SE NECESITA ESPOSA


5. Dulce Despertar


Hinata se despertó con el incómodo sentimiento de ser observada. Abrió los ojos. Estaba siendo observada, en efecto.

A los pies de su cama, formando un semicírculo, cinco pares de ojos la miraban fijamente a medida que ella luchaba por apartarse el cabello del rostro. Se levantó hasta quedar recostada sobre los codos. El más joven de los hijos de Naruto, el niño que extrañamente se llamaba Konohamaru se soltó de la mano de Ino y saltó sobre la cama junto a Hinata.

—Ya te has despertado, ¿no es cierto? Ino dijo que no debería despertarte, pero tus ojos están ya abiertos, así que estás despierta. Quiero un gatito. Tengo una rata muerta. ¿Quieres verla?

—No, gracias, Konohamaru. Ya la vi, y tengo por costumbre no contemplar ratas muertas antes del desayuno. Y soy muy estricta en eso. ¿Qué están haciendo todos aquí?

—Esperando a que te despertaras —dijo Deidara.

—¿Por qué no estás durmiendo con papá? —preguntó Ino, y sus labios se apretaban sospechosamente.

— Koharu nos dijo que papá se quería casar para no sentirse solo en la cama. Se supone que tú debes evitar que él se encuentre solo. Eso dijo Koharu. ¿Por qué no lo estás haciendo?

Hinata cerró los ojos durante unos pocos segundos, antes de sentarse y encararse a los brillantes rostros que la observaban tan cuidadosamente.

—Para ser honesta, no me siento capaz de darles una explicación detallada acerca de mi relación íntima con su padre, pero, como veo que están muy preocupados por su felicidad, puedo asegurarles que, aunque la situación de anoche no fue propicia para... evitar que estuviera solo, tengo toda la intención de atender esa tarea esta noche. ¿Será eso suficiente?

—Quiero un gatito. Tú dijiste que me comprarías uno por la mañana.

—Nuestra verdadera madre dormía en la misma cama con papá —dijo Ino con aire de acusadora.

—Yo no quiero una nueva mamá —dijo Hanami, quien desapareció de la vista de Hinata al dejarse caer al suelo.

Mirando detenidamente al otro lado de la cama, Hinata podía ver que las piernas de Hanami sobresalían por debajo de la cama.

—Quiero una mamá, quiero una mamá —coreaba Konohamaru, saltando de arriba abajo al son de sus palabras.

—Quiero un gatito, quiero un gatito.

—¡Eso es mío! —dijo Arashi, e inmediatamente atacó a su melliza en el momento en que ella salió con una hermosa bacinilla de color azul y rosa.

—¡Yo la vi primero!

—Nuestra verdadera madre se encargaba de papá. Ella no permitía que él estuviera solo.

—¡Un gatito, un gatito! ¡Quiero un gatito!

—¡No es tuya, yo la vi primero! Es mía.

—Nuestra verdadera madre se aseguraba de que papá estuviera bien abrigado cuando salía y hacía frío, y le llevaba una copa cuando estaba enfermo.

—¡Mío, Hanami!

—Papá nunca estaba enfermo —dijo Deidara a su hermana.

Ella lo miró fijamente con los brazos cruzados fuertemente sobre su pecho. Su nariz resoplaba en esa particular y efectiva manera en que las mujeres jóvenes, de los tres a los diez años, expresaban su desprecio.

—Él se habría tomado una copa si hubiera estado enfermo. Mamá lo habría obligado.

Deidara cedió ante tal razonamiento. Asintió.

—Sí, se la habría tomado.

—Gatito, gatito, gatito, gatito.

Hinata, que comenzaba a sentir dolor de cabeza por los saltos de Konohamaru, lo agarró con firmeza para que se estuviera quieto.

—Sé que ninguno de ustedes desea tener una nueva madre.

—Yo sí quiero una nueva mamá —le dijo Konohamaru a la altura del hombro, retorciéndose para liberarse. Hinata aflojó la mano lo suficiente como para que él se sentara junto a ella y jugara con los largos y negros rizos del pelo de Hinata, que se enroscaban a su alrededor.

