SE NECESITA ESPOSA
4. Presentaciones
Hinata estaba sentada, tan atónita que no podía pronunciar palabra, mientras una criada le peinaba su larga cabellera negra. Ese pensamiento repiqueteaba en su mente. Tenía una criada, alguien que la peinaría cada vez que ella así lo deseara. Su esposo le había facilitado una criada. Tenía un esposo y una criada. Y una habitación para ella sola.
Sus ojos se apartaron del movimiento continuo del peine a medida que se desplazaba de arriba hacia abajo sobre su cabellera y miró de nuevo, maravillada, el reflejo de la habitación detrás de ella, una hermosa habitación pintada de un tono suave de rosa, que olía vagamente a pintura fresca, con una enorme chimenea, un sofá como para desmayarse y una cama con cortinas de tonos rojo oscuro y rosa.
La mano de la criada se reflejaba, blanca, en el espejo.
—Nadie me ha peinado desde que tenía veinte años.
—¿Es eso cierto, mi señora?
Ésa era otra cosa, ella era una dama. No porque se hubiera comportado de otra manera, pues sin importar lo pobre que hubiera sido, Hinata siempre había actuado tal y como le corresponde a una dama, con la lamentable, y extremadamente satisfactoria, excepción del episodio de la olla y «las partes» del señor Hidan...
Pero ahora el que se había convertido en su marido hacía apenas cinco horas le había informado de que era una dama por título también. Lady Rasengan, para ser exactos. Pues Naruto era verdaderamente un marqués disfrazado; de esa manera, eso la convertía a ella en una marquesa.
Una marquesa fraudulenta, le susurraba su conciencia culpable.
—No. Es demasiado. Simplemente no puedo creerlo —se dijo Hinata, sin darse cuenta de que, como tantas otras veces, estaba pensando en voz alta, mientras contemplaba su imagen en el espejo.
—El esposo, la criada y la habitación rosa, sí, eso sí estoy dispuesta a aceptarlo con el corazón abierto, con gran alegría y placer, por no decir con indiscutible éxtasis. Pero, el resto, eso simplemente no lo puedo asimilar. No puedo pensar en ello sin que me entren ganas de gritar.
Ayame, la criada, dejó cuidadosamente el peine de plata y se alejó lentamente de Hinata.
—¿Por qué querría usted gritar, mi señora?
Allí estaban de nuevo, esas dos palabras. Mi señora. Había engañado a un marqués, le había hecho creer que ella era una mujer pobre pero honesta.
Bien, verdaderamente era pobre y honesta. Honesta, salvo por un detalle: que había decidido ocultarle a su marido un pequeño problemilla.
Hinata gimió suavemente y se echó hacia delante, hasta que la frente descansó en sus manos.
— Ayame, ¿sabes tú, por casualidad, si engañar a un marqués es un delito tan grave como para ir a la horca?
—Pes... — Ayame retrocedió hacia la puerta, un poco asustada—. ¿Necesita algo más, mi señora?
—Sí. ¿Te costaría mucho trabajo no llamarme mi señora? Me siento un poco incómoda cuando lo haces; ciertamente, no tanto como merezco, pero sí lo suficiente como para estremecerme cada vez que te oigo pronunciar esas palabras.
Y una sólo puede estremecerse cierto número de veces antes de comenzar a retorcerse nerviosamente. Hay un corto camino entre retorcerse nerviosamente y llegar a la locura total. ¿Me comprendes?
—Entiendo —dijo Ayame con tono dubitativo, y con los ojos abiertos como dos platos, se deslizó por la puerta, cerrándola con suavidad tras ella.
—Bien, ahora sí lo has hecho —le dijo Hinata a su reflejo—. Has asustado a tu criada. Probablemente ella piensa que estás loca. Y es probable que esté en lo cierto. Estúpida, estúpida Hinata. ¿Qué voy a hacer? ¿Cómo voy a decirle a Naruto la verdad sobre mí? Es un marqués, por Dios, es casi de la realeza.
Hinata se dio la vuelta para echarle una mirada imperturbable y firme a la puerta que conectaba su habitación con la de su esposo.
—Aunque, no sé por qué debo yo sentirme culpable por esto. Después de todo, es culpa suya, sólo suya. Si me hubiera dicho quién era antes de la boda yo le habría dicho quién soy... quién soy... oh, bah. No sé lo que le habría dicho.
