SE NECESITA ESPOSA
2. Anuncio
Hinata rozó cariñosamente la suave y tierna cabeza que yacía sobre su pecho e inhaló profundamente su olor a leche caliente y a jabón, ignorando el desagradable hedor que, a la vez, subía por los aires.
—Aquí estás, pensé que estarías en la casa parroquial. ¿Cómo se ha portado el bebé? Oh, qué barbaridad... ¡qué mal huele!
La señora Sarutobi salió apresuradamente del pequeño jardín y, antes de que Hinata pudiera protestar, le arrancó al más joven de los Sarutobi de los brazos y se lo entregó a una enfermera.
—Límpielo, Whithers. Huele como si lo hubieran metido en una fosa séptica.
—Me gustaría mucho que me dejara bañarlo... —empezó a decir Hinata, medio levantándose del banco. La enfermera arrugó la nariz y se apresuró, alejándose con su carga antes de que Hinata pudiera terminar su frase.
—No, no, eso no será necesario en absoluto. Por eso he contratado enfermera, para que se encargue de todas las tareas desagradables que conlleva la crianza de un niño. Ahora, siéntate y permíteme hablarte por un instante. Hay algo de suma importancia que quiero discutir contigo.
—Pero... tenía la esperanza de poder alimentar al bebé... —Hinata se sintió como si su corazón le hubiera sido arrancado del pecho junto con el bebé. Era tan dulce, tan adorable, tan pequeño y necesitado.
—Puedes darle de comer en otro momento, Hinata. Esto es importante.
Hinata se recostó sobre respaldo del banco y arrancó ociosamente una hoja de la hortensia que crecía al pie del asiento, tratando de no usar un tono malhumorado en su voz.
—Me prometiste que podía encargarme del pequeño Asuma mientras estuvieras lejos, atendiendo invitaciones, Kurenai. Creo que es poco amable por tu parte entregárselo a la enfermera cuando me prometiste que yo podía cuidarlo.
—Honestamente, Hinata, seguro que no querrás estar presente cuando haya que cambiarle los pañales. La suciedad que ese bebé puede producir... bueno... no puedes ni imaginártelo, es asqueroso.
Kurenai Sarutobi, esposa del vicario y amiga más cercana de Hinata, levantó la mano y cortó las protestas de la joven.
—Lo sé, lo sé, no encuentras nada malo en el pequeño y adorable Asuma, al igual que tampoco encontrabas nada reprensible en Mirai, Yamato o Hiro, pero, mi querida, mi queridísima amiga, debes aprenderlo de alguien que sabe... los bebés no siempre son pequeñas fuentes de deleite.
La mirada de Hinata se desvió desde los ojos de su amiga hasta el desteñido material azul de su vestido. Lo alisó, tratando de no revelar de ninguna manera que las palabras de Kurenai, aunque bien intencionadas, le habían hecho mucho daño.
—Sé que no son perfectos, Kurenai. No soy estúpida. Ya he criado a una niña.
Kurenai dejó a un lado el periódico que había sostenido hasta entonces y palmoteo de manera simpática la mano de su amiga.
—Nunca he pensado que seas estúpida, Hina. Eras la más inteligente y generosa mujer que conozco, y has hecho un trabajo estupendo con Sumire, a pesar de que no era realmente una niña cuando llegó a ti. ¿Qué edad tenía cuando su tío murió?
—Quince —admitió Hinata.
—Has hecho un maravilloso trabajo en estos cinco años, educándola y cuidándola, y sabes que siempre serás bienvenida aquí. Los niños te adoran...
Una silenciosa protesta atravesó el corazón de Hinata con la velocidad de una flecha. Miró de nuevo a su amiga, tratando de controlar sus negras cejas, que se negaban a obedecerla a pesar de sus intentos de impedir que se arquearan. Y finalmente no lo pudo evitar y frunció el ceño.
—¿Qué más ibas a decir? Kurenai le apretó la mano.
—Que ya va siendo hora de que formes tu propia familia. Hinata levantó los ojos hacia el cielo por un momento.
