SE NECESITA ESPOSA
6. ¡Pequeños diablillos!
Naruto libró una corta batalla con su cuerpo, que quería abrazar a Hinata desesperadamente y llevarla en brazos hasta su habitación, donde trabajaría con diligencia para mantenerla en un estado de absoluto placer mientras sus fuerzas se lo permitieran.
Pero entonces recordó que él no era un animal, él era un caballero. Y los caballeros no actuaban como si fueran un semental cerca de una yegua en celo.
Fue una situación bastante delicada y complicada por unos minutos, se trataba de dejar a un lado su honor para convertirse en un semental, pero, al final, ganó el sentido común.
Logró apartar de su mente la excitación pensando en cosas desagradables, como fosas sépticas estancadas y cadáveres hinchados, y se sentó para pensar en la carta que había recibido una hora atrás.
—¡Umino!
Su secretario llegó antes de que los ecos de la voz se extinguieran por completo.
—¿Gritaba usted, señor?
—Sí, eso hacía. Necesito tu consejo.
Iruka permitió que una expresión de sorpresa bailara sobre su rostro.
—¿Quiere mi consejo?
—Sí. Siéntate, esto requiere una explicación. Algún tiempo antes de casarme con Shion, fui citado a declarar, por cargos de traición. Creo que te lo mencioné alguna vez.
—Sí, señor, así fue. —Umino se mordió los labios—. Los cargos eran falsos y a usted lo pusieron en libertad.
Naruto se recostó sobre el respaldo de su asiento y puso los pies sobre el borde del escritorio.
—Por supuesto que eran falsos, en ese momento estaba trabajando para el Ministerio del Interior bajo órdenes directas del primer ministro. Yo fui el cebo que usaron para atrapar a quienquiera que estuviera usando el Ministerio del Interior para provocar la insurrección y la anarquía.
Iruka no dijo nada, pero sus ojos brillaron con una luz de admiración y emoción.
—Deduzco que usted descubrió a esa persona.
—Sí, así fue. Casi me llevan a la horca en el proceso, pero todo se resolvió una vez que pude demostrar que el autor intelectual del plan para derrocar al gobierno era nada más y nada menos que el encargado del Ministerio del Interior, sir Madara Uchiha.
—Pero, él era su jefe, ¿no es así? —preguntó Iruka. Naruto asintió.
—Así era. Trabajé para él durante años sin adivinar que estaba utilizando su posición para pasar información a los anarquistas.
—¡Dios mío! —El rostro de Iruka era el vivo retrato de la atención y el interés—.¿Qué le pasó a sir Madara? ¿Pudieron capturar a los anarquistas? Y ¿cómo terminó usted en prisión por cargos de traición?
Naruto abrió una delicada cajita de cedro que había sobre su escritorio y sacó de ella un fino cigarro de color café. Hizo un ademán hacia la caja con una mano en señal de invitación mientras encendía el cigarro, acomodándose con el aire de quien tiene una intrincada historia para contar.
—Sir Madara se quitó la vida cuando yo descubrí su perfidia. Los anarquistas fueron capturados y sus líderes fueron llevados a la horca. Yo fui encarcelado por cargos de traición porque sir Madara me había usado como chivo expiatorio. Elaboró un caso convincente en mi contra, con la ayuda de los anarquistas.
Verá, él sabía que me estaba acercando demasiado a la verdad, y llegó a sus oídos que el primer ministro estaba al tanto de que había alguien con un cargo alto en el Ministerio del Interior que estaba traicionando al gobierno, así que Uchiha decidió que yo sería ofrecido en sacrificio.
—Fascinante —dijo Iruka, depositando cuidadosamente la ceniza en un cenicero cercano—. Imagino que la carta que ha recibido usted hoy tiene que ver con el incidente.
—Exacto. —Naruto bajó los pies al suelo y se inclinó para fruncir el ceño ante la carta—. Me la envía lord Senju, el nuevo jefe del Ministerio del Interior. Dice que existe una información que vio la luz recientemente y que indica que Uchiha, probablemente, no trabajó solo, y que le gustaría que yo revisara mis documentos y papeles para ver si encuentro pruebas que involucren a una segunda persona.
—Me da la impresión de que ésa va a ser una tarea muy laboriosa.
