SE NECESITA ESPOSA
3. Entrevista
—¿Cuántas candidatas quedan, Umino? —preguntó Naruto, preocupado, mientras se recostaba en su asiento. Se encontraban en la habitación de una posada, reservada exclusivamente para llevar a cabo las entrevistas.
Iruka consultó la lista.
—Déjeme ver, la candidata número catorce escribió diciendo que estaba demasiado enferma para viajar.
—Táchala de la lista. Si es frágil de salud no será capaz de soportar el trajín de los niños. Se necesita una mujer fuerte en completa posesión de sus facultades físicas y mentales para poder lidiar con mis hijos.
—Y la número veintitrés cambió de parecer en la puerta.
—Tímida. Tampoco haría una buena labor. Mi esposa debe tener una firme determinación. También decisión. Coraje, eso tampoco le haría daño.
—Y las candidatas número treinta y treinta y uno parecen haber escapado juntas. Naruto levantó las cejas e ignoró el comentario de Iruka.
—En cuanto a la número treinta y tres, la última candidata, parece haber decidido no entrevistarse con usted.
Iruka alzó la mirada.
—Ya no hay más, señor.
Naruto se puso de pie y se estiró, frotándose la nuca mientras tomaba su sombrero.
—Bueno, ha sido una pérdida de tiempo. Le pido a Dios que nunca más tenga que conocer a tantas mujeres.
Iruka avanzaba al lado de Naruto, mientras salía de la posada. Naruto le dio unas monedas al encargado del lugar y, luego, fue al establo.
—¿No ha visto ni siquiera a una que cumpliera mínimamente con sus aspiraciones, milord?
—¡Calla! —Naruto hizo callar a Iruka, mientras esperaba a que le trajeran a Kurama.
—Nada de llamarme milord aquí. Cuantas menos personas conozcan mi verdadera identidad, mejor. Por lo menos, hasta que consiga una esposa.
—Discúlpeme, señor. ¿No ha habido ninguna que le satisfaga?
—No, ninguna —dijo Naruto—. Ni una sola de aquellas benditas mujeres sería apropiada para mí. Muchas de ellas eran demasiado jóvenes, unas pocas eran de la edad adecuada, pero carecían de la capacidad mental que yo busco en una esposa. No espero que sea un genio, pero debo tener una mujer con la cual pueda conversar, una a quien le interesen los libros, los últimos sucesos...
Naruto vio a una bonita mujer que se apresuraba a entrar en la posada. La parte inferior de su oscura falda roja se encontraba llena de barro y mugre, como si hubiera caminado a través de todo el bosque.
—Y otras dos candidatas eran, por decirlo sutilmente, un poco masculinas.
—Usted dijo que no era necesario que su futura esposa fuera guapísima, señor. — Aunque su tono era muy respetuoso, había en él un deje de reproche.
—Guapísima, no, pero sí me gustaría poder mirarla sin tener que pensar en un buldog. Una de las mujeres que he entrevistado tenía una verruga peluda entre las cejas. No podía dejar de mirarla. Por más que intentara volver la vista hacia otro lado, mis ojos siempre terminaban en su frente. No podría tener una esposa cuya frente atrapara mi atención tan completamente.
La mujer que acaba de entrar corriendo a la posada, sin embargo, es el tipo de mujer que estoy buscando. No es hermosa, pero es agradable, con ojos suaves, un delicado rostro ovalado y unas buenas... —Naruto hizo un gesto con ambas manos, un gesto universalmente conocido por todos los hombres mayores de cuarenta años—... curvas. ¿Por qué ninguna de esas mujeres era como ella? No creo que sea pedir demasiado.
Kurama salió rápidamente del establo, resoplando como una gran máquina. Un niño lo llevaba de las riendas. Naruto agarró las riendas con la facilidad de quien tiene mucha práctica, palmoteo afectuosamente al caballo en el cuello y le dio una moneda al niño.
—Date prisa, Umino, quiero llegar a casa antes de que los niños la destruyan.
—Ahí voy, señor —dijo Iruka, mirando cautelosamente la nueva yegua que Naruto acababa de adquirir para remplazar a su antiguo caballo. La yegua le mostraba los dientes y entrecerraba los ojos. En el momento en el que Naruto estaba a punto de montar, un grito femenino alcanzó sus oídos.
—¿Señor Iruka? ¡Señor!