Hinata se levantó del pequeño tocador dorado y jugó nerviosamente con el cinturón de su bata. Era una vieja prenda, remendada y algo desgastada a la altura de los pies.
No se trataba del tipo de bata que usaría una verdadera marquesa, especialmente en su noche de bodas. Pero era la única bata que tenía.
—Eres una cobarde, Hinata Hyūga. No eres más que una vil cobarde, y no tienes derecho a quejarte de nada porque esto era lo que buscabas.
El perfume de jazmín, traído por la cálida brisa de la tarde, permanecía en el aire. Hinata miraba a través de la ventana hacia la oscuridad lejana. Dado que habían llegado de noche a Ashleigh Court, Hinata no había tenido la posibilidad de ver aún aquel lugar.
Pero lo poco que había visto la había llenado de asombro, tanto como el hecho de que Naruto, su señor y amo, era verdaderamente un señor, si no su dueño.
Realmente, la casa y sus alrededores se encontraban terriblemente descuidados, pero Naruto había tranquilizado a Sumire, que no paraba de hacer comentarios, diciéndole que tenía planes de renovar y rejuvenecer la, alguna vez orgullosa, propiedad, y que buscaba con ansias la ayuda y asesoría de su nueva esposa.
—Una esposa que no se merece ofrecer ni asesoría ni ayuda —se dijo a sí misma Hinata, tristemente.
—¿Crees que no? Yo pienso de otra forma. Siempre he sentido que una casa necesita el toque de una mujer para convertirse en un verdadero hogar.
Naruto entró caminando tranquilamente a la habitación, a través de la puerta que comunicaba los dos aposentos, ataviado con una bata, bordada con oro, que le llegaba hasta los pies. Se detuvo junto a Hinata y miró a través de la ventana, suspirando.
—Hay mucho por hacer aquí, y agradecería tu ayuda, pero si prefieres no encargarte de la casa...
—Oh, no, me encantará hacerlo, mi señor.
Naruto sonrió. Era una sonrisa que parecía fabricada de cosas mundanas como labios, ojos y adorables arrugas pequeñas de carcajadas, pero que, en conjunto, formaba algo tan increíblemente maravilloso que derretía el corazón de Hinata.
O, por lo menos, así era como ella lo sentía. Hinata no podía creer que ese hombre hubiera logrado conseguir que su traidor cuerpo se alegrara y se sumiera en un frenesí de deseo, necesidad y desenfrenada anticipación.
Llevaba demasiado tiempo durmiendo sola.
—¿Todavía te incomoda la idea de ser marquesa? Lamento mucho no habértelo dicho antes de que nos casáramos, Hinata. No estuvo bien, lo sé, pero verás, pensé que podías asustarte al saberlo, y... —Naruto le tomó la mano y le acarició los dedos con el pulgar, de tal manera que encendió todas las partes de su cuerpo que ya se habían derretido.
—Verás: quería hacerte legalmente mía antes de desnudar mi pecho de todos mis secretos.
Un cálido pozo de felicidad hizo más que calmar su culpa. Si la deseaba tanto, tal vez, el incidente de su pasado no significaría tanto para él. Hinata tenía la esperanza de que fuera así.
Rezaba para que fuera así. También rezaba por poder sobrevivir a la mirada de deseo y admiración que resplandecía en sus ojos.
Hinata había visto aquella mirada en los ojos de su primer marido, y aunque en ese momento le había agradado, ahora se encontraba respondiendo a ella con tal entusiasmo que pensó que le iban a fallar las piernas.
—Fue algo más que una sorpresa, mi señor...
—Naruto, por favor.
—Naruto, pero te puedo asegurar que no habría salido gritando en medio de la noche si me lo hubieras dicho antes de nuestro matrimonio. De hecho, el que hubieras querido desnudar tus secretos frente a mí me podría haber inducido a desnudar algunos de los míos.
—¿De verdad? —dijo Naruto, a medida que su mirada descendía hacia la fina tela de su bata que apenas le cubría los senos. Unos senos que él se moría por acariciar.
—¿Qué secretos podría desnudar una mujer como tú?
Fue la palabra desnudar, junto con la ávida manera en que miraba sus senos, lo que envió volando fuera de su cabeza el poco buen juicio que quedaba en ella.
—Oh... estoy segura de tener algunos...
—Sí, seguramente tienes algunos. Algunos adorables.