—Así será. —Naruto suspiró y levantó su pluma—. Quiero que le escribas a Crabtoes y le ordenes que desentierre mis registros que se encuentran en Rosehill. Dile que me los envíe aquí lo más rápidamente posible.
Luego necesitaré que me ayudes a organizar los papeles que tengo aquí. No tengo muchos de esa época, pero recuerdo haber visto, en algún lado, una caja con mis apuntes cuando nos mudamos. Oh, y no se te olvide enviar el anuncio al Times.
Umino apagó su cigarro, lo llevó hasta la chimenea y lo tiró, limpiando el cenicero de vidrio con su pañuelo antes de dejarlo nuevamente sobre el escritorio de Naruto.
—¿El anuncio de su matrimonio?
—Sí. Así no tendré que escribir a todos mis amigos y Hinata, probablemente, querrá que sus amigos y familiares se enteren. ¡Demonios! Justo cuando quería pasar algún tiempo deleitándome con los encantos de mi esposa, debo pasar mis días revisando notas de hace quince años.
—Me gustaría mucho saber cómo ha entrado este toro en la casa. ¿Alguno de ustedes lo sabe?
Sonaron los chillidos del faisán. Hinata le echó un vistazo para hacerle saber que no apreciaba su opinión, y afinó su mirada hasta convertirla en profunda para transmitirla a la línea de sirvientes y niños parada frente a ella.
—¿Y bien? ¿Nadie tiene nada que decir?
Los diez pares de ojos que la miraban no mostraban algo distinto a la inocencia, una inocencia tan grande que haría que los mismísimos querubines sintieran mala conciencia Hinata suspiró.
—Muy bien, ustedes lo han querido. ¡ Koharu!
Una mujer mayor, con el cabello grisáceo, asintió.
—Tú estás encargada de los niños, ¿no es así?
—Sí... bueno... estuve encargada de ellos hasta que mi señor se casó con usted, ahora usted está a cargo de los pequeños mocosos.
Hinata luchó por contener una sensación de pánico. Desde luego, había disfrutado mucho cuidando a los hijos de Kurenai, jugando con ellos, pero no había tenido la responsabilidad de educarlos y protegerlos; la prueba estaba en que Kurenai muchas veces se enfadaba con ella acusándola de ser peor que los pequeños.
Ahora se encontraba en la posición de su amiga y no sabía si sería capaz de decidir qué era lo que se debía o no se debía hacer.
Finalmente, decidió que sería su amiga para ayudarlos, guiarlos y ser su mentora, sin ser demasiado estricta ni tener que repartir castigos entre ellos.
Después de todo, para eso había un padre.
—Así es. Pero, usted tiene más experiencia con ellos que yo, así que usted debe tener alguna idea acerca de como entró ese toro en la casa.
La mujer llamada Tayuya, una joven bonita y sensual, cuyas curvas se resaltaban a pesar de su manchado delantal y su abrigo gris oscuro, levantó la mano para hablar.
—A través de la puerta.
Deidara soltó una risilla. Ino subió los ojos y se mostró aburrida, como sólo una niña de trece años puede hacerlo. Hinata entrecerró los ojos y los miró a los dos.
—No tendrás nada que decirme, ¿Verdad, Deidara?
—Claro que sí, tengo muchas cosas que decirte. Joshua es un tipo muy amable, igual que Nash.
Hinata sabía que Nash era el faisán. ¿Pero Joshua?
—¿Y quién es Joshua, si puede saberse?
—Joshua es el toro —dijo Deidara—. Es muy amistoso, ¿ves? Le gusta Konohamaru, así que cuando nos volvimos tras encontrar el cuerno de Joshua...
—¡Tengo un cuerno! —dijo Konohamaru alegremente, alzando un objeto que parecía más una trompeta que un cuerno—. ¿Puedo tener un gatito ahora? Tú dijiste que podía.
Hinata alzó una ceja mientras miraba a Deidara e inclinó la cabeza ligeramente hacia Konohamaru.
—Eso explica cómo entró Joshua en el salón, pero ¿cómo es que rompió tres valiosísimos jarrones y por qué tuvo que ir hasta el baño?
Hanami y Arashi se rieron, hasta darse cuenta de que se estaban riendo de lo mismo, tras lo cual sus carcajadas se convirtieron en miradas enconadas.
—Los jarrones no eran de valor, señora —dijo Tayuya. Los otros sirvientes asintieron.
—El señor no pondría nada de valor en el salón. Hinata frunció el ceño.
—¿No lo haría?
—No, señora. Él lo sabe todo, ya ve.
—Así es.
—Sí, señora. Acerca de los niños.
—Ah. —Hinata le añadió un punto a su opinión acerca de la inteligencia de Naruto, y continuó—. En cuanto a lo de la puerta...
—Konohamaru se encontraba en el baño —dijo Deidara, quien era evidentemente el portavoz de los niños.
Ino se sentó en el sofá azul que se encontraba frente a Hinata para ignorarlos a todos y pretender que se encontraba a millas de donde todo estaba ocurriendo.
—Nash tenía que usar el baño —dijo Konohamaru, molestando al faisán con su trompeta, es decir el cuerno del toro.
Rápidamente, Hinata desechó de su mente la imagen del faisán utilizando el baño, y continuó valientemente.
—Como todos somos amigos aquí, dejaremos que el incidente de esta mañana pase sin más comentarios.
Varios de los miembros del personal suspiraron aliviados, recostándose contra la pared. Hinata los miró a todos.
—Sé que soy un Nuevo miembro de la familia, pero realmente debo ser firme en cuanto a la presencia de ganado en el interior de la casa. Desde ahora, todos los animales que no sean mascotas deben permanecer fuera de la casa. No está permitido que animales distintos a perros y gatos los sigan al interior de la casa. ¿Me han entendido?
—Sí —dijo Arashi asintiendo.
—No —dijo Hanami negando con la cabeza. Deidara se encogió de hombros.
Koharu y Tayuya intercambiaron miradas.
Killer Bee se arrodilló con una mano estirada hacia Hinata y la otra presionada contra su pecho.
—Que la Santísima Madre vierta bendiciones sobre su cabeza, señora Hinata. El toro causa terribles desastres en el salón que mis muchachos y yo debemos limpiar. La semana pasada fueron pavos y, antes de eso, fueron palomas.
Se estremeció y le envió a Hinata una mirada seductora desde sus entornados ojos, una mirada que habría escandalizado a la más experimentada de las concubinas de un harén.
Hinata lo ignoró.
— Sumire, querida mía, ¿tienes mi libreta de memorandos? Gracias. Oh, ¿conocen ya a mi sobrina, la señorita Sumire?
Varias cabezas asintieron.
—Excelente. Tayuya y Koharu pueden regresar a sus asuntos domésticos. Killer... sí, muchas gracias, aprecio su gratitud, pero realmente no creo que besarme las botas sea un gesto digno del mayordomo de una marquesa, así que, por favor levántese del suelo y limpie este desastre.
Hinata esperó a que todos los sirvientes desalojaran el lugar, Killer Bee levantó su trasero del suelo.
—Ahora, niños, quiero que me atiendan un momento. Esta mañana he escrito unas anotaciones sobre lo que constituye un comportamiento aceptable. Espero que cada uno de ustedes...
Hubo un enloquecido afán por llegar a la puerta. Los niños escapaban de la habitación en una algarabía de plumas de faisán, enaguas y relucientes botas negras.
—Espero que se comporten... ¡Bien, al diablo con todo!
Los muchachos huyeron en un completo descontrol, atropellándose para salir. Por fin, la puerta se cerró tras Konohamaru, para volver a abrirse segundos después, antes de que Hinata hubiera tenido oportunidad de decir nada.
El más joven de su nueva prole asomó la cabeza otra vez en la habitación.
—El gatito —le recordó.
Hinata suspiró y sintió cómo sus labios se retorcían a medida que la risilla de Sumire se convertía en incontenibles oleadas de carcajadas.
—Vamos, tía. Los acompañaré a ti y a Konohamaru a los establos. Uno de los gatos del establo tuvo una camada que ya está lista para ser destetada.
Hinata pensó en suspirar de nuevo, pero decidió que demasiados suspiros eran el signo de un intelecto débil, y acababa de darse cuenta de que no podía permitirse el lujo de mostrar el menor signo de debilidad ante los niños.
Naruto los había dejado bajo su cuidado, así que ella simplemente tendría que encontrar la manera adecuada de lidiar con esas fieras y conseguir que se comportaran como personas.
—Soy su amiga, soy su amiga —se repetía a ella misma mientras acomodaba el cuaderno de memorandos sobre la mesa que había junto al sofá y se recolocaba la falda.
Konohamaru permaneció de pie, observándola con esperanza. Su regordete y pequeño labio estaba listo para hacer un puchero si su intento de tener un gatito resultaba fallido. Hinata le sonrió y estiró la mano.
—¿Quieres que vayamos a buscarte un gatito?
Konohamaru toleró que Hinata le agarrara la mano y la guió fuera de la casa hacia los establos.
En el camino, Hinata hizo una anotación mental para enviarle una carta a Kurenai, pidiéndole consejos y trucos para lidiar con la generación más joven. Comenzó, también, a planear diversas maneras de ganarse el corazón de los niños.
Naruto entró al comedor y miró con sorpresa la mesa servida para nueve personas. Estaba acostumbrado a cenar solo, o con Iruka. La habitación estaba vacía, salvo por Killer Bee y Maito Dai, quienes se encontraban acomodando utensilios de mesa que Naruto no veía desde que Shion había fallecido.
—¿Tenemos invitados a cenar?
Killer Bee le dirigió una mirada llena de simpatía, y movió un cáliz de cristal y plomo ligeramente hacia la izquierda. Naruto pensó en todos los chismes que corrían sobre el mayordomo. Bueno, podían decir de él lo que quisieran, pero desde luego sabía poner la mesa como nadie.
—La señora Hinata, ella dice que usted va a cenar con los pequeños diablitos.
—¿Pequeños qué?... Ah, los pequeños diablos.
Naruto le enseñó una irónica sonrisa de aprobación, y echó un rápido vistazo al papel rojo oscuro con visos de humedad que decoraba el comedor.
—Bien, será lo mejor, Hinata querrá volver a decorar este salón de cualquier manera. El que los niños cenen aquí, seguramente, sólo hará que crezca su deseo de llevar a cabo esta tarea.
Killer Bee rezongó algo que Naruto interpretó como una objeción. Naruto se acomodó el saco en un intento de parecer un marido colaborador y seguro de sí mismo.
—Simplemente debemos confiar en que ella sabe lo que más conviene con respecto a estos temas. ¿Sabe usted dónde está la señora, por cierto?
Killer Bee se encogió de hombros.
—Eso es lo que yo no sé. Estaba aquí hace una hora, diciéndonos que debíamos poner platos en la mesa para los diablitos, después se fue.
Naruto se mordió el labio mientras pensaba, luego salió del comedor. Tal vez Hinata estuviera descansando antes de la cena. Tal vez pasaba una hora en silencio en la habitación que él le había dado para que le sirviera de sala de estar.
Tal vez estaba con Sumire o con Ino y Hanami. Quizá estaba acostada, desnuda en su cama, con olas de cabello color ébano rodeándola, mientras esperaba atraparlo en sus hebras de seda... Alejó esta última imagen de su cabeza y fue a buscar a su esposa.
La encontró encerrada en uno de los cobertizos del jardín, sucia, hambrienta y absolutamente enfadada.
—¡Naruto! —gritó Hinata en el momento en el que él abrió la puerta del cobertizo, y luego se dejó caer en sus brazos llena de gratitud. Temblaba y se estremecía con lo que él asumió que era producto del horror y del shock.
Una vez más su esposa le mostraba profundidades inesperadas.
—¿Dónde están? —rugió Hinata, separándose de él con las manos—. ¿Dónde están esos pequeños... pequeños...?
—¿Diablos?
—¡Sí! ¡Exactamente! ¡Diablos! Qué buena palabra es esa. Apropiada, también, muy apropiada.
Ella estaba magnífica en su ataque de furia, su cabello negro caía de lo que alguna vez fue una muy ordenada trenza, sus ojos grisáceos brillaban con el castigo prometido, las mejillas estaban sonrosadas por la exaltación.
Y aquella mujer era completamente suya, cada delicioso bocado de ella.
Bocados que él estaba peligrosamente cercano a perder, a menos que lograra calmarla y hacerle creer que los niños no habían tenido intención de encerrarla en el cobertizo. No. Sus hijos no eran capaces de gastar bromas tan pesadas.
—Irán al cuarto de los niños, sin cenar.
—Bien —gruñó Hinata, apartando a Naruto para caminar libremente por el jardín lleno de maleza hacía la casa, mientras trataba de arreglarse.
—No se merecen la agradable cena que había dispuesto para esta noche. Me encerraron ahí, Naruto, atrapándome con todas las arañas, escarabajos y bichos horribles del mundo.
Naruto chasqueó la lengua e hizo algunos ruiditos que indicaban lo bien que la entendía. Deslizó su mano alrededor de la cintura de Hinata, aparentemente para ayudarla a caminar, pero realmente para poder tocarla.
—Konohamaru, el mismísimo Konohamaru, al cual le acaba de dar un gatito, me engañó para que entrara en el cobertizo, después escapó a través de un estrecho hueco mientras los otros me encerraban dentro.
—Pequeño monstruo desagradecido.
—Todos son unos desagradecidos. Rechazaron mis intentos de acercarme a ellos como amiga. ¡Me han rechazado!
—No te merecen, realmente no te merecen —dijo Naruto dulcemente, y enseguida se arrepintió de sus palabras.
No quería que Hinata se tomara en serio eso de que no la merecían y decidiera largarse de la casa. Era un torpe. Desde luego, podía haberse mordido la lengua.
Hinata se quedó parada por un momento al escuchar sus palabras, y luego reanudó su camino hacia la casa a un paso más lento, más apropiado para el pensamiento profundo.
—Tal vez estoy exagerando. Después de todo, no son tan malos.
Naruto pensó que era mejor no comentar más sobre lo dicho, dado que él era un hombre bastante honesto, un hombre al que no le gustaba engañar, a menos que fuera absolutamente necesario.
—Creo que tienen demasiada energía —siguió Hinata pensativamente. El fuego en sus adorables ojos oscuros se apagaba hasta convertirse en una mera chispa.
—Es lógico que los niños sean traviesos y tengan mucha energía; después de todo, eso es lo que todo el mundo espera de los niños.
—Y de las esposas.
Hinata dirigió sus enormes ojos grises hacia él.
—Síííí —dijo ella despacio, frunciendo el ceño levemente entre sus gloriosas y perfectas cejas. Se mordió el labio inferior, enviando una oleada de calor a la entrepierna de Naruto, a medida que sus pequeños dientes blancos jugaban con ese delicioso y pequeño labio rosado.
— No quiero que pienses que no estoy preparada para cuidar a tus hijos, por mucha energía que tengan. Lo estoy, simplemente no me esperaba que fueran a encerrarme, me pilló por sorpresa su...
—¿Nefasto plan para asustarte? —sugirió Naruto, que sabía perfectamente cuáles habían sido las verdaderas intenciones de los niños.
—No. Su astuta y endemoniada habilidad para montar un plan detallado y llevarlo a cabo hasta su fin lógico —Hinata terminó con una pequeña sonrisa de triunfo al ver que se acercaba a la casa.
Naruto abrió y sostuvo para Hinata la única puerta francesa que aún funcionaba para comunicar la terraza con la habitación que le había cedido a su esposa.
—¿Astutos? Bueno, sí, supongo que es una manera de describirlos.
Naruto le tomó la mano justo en el momento en que ella iba a recorrer la habitación con su mirada. Sus dedos se apretaban sobre los de él, a medida que su esposo le acariciaba con el dedo pulgar la suave piel de las manos.
Naruto pensaba ociosamente que había pasado demasiado tiempo desde la última vez que se había sentido excitado por el simple hecho de sostener la mano de una mujer.
—Sabes que no necesitas protegerlos. Ya les he dicho que esperarán sin cenar hasta que tú determines su castigo por las actividades de esta tarde. Y eso que cuando hablé con ellos aún no sabía que te habían encerrado en el cobertizo.
—¿Castigo? —Hinata frunció el ceño profundamente, y extendió su gesto hasta los labios. Naruto asintió.
—Puedes estar segura de que el castigo que decidas se llevará a efecto sin tener en cuenta sus súplicas, ni sus peticiones de indulgencia y compasión.
—¿Castigo? ¿Quieres que los castigue? —preguntó con voz algo chillona.
—Por supuesto. Te han ofendido. Así pues, debes impartir justicia. Supongo que si no los miras a los ojos cuando les impongas el castigo, será más fácil para ti. Son muy buenos actores, especialistas en llantos que derriten el corazón de quien los escucha.
—Lágrimas —repitió Hinata, con cierto temblor en su voz.
Naruto quiso besarla más que nunca al oír el sonido emitido por ella. ¿Podía existir una mujer más perfecta para él? Se permitió besarle las manos dos veces, antes de abrir la puerta que daba al salón, mientras la acompañaba al pie de la es calera de roble.
—No te dejes engañar cuando ellos se arrojen a tus pies y supliquen clemencia. — Hinata emitió un sonido sordo desde lo más profundo de la garganta. Se soltó de la mano de Naruto y se dirigió hacia el comedor.
—Le diré a Killer Bee que quite los platos de los niños.
—¡No!
Naruto se detuvo, sorprendido por la vehemencia de su protesta.
—¿No? ¡No querrás recompensar a los pequeños moco... diablos, haciéndoles el honor de cenar con nosotros!
Hinata respiró profundamente, un acto que Naruto agradeció, considerando la estrechez de su corpiño, y entrelazó sus manos en un silencioso ruego.
—Por favor, Naruto. Quiero firmemente que seamos una familia, y pensé que cuando fuera conveniente, cuando nadie estuviera cenando con nosotros, los niños podrían unirse a nuestra cena. Frecuentemente, mis padres permitían que mi hermana y yo cenáramos con ellos, y yo recuerdo con cariño esos momentos. Por favor, por favor, permite que los niños nos acompañen.
Naruto frunció el ceño, y estuvo a punto de decirle que ella era el ama de la casa y que, por lo tanto, no necesitaba de su aprobación en lo que concernía a las personas que participarían de la cena, pero se detuvo cuando Hinata se acercó a él y lo tomó de las manos.
—Te prometo que se comportarán a la altura de lo esperado y que no serán un problema. Estoy segura de que están muy apenados por la pequeña broma que me han gastado esta tarde y detestaría verlos castigados por algo tan tonto. Por favor, deja que nos acompañen. No serán ninguna molestia, ya lo verás.
Naruto retiró la mano y acarició con el pulgar el maltratado labio inferior de Hinata.
Cada músculo de su cuerpo, cada nervio, cada ápice de su ser lo impulsaba a alzarla en sus brazos y llevarla hasta la cama.
Cerró los ojos por un momento para huir de la tentación que ella representaba; luchaba por controlarse, y una parte de su mente se sorprendía al ver lo fuertemente que reaccionaba ante ella.
Debía ser a causa de la soledad acumulada y el celibato de los últimos cinco años. No había otra razón para que sintiera una atracción tan violenta por una mujer a la que había conocido hacía sólo unos días.
Hinata interpretó mal su silencio, convencida de que se debía a que dudaba de sus habilidades como madre. Apretó la mano de su esposo con fuerza y susurró:
—Por favor.
Naruto sonrió y, besándole los labios, alejó todas sus preocupaciones. Fue un beso corto, a decir verdad, pues no podía confiar en sí mismo si establecía un contacto largo con esos seductores labios de color de fresa.
Pero, aun así, era un beso, era el contacto de ella con su cuerpo ya excitado por las maravillosas y traviesas fantasías de su mente. Reaccionó como si le hubieran dado la señal de ataque. Sin ningún preámbulo, dirigió su traidor cuerpo hacia el comedor, diciendo:
—Como quieras, Hinata. Si deseas que los niños cenen con nosotros, cenarán con nosotros. Pero te lo advierto: no van a mostrar el más mínimo arrepentimiento por lo que te hicieron esta tarde y, por supuesto, van a comportarse muy mal. Te esperaré en el comedor.
Sentado, su abultada ingle estaría escondida bajo el mantel de encaje hasta el momento en que recuperara el control sobre su cuerpo, momento en que, se dijo mientras miraba cómo Hinata se levantaba la falda levemente para subir las escaleras, no era probable que ocurriera en, por lo menos, seis años.
Posiblemente, dieciocho. Con suerte, nunca.
—Gracias, Naruto —le dijo Hinata desde la parte más alta de las escaleras—. ¡Será maravilloso, ya lo verás!
Sería una pesadilla, y él lo sabía, pero estaba dispuesto a sufrir lo que fuera con tal de poner una sonrisa de alegría en el rostro de su esposa.
Hinata, pensó Naruto mientras se abalanzaba dolorosