manada de niños se sienta solo, pero así es. Necesito a alguien, a una mujer. A una esposa —rectificó rápidamente; el ceño fruncido creaba un pliegue en la frente—. Sí. He decidido que la respuesta a este deseo natural de compañía y a la necesidad de que alguien se encargue de los chicos es una esposa. Así pues, me gustaría que usted pusiera un anuncio en el periódico local. ¿Cómo se llama? ¿Diario El Derriere del Delfín?

—La Gaceta La Cola del Carnero, señor, llamado así porque el primer número se publicó en el pueblo Cola de Carnero, que está, creo, a unas ocho millas al oeste.

Debo confesar, sin embargo, que me encuentro algo confundido por su determinación de publicar un anuncio para que una mujer reclame la posición de marquesa. Siempre había asumido que un caballero de su estatus buscaba entre otros miembros de su círculo social a tal candidata, en vez de poner un anuncio en un periódico que informa sobre agricultura y cosas del campo.

Naruto rechazó aquella sugerencia con un ademán.

—He pensado en eso, pero no me apetece nada empezar semejante aventura. No quiero moverme de aquí.

—Pero tiene usted amigos, conocidos que sabrán encontrarle a una mujer de su misma clase, una mujer más apropiada para usted que...

—No.

Naruto se recostó en su asiento y alzó las piernas para poner los pies sobre el escritorio.

—He buscado entre todas las parientas de mis amigos, y ninguna de ellas encaja. La mayoría son demasiado jóvenes, y las que no lo son sólo me quieren por mi título.

Iruka se quedaba sin argumentos.

—Pero, señor, la mujer sería su marquesa, la madre de sus hijos y de los que están por nacer...

Los pies de Naruto descendieron dando un golpe seco en el suelo, a medida que él se enderezaba en su silla y miraba fijamente a su secretario.

—¡No más hijos! No voy a pasar por eso de nuevo. No sacrificaré a otra mujer en ese altar.

Se frotó la nariz de nuevo y volvió a poner los pies sobre el escritorio.

—No tengo tiempo para cazar otra esposa por los medios convencionales. Mi intención es adquirir una antes de que alguien en el vecindario sepa quién soy, antes de convertirme en el objetivo de todos los cazadores de títulos del lugar. La súbita muerte de mi primo Nagato me pilló desprevenido, y desde luego no me esperaba heredar todo esto.

Pero lo he heredado, y gracias a esta inesperada herencia se me ofrece la oportunidad perfecta para encontrar una mujer que necesite un marido tanto como yo necesito una esposa. Quiero una mujer honesta, de buena cuna y bien educada, pero no necesariamente de una gran familia... Una mujer del campo, fuerte y refinada a la vez, eso es lo que se necesito. Deben gustarle los niños, y desear... En fin... una relación física conmigo.

Iruka abrió ampliamente las manos, confundido.

—Pero, las mujeres que consienten una relación física, a menudo engendran hijos.

—Me aseguraré de que mi esposa no esté interesada en el alboroto de un nuevo hijo —dijo Naruto descuidadamente y, entonces, se estremeció visiblemente cuando en algún lugar cercano se cerró una puerta. Era el sonido de algo parecido al galope de cien elefantes atravesando el pasillo frente a su oficina.

—Anote esto, Umino: «Se busca: mujer honesta y educada entre treinta y cincuenta años que desee contraer nupcias con un hombre de cuarenta y dos años de edad, en buen estado de salud y con suficientes medios para asegurar su comodidad. Debe desear niños. Las aspirantes pueden enviar sus referencias al señor U. Iruka, Raving-by-the-Sea. Se programarán entrevistas la semana próxima».

Eso debe ser suficiente, ¿no cree? Puede seleccionar a las aspirantes y traerme a las que usted crea que son las más apropiadas. Yo las entrevistaré y sacaré a las que no me convienen.

—Señor... —dijo Iruka, sin saber cómo convencer a su jefe acerca de que se olvidara de semejante método de conseguir esposa.

—Pero yo... ¿Y si resulta que...? ¿Cómo puedo yo saber a quién encontrará usted de su agrado?

Naruto frunció el ceño por encima de un libro de contabilidad de la propiedad.

—¡Ya te he dicho lo que quiero, hombre! Una mujer honesta, inteligente, a quien le gusten los niños. Preferiría que tuviera un cierto encanto en su apariencia, pero eso no es absolutamente necesario.

Iruka se tragó sus objeciones y preguntó tímidamente:

—¿Dónde desea entrevistar a las candidatas? ¿En Ashleigh Court?

Naruto pasó un dedo sobre una columna de números, entornando los ojos al ver la prueba del abuso cometido por el mayordomo de su difunto primo.

—Deberían ahorcar a ese hombre. ¡Arruinar la propiedad de esa manera! ¿Qué ha dicho, Umino? Oh, no, cualquier mujer que tenga un mínimo sentido saldría corriendo y gritando horrorizada nada más ver esa monstruosidad. Encuentra un lugar en el pueblo, algún sitio donde pueda conocer a las mujeres y sostener una calmada conversación con ellas. Individualmente, por supuesto. Citas en grupo no serían buenas.

—Por supuesto —acordó Iruka y salió tambaleándose de la habitación, desorientado y deprimido. Lo único que lo animaba era la idea de que la esposa de Naruto, fuera quien fuese, indudablemente insistiría en que se limpiara a fondo la casa, desde el ático hasta el sótano.

Naruto apenas se estaba acomodando para escribir unas notas acerca de lo que necesitaba atención con urgencia en la propiedad, cuando un repentino y agudo grito le hizo saltar del asiento y llegar a la puerta antes de que Iruka apareciera en el pasillo.

Naruto dudó al ver la débil sonrisa en los labios de Iruka.

—Los niños... ¿Alguien se ha hecho daño?

—Pavos reales —dijo Iruka de manera concisa. Naruto parpadeó y luego, se relajó.

—¿Pavos reales? Ah, pavos reales. Sí, tienen un chillido muy particular. Pensé que alguno de los niños...

Otro espeluznante chillido cortó sus palabras. Antes de que Naruto pudiera tomar aliento, un enorme pájaro verde y azul corrió frente a él y atravesó el pasillo. Las que habían sido alguna vez hermosas plumas de su cola se encontraban ahora torcidas y manchadas de barro.

Aullidos, alaridos y todo tipo de gritos seguían al pavo real en forma de dos pequeñajos que correteaban tras él haciéndole huir despavorido. Ann se detuvo junto a la enorme escalera curvada, echó su cabeza para atrás y soltó el más escalofriante sonido que Naruto había oído en su vida.

—Como me disponía a decirle, señor, no es el pavo real quien hace ese ruido, sino los niños.

Naruto cerró la puerta silenciosamente y se recostó contra ella, mientras los sonidos del agitado pavo real, perseguido por los tres ruidosos niños, se filtraban a través de la sólida puerta.

—Escriba el anuncio, Umino. Es urgente.

Un fuerte chillido, seguido por el sonido de algo grande de cerámica rompiéndose sobre el suelo de mármol del pasillo, envió a Naruto corriendo de regreso a su santuario.

—¡Cuánto antes! ¡Por el amor de Dios, hombre, escríbalo cuanto antes!