—¿Crees que no lo he intentado? Créeme, lo he hecho. Por todos los santos, Kurenai, tú personalmente me has presentado a todos los solteros disponibles del condado, y he examinado también a todos los que no están disponibles. No existe hombre alguno de Dorset que no haya oído hablar del escándalo, y ninguno se arriesgará a mancillar su reputación casándose conmigo.
El resto son borrachos o brutos que golpean a sus esposas, o demasiado pobres para poder mantenernos a Sumire y a mí. Y, antes de que me digas que soy demasiado melindrosa, te aseguro que no busco un hombre rico; sólo busco uno que tenga medios suficientes para mantener a una esposa y a su sobrina.
Kurenai se rió.
—Nunca te llamaría melindrosa, Hina. Algunos de los hombres con los que pensaste casarte... —Se estremeció ligeramente.
—Pero puede haber una solución. Mira, la señora Mitarashi me avisó de un anuncio que se publicó en el periódico de ayer. —Acercó con la mano el periódico a Hinata para que pudiera examinar el pequeño anuncio que estaba resaltado con un círculo azul.
Hinata leyó el párrafo, sus cejas se elevaron a medida que levantó la mirada para encontrar los brillantes e inquietos ojos de su amiga.
—¡No puedes estar hablando en serio!
—¿Por qué no? Este hombre necesita una esposa, quiere alguien a quien le gusten los niños y dice que tiene medios suficientes.
Hinata se quedó boquiabierta.
—¿Por qué no? ¿Por qué no? —dijo su amiga, sin comprender por qué estaba tan consternada Hinata.
—Kurenai Sarutobi, ¿no has estado sermoneándome estos dos últimos años acerca de mi afán de conseguir marido y diciéndome que aquel afán ha llegado casi hasta la locura de aceptar a cualquier hombre?
—Pues, sí, pero...
—Y, ¿no eres tú la mismísima persona que semanalmente me sermonea sobre cómo las mujeres pueden ser perfectamente felices y productivas sin engendrar un hijo o convertirse en esposas?
—Sí, y mantengo firmemente mí posición. Los niños no son para todo el mundo. Algunas mujeres no han nacido para ello.
—Y aún así, tú, que siempre dices que debería estar agradecida por no tener ataduras y por poder vivir mi vida como quiera, aunque debo aclarar que ser tan pobre como un ratón de iglesia y tan sólo amada por una sobrina que prefiere estar acompañada por animales que por personas, no es la vida que deseo vivir... En fin, ¿cómo puedes decirme que conteste a este ridículo anuncio de un hombre del que no sé nada en absoluto?
—Bueno, claro, tendrías que averiguar algo acerca de él, eso lo entiendo. No estoy sugiriendo que lo tomes a ciegas. Puede que no sea de apropiado para ti. El anuncio dice que se deben mandar referencias y, después, el hombre te citará para una entrevista. En la charla, tú también podrás informarte.
—¡Entrevistarme!
Hinata sentía la indignación subir por su cuerpo al pensar en que podía ser entrevistada. Emitió un femenino resoplido.
—¿Qué me someta a una entrevista, dices? ¿Como si fuera una sirvienta? ¡No creo!
Kurenai la miraba con un afecto, una calidez y un sentido del humor casi incontenibles, que le brotaban de su interior.
—No tiene nada de malo que te entrevistes con ese hombre, tú bien lo sabes. Además, ¿qué es una entrevista, si no tiempo para conocer a alguien? En el fondo, has hecho lo mismo con los hombres a los que has perseguido.
Un pálido rubor, rojo como una rosa temprana, coloreó las mejillas de Hinata, quien eludió la mirada de su amiga.
—Lo dices como si yo estuviera desesperada, cazando hombres de la misma manera que los zorros cazan a sus presas.
—Hinata, sabes que quiero que seas feliz. Si tu experiencia con Toneri no te hizo renunciar de por vida a los hombres, y si estás segura de querer casarte y tener una familia, entonces haré todo lo que esté a mi alcance para ayudarte.
—Mi matrimonio con Toneri no hizo que desarrollara un rechazo hacia todos los hombres, Kurenai, te aseguro que Toneri era la excepción a la regla. La mayoría de los hombres no quieren casarse ni siquiera con una mujer, así que imagínate con dos... Y en cuanto a la familia, temo que es demasiado tarde para eso. Tengo treinta y dos años. La mayoría de las mujeres ya son madres a mi edad.
