PRIMERO QUE NADA Y ANTES QUE TODO, quiero agradecer a todas las personas que dejaron sus favoritos en esta historia y que comentaron el capitulo anterior porque me hacen muy feliz, y aprecio cualquier tipo de retroalimentación para poder darme cuenta de mis errores o mejorar mi escritura.
Eso era, perdón por la cháchara inútil. Procedan a lo que vinieron, aquí les dejo el segundo capítulo.
El día después de ser dictada la sentencia de muerte de Bakugo (o al menos así lo sentía él) comenzó la cuenta regresiva del mes que representaría el mayor desafío, o más bien castigo, para el rubio.
El asunto claramente no iba a ser fácil de resolver.
Al entrar temprano por la mañana en el aula, Katsuki intentó hacer su vida normal, dentro de lo que podía. Soltó su mochila encima de su mesa y se dispuso a esperar el inicio de la clase. Desafortunadamente como todos los días, el saludo diario de su amigo de la infancia no se hizo esperar cuando ingresó tranquilamente por el umbral de la puerta.
— Buenos días, Kacchan.
El rubio inevitablemente soltó un gruñido y sin querer vio, detrás del pecoso, lo que sería un uniforme flotando en el aire. Es claro que no podía ver el rostro de Hagakure pero por la pose mostrada por la ropa, su expresión corporal mostraba que estaba vigilando, casi expectante. Maldita sea.
— Buenos días, Deku —soltó de mala gana.
Decir que Izuku quedó pasmado era poco. El peliverde abrió los ojos considerablemente mientras el de iris carmín refunfuñaba viendo con una suerte de odio hacia donde estaba la chica invisible, detalle que no pasó desapercibido por el todavía confundido pecoso. Decidió ignorarlo y se limitó a sonreír feliz al rubio, recordando muy viejos tiempos.
El mayor tuvo un sentimiento agridulce en su interior, definitivamente odiaba el hecho de que esa sonrisa le afectara tanto, pero había sido una de las pocas veces en que esa sonrisa había sido directa y exclusiva para él. Pensando en esto último, el de ojos carmín sintió un calor agradable en el pecho y un ardor sutil en las mejillas. Ocultó la cara entre sus brazos apoyado en la mochila sobre su mesa, simulando dormir.
Hagakure en calidad de voyerista sonrió satisfecha antes de dirigirse a su propio lugar en el aula.
Algunas horas más tarde el rubio sintió que el karma acumulado de años se le vino encima cuando sintió un montón de miradas curiosas mientras estaba caminando con la bandeja del almuerzo por los pasillos del comedor de la escuela. No lo malentiendan, Bakugo ama con su alma ser el centro de atención, pero estaba totalmente consciente de que no era el centro por sus (aquí vamos de nuevo) asombrosas habilidades, sobre todo con el peso encima del pequeño castigo que le había dado su compañera.
Le molestaba profundamente ser visto como un bicho raro, qué mierdas, él no era el imbécil de Deku para que lo miraran de esa manera. Igualmente decidió ignorar las miradas como si nunca hubieran pasado, ya que seguramente un par de gritos como los que acostumbra significarían que Hagakure abriera la boca, y no, no señor, ese día no se iba a exponer.
Pensar en todo lo anterior claramente requiere el mínimo de concentración interna, así que era de esperar que no viera a Asui en su camino. Escuchó una queja y un estruendo metálico, para después sentir un peso liviano sobre el pecho. Todo lo que estaba en las bandejas había volado, los servicios quedaron en el suelo junto con la ensalada desperdigada, los vasos de jugo humedeciendo apenas las mangas de la blusa de la chica rana, el plato del almuerzo en su camisa ensuciando la antes prolija tela blanca, y frente a él, el casi inexpresivo rostro de su compañera con un gesto de culpabilidad apenas visible.
— Discúlpame, Bakugo, fue una torpeza.
El rubio totalmente estóico con la boca entreabierta, inhaló intentando reunir un poco (si es que existe en él) de paciencia para no comenzar a vociferarle cuanta grosería se le pasara por la cabeza. Apretó el puño derecho con fuerza pero dejándolo quieto en su lugar mientras pensaba en lo vergonzoso que sería si a su querida compañera Hagakure se le ocurriera soltar la pequeña verdad que él habia intentado esconder por tanto tiempo. No le iba a dar el gusto, nunca.
— No te preocupes.
Fue lo único que pudo responder, lentamente, como si de verdad estuviera pensando cada palabra al emitirla, antes de caminar normalmente hacia el basurero y desechar todos los restos de comida en la bandeja, para después salir del comedor en dirección a su casillero, para poder cambiarse la camisa. Menos mal por una vez en su vida había obedecido a su madre en tener por lo menos una muda de ropa, por si las moscas.
Una vez ahí, mientras se cambiaba la camisa manchada por otra blanca y pulcra, Katsuki sintió la ira reprimida mermar en una simple sensación de molestia, ¿Qué demonios? ¿Es que acaso todo el mundo se había puesto de acuerdo para enfurecerlo, chantajearlo o chocar innumerables veces con él? Maravillosa broma, universo.
De todas formas el de ojos carmín se detuvo a reflexionar sobre sus reacciones, y se sintió ligeramente conforme por cómo había manejado las situaciones. Incluso se sentía un poco motivado, enfrentar el reto de la chica invisible no tenía por qué ser como un castigo como él había pensado.
Iba a demostrarle a ella y a cualquier otra persona que él podía ser y actuar del modo que quisiera, incluso si parecía imposible. Katsuki Bakugo era más que una maraña de gritos coléricos, mal genio o golpes desenfrenados, e iba a hacer que todos se dieran cuenta, no iba a perder.
— Tenías razón, Deku. Bakugo está actuando muy extraño.
Después del pequeño espectáculo que Asui había protagonizado con Bakugo, la chica rana volvió a la mesa donde comían sus amigos para contar con más detalles lo ocurrido. Ante la preocupación de Izuku Midoriya cuando el rubio le contestó un "buenos días" en la mañana, el peliverde no dudó en contarlo a sus compañeros y éste había sido el plan, que Tsuyu chocara 'inocentemente' con él para ver cómo reaccionaba.
— ¿Qué tan extraño?
— Manché toda su camisa con la comida, lo demás cayó al suelo, lo único que me dijo fue que no me preocupara y luego se fue —Tsuyu tocaba la comisura de su boca con su índice mientras hablaba, concentrándose.— Se veía un poco molesto, pero no dijo nada más, tampoco hizo nada.
Midoriya, Uraraka y Iida se miraron entre sí confusos.
— Algo le pasa, no es normal —los tres amigos del pecoso asintieron con la cabeza al oír sus palabras.
— Quizás nuestro compañero por fin reaccionó a su comportamiento hostil y se dio cuenta de que debe cambiar —habló Iida con su característica voz determinada y clara.
— No suena a algo propio de él, a lo mejor perdió una apuesta.
Midoriya escuchó atentamente a Asui, considerando las probabilidades y rápidamente comenzó a murmurar incomprensiblemente sus pensamientos, llamando la atención de sus amigos.
— Tal vez está intentando mostrarse menos grosero para alguien que le gusta.
Al peliverde se le prendió el foco.
— Ahora que lo dices, podría ser, Uraraka. Hoy, antes de que me dijera buenos días miró detrás mío a Hagakure, y ayer también la estuvo mirando.
— ¿No será que te estás fijando mucho, Midoriya?
El pecoso rápidamente sintió la sangre agolparse en sus mejillas, sintiendo el deseo de negarse a toda costa.
— Es mi mejor amigo de la infancia, preocupo por él, aunque no quiera.
Uraraka, Iida y Asui se miraron entre sí con muecas resignadas, el blando corazón de Midoriya nunca iba a cambiar, ni siquiera por su abusador personal.
"No sé qué será, pero voy a descubrir qué le está pasando, y le ayudaré, sea como sea" —pensó Izuku mirando fijamente la puerta de la cafetería por la que había salido el rubio después de el incidente con Tsuyu.