Los ojos de Naruto resplandecían mientras miraba sus senos.
Hinata frunció el ceño hacia su pecho, sin saber si, como doncella, debía mortificarse porque sus pezones, claramente contorneados, eran pequeñas y duras piedrecillas rozando el suave lino, expuestos a la vista de cualquier persona, o satisfacer la lasciva emoción que le producía el hecho de que Naruto podía provocar aquella reacción en ella, una reacción que la impulsaba descaradamente a la necesidad de frotarse contra él.
Hinata decidió que, aunque quizá fuera más apropiado que se comportara como una tímida doncella, el lujurioso deseo iba más acorde con su naturaleza. Por lo menos, sería honesta en ese aspecto de su personalidad. Dio un paso para acercarse a Naruto.
—Te aseguro que tengo secretos, Naruto. En particular, uno grande. Estuve casada...
Las palabras se secaron en sus labios a medida que él, que continuaba mirándole los senos de la misma manera en que un hombre hambriento mira un festín, extendía su mano izquierda y la posaba suavemente sobre el pecho derecho.
—Sí, ya me habías dicho que habías estado casada, y si la memoria no te falla, te dije que tu pasado no es asunto mío.
Un cálido temblor atravesó a Hinata desde el seno que él acariciaba hasta la parte más femenina de su cuerpo. Cerró los ojos y se estremeció de placer, su espalda se estremeció como si tuviera voluntad propia y se inclinó para acercarse más a Naruto.
—¿Tienes frío? —preguntó Naruto con voz ronca.
Hinata abrió los ojos mientras él acariciaba su ardiente pezón con el pulgar.
—No. No tengo frío. Estoy caliente. Muy caliente.
—Caliente, sí, puedo sentir tu calor. Me pregunto si tu otro... Hinata gimió cuando él puso su mano derecha en el otro seno.
—Estás muy caliente, casi febril. Creo que lo mejor que puedes hacer es librarte de la opresión de la ropa.
—¿Eso crees? ¿Crees que con eso me bajará... la fiebre?
Hinata ignoró el hecho de que se encontraba balbuceando como una idiota, demasiado abrumada por el deseo y la lujuria y por una gran variedad de emociones, todas relacionadas de alguna manera con el maravilloso cosquilleo que sentía en los senos y en las partes bajas.
—Lo creo, sí. Estoy convencido de que sólo así te bajará la fiebre. Como marido tuyo, es mi deber procurar tu bienestar, así pues, debo exigirte que te quites esa bata. Es por tu bien.
¡Qué hombre tan maravilloso! ¡Qué considerado era! ¡Cómo se preocupaba por su salud!
—Oh —gimió Hinata por toda respuesta, disfrutando profundamente la manera en que sus senos se movían contra las palmas de las manos de Naruto.
Los ojos azules de su marido se agrandaron.
—¡Ahora!
—¡Oh!
Con las manos todavía calientes sobre los senos de Hinata, Naruto se inclinó hacia ella. Su cabello le acariciaba la barbilla a medida que él dejaba un ardiente rastro de besos a lo largo de su cuello y se desplazaba hacia abajo, hasta llegar al punto donde llevaba anudada la bata con un lazo rosa.
Hinata aspiró el aroma de Naruto; olía a jabón de afeitar, a limón y a algo que no pudo identificar, excitante y enteramente masculino. Pensó que era la esencia entera de Naruto.
—Estaría encantado de ayudarte si no puedes quitarte la ropa por tus propios medios.
Naruto tomó un extremo del lazo entre los dientes y tiró.
—Esto es perverso, ¿sabes?, completa y totalmente perverso. Apenas nos conocemos hace dos días, y estamos ya a punto de... tú quieres... y yo también quiero... en la cama. Juntos. ¡Desnudos!
El lazo se soltó y Naruto la miró con una atractiva sonrisa en el rostro. Hinata quería agarrar sus orejas y besarlo hasta la locura.
—Sí, lo sé, es una locura, ¿no lo crees? —El brillante destello en sus ojos se oscureció lentamente con una sombra de duda, a medida que él daba un paso hacia atrás.
—Quieres hacerlo, ¿verdad? ¿No te estaré presionando? Tenía la intención de decirte que quería una esposa que deseara una relación física, pero, al mismo tiempo, yo, claro, me costaba trabajo, y hoy, cuando dijiste que habías estado casada, asumí que querrías...