Naruto se volvió y vio a la voluptuosa mujer que tanto le había gustado salir de la posada; se sujetaba la falda con una mano, mientras corría hacia ellos a través del embarrado patio. Admiró sus tobillos durante lo que le pareció muy poco tiempo, pues la desconocida estuvo enseguida frente a ellos.
—¿El señor Iruka?
Umino dio la espalda a la yegua para mirar a la desconocida. Naruto estaba a punto de rectificar el error que acababa de cometer, pues, en ese momento, se le ocurrió que aquella mujer podía ser la última candidata, la que había faltado a la cita.
La miró nuevamente, esta vez la observó de cerca para apreciar no sólo su hermoso rostro de mejillas brillantes y vivas, sino también su cabello negro, visible bajo el sombrerito, la delgada línea de las cejas y sus grisáceos ojos que miraban desde un atractivo y casi exótico ángulo.
Para su desgracia, Naruto se sintió completa e instantemente excitado. Sujetó las riendas bajo la rodilla y se quitó la chaqueta como si tuviera calor y la puso sobre sus piernas, haciendo un gesto que, esperaba, pareciera de sorpresa.
—¿El señor U. Iruka? Soy Hinata Hyūga. Le pido excusas por haber llegado tan tarde, pero me perdí por el camino y tuve que preguntar la dirección varias veces.
La mujer le hablaba a Iruka, aunque no miraba al hombre, sino a su caballo. Naruto hubiera querido bajar del caballo y hablarle, pero la reacción que tuvo al verla lo había dejado en la inevitable posición de permanecer a horcajadas sobre su montura. La sola idea de que ella pudiera notar el bulto en su entrepierna lo excitaba en lugar de calmarlo.
—¿No habré llegado demasiado tarde? ¿O, sí? Usted... Bueno, ¿ha cubierto ya el puesto?
La mujer se mordió el labio inferior, claramente, preocupada y ansiosa. Naruto se preguntó por qué una mujer tan atractiva estaba buscando marido tan desesperadamente; no tenía verrugas, ni imperfecciones físicas visibles, su voz sonaba educada y hablaba como una persona culta.
Iruka se aclaró la garganta y miró a su jefe. Naruto sacudió la cabeza y, después, recordó que no podía ponerse de pie frente a la mujer porque sus pantalones estaban a punto de estallar, así que sólo asintió. Iruka parecía confundido.
—Em...
—No, no ha llegado demasiado tarde —dijo Naruto, sintiéndose completamente satisfecho de recibir la atención de aquellos ojos grisáceos, aquellos ojos con mirada de terciopelo—. El señor Iruka es mi secretario. Soy yo quien está buscando esposa.
—Ah, ya veo —dijo la mujer, examinando a Naruto con la misma curiosidad con que él la había examinado a ella.
Aparentemente, no encontró nada que le desagradara en él, aunque estaba un poco sorprendida por sus malos modales; no entendía por qué aquel hombre permanecía sobre su caballo mientras hablaba con ella.
Naruto maldijo su falta de control y decidió que la entrevista debía llevarse a cabo rápidamente.
—Estábamos a punto de regresar a casa, pero, si no le molesta, podría responderme a algunas preguntas ahora mismo y así concluiremos este asunto rápidamente. ¿Dice que su nombre es Hinata?
La mujer se estremeció con un extraño movimiento, pero levantó la cabeza con orgullo y miró a Naruto fijamente a los ojos mientras contestaba.
—Sí, señor, Hinata Hyūga, mi padre era el señor Hiashi Hyūga, de Nottingham.
Era la hija de un baronet empobrecido, no cabía duda. Pero era tan dulce y agradable que no se permitió a sí misma mirar a Naruto con desdén, a pesar de lo insultante que debía de resultarle el hecho de que no se bajara del caballo para hablar con ella.
—¿Usted lee, señorita Hyūga?
Hinata se sintió sobresaltada por la pregunta, pero se recuperó rápidamente. Sin embargo, no pudo evitar ruborizarse un poco.
—Sí, cuando tengo la oportunidad.
—Oh, qué bien. Tengo una biblioteca muy grande. —Naruto pensaba en ella, tratando de separar la lujuriosa urgencia de su cuerpo de los deseos, menos terrenales, de su mente.
—¿Y usted? —preguntó Hinata atentamente, acercando su mano a la cabeza del caballo.
Naruto tomó las riendas que se encontraban debajo de sus rodillas para tirar de ellas con el fin de impedir que el caballo mordiera a la mujer. Sin embargo, se sorprendió al ver que el animal no la mordió y no sólo se dejó acariciar por ella, sino que también le acercó la nariz en busca de algún dulce.