—Gracias, Konohamaru, te lo agradezco mucho.

—Yo también quiero una —dijo Deidara inesperadamente—. Y los mellizos también, ¿no es así?

Mientras luchaba con su hermana por la posesión de la bacinilla, Arashi asintió:

—Sí.

—No, tú no quieres una madre, yo sí —gruñó Hanami dándole a su hermano un fuerte pisotón que decidió la lucha a su favor, pues el pequeño dio un grito de dolor y soltó el preciado objeto.

—Pero anoche dijo otra cosa... —alegó Hinata mientras Hanami salía corriendo de la habitación, abrazando el premio contra su pecho.

Arashi le pisaba los talones, gritándole que era una ladrona por haberle robado su hermosa bacinilla.

—Oh, así son los mellizos, nunca se ponen de acuerdo en nada —dijo Deidara, quien también comenzó a caminar hacia la puerta.

—Vamos, Konohamaru, Maito me ha dicho que a uno de los toros se le ha roto un cuerno esta noche. Tenemos que darnos prisa para encontrarlo antes de que lo hagan los muchachos del establo.

—¡Quiero un cuerno de toro! —dijo Konohamaru, saltando sobre Hinata para seguir a su hermano—. Quiero un gatito y un cuerno de toro.

Hinata miró a Ino, quien aún tenía el ceño fruncido.

—¿Se despiertan así todas las mañanas o están actuando de esa manera para llamar mi atención?

Ino se dirigió hacia la puerta.

—Mi verdadera mamá no tenía el cabello negro, mi verdadera mamá era bonita y rubia como yo, y no me tocaba cuando yo no quería ser tocada.

Hinata se recostó contra la cabecera de la cama en el momento en el que la puerta se cerró detrás de Ino, y soltó la respiración que, aunque no se había dado cuenta, estaba reteniendo.

—Querías niños, bien, ahora los tienes. Sólo que, ¿qué voy a hacer con cinco niños ya crecidos? Puedo encargarme de bebés, pero de niños...

La habitación no tenía respuesta alguna para ella. Como Hinata no quería asustar a su criada haciéndole más preguntas retóricas, se lavó con el agua que le habían dejado y, con la práctica de quien siempre se ha atendido a sí misma, se deslizó en el vestido más bonito que poseía. Se estaba trenzando el cabello cuando alguien llamó a su puerta.

—Ino me ha dicho que estabas despierta. Dime, ¿cómo has pasado tu primera noche de dicha matrimonial? — Sumire entró en la habitación con una expresión de susto en el rostro y una sonrisa tímida, lo cual era un indicador del tipo de respuesta que esperaba.

—He dormido muy bien, gracias, aunque no debido a ninguna actividad por la cual tú estás peligrosamente cercana a sonreír. Y, ya que estamos hablando de ese tema, te recuerdo una vez más que las mujeres jóvenes, solteras, de buena familia, no hacen alusión a asuntos inapropiados para ellas.

Sumire le mandó un beso y abrió la puerta.

—Eres tan adorable cuando te vuelves mojigata. Ya que, evidentemente, estás fuerte y sana como un roble, te veré después. Voy a ir a investigar los establos de Naruto. Al parecer, tiene un excelente gusto para elegir caballos.

Antes de que Hinata pudiera hacer algo diferente a balbucear, «¡mojigata! ¡Nunca he sido mojigata durante un día en mi vida!», Sumire se había ido. Hinata le dio a su pelo los últimos toques, pasó tres minutos deseando tener un hermoso vestido para usar cuando saludara a su esposo y se dispuso a comenzar su vida como esposa y madre.

—Buenos días.

Cuando Hinata entró al salón, la recibió el mayordomo. Quiso ser amable, pero... ¿cómo se llamaba? No recordaba su nombre.

La presentación al personal la noche anterior había transcurrido a tanta velocidad que sólo recordaba que el hombre tenía un marcado acento español, un acento seductor, unos resplandecientes ojos negros y unos dientes extremadamente blancos que contrastaban con la piel morena.

—Yo soy Killer Bee Díaz, y usted es mi muy, muy señora.

—¿Muy, muy señora? —Hinata retiró la mano del lugar donde el español se inclinaba en una reverencia.