Hinata sonrió de manera sutilmente irónica, a medida que sus senos, ávidos de caricias, chocaban con impaciencia contra las manos de Naruto.
—Sí, deseo profundamente ser tu esposa de todas las maneras posibles. Pero has de saber que yo sólo he estado con mi primer marido, y estuvimos juntos durante sólo seis semanas.
Naruto selló con un beso las palabras en los labios de su esposa.
—No tienes mucha experiencia, lo entiendo. No necesitas preocuparte por ello... descubriremos este nuevo territorio juntos.
Hinata estuvo a punto de aclararle que no era tan ingenua como él pensaba en asuntos sexuales, pero, en ese momento, la boca de Naruto se posó sobre la suya, forzándola a alejar de su mente cualquier pensamiento que no fuera de naturaleza carnal.
Su boca era dulce y ardiente, y estaba llena de la necesidad que ella sentía de saborearlo. Sin esperar una invitación, Hinata deslizó su lengua dentro de la boca de Naruto, arrancándole un gemido de deleite mientras se apretaba contra él para acercarse aún más.
Las manos de su esposo se deslizaron desde sus senos hasta su espalda; una de ellas se enredó en el cabello y la otra le apretó el trasero, llevando las caderas firmemente hacia él. A través del pesado bordado de la bata, Hinata podía sentir lo excitado que él se encontraba.
Su lengua se enroscó alrededor de la de ella, en un movimiento sorprendentemente erótico, y Hinata lo abrazó con más fuerza, agarrando firmemente su cabello mientras trazaba el mapa de su boca y deseaba quemarse con el calor que él generaba muy dentro de ella.
Deseando arder como una hoguera de deseo, se sentía incapaz de detenerse antes de fundirse con él, unirse con él, hasta que su calor alimentara sus llamas...
—Papá, Ratty está dormido y no se levanta.
Durante un momento, Hinata pensó que estaba sufriendo una alucinación, pero Naruto se puso muy tenso, lo que le hizo pensar que también él había oído la voz infantil, y que no eran imaginaciones suyas.
Poco a poco, se separó de Naruto y se dio la vuelta: había un niño pequeño, de cabello marrón, junto a la puerta que conducía a la habitación de Naruto; llevaba un objeto café en las manos y miraba a Hinata con curiosidad.
—¿Quien es esta señora? ¿Va a ser mi nueva mamá?
¿Mamá? Había dicho esa palabra, mamá. Hinata parpadeó sorprendida.
—Claro, sí. Querida mía, te presento a Konohamaru, mi hijo.
¿Él tenía un hijo? ¿Y no le había contado que tenía un hijo? Hinata sacudió las telarañas de asombro en su mente y sonrió al pequeño.
—Hola, Konohamaru, me alegro mucho de conocerte. Sí, voy a ser tu mamá. ¿Qué es eso que llevas?
El niño le entregó el objeto café.
—Es Ratty. Está dormido. No se quiere despertar.
Hinata, para quien los roedores no eran extraños gracias a Sumire, no gimió ni se quejó por la rata que el niño puso en sus manos y que, obviamente, estaba muerta.
De hecho, estaba más bien orgullosa de lo rápido que había asimilado la información referente a que Naruto tenía un hijo, al cual había olvidado mencionar durante la sesión de confesión de secretos.
Asumió rápidamente el papel de madre con su dulce hijo, pobre huérfano.
—Mucho me temo que Ratty ha sido llamado al cielo por los ángeles, Konohamaru, ¿Puedes ver que su pecho no se mueve? Eso quiere decir que ya no está respirando. Lo siento mucho. Ratty parecía ser una buena compañía.
El labio inferior de Konohamaru se curvó y sus ojos se empañaron por un momento. Entonces, de repente, las lágrimas desaparecieron y el labio volvió a su posición normal.
—¿Puedo ahora tener un gatito, papá? Dijiste que no podía tener uno porque se comería a Ratty, pero ahora Ratty se ha ido al cielo, así que, ¿puedo tener un gatito? ¿Puedo? ¡Dijiste que podría! ¿Puedo?
Naruto le lanzó a Hinata una mirada de disculpa, suplicándole perdón en silencio por no haberle dicho que tenía un hijo.