Hinata se rió con una risa ronca que Naruto encontró completamente sensual y erótica. Era un sonido que parecía tocar su piel y le dejaba más excitado que nunca, un sonido que le hacía visualizarla sobre una cama, rodeada de todo su brillante cabello negro, riendo con su seductora risa.
—Le gustas —dijo Naruto.
—Probablemente sabe lo mucho que me encantan los caballos. Es muy hermoso. ¿Cómo se llama?
—Kurama. ¿Monta usted a caballo?
Una mirada de nostalgia brilló por un instante en sus ojos, mientras le daba una última palmada a Kurama y alejaba delicadamente la cabeza del animal.
—Me encanta montar a caballo, pero no he tenido la oportunidad de hacerlo desde hace mucho tiempo.
Es la hija de un baronet muy empobrecido, se dijo Naruto. Aún así, poseer una fortuna no era una de las cualidades que buscaba en una esposa. Siendo así, hasta el momento Hinata había excedido todas las expectativas que él tenía... sólo faltaba una.
—Una cosa más: ¿le gustan los niños?
—Oh, adoro a los niños —dijo, y sus ojos se encendieron, tornándose irresistible.
Naruto no pudo hacer más que creerla, pues aquella verdad brillaba en sus ojos perlas como el sol sobre un calmado pozo. Naruto se sintió libre de emitir un suspiro de alivio, mientras se movía incómodo en la silla de montar. Luego, le hizo un gesto a Iruka.
—Pues si así es, no encuentro ninguna razón por la cual no sea la apropiada para mí. Debo regresar a casa. Umino tomará sus datos. ¿Tiene usted alguna objeción a que nos casemos pasado mañana?
Hinata ni siquiera movió una sola pestaña. Naruto quería sonreír, pero sabía que en su actual e incómodo estado, lo más probable era que sólo lograra hacer una dolorosa mueca.
—Ninguna objeción, excepto que yo aún no lo he entrevistado a usted, señor.
El parpadeó, sorprendido. ¿Ella quería entrevistarlo? A ninguna de las mujeres que había visto se le había ocurrido hacerlo. ¡Qué deliciosamente refrescante! Naruto tuvo la repentina y cálida satisfacción de saber que Hinata era una mujer clara y sincera, de la que jamás dudaría.
—Ah. Sí. Por supuesto. Quiere saber quién soy, claro.
—Sí, señor —contestó Hinata y levantó su mentón un poco más.
A Naruto le gustaba mucho ese mentón. Celebró el buen ánimo de Hinata y empezó a pensar con placer en su futuro con ella.
—Mi nombre es Naruto... Namikaze. Vivo aquí, en Raving, hacia el norte. ¿Conoces el lugar? —dijo, tuteándola como si ya fueran viejos amigos. Hinata negó con la cabeza—. Bien. Eso es, por decirlo así, de poca importancia. Tengo cuarenta y dos años de edad. —Naruto hizo una pausa, entrecerrando los ojos a medida que miraba cuidadosamente su rostro—. Si no te ofendes por mi pregunta, podrías decirme qué edad tienes tú.
—Yo... yo... —Durante un momento, Hinata se sintió desconcertada; su adorable mentón se levantó de nuevo—. Tengo treinta y dos, señor.
Naruto sonrió. Era una plácida sonrisa, una sonrisa alegre. Realmente, ella era la candidata perfecta. Inteligente, le gustaban los niños, no era demasiado joven e ingenua y el cielo sabía que él la deseaba de una manera loca. Cada vez que ella levantaba su mentón, él quería besarla.
—Excelente. Como te he dicho, tengo cuarenta y dos años y gozo de buena salud, poseo medios para vivir cómodamente y, hasta donde yo sé, no tengo vicios importantes. ¿Tienes alguna pregunta? ¿No? Muy bien. Dejaré que Umino anote tus datos, y mañana obtendré una licencia especial para que podamos casarnos pasado mañana.
Naruto tocó su sombrero con la fusta, a modo de saludo, y estuvo a punto de alejarse cabalgando cuando repentinamente se le ocurrió hacer una última pregunta.
—¿De qué aldea vienes?
Hinata parecía un poco aturdida, se veía que intentaba calmarse para no revelarle cuánto le había afectado la apresurada propuesta. No esperaba que todo fuera tan rápido.
—Vengo de Cola de Carnero.
Naruto abrió los ojos con asombro y echó un vistazo al embarrado dobladillo de su falda.