—Sí, usted es muy... —El mayordomo movió sus cejas en lo que, Hinata asumió, parecía ser un gesto seductor.

Luchó contra el deseo de reírse; en lugar de eso, le preguntó muy seria:

—¿Ha visto usted a su señor esta mañana, Díaz?

—Uno.

—¿Lo ha visto una vez esta mañana? Él le lanzó una aguda mirada.

—No, Killer Bee. Ése es mi nombre. Puede llamarme Killer Bee en vez de Díaz. Es preferible, ¿sí?

Hinata respiró profundamente y recordó que sin importar lo mucho que podía querer estallar en risas histéricas o gritar, ninguna de ellas eran acciones apropiadas para una marquesa.

—Ya veo. Muy bien, Killer Bee, ¿sabe dónde está mi marido?

Killer Bee se encogió de hombros y apuntó con su pulgar sobre su hombro hacia un estrecho y oscuro pasadizo.

—Naruto está, probablemente, escondido en su oficina.

—¿Naruto? —preguntó Hinata, un poco sorprendida al oír a un sirviente llamando a su amo por su nombre.

—Él me ha pedido que lo llame así, porque él me llama Killer Bee, ¿ve?

—Oh, ya veo. Sí, bien, bueno, gracias. —Hinata se dirigió hacia el pasadizo, pero el español le bloqueó el camino.

—¿Quiere que yo le muestre toda la casa primero? ¿Eh? Tengo muchas cosas de interés para enseñarle. —Sus cejas se movieron de nuevo.

Hinata sabía que debía sentirse ofendida o furiosa con aquel coqueteo descarado de un sirviente, pero se encontró extrañamente divertida por Killer Bee. Estaba tan seguro de su encanto, era tan obvio en sus insinuaciones, que Hinata no pudo evitar sonreír.

—Gracias, pero le diré a su jefe, mi esposo, que me enseñe la casa él. Estoy segura de que también debe tener muchas cosas interesantes para mostrarme.

—Está viejo, ése. Yo soy joven y, como se dice, viril.

—Él no está tan viejo. —Se rió Hinata—. Y, teniendo en cuenta que tiene cinco hijos, me aventuro a decir que su virilidad no se puede poner en duda.

Killer Bee se estremeció y se cruzó de brazos.

—Santa María, esos fueron engendrados por el mismísimo diablo.

—Oh, no es para tanto, los niños son un poco enérgicos, pero no son realmente tan malos. —Hinata se acercó sigilosamente a Killer Bee, mientras él ponía ojos de asombro.

—Un poco indomables, tal vez, pero eso se debe, sin duda, a que han pasado los últimos años sin una madre que los guíe. Pero son encantadores. Me gustan.

Killer Bee tomó la mano de Hinata en el momento en que ella trató de pasar por su lado, le hizo nuevamente una reverencia y le acarició los nudillos con los labios, antes de que su señora pudiera retirársela.

—Usted lo dice porque no ha estado aquí con ellos y cree que son ángeles. No lo son. Y, ahora, mi muy señora, regresaré a mis labores. Ahora usted es la dueña aquí, ¿querrá hablar conmigo más tarde acerca de mis labores? ¿Sí? Esperaré por su placer en la despensa de los mayordomos.

Sus negros y líquidos ojos le enviaron un mensaje inequívoco. Los labios de Hinata se movieron nerviosamente, mientras luchaba para no reírse. Se apresuró hacia el oscuro pasadizo.

Cuando finalmente asimiló las palabras de Killer Bee, Hinata se preguntó cómo pudo Naruto contratar a semejante mayordomo, un hombre tan descarado.

—Me pregunto, ¿de qué se estará escondiendo Naruto? —reflexionó al llegar a la puerta. Entró a una pequeña y extremadamente organizada habitación y sonrió al hombre que estaba sentado detrás del escritorio, cubierto de libros y papeles.

—Buenos días, señor, ¿puede decirme dónde puedo señor...? Misericordiosa Santa Genoveva, ¿qué es eso?

El fuerte estrépito que salió del pasillo hizo que Hinata saltara. Volvió a mirar al secretario, esperando a que saltara a investigar.