Ella le devolvió una mirada tranquilizadora con la que le decía que, aunque hubiera preferido saberlo, no estaba enfadada; por el contrario, se encontraba más que feliz de ser la madre de su adorable hijo.
La mirada de respuesta de Naruto revelaba agradecimiento por su comprensión y una profunda admiración por su naturaleza maternal. Y, sobre todo, la promesa de darle muchos hijos suyos.
Por lo menos, eso fue lo que ella pensó que Naruto intentaba expresar con sus ojos azules. Ciertamente, también reconocía preocupación en ellos, pero Hinata achacó esa preocupación a un lógico deseo de que aceptara a su hijo.
Era lógico. ¿Qué hombre no querría que su nueva esposa amara y adorara a sus hijos?
—Hablaremos de eso después, hijo. Toma, llévate a Ratty y ponló en una caja. Le haremos un funeral mañana. Dáselo a Koharu y vete a la cama.
Naruto empujó suavemente a su hijo hacia la puerta, lanzándole a Hinata otra mirada de disculpa por encima del hombro.
—¡Quiero un gatito! Dijiste que podría tener un gatito, y quiero uno. ¡Quiero uno ahora!
—Después —respondió Naruto con firmeza e intentó guiar al niño a través de la puerta abierta.
Konohamaru cogió el marco de la puerta con su mano vacía. Sus ojos color azul, pero más oscuros a comparación a los de su padre que tocaban las fibras más sensibles del corazón de Hinata, la miraban suplicantes desde el otro lado del cuarto a medida que trataba de soltar los cinco pequeños y regordetes dedos de la puerta.
—Mamá, quiero un gatito, papá dijo que podía tener uno.
¡La había llamado mamá! Hinata se derritió, convirtiéndose en un enorme charco de masa materna.
—Y tendrás uno, mi dulce y pequeño pastelito. Mañana por la mañana te llevaré a comprar un gatito. Y pasaremos la mañana juntos, conociéndonos.
—Ahora vete a tu cuarto —gruñó Naruto, soltando el último dedo del marco de la puerta.
Naruto gritó cuando Konohamaru le dio una suave patada en el trasero. Luego, se dio la vuelta y corrió por el pasillo, gritándole a alguien que se llamaba Koharu que su nueva mamá le iba a comprar un gatito.
Naruto agitó su puño tras el niño.
—¡Pequeño bas... —Echó un vistazo a Hinata—. ¡Sinvergüenza! ¡Me las pagarás! ¡Ya verás!
Hinata emitió una pequeña y tímida sonrisa que se fue directamente a la ingle de Naruto a medida que él cerraba la puerta y se volvía para mirarla. ¡Ella era una maravilla!
No sólo era el más delicioso bocado de feminidad que había visto desde hacía mucho tiempo, sino que también tenía unos senos magníficos, un temperamento afable, unas caderas seductoras, un agudo ingenio, largas y bien torneadas piernas, y otras muchas cualidades que en ese momento exacto no podía nombrar, como unos pezones que gritaban pidiendo caricias, una boca que suplicaba ser besada, un cuerpo seductor que se acoplaba perfectamente al suyo...
Incapaz de soportar la distancia que los separaba, Naruto se abalanzó sobre ella, resuelto a poseer a aquella cálida y maravillosa mujer con la que había tenido el extremo buen sentido de casarse.
Hinata lo detuvo, posando una mano sobre su pecho. Naruto casi gimió, pero recordó que era un caballero y los caballeros no gimen, ni se arrastran, ni suplican, y, mucho menos, se arrodillan para rogar cuando sus mujeres deciden hablar en lugar de hacer el amor.
No, los caballeros como él escuchan a sus esposas cuando hablan, aunque ellas sólo lleven un finísimo camisón bajo el cual resplandecen sus encantos, una suave piel y unos adorables pezones que lo llamaban, pezones que le rogaban ser llevados a la boca para ser succionados con cada gramo de deseo que él poseía, y él poseía el equivalente a un océano de deseo.
—Naruto, querido Naruto, qué tonto eres.
¿Tonto? ¿Ella pensaba que era tonto? ¿Era eso bueno? Hinata le estaba sonriendo, debía ser bueno. ¡Hurra!
—Cómo has podido ocultarme que tenías un hijo ¿Acaso pensabas que no iba a quererlo?
Estuvo a punto de preguntarle a qué hijo se refería, pero se acordó a tiempo del gran plan que había trazado justo esa mañana para que a Hinata le resultara más fácil asimilar que se había convertido en la madre de cinco demonios.
Era necesario prepararla antes de presentarle a unos niños que habían quemado el carruaje del vicario mientras el vicario examinaba la licencia especial que Naruto le había presentado.
Hinata se había mostrado complacida con Konohamaru, lo que era una buena señal para el futuro. Koharu, Maito Dai y el resto del personal cuidarían a los niños durante unas semanas, mientras ella se iba acostumbrando a su nuevo estado, y cuando ya estuviera más tranquila se los presentaría. Tal era su magnífico plan.
Naruto quería que ella estuviera particularmente contenta con él porque una esposa feliz era una esposa que permitía que su marido hiciera todo tipo de cosas maravillosas con su deliciosa persona.
—Es un muchacho adorable, ¿qué edad tiene?
Naruto miró la mano que lo acariciaba suavemente y fue golpeado por el repentino deseo de tomar cada delicada yema de los dedos y ponerla en su boca.
—¿Qué edad tiene quién?
Hinata soltó una risilla. Era un sonido tan encantador y jovial que Naruto quería reírse con ella. Probablemente lo habría hecho, salvo que nunca se había reído antes y no sabía cómo hacerlo.
— Konohamaru, ¿qué edad tiene?
—Cumplirá seis años en diciembre.
—Es muy dulce. Debes sentirte muy orgulloso de él.
—No. ¿Orgulloso? ¿De Konohamaru?
Naruto alejó su mente de la imagen de todo lo que poseía Hinata y de lo mucho que deseaba saborear todo aquello e intentó pensar en lo que ella decía. Los caballeros no sentían lujuria por sus esposas.
Un caballero podía desear a su señora, pero también apreciaba su discreto intelecto. La lujuria era para personas venidas a menos, hombres que solamente pensaban en sus propias necesidades básicas y nunca en las de sus atractivas mujeres.
—Al chaval le gustan los animales. No le importa si están vivos o muertos, le gustan todos. Supongo que ésa es una característica admirable. Sí estoy orgulloso de él. Supongo que en el fondo, muy en el fondo, es un buen chico. —La miró con curiosidad.
—¿Estás enfadada porque no te había hablado de él?
—¿Enfadada?
Hinata sonrió de nuevo con una de aquellas adorables y encantadoras sonrisas que capturaban su corazón y lo llenaban de deseo. Y de alegría. Había mucha, mucha alegría, también. Mucha más alegría que mero deseo físico.
—No, no estoy enfadada. Después de todo, tú no sabías que Sumire venía conmigo cuando me pediste en matrimonio.
—Pero sabía que vivía contigo antes de que nos casáramos. Se lo contaste a Umino. Tú tuviste la decencia de decírmelo todo sobre ti, mientras que yo...
Un repentino gesto de seriedad aplacó la lujuria, o la alegría que corría frenéticamente dentro de él. Hinata se mordió el labio, rojo como una fresa madura.
—Ya que hablamos de eso...
Naruto no se pudo resistir. Tenía que saborear sus labios una vez más. La respiración de Hinata se cortó y se detuvo mientras él se sumergía en su dulce boca. Naruto sentía cómo se le endurecía el pene cada vez más mientras ella se deslizaba contra él y enredaba sus dedos en su cabello, saboreándolo mientras él la saboreaba a ella, que era el cielo, era el éxtasis, lo era todo.
—Ah, estás aquí. Por fin te encuentro. Koharu dice que no puedo recogerme el cabello hasta que tenga quince años, pero yo creo... oh.
Naruto sintió unas irresistibles ganas de echarse a llorar; sí, quería tirarse al suelo y llorar.
Arrancó sus labios de los de Hinata y la soltó para mirar a su hija. Ella no tenía por qué estar allí. Había planeado presentársela a Hinata el día siguiente a la hora del té.
Ino examinaba a la nueva esposa con el entrecejo fruncido y las manos en las caderas, en una pose muy parecida a la que asumía Shion cuando estaba molesta con él.
—¿Es ella?
Naruto frunció el ceño. Konohamaru podía no comprender del todo la situación, pero, con certeza, Ino sí.
—Hinata, esta jovencita tan maleducada es Ino, mi hija.
—Una hija. —Hinata parpadeó un par de veces, pero no exigió anular su matrimonio inmediatamente, algo por lo que Naruto estuvo profundamente agradecido.
—Tienes una hija. Llamada Ino Buenas tardes, Ino. Es un placer conocerte.
Naruto habría podido besar a Hinata, pues le estaba muy agradecido. No se enfureció con él, no lo acusó de no ser honesto, de no haberle contado la verdad...
Ella sólo le lanzó una curiosa mirada y se acercó para darle a Ino uno de esos corteses pequeños abrazos que las mujeres que no se conocen se dan mutuamente.
Sí, merecía ser besada y él era justo el hombre para hacer ese trabajo.
—¿Tú eres Hinata? —preguntó Ino, y sus ojos se encontraron con los de Naruto mientras la mujer la abrazaba.
Besar a su esposa era su deber, después de todo.
Hinata dio un paso atrás y repartió una brillante y calurosa sonrisa entre Ino y Naruto.
—Sí, soy Hinata. Tu padre no... bueno, quiero decir que no esperaba conocerte hoy, pero estoy muy contenta de que hayas venido a saludarnos.
Besarla le diría lo mucho que él la aprobaba.
—Mañana hablaremos. Ya verás, te haré un peinado con el que te encontrarás más bonita de lo que ya eres, si es que eso es posible. Mi sobrina, Sumire, querrá conocerte también. Sumire tiene el cabello liso, como el tuyo, estoy segura de que podrá darte algunos consejos sobre cómo peinarte.
Quería besarla. No estaba locamente enamorado de Hinata, pero le gustaba muchísimo y él la quería alegre y satisfecha. Especialmente, satisfecha. Aunque también le convenía que fuera feliz.
—Papá, ¿me darás permiso? —Ino miraba a su padre con los ojos muy abiertos mientras Hinata levantaba su trenza y la envolvía en una diadema sobre la cabeza, cotorreando durante todo el proceso sobre asuntos relacionados con el peinado.
—Sí —dijo Naruto, mostrando estar de acuerdo con cualquier cosa que se necesitara para sacar a Ino del cuarto y llevar a Hinata a la cama.
—¿Sí? —Ino se alejó de Hinata, desenredando su trenza y lanzándole a la esposa de Naruto una mirada de indignación.
—Sí. —Naruto miró a Hinata.
Sus dos cejas deliciosamente rectas se encontraban levantadas en señal de silenciosa sorpresa. Evidentemente, un sí no era la respuesta que ella esperaba oír.
—No —rectificó él. Las cejas de Hinata se nivelaron para volver a su posición normal. Naruto le sonrió, satisfecho de haber dado la respuesta acertada.
—¡Papá! —dijo Ino con la respiración entrecortada mientras Naruto la tomaba del brazo.
Él abrió la puerta que daba al pasillo y, aún sonriéndole a Hinata, empujó a su hija suavemente hacia afuera.
—Papá, ni siquiera has oído...
—Teníamos un acuerdo, ¿no es así? —Susurró Naruto, acercándose a la oreja de Ino.
—Acordamos que no me ibas a molestar esta noche, a menos que estuvieras muriéndote o se quemara la casa, y en compensación yo te compraría la yegua gris con las patas blancas de los Hamilton. Ése era el acuerdo. Tengo tu declaración firmada, y no dudaré en utilizarla como prueba en un juicio.
—Sí, pero...
Naruto le dedicó su mejor mirada de padre enfadado, la que mantenía reservada para las emergencias. Ino, una jovencita inteligente, sabía que no tenía a qué aferrarse, y en vez de pronunciar cualquier palabra que le diera a su padre ventaja sobre ella, dio un fuerte pisotón en el suelo, peligrosamente cerca a los pies descalzos de su padre, y se fue, enfadada.
Naruto no perdió un instante en volver a la habitación y reanudar las actividades que habían sido lamentablemente interrumpidas en dos ocasiones. Ni siquiera le dio tiempo a Hinata para decir algo más que un alarmado «¡Naruto!».
Rápidamente se dedicó a explorar la maravillosamente cálida y húmeda boca de su esposa.
—Ino dice que le vas a comprar la yegua gris. ¡Tú dijiste que me ibas a comprar un caballo tan pronto como estuviéramos instalados en la casa! Yo soy un marqués y ella es sólo una dama. Yo debería tener el próximo caballo.
Naruto se alejó, desolado, de los labios de Hinata.
—Es mi hijo mayor, Dei. Ignóralo y se irá.
Naruto trató de poseer sus labios de nuevo, pero ella se soltó de sus brazos.
—¿Dei?
—Es el apelativo familiar de Deidara. Tú eres Hinata. Ino dijo que eras escuálida y que le tocaste el cabello. A ella no le gusta que la toquen, es una niña —dijo Deidara, como si eso lo explicara todo.
Naruto luchó contra el deseo de estrangular a su hijo y heredero y se preparó para explicarle la situación a su esposa.
Hinata miraba a Naruto, frunciendo el ceño.
—Otro hijo. Exactamente, ¿cuántos hijos tienes, mi señor?
Naruto se estremeció cuando ella dijo «mi señor». Su tono había pasado de cálido y estimulante a ser frío y sospechoso, y todo en cuestión de unos segundos.
—En fin... la última vez que los conté...
La puerta que daba al corredor se abrió repentinamente, y Hanami y Arashi entraron en tromba en un furioso caos de codos, rodillas y pies.
—¡Es mío! ¡Tiene la tapa azul, es mío! ¡El tuyo es el que tiene la tapa amarilla! — Arashi arrebató un pequeño bote de madera de las manos de Hanami.
Ella se arrodilló y le pegó un puñetazo a su mellizo en el estómago.
—¡Estúpido! ¡El mío es el azul, el tuyo es el amarillo!
—Cinco hijos.
—¿Cinco?...
—¡Mío!
Arashi lanzó ambas piernas hacia la niña, rozando con una la mandíbula de Hanami. Ella aulló y se lanzó sobre él. Los puños y los pies volaban.
—Te presento a Hanami y Arashi, son mellizos —dijo Deidara amablemente.
—Sí, es correcto, sólo cinco hijos —dijo Naruto dedicándole una débil sonrisa a Hinata.
Los mellizos se abalanzaron bajo el tocador, tirando varias botellas y recipientes de ungüentos y polvos y cremas femeninas que Umino había comprado por orden de Naruto.
Una caja de maquillaje explotó en el momento en que la mesa salió volando, llenando el aire con una nube de olor a rosas. Dos botellas azules de zafiro que contenían esencias extremadamente caras se estrellaron contra el suelo, derramando sus contenidos sobre la alfombra persa.
Varios pequeños frascos rodaron, esparciendo también sus contenidos. Hanami y Arashi comenzaron a toser, pues se habían tragado el aire cargado de polvo de rosas.
Arashi tiró del pelo a Hanami y ella le mordió la mano. Deidara se acercó tranquilamente a Hinata y le dijo que él no pensaba que ella fuera escuálida, en absoluto, y que sólo necesitaba engordar un poco.
Naruto cerró los ojos por un segundo, rezando para que cuando los abriera nuevamente se encontrara sólo con su esposa. Si eso fallaba, rezaba para ser capaz de elaborar una explicación lo suficientemente buena como para evitar que ella lo dejara plantado.
El sonido de cristales rotos lo sacó de su ensoñación.
—¡Fuera! —bramó, agarrando la parte de atrás de la bata de Arashi con una mano y la misma parte de la bata de Hanami con otra. Los separó y los envió con empujones no muy amables hacia la puerta—. ¡Fuera! —Rugió de nuevo, señalando la puerta mientras miraba a Deidara—. Y llévate a los mellizos contigo.
—Todavía quiero un caballo —dijo Deidara, pero por lo menos se las arregló para llevarse a los mellizos, quienes todavía peleaban, fuera de la habitación.
Naruto cerró la puerta de un empujón y echó la llave. Sin mirar a Hinata, arrastró el hermoso sillón hasta la puerta, sólo para asegurarse de que nadie pudiera entrar.
—Cinco —dijo Hinata cuando Naruto finalmente se dio la vuelta para mirarla.
Todas sus palabras de explicación, todas sus súplicas para que ella entendiera se derritieron ante un rostro severo y unos brazos cruzados sobre un delicioso pecho.
Sus esperanzas de una maravillosa y erótica noche para explorar las formas de la armonía marital se marchitaron hasta volverse polvo, y volaron a través de la ventana en una débil bocanada de polvo de rosas.
Naruto consiguió dibujar en sus labios una frágil sonrisa y trató, con mucha fuerza, de no llorar.
—Sí, bien, cinco siempre ha sido mi número de la suerte.