—¿Has venido andando ocho millas?
Hinata alzó nuevamente la barbilla con orgullo, tal y como él sabía que sucedería. Naruto sonrió para sus adentros, más que satisfecho con su elección. Esta mujer no lo aburriría después de unos días como todas las demás.
—Sí, lo hice. Caminar es muy bueno para la salud.
—Sí, por supuesto; pero dieciséis millas en un solo día es demasiado bueno, yo diría que más de lo aconsejable. Aunque a usted parece que le sienta muy bien... — Naruto permitió que su mirada acariciara las curvas de su interlocutora por un momento, no lo suficiente como para ser ofensivo, pero lo suficiente para hacerle saber que la encontraba atractiva—. Bastante bien... ¿Umino?
—Sí, señor. Haré que lleven a miss Hyūga a su casa.
Naruto le echó un vistazo, le deseó un buen día y espoloneó a Kurama, cabalgando a casa con un silbido en los labios, satisfacción en su corazón y un latido en sus pantalones que auguraba un muy feliz futuro.
Hinata se bajó del carruaje que Umino había alquilado para ella y entró en su oscura cabaña. Se encontraba más que embelesada por los acontecimientos del día.
¡Estaba comprometida! Comprometida con un caballero que había conocido durante cinco minutos, un hombre apuesto, un hombre que tenía arrugas de risa bordeándole los ojos y un indómito rizo de cabello rubio que le colgaba sobre la frente.
Un hombre que podía tener algún tipo de enfermedad en las extremidades inferiores, que le impedía desmontar de su caballo, o... Hinata soltó una risita a medida que encendía las velas en diferentes partes del pequeño cuarto.
Alguna vez, cuando Toneri y ella estaban tomando el té en la cabaña de su antigua niñera, él se había mostrado renuente a irse al final de la visita.
Después le había confesado que le había resultado muy difícil disimular el efecto que ella le causaba y que por eso a veces no podía levantarse del asiento y tenía que permanecer sentado varios minutos para controlarse.
La manera en que Naruto se había puesto el abrigo sobre su regazo le había recordado a la forma en que Toneri jugaba con su chal para ocultar el bultito de la ingle.
—Si Naruto se encontraba en una situación similar por mi presencia —le dijo a la gata Maple, mientras encendía el fuego para calentar la sopa que quedaba del día anterior—, me sentiría muy complacida, muy complacida realmente, pues eso indica que él está interesado en los deportes de alcoba. Y el cielo sabe que yo también.
—Yo también estoy interesada, aunque no me dejes leer tu libro —dijo una voz detrás de ella.
Hinata se estremeció y casi dejó caer el caldero con la sopa, apretando la mano sobre su corazón a medida que daba media vuelta.
Sumire estaba sentada en el suelo, en un oscuro rincón; un plato de leche y varios pedazos de heno la acompañaban.
—Lo que es absurdo, si lo piensas. Porque, vamos a ver, ¿cómo voy yo a aprender algo acerca de las dichas de semejantes actividades, sí no me dejas leer nada sobre el asunto?
—Juras que ni siquiera te vas a casar, así que ese conocimiento no te sirve de nada. ¿Qué estás haciendo ahí sentada en la oscuridad? —Hinata retornó a su faena. Si no calentaba la sopa no tendrían cena esa noche.
—Estoy dando de comer a los ratones. Su madre les fue arrebatada por uno de los gatos que vive en el cobertizo. He descubierto que toman la leche fácilmente si uso un pedacito de heno. —Hinata soltó un resignado suspiro por los nuevos habitantes de su pequeña cabaña. Buscó con la mirada un rancio trozo de pan que recordaba haber visto en algún sitio.
—Y continuando con nuestra conversación, te diré que no tengo intención de casarme; por lo menos con ninguno de los caballeros que tú consideras adecuados. No son más que perezosos holgazanes, inclinados a acostarse con todas las mujeres que acepten sus galanterías. Sin embargo, me gustaría ver tu libro, de todas formas. Después de todo, una no tiene que estar casada para ejecutar la gimnasia, conyugal o de otro tipo.
Las mejillas de Hinata se encendieron. Se volvió a mirar a su sobrina.
—No, no es necesario, lo sé bien. Pero dejando a un lado las cuestiones morales, hacerlo sin estar casada es ponerte en una posición de desventaja. Las mujeres tenemos muy poco control sobre nuestras vidas y mucho menos poder sobre los hombres. El matrimonio, por lo menos, te ofrece algo de protección.