—El señor está tras esa puerta, la de su derecha. Si usted lo puede convencer de que permita que limpien su habitación, le estaré eternamente agradecido.

Hinata lo miró fijamente como si tuviera cuernos creciéndole de la cabeza.

—No... ¿no ha oído el estrépito? ¿El que provenía del pasillo? ¿No debería usted averiguar qué ha sido?

Iruka inclinó la cabeza, mientras contemplaba a Hinata.

—No. Me he dado cuenta de que es mucho más seguro no ser demasiado curioso en este tipo de asuntos.

—¿Está usted seguro? —Hinata lo miraba boquiabierta, completamente boquiabierta, y ella no era el tipo de mujer que quedaba atónita con facilidad—. Pero... pero... ¡Los niños podrían haber sufrido un accidente!

Iruka frunció la boca y escuchó por un momento, entonces, negó con la cabeza y se dirigió hacia la puerta que daba a la habitación de Naruto.

—No, nadie está herido. Oiríamos gritos si uno de los pequeños angelitos del señor estuviera herido. Son muy expresivos.

—Bien, seguramente, alguien debería preguntar qué ha pasado. Seguramente, alguien querrá saber cuál ha sido la causa de semejante estruendo.

Iruka la miró con curiosidad.

—Yo no se lo aconsejaría, señora. Mi señor ha resuelto que una estricta política de desentendimiento con respecto a esos asuntos es lo mejor para todos.

Hinata resopló. Odiaba hacerlo frente a Umino, pues lo conocía hacía muy poco tiempo, pero sintió que debía hacer algo.

—Usted no puede hacerme creer que un hombre tan cariñoso con sus hijos, como lo es Naruto, no desearía investigar el ruido que acabamos de oír.

—Como usted diga, señora. Hinata apretó los labios.

—Está siendo condescendiente conmigo, señor Iruka. No me gusta que los demás sean condescendientes conmigo.

—Está usted completamente equivocada, señora, se lo aseguro. Simplemente deseo informarle de que en este aspecto estoy muy familiarizado con los hábitos de su señor.

—Pruébelo.

Las cejas de Iruka se levantaron sorprendidas.

—¿Disculpe?

—Demuéstreme que Naruto no querría saber qué es lo que sucede en el pasillo, pregúntele.

Iruka abrió la puerta y le hizo un gesto, invitándola a entrar en la habitación. Un segundo y más suave estrépito sonó desde el salón.

Hinata levantó una ceja, mirando a Iruka, y avanzó en una habitación poco iluminada y tan polvorienta que la nariz le cosquilleaba. En el extremo más lejano de la larga estancia, dándole la espalda a un par de ventanas sucias, se encontraba su marido, sentado, leyendo una carta.

—Señor —dijo Iruka desde la puerta, al ver que Naruto no había notado su presencia.

—¿Sí? —dijo Naruto, sin levantar los ojos de la carta.

Hinata lo observaba cuidadosamente. Ése era el hombre con quien se había casado y al que más o menos había echado de su habitación la noche anterior. Su rubio cabello se encontraba despeinado y desordenado, como si se lo hubiera peinado con los dedos; tenía un travieso mechón de cabello colgándole sobre la ceja.

Las facciones de su largo rostro estaban sumidas en interesantes sombras, tenía unos anteojos y el brillante oro de sus lentes reflejaba la luz del sol que buscaba su camino a través de las mugrientas ventanas llenas de moscas. Ése era el hombre al que se había ligado para el resto de su vida.

El hombre que había olvidado mencionar a sus cinco hijos. El hombre alrededor del cual había construido tantos sueños y esperanzas, al menos tantos sueños y esperanzas como era posible tejer en dos días.

Ése era el hombre con el que deseaba satisfacer muchas, muchas gimnasias conyugales, el hombre que atraparía su corazón y su alma, además de sus piernas y sus brazos, el hombre que la complementaría, la haría sentirse completa, el que le daría lo que ella más quería en el mundo.

—Su esposa, señor.