—Ah, pero tú no eres como la mayoría de las mujeres —dijo Kurenai, dirigiendo una sonrisa cálida, más que a los ojos, al corazón de Hinata—. Eres Hinata Hyūga, hija de sir Hiashi Hyūga, bien educada y afortunada, la mujer que es además la escritora del más popular y escandaloso libro de este siglo.
Hinata echó un vistazo al pequeño jardín. Estaba preocupada. Lo último que necesitaba era que los habitantes de Cola de Carnero descubrieran que ella era la notable Hannah La Perla, autora de la afamada Guía para la gimnasia conyugal, un libro tan impactante que fue calificado como obsceno por el gobierno y, consecuentemente, editado tres veces para satisfacer las demandas de los miembros de las clases acomodadas.
—Le dije a la vieja Mab Shaine que me examinara. —Hinata nombró a la partera local tímidamente, tratando de no esperanzarse por algo que significaba tanto para ella—. Dijo que estaba perfectamente y me habló de varias mujeres que conocía que habían tenido hijos después de los treinta y cinco años, así que tengo oportunidad.
—¿Lo ves? Si realmente quieres tener una familia, a pesar de que sabes lo increíblemente horroroso que puede ser un parto, entonces, tu deber es contestar a este anuncio.
Hinata se mordió el labio inferior y desvió la mirada hacia el papel. Aunque el método que el hombre utilizaba para cumplir sus deseos de tener una esposa la había disgustado casi tanto como la palabra «entrevista», Kurenai tenía razón. Nada le impedía examinar a ese hombre y ver si podría convertirse en un compañero adecuado para ella. Había hecho más o menos lo mismo con los otros hombres del lugar que su amiga le había presentado.
—Existe el problema de mi pasado —dijo lentamente—. Perdí a más de un pretendiente cuando se enteraron de que yo era la concubina de Toneri.
—Tú no eras su concubina, por Dios. Tú te casaste con él de buena fe. Fue él quien obró mal, fue él quien te usó y te desechó sin preocuparse por tu futuro.
—Las dos sabemos eso, pero a los hombres, por el contrario, no les importa que fuera Toneri quien mintiera antes de nuestro matrimonio. Ellos sólo ven a una mujer que se entregó a un hombre que resultó no ser un marido leal, a un hombre que causó un escándalo tan grande que acabó expulsado del país, y cuyo comportamiento fue la causa de que mi padre me desheredara y condenara a la pobre Hanabi al ostracismo por el hecho de ser mi hermana, tras ser injuriada por toda la sociedad. Hanabi quedó en la ruina debido al escándalo, Kurenai. Yo tengo la culpa de que ella muriera y de que su bebé, mi pobre Sumire, fuera criada por su tío.
—Eso no es culpa tuya, así que deja de martirizarte. Además, este problema tiene una solución muy simple: No le digas a este hombre quién eres. O mejor dicho: quién eras.
Hinata miró sorprendida a su amiga.
—¿Quieres que le mienta?
—No, claro que no, eso sería una pecado y estaría muy mal. Yo sólo sugiero que no se lo cuentes todo, al menos hasta que te cases con él. Después de que haya pasado el tiempo necesario para que se enamore de ti, si quieres le cuentas toda la verdad. En ese momento, será demasiado tarde... Ya no podrá arrepentirse.
—Eso es un poco cruel —dijo Hinata; sus dedos jugaban con la tela de su vestido—. Después de mi experiencia con Toneri, la honestidad es la primera en la lista de cualidades que busco en un esposo. Nunca me volveré a casar con un hombre que tenga secretos conmigo.
—Mmm, pues entonces creo qué deberías descartar a todos los hombres que aún respiren en las islas británicas. —Kurenai guardó silencio por un momento y, luego, preguntó—: ¿Tienes una lista de las cualidades que buscas en un esposo?
—Claro, por supuesto que la tengo. Las listas son una excelente manera de organizarse. Llevo listas de muchas cosas. Los atributos que busco en un esposo constituyen sólo una de las muchas listas que he hecho...
—¿Qué has apuntado en ella?
—¿En la lista del buen marido?
Kurenai asintió. Hinata pensó por un momento y después comenzó a contar elementos con sus dedos.
—La honestidad es la cualidad más importante, como ya te he dicho. Y también necesito una bondad natural.
—Me lo imagino.
—Un buen sentido del humor es, definitivamente, un punto positivo.
—Estoy completamente de acuerdo.
—Por supuesto, le deben gustar los niños.
—Naturalmente —asintió Kurenai, algo sombríamente.
Hinata le echó una mirada de reojo para determinar sí su amiga se estaba burlando de ella. El rostro de Kurenai sólo mostraba seriedad, aunque había un brillo en sus ojos de color rojizos que hizo que Hinata dudara de esa seriedad de Kurenai.
—La seguridad económica también es necesaria, pero no seré exigente en cuanto a la cantidad. Lo importante es que pueda darnos un hogar seguro a Sumire y a mí, mientras ella esté conmigo.
—Ya. Cuando se trata de asuntos de naturaleza fiduciaria, cuanto más, mejor.
—Y, por último, el hombre con quien me case debe ser muy, muy ágil. Preferiría que fuera algo así como un atleta, aunque me conformaría con un hombre que sea razonablemente flexible y ágil, y que esté en buena forma.
Kurenai parpadeó.
—¿Ágil? Para qué quieres que sea ágil... ¡Oh! Lo quieres para cuando... estén... cuando él y tú...
—Sí, exactamente. Puede que no tenga mucha experiencia como esposa, pero hasta yo sé que uno se debe dar gusto en la gimnasia conyugal si quiere llegar a tener hijos. Y debes admitir que cuando se trata de esos asuntos, es mucho mejor tener a un esposo flexible que uno que no es capaz de llevar a cabo el más simple ejercicio gimnástico y se queda de piedra como una de esas figuras del Muro de Adriano.
Kurenai abrió la boca como si fuera a hablar, entonces, evidentemente, pensó que era mejor no hacerlo y agitó la cabeza.
—Aunque, como te he dicho, tengo una lista con las cualidades que mi futuro esposo debe satisfacer, las primeras y más importantes son la honestidad y la franqueza en todas las cosas. Después de lo vivido con Toneri, no podría tolerar otra cosa, y si demando eso en un esposo, yo también debo hacer lo mismo. Tendré que contarle todo mi pasado.
—Sí, pero Hinata, realmente no te puedes permitir ese lujo, ¿no crees?
Las palabras, aunque pronunciadas con delicadeza, tenían un cierto tono severo. El corazón de Hinata se sumió en la oscuridad, como si una vez más llevara sobre sus hombros la carga que había abandonado durante unas horas de placer con el pequeño Asuma.
—Puedo asegurarte que eres la única a la que se le olvida. —Hinata suspiró. Suspirar como si fuera a acabarse el mundo, no era una solución. Llorar tampoco, y con los suspiros, por lo menos se sentía mejor, sin tener que soportar los ojos rojos y la nariz congestionada.
—¿Y qué me dices de la posibilidad de escribir otro libro? —Kurenai levantó la mirada, sus ojos estaban brillantes—. ¡Podrías escribir otra guía!
—No, no podría. Aunque tuviera material suficiente para otra guía, cosa que no tengo, pues sólo viví con Toneri seis semanas. Se lo he propuesto al editor y me dijo que no vale la pena publicar otro libro así, porque apenas produce ganancias y las demandas son muy caras, con lo que, al final, pierde dinero. Mucho me temo que Hannah La Perla no tiene futuro en la carrera literaria.
Hinata bajó la cabeza y contempló el bien mantenido césped de la casa del párroco. Las abejas zumbaban alegremente entre las rosas y los jacintos, el aire se llenaba con los sonidos y olores que Hinata había llegado a amar.
Si pudiera quedarse metida en la seguridad de su pequeña casa hasta que tuviera tiempo de encontrar marido, de encontrar al hombre que se integraría en su vida de manera impecable.
—Me temo que todo lo que hay entre mi vida y el asilo para pobres son los cinco chelines que he escondido en un viejo guante y la precaria suma de dinero que Sumire recibe trimestralmente. Me he visto en la necesidad de pedirle prestado a ella, pero eso no es suficiente para mantenernos.
—No sabía que las cosas estuvieran así de mal —dijo Kurenai, con voz llena de compasión y simpatía.
—No, no puedo. A decir verdad, mi situación es peor de lo que tú te imaginas. El dinero que obtuve por la venta de las joyas que aún me quedaban se me acabó a primeros de este año.
El contrato de arrendamiento de nuestra pequeña casa caduca a finales de este mes, y sir Jasper ya me ha advertido que va a subirme el alquiler. La señora Feeny le dijo al señor Feeny que no debe darme más crédito hasta que pague lo que les debo, y todas las tiendas del pueblo están tomando la misma medida.
—Le diré a Asuma que te preste algo de dinero, lo suficiente como para que goces de un respiro hasta que tu editor te devuelva el último borrador corregido...
Hinata negó con la cabeza antes de que su amiga pudiera terminar la frase.
—No habrá más borradores. El señor Aburame me ha dicho que, a pesar de que mi guía es muy celebrada entre los miembros de las clases más acomodadas, el resto no quiere saber nada de ella; nadie la compra, porque piensan que es un libro pornográfico...
—¡Pero seguramente debe haber algo que puedas hacer! Algún empleo que puedas encontrar.
Hinata pestañeó para contener las lágrimas. Una de las primeras cosas que había aprendido era que las lágrimas jamás ayudan.
—Soy hija de un caballero, Kurenai. Mi educación ha sido limitada a aquellas cosas que se requieren para atender los quehaceres de la casa y para concebir hijos.
—Pero podrías ser una institutriz o una profesora.
—¿Con mi reputación? Kurenai bajó los ojos.
—Oh, sí, me había olvidado de eso.
Hinata se volvió, incapaz de sostener la mirada de su amiga por mucho tiempo.
—Bien, entonces, realmente no tienes opción, debes casarte inmediatamente.
—Es más fácil decirlo que hacerlo.
—Tonterías, has tenido varios pretendientes.
—Quienes retiraron sus intenciones al conocer mi pasado. Kurenai sonrió.
—Entonces la respuesta a tus problemas está clara: Si insistes en decir la verdad sobre tu pasado, debes hacerlo... pero espera a estar casada.
Hinata se mordió el labio inferior de nuevo.
—No me parece lo correcto.
—Haber estado casada con un sinvergüenza que ya estaba casado no es culpa tuya, Hina. Eres inocente por completo. ¿Para qué te castigas aún más por algo que no fue tu culpa? Debes aprovechar esta oportunidad que se presenta ante ti y preocuparte por los pormenores después.
Además, Toneri está muerto, que Dios lo tenga en su gloria, aunque merezca pudrirse en el océano italiano en el que se ahogó. No puede hacerte daño nunca más, siempre y cuando tú mantengas en silencio el pasado, nadie más lo traerá a colación.
—Fue el Mediterráneo, cerca de Grecia, creo.
Era una tentación seguir las sugerencias de Kurenai, admitió Hinata para sus adentros. Había estado a punto de casarse en varias ocasiones, pero cuando le hablaba de su pasado a su futuro esposo, el hombre en cuestión huía por temor a que la mancha de Hinata ensombreciera su buen nombre.
Tal vez su salvación estuviera en este hombre que se enamorara de ella de verdad, si la amaba, no le importaría su pasado. Si la amaba, entendería que entonces era muy joven y muy tonta, y no tenía experiencia suficiente para juzgar a Toneri y saber que era un ser despreciable.
Tal vez podría encontrar un hombre que simplemente quisiera una esposa, una madre para sus hijos, una compañera, alguien con quien compartir las dichas y desdichas de la vida.
Hinata pensó en lo que le esperaba en la vida: pobreza, soledad y la responsabilidad de ver a Sumire sobrellevando su miseria alegremente, sin quejarse, y decidió que por una vez tomaría el camino menos honorable. Su corazón se relajó, como si la carga que llevaba hubiera desaparecido de repente.
—Muy bien, enviaré una carta con mis datos y esperaré a ver qué pasa. Si resulta que él desea casarse conmigo... me casaré, y se lo diré tan pronto como me sea posible. ¿Me servirás de referencia?
—Por supuesto. —Kurenai sonrió de nuevo y Hinata le devolvió la sonrisa—. Te escribiré una carta de recomendación tan elogiosa que tendrá que estar loco para rechazarte.
Una risita tonta se escapó de Hinata a medida que se incorporaba, alisando su vestido y recogiendo su sombrero y su bolso.
—Podría casarme con un loco, siempre que sea amable y cariñoso y esté dispuesto a darme un hijo.
—¡Oh, rayos, se me olvidaba! ¿Qué vas a decirle al herrero?
—¡Kurenai! —dijo Hinata, tratando de parecer sorprendida pero con miedo a que la risa que le bailaba en los ojos descubriera su verdadera intención—. Semejante indirecta tan vulgar e indecorosa aterra a mis oídos de soltera.
Kurenai se rió con fuerza mientras se detenía al pie de la verja.
—Eres la mujer menos soltera que he conocido hasta ahora.
Hinata hizo una pausa mientras cerraba la verja. Disfrutaba sintiendo el calor del sol en su espalda y oliendo el aroma a madreselva.
—Hablando de eso, ¿estás segura que no debo decir nada de...?
—Absolutamente.
—Pero, ¿si me encuentro a alguien que conozca? ¿Alguien que le hable de mi pasado antes de que yo pueda hacerlo?
—Como esposa de un simple caballero del campo, pues debe ser un caballero a juzgar por el vocabulario que usó en su anuncio, no creo que sea probable que te roces con personas de alcurnia. Nadie sabrá quién eres, así que tendrás la oportunidad de decírselo a tu marido cuando lo creas adecuado. Dentro de seis o siete años.
Hinata echó un vistazo a lo largo de la polvorienta carretera hasta toparse con la plaza central de la aldea. Cola de Carnero había sido un refugio para ella, pero también había sido su prisión.
Se había escondido junto a Sumire de las miradas de los chismosos, pero los años se le escapaban y Sumire merecía una vida mejor que la pobreza que Hinata le ofrecía.
—Muy bien. Te llamaré luego para que hagas la recomendación.
—Te estará esperando —dijo Kurenai, agitando su mano a medida que Hinata tomaba su camino hacia el centro del pueblo con la mente centrada en la carta que enviaría a al señor U. Iruka.
Un poco más adelante, Hinata se dio cuenta de que varias mujeres estaban agrupadas alrededor de la plaza en pequeños grupos, hablando, pero no quiso pensar mucho en ello. Las mujeres de Cola de Carnero tenían fama de chismosas, felices de pasar horas analizando el carácter de los demás, sus antecedentes y sus hijos.
—Sin duda, están destrozando la reputación de alguna pobre mujer hasta dejarla hecha añicos —se dijo Hinata mientras bordeaba la plaza y se dirigía a la casa del herrero.
Tras unos pocos minutos Hinata lamentó su actitud de displicencia.
—Te quiero a ti —dijo el señor Hidan, acercándose y rociando a Hinata con el olor que despedía un cuerpo sin bañar, a cebollas y sudor de caballo. Era, como desde luego notó, un aroma que no conducía al romance. Podía tener brazos enormes y abundante cabello, pero el señor Hidan, definitivamente, no era el hombre que le convenía.
—Te deseo desesperadamente. Ven y siente lo deseoso que está mi sexo de tenerte.
Antes de que ella se diera cuenta de lo que él hacía, la gigantesca mano del herrero tomó la suya y la forzó a plantarse sobre el prominente bulto de sus apretados pantalones.
—¡Señor Hidan! —dijo ella, agitada. Quitó la mano mientras trataba de escabullirse del poderoso brazo que la atrapaba fuertemente sobre el suelo de madera de la cabaña.
—¡Por favor! No tengo ningún interés en su sexo, así que déjeme pasar.
El fétido olor se incrementó cuando el herrero se rió en su rostro. Hinata volvió la cabeza, lamentando no haber enviado a Sumire a reparar la olla, como excusa para que echase un vistazo al hombre y lo evaluase como posible pretendiente.
—Juegas conmigo. Coqueteas y me calientas con evasivas, señora, pero yo sé cuánto me deseas tú también. Dame un beso.
Hinata apretó los dedos alrededor del asa de la olla y rechinó los dientes. Su vida, hacía un momento medianamente horrible, se había convertido en una completa y furiosa pesadilla.
—Señor Hidan, si no me deja pasar en este instante, me veré forzada a tomar medidas contra usted.
El herrero se apretó contra ella, aplastándola contra la pared con su amplio y sudoroso pecho. Hinata movía la olla frenéticamente.
—A nadie le importará un bledo que grites, señora. Todos te conocen por lo prostituta que eres, aunque finjas que eres de clase alta; pero te casaste con un hombre que ya estaba casado. La señora Stone dice que tu propia familia no quiere tener nada que ver contigo. Dame un beso —exigió de nuevo, mientras la saliva se acumulaba en la comisura de sus carnosos labios.
—No soy una prostituta —dijo Hinata con suavidad, moviendo la olla levemente para permitirse un mayor impulso para el golpe—. No tengo la menor idea de cómo se ha enterado la señora Stone de que estuve casada, pero le puedo asegurar que soy inocente de sus acusaciones. Ahora, por favor, suélteme o tendré que usar la violencia.
El hombre frotó su pecho contra el de ella.
—Todos saben que abrirás las piernas a cualquier hombre que te dé a probar su hombría. —El herrero deslizó una mano hacia la cabeza de Hinata, cogiendo un mechón de su cabello y tirándole del pelo para echar su cabeza hacia—. Te he dicho que me des un beso. ¡No estoy dispuesto a decírtelo de nuevo!
—Señor Hidan —Hinata tomó todo el impulso que pudo con la olla en la mano.
—¿Si? —Sus repulsivos labios descendían sobre ella.
—Esto es para su sexo.
Golpeó con la olla lo más fuerte que pudo, golpeándolo justo en la unión de sus piernas.
El herrero gritó y cayó hacia atrás, agarrándose fuertemente, mientras escupía insultos a medida que encogía el cuerpo. Hinata respiró profundamente y dio unos pasos para acercarse al hombre que se retorcía de dolor.
—De ahora en adelante iré a otro lugar cuando necesite los servicios de un herrero —dijo, y le dio una rápida patada a la altura del riñon, sólo por gusto—. ¡Tiene suerte de que sea una dama!
Salió de la herrería con la cabeza en alto, dibujando una terca sonrisa en su rostro y sintiendo que todos los ojos del pueblo marcaban su piel mientras se apuraba hacia su casa. Se aferraba a la esperanza de que, tal vez, el desastre no fuera tan grave...
Pero sabía que sí lo era, o que era incluso mucho peor. Ahora todos en el pueblo conocían su secreto. Tendría que cambiar de casa de nuevo, dejar Cola de Carnero, ¿y cómo iba a hacerlo con sólo cinco chelines y sin más amigos que Kurenai?
—Bendita Santa Genoveva. —Hinata se mantuvo firme y no sollozó mientras caminaba torpemente hacia la pequeña cabaña que compartía con Sumire —. Voy a tener que casarme con el señor Iruka, sin importar qué tipo de hombre sea. Con suerte, en Raving nadie sabrá quién soy hasta que pueda casarme con él.
—¿Casarte con quién? —preguntó una voz grave y desinteresada.
Hinata se apoyó en la pared y luchó para recobrar el aliento, al mismo tiempo que se tragaba lágrimas de autocompasión.
—Oh, Sumire, no te había visto. ¿Qué haces ahí abajo junto al cubo de carbón?
Los ojos purpura de Sumire observaron a su tía por un momento, antes de que su cabeza se metiera bajo la mesa de ásperos tablones y volviera a emerger momentos después con un pequeño gatito acomodado entre sus manos.
—Maple acaba de tener su camada. Solamente tres, pero uno nació muerto. Sólo me estaba asegurando de que los dos restantes estuvieran bien. ¿Con quién tienes que casarte?
Hinata la miró sin comprender durante unos segundos. Tenía la mente en otra parte y estaba aún muy agitada por el episodio en la herrería.
—Me voy a casar... espero casarme... con el señor U. Iruka. Si él desea hacerlo, por supuesto.
—Oh —dijo Sumire mientras se agachaba para devolver el gatito al nido que le había hecho a sus crías.
—¿Oh? ¿Eso es todo? ¿No vas a preguntarme quién es el señor U. Iruka o por qué me voy a casar con él...?
Sumire se incorporó y se limpió las manos, llenas de hollín, sobre su vestido color lavanda, ante lo cual Hinata hizo un leve gesto. No le importaba que se hubiera ensuciado el vestido, era la naturaleza masculina de su sobrina lo que la molestaba.
Sumire tenía veinte años, era una mujer inteligente y alegre, de una buena, aunque empobrecida, familia.
Y si no era la mujer más adorable en la faz de la tierra, era muy bonita, con cabello de un color purpura, largo y liso, ojos grandes y una muy dulce sonrisa, cuando sonreía, cosa que no ocurría muy a menudo, porque Sumire era muy seria, y se lo tomaba todo de manera literal.
Le interesaba más pasar el tiempo con los animalillos que iba recogiendo por ahí que con la especie de dos patas que la mayoría de las mujeres prefieren.
—Aunque, ¿cómo podrías conseguir marido sin dote y con una tía que no pasa desapercibida? En fin... —Hinata suspiró. No se había dado cuenta de que había expresado sus pensamientos en voz alta.
Sumire ladeó la cabeza y la observó con atención mientras Hinata se quitaba el sombrero y se dejaba caer sobre una desvencijada silla que se encontraba junto al fuego.
—Pensé que eras tú la que iba a casarse. Te he dicho muchas veces que no planeo casarme. Los hombres son tan... —Arrugó la nariz como si oliera repollos cociéndose
—... Tontos. Estúpidos. Absurdos. Aún no he conocido a uno que tenga la más mínima noción de lo que es el sentido común. A decir verdad, no creo que ese hombre exista. Me va a ir bastante bien sin ninguno que me pertenezca, gracias.
—Oh, Sumire —dijo Hinata, al borde de las lagrimas, pero incapaz de dejar de sonreír por el rechazo de su sobrina hacia los hombres en general—. ¿Qué haría yo sin ti?
—Bien, me imagino que lo mismo que haces ahora —respondió Sumire —. Tienes la costumbre de hablar sola, tía Hina, así que si yo no estuviera aquí, probablemente, estarías exactamente dónde estás ahora, diciéndole a tu habitación que te vas a casar con el señor Iruka. ¿Quién es el señor Iruka?
Hinata bendijo el día en que Sumire llegó a su vida. Si había alguien que la hiciera reírse de sí misma, aquella persona era su sobrina.
—El señor Iruka es un hombre que está buscando esposa y, como yo soy una mujer en busca de marido, espero que podamos correspondernos el uno al otro. No te importaría que me casara, ¿verdad Sumire? Sabes bien que no me casaría con un hombre que no pudiera mantenerte a ti también.
Sumire se encogió de hombros y llenó un pequeño y agrietado platillo con la última gota que quedaba de leche, dejándolo cerca de la nueva madre felina.
—Si te hace feliz, no me importa lo más mínimo, siempre y cuando al señor Iruka no le preocupe que tenga mis animales. No podría abandonarlos.
—No, por supuesto que no —dijo Hinata, tratando de pensar cómo le iba a decir a su posible esposo que no sólo había ganado una esposa y una sobrina, sino también tres gatos, seis perros, dos cabras, cuatro ratones amaestrados y un faisán que creía ser un gallo.
Agitó la cabeza y se incorporó para buscar un trozo de papel relativamente limpio. Luego, se sentó en la mesa para escribir una carta tan deslumbrante que, con certeza, llamaría la atención del señor Iruka.
—Rezo porque sea un hombre decente y agradable, sin secretos que después vengan a acecharme. No creo que sea capaz de soportar otro marido con secretos.