Sumire se encogió de hombros y se agachó sobre el montón de cuerpos sonrosados que chillaban en su regazo. Hinata encontró el pan, lo golpeó sobre la mesa, hizo una mueca por el sonido que emitió y lo arrojó en el balde donde echaban la comida para la cabra.
—¿Por eso quieres casarte con el señor Iruka? ¿Porque necesitas protección?
—No —contestó Hinata.
Se agachó para mirar dentro del único pequeño compartimento que les servía como despensa. Seguramente, habría unos pocos vegetales, sobrantes de la semana anterior, un poco de tocino que les había regalado el vecino, un puñado de granos secos.
—Me encontré con el caballero del que te hablé. Su nombre es Naruto Namikaze, y he aceptado su propuesta de matrimonio, porque deseo casarme de nuevo y tener una familia y él parece ser un hombre agradable. ¿No había por aquí un poco de queso?
Sumire hundió la cabeza y permitió cuidadosamente que un poco de leche goteara a través del trozo de heno, dentro de la pequeña boca rosa del ratoncito.
Hinata se enderezó, sacudiéndose el polvo de las manos.
—Ya veo. Supongo que no te lo habrás comido tú. Sumire se encogió de hombros.
—No, ya sé quién se lo comió. —Hinata se sentó en la desvencijada silla, dispuesta a echarse a llorar, pero luego decidió que la risa era probablemente lo único que podría mantenerla cuerda. Así que permitió que sus labios se torcieran en una risilla histérica y preguntó—: ¿Acaso le diste el queso a un ratón? ¿A una rata? ¿A un ratón huérfano?
Hinata echó un vistazo a su sobrina con los ojos entornados.
—Había un pequeño y adorable mono.
—¡Sumire! —dijo Hinata, entrecortadamente, con resoplidos poco femeninos—. Regalar tu escaso almuerzo es bastante malo, pero urdir una mentira de tal magnitud va demasiado lejos.
—No es una mentira, realmente había un mono. Estaba con un hombre muy viejo, tan encorvado y frágil que parecía como si un fuerte viento pudiera tumbarlo. Sin embargo, era encantador. Me dijo que su nombre era Palmerston, y su mono se llamaba Manny. Ambos parecían estar en condiciones tan precarias que les di un poco de queso y algunas otras cosas que pensé que no echarías de menos.
—Al menos deberías tener la cortesía de avergonzarte por contar una mentira tan descarada —dijo Hinata, al tiempo que soltaba una buena y larga carcajada.
Mientras Hinata reía sin parar, Sumire guardó los ratones dentro de un viejo trapo usado y se puso de pie junto a su tía, observándola cautelosamente. Hinata dejó de reír y siguió con sus reproches:
—Es una suerte que el señor Namikaze desee casarse enseguida, porque a este paso dentro de una semana estaríamos viviendo en la calle.
—Lo siento, tía Hina, sé que hice mal, pero el señor Palmerston y Manny parecían tan necesitados de un poco de bondad... De cualquier forma, el viejo me dio algo a cambio.
Hinata permitió que una última risilla saliera, luego se puso seria.
—¿Qué te dio? Seguro que no fue una moneda.
—No, me dio un consejo.
Una ola de regocijo la sacudió por un momento, pero Hinata la mantuvo bajo control. Tenía la sospecha de que si se dejaba llevar por ella terminaría aturdida y mareada. O, mejor dicho, más aturdida y mareada, pues ya empezaba a sentirse de ese modo.
Pero tal vez era el hambre lo que trastornaba su mente. Quizá, si hubiera comido algo antes, no estaría riéndose al pensar en que su sobrina le había regalado lo poco que les quedaba a las dos a un mendigo que le ofreció un consejo a cambio.
—Qué amable. ¿Cuál fue el consejo que te dio?
—Oh, no fue un consejo para mí, fue para ti.
Hinata alzó las cejas mientras Sumire servía dos platos de sopa.
—¿Para mí? ¿Por qué habría de ofrecer consejos para mí? ¿Cómo supo quién soy yo?
—Evidentemente, había pasado por el pueblo.
Sumire mantuvo la mirada en su sopa, otorgándole a su tía una pequeña dosis de misericordia, pues Hinata aún sentía un ligero dolor de estómago cada vez que pensaba que la gente del pueblo chismorreaba sobre su pasado.
El hecho de que la noticia se hubiera propagado como un feroz incendio no era sorprendente, lo que la enfurecía era la manera en que Sumire había sufrido por su ignorancia y por la crueldad de Toneri.
No le importaba que la excluyeran a ella, pero Sumire no se merecía que la trataran como si fuera una apestada. Entonces pensó en su futuro esposo y se dijo que lo más honesto sería escribirle una nota informándole de su historia y rompiendo el compromiso.
—Lo hecho, hecho está. Le diré la verdad, después de nuestro matrimonio. Es una cuestión de instinto de conservación, no de egoísmo. Simplemente, no tengo otra alternativa y no es como si él fuera a perder algo... Seré una esposa y una madre devota.
—Por supuesto que lo serás —dijo Sumire, pretendiendo que lo que Hinata había dicho tenía sentido, cosa que tristemente admitió como algo no del todo cierto—. Serás una esposa y una madre maravillosa y estoy completamente de acuerdo contigo en que no eres egoísta.
—Ya, claro. —Hinata, más que a su sobrina, hablaba a su conciencia, de manera firme, forzándola a tomarse unas vacaciones durante los próximos dos días. Miró a la joven y levantó la cuchara.
—¿Cuál fue el consejo que el mendigo te dio para mí?
—No era un mendigo, parecía muy bien hablado, aunque iba algo andrajoso.
Hinata levantó la mirada. Su sobrina estaba mirándola de una forma muy curiosa.
—Dijo que algunas veces, cuando piensas que has perdido algo, lo has encontrado, y que lo que piensas que tienes, se ha desvanecido.
Hinata parpadeó por un momento, preguntándose si era la carencia de comida lo que había hecho las palabras de Sumire incomprensibles, o si se suponía que el consejo del anciano debía tener algún significado para ella.
—Bien, fue muy amable, aunque sus palabras no tienen sentido, la verdad. De todos modos, le agradezco el detalle.
Comieron en silencio. Durante unos minutos, el pesado zumbido de las abejas que provenía de la glicinia situada junto a la ventana era el único sonido audible. Hinata luchaba con una variedad de emociones, ira, miedo y una preocupación general, mientras tomaba la última cucharada de sopa.
—Tía Hinata.
Hinata estaba muy preocupada, pensando en cómo le confesaría a Naruto su pasado, de modo que casi no oía a su sobrina.
—¿Si?
Hinata se puso de pie y comenzó a recoger los platos. En su frente se dibujaba una arruga de preocupación.
—No irás a casarte con ese señor Namikaze por mí, ¿verdad? Porque de ser así, no quiero que lo hagas, Sé que no soy de mucha ayuda para ti, pero yo...
Hinata cedió al impulso de darle a la joven un abrazo.
—No —dijo, acariciando la mejilla de Sumire —. No me voy a casar por ti, si eso es lo que crees. El señor Namikaze es un buen hombre, eso lo supe desde el principio. Es un caballero. Tiene una biblioteca. Quiere hijos. Y aunque no es maravillosamente
apuesto, me gusta su rostro. Sus ojos son particularmente bonitos, de un precioso color azul que cambia de tono con la luz. Y el resto de él es... —Sintió un cálido cosquilleo al recordar sus grandes y fuertes manos. Desde niña, sentía un interés especial por las manos de los hombres, pues veía en ellas una mezcla de fortaleza y delicadeza que nunca dejaba de intrigarla—. Bueno, todo en él es muy agradable. De verdad, puedes creerme. No me voy a casar con él sólo por poner algo de comida en nuestros estómagos.
Sumire sonrió, y después se inclinó para besar la mejilla de Hinata.
—Espero que seas muy feliz, tía. Te mereces una buena vida. ¿Cuándo se casaran?
—Pasado mañana, si el señor Namikaze puede obtener una licencia especial.
Hinata contempló con algo de tristeza la pequeña habitación, con sus dos catres, dos sillas, una única mesa y la colección de cestas rotas que Sumire organizaba para que hicieran las veces de cama para sus animales.
—¿Qué me dices, Sumire, estás dispuesta a dejar todo esto atrás para vivir en un hogar que no tiene goteras y donde no pasarás frío durante el invierno?
Sumire sonrió y repartió lo que le quedaba de sopa entre el plato de los gatos y el balde de la cabra.
—Será un gran esfuerzo, pero sufriré en silencio.
Hinata se rió de nuevo. Luego, sin saber por qué, abrió los brazos y giró en círculos.
—¡Una familia, Sumire! ¡Al fin, después de mucho esperar, voy a tener un marido e hijos propios! ¡La vida no puede ser mejor!