—¿Qué le pasa? —preguntó Naruto, aún leyendo la carta; uno de sus dedos tocaba su labio inferior mientras leía. Al observar cómo aquel dedo tocaba el curvado labio, Hinata recordó, mientras sentía una ráfaga de calores muy poco inocentes en sus partes femeninas, la sensación tan maravillosa que producía el contacto entre los labios de Naruto y los suyos.

—Quiere saber si tiene usted interés por conocer los detalles de los dos... —Iruka fue interrumpido por otro estruendo, esta vez seguido por un fuerte grito y pequeñas risillas infantiles—. De los tres indicios de accidente que vienen del salón.

—¿Por qué rayos tendría que ser tan tonto como para preocuparme por eso? — preguntó Naruto, mientras miraba la carta, tomaba una pluma de su estuche y la hundía en un tintero.

Iruka le dedicó a Hinata una mirada significativa, casi de disculpa.

—Creo que su señora piensa que usted podría querer asegurarse de que ninguno de sus hijos se haya hecho daño.

Hinata asintió, preguntándose seriamente si regresar a su cama y volverse a levantar para empezar de nuevo el día, pues quizá así mejoraría su situación. Pero supuso que no sería así.

—Umino, no sea ridículo —dijo Naruto, como ausente, mientras hacía una anotación en la carta—. Si uno de ellos estuviera herido, ya habría gritos, sangre y todo eso.

—Naruto.

Él levantó la mirada, con el adorable mechón de cabello que colgaba sobre la igualmente adorable frente, los ojos oscuros y ensombrecidos tras las gafas.

—¡Hinata! ¡Ya estás levantada!

Iruka abandonó la habitación silenciosamente, cerrando la puerta tras él mientras Hinata caminaba hacia el escritorio, echando un vistazo a la variedad de objetos alineados sobre las mesas y estantes.

—Sí, me he dado cuenta de que si me lo propongo, logro con alguna frecuencia levantarme antes de que el sol se ponga. Buenos días, Naruto.

Naruto se puso de pie, algo más que conmocionado, como comprobó Hinata con mucho agrado. Se acomodó las gafas, dejando una mancha de tinta sobre el puente de su nariz.

Los dedos de Hinata ardían de deseo de quitarle a Naruto el mechón de cabello de la frente y echárselo hacia atrás mientras él se ajustaba la bufanda (dejando manchas azules sobre ésta también), saludándola con una dubitativa (pero siempre adorable) sonrisa.

—Buenos días. ¿Qué tal has dormido?

Hinata suspiro. No había por qué negar la evidencia. Naruto era completamente adorable.

—Bastante bien, la cama es muy cómoda. Tengo, sin embargo, una queja sobre mi habitación.

—Vaya...

Naruto rodeó el escritorio y cogió una silla para que ella se sentara. Dos manzanas, una cantidad de bufandas enmarañadas y una pequeña salamandra color negro y café se cayeron de la masa de papeles que estaba sobre la silla.

—¿Qué?... oh, no te preocupes por la salamandra, es una de las mascotas de Konohamaru, es inofensiva, de eso estoy casi seguro. La historia de Umino de que arrancó de un mordisco un dedo del pie de uno de los empleados no es más que una típica exageración. Perdona, ¿cuál es esa queja que decías?

Hinata tomó aire profundamente y recordó que no era ni una tímida virgen ni una mujer sin experiencia con los hombres y con los actos íntimos que ellos tenían con sus esposas. Conocía, por lo menos, trece posturas de pie para dichos actos y las mujeres que sabían semejantes cosas no se sonrojaban cuando mencionaban ese tipo de cosas en conversaciones casuales.

Ella era una mujer madura y racional. Naruto era su esposo. Ella deseaba con ahínco investigarlo de manera exhaustiva y prolongada. Incluso pensaba que podría tomar nota de las cosas que a él más le gustaban. Ella no actuaría, bajo ninguna circunstancia, de la manera en que lo haría una mujer soltera.

Los ojos de Naruto se entornaron mientras observaba su rostro detenidamente.

—¿Te encuentras bien? Te veo sonrojada, como si tuvieras fiebre.

—Estoy bastante bien —contestó ella, ignorando el hecho de que sus mejillas estaban tan calientes que habría podido freír uno o dos huevos sobre ellas—. Lo que me hacía falta en la habitación anoche, era tu presencia.

Naruto parecía confundido.

—Tú me echaste de la habitación. Hombre ruin, ¡tenía que acordarse de eso!

—Así fue, pero no quería que te fueras.

—Ah, claro. Por eso me dijiste, y creo que cito las palabras textualmente, «¡Mentiroso cerdo con aspecto de hombre! ¿Tienes cinco hijos y nunca me lo contaste? ¿Cinco? C-I-N-C-O, ¿Cinco?».

Hinata se sonrojó, para su eterna mortificación, más que antes. Evitaba mirarlo a sus adorables y cambiantes ojos y por eso miro la sucia ventana.

—Puede que dijera eso, pero debes comprender que estaba algo disgustada en ese momento.

—Y a continuación te dirigiste a la puerta que comunica con mi habitación, la abriste vigorosamente y con un gesto dramático que habría hecho sentirse orgullosa a Sara Bernard, me informaste de que podía irme a mi cuarto, o al mismísimo diablo, lo que yo prefiriera, con tal de que me retirara de tu presencia.

Ella hizo un gesto de irritación.

—La verdad, la gente que tiene tan buena memoria me resulta particularmente molesta.

—Aun así, todavía dudaba de que verdaderamente quisieras que me marchara, pero cuando estuviste a punto de partirme la cabeza tirándome todas esas cosas se me disiparon las dudas.

—¡Sólo te tiré mi cepillo para el pelo, que es muy pequeño! ¿Cómo iba a romperte la cabeza con eso? Aunque reconozco que si hubieras llevado esas gafas y el mango del cepillo te hubiera dado en ellos el cristal se hubiera roto y lastimado los ojos, dejándote ciego.

—Y luego juraste a Dios todopoderoso que no querías volver a verme. ¡Nunca en la vida! Eso dijiste.

Hinata cerró los ojos por un segundo. ¿Cómo pudo haber sido tan estúpida? ¿Por qué había perdido la cordura con él de esa manera? De entre todas las personas, él era el único con el que no podía enfadarse por haberle ocultado algo acerca de su pasado.

—La verdad, creo que exageré un poquito...

—Hinata...

Hinata bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas, pues se negaba a mirar a Naruto. Se sentía demasiado avergonzada como para soportar la condena en sus ojos. Definitivamente, se dijo, era una cobarde.

—Lo siento, Naruto. Pensé que podía hacer esto, pero soy, obviamente, demasiado impulsiva.

—Hinata, mírame.

Lentamente, con renuencia, alzó la mirada para encontrarse con la de él. Se le secó la garganta y varias sensaciones extrañas, similares a aleteos de mariposas, revolotearon por su estómago.

Naruto estaba sonriéndole, regalándole una maravillosa sonrisa, no sólo con sus labios, sino también con sus ojos. Le tomó las manos y se inclinó para besarlas. Las manos de Hinata desprendían calor.

—Tenías todo el derecho a estar enfadada. No te culpo lo más mínimo por expulsarme de tu habitación. Sólo espero que, ahora que sabes lo peor, estés de acuerdo en continuar siendo mi esposa.

Admito que no es un acuerdo particularmente bueno para ti, pero me gustaría que te quedaras. El señor sabe que los sirvientes necesitan un ama porque ni siquiera saben cómo hacer su trabajo, y los niños están desquiciados. Simplemente desquiciados, y yo no sé qué hacer con ellos. Te necesitan.

Hinata sonrió gracias a la ferviente y esperanzada mirada que captó en los ojos de Naruto, y apretó sus dedos sobre los de él.

—¿Y tú, mi señor? ¿Qué necesitas?

—Una amiga —dijo Naruto, su voz se tornaba repentinamente ronca a medida que la acercaba a su cuerpo—. Una compañera, una amante.

Hinata se encontraba frente a él, contra su pecho, sus manos se deslizaban por el fino paño verde de su chaqueta. Los músculos de Naruto se hinchaban a medida que ella se apretaba más contra su cuerpo y sus labios provocaban a los de ella.

Le mordía el labio inferior, saboreaba todos los rincones de su boca y le daba pequeños besos como de mariposa. De pronto, Hinata sintió que la cabeza le daba vueltas. La voz de Naruto era fuerte y estaba llena de deseo cuando dijo, justo antes de aceptar la invitación ofrecida por los labios separados de Hinata:

—Una esposa.

Hinata, que tenía traviesos pensamientos, acerca de la posibilidad de usar el escritorio de Naruto de una manera que, indudablemente, lo sorprendería, se preparó para rendirse a su maravillosa boca.

En ese momento, otro y más cercano estruendo hizo temblar las ventanas del cuarto.

—¡Demonios! —gruñó Naruto al apartar sus labios de los de ella—. ¡Umino!

Recordando que ella era ahora la madre de los niños y, por lo tanto, la persona adecuada para investigar accidentes caseros, Hinata se alejó de los brazos de Naruto a regañadientes.

—Debo ir a ver qué pasa.

—No, quédate. Umino, ¿qué está pasando ahí fuera? ¿Por qué no puedo tener un instante de soledad? ¿Estoy pidiendo demasiado al querer leer mis cartas en paz y tranquilidad?

—No, señor —contestó Umino, enviándole una rápida mirada sobre su hombro.

—Al parecer, un toro, lamentablemente sin un cuerno, ha entrado en el salón. Me encargaré de que lo saquen inmediatamente.

—No se moleste, lo haré yo misma —dijo Hinata, regalándole una sonrisa—. Después de todo, ahora soy el ama aquí. Si alguien es responsable de sacar ganado de la casa, supongo que soy yo.

Se dio la vuelta hacia Naruto, repentinamente tímida, a pesar de que unos momentos antes había estado explorando su lengua de manera bastante íntima.

—¿Te veré más tarde?

Naruto le dedicó una acalorada mirada que no permitió confusión acerca de lo mucho que ella vería de él después; luego le besó las manos nuevamente.

—Eres un ángel, Hinata, eres la respuesta a mis plegarias. Dejo a los niños en tus hábiles manos, seguro de que restaurarás la paz y la cordura en mi casa. Eres exactamente lo que necesitamos. Te veré en el almuerzo. Ah, no, maldita sea, no puedo. Recibí una carta esta mañana, indicándome que debo atender un... negocio. ¿Me disculparás?

Naruto la tomó suavemente de la barbilla para acercar su rostro al de él. Hinata sabía que, si llegaba a estar lo suficientemente cerca como para besarlo, lo tumbaría al suelo y haría cualquier cosa con él.

Así que logró soltarse y le dedicó lo que ella esperaba fuese una deslumbrante sonrisa, aunque tenía la sospecha de que la sonrisa, más que deslumbrante, le salió un poco lasciva.

—Sí, desde luego. Hasta la cena, entonces. Te veré durante la cena, y después.

Naruto le lanzó una ardiente mirada. Lo suficientemente ardiente como para dejar el cuerpo entero de Hinata encendido y con ganas de él. Tragó saliva dos veces y asintió.

Le mandó un pequeño beso y, después, salió apresuradamente de la habitación, al ver que él parecía querer abalanzarse sobre ella.

Umino, que había estado observando prudente y discretamente un cuadro, sostuvo la puerta abierta para que Hinata saliera de la habitación. Ella lo hizo a toda prisa, atravesando la oficina, llena de esperanza, deseo y felicidad.

—Iruka, ¿no le importa que lo llame así? Gracias. Iruka, tengo un buen presentimiento.

Hinata abrió la puerta que daba al pasadizo. Y se topó con un toro de mediano tamaño, que corría seguido por dos grandes perros, un faisán y los mellizos.

—Creo que hoy comienza una nueva vida para todos nosotros.

Konohamaru pasó corriendo, arrastrando el cadáver de una rata atada a una cuerda.

—Voy a enfrentarme a todas las dificultades que la vida ponga en mi camino; y las superaré.

—Que Dios la ayude, señora —dijo Iruka—. Creo que va a necesitar toda la ayuda que pueda tener.

La salamandra salió correteando sobre su pie y atravesó la puerta, disparada. Hinata suspiró.

—Me temo que tiene razón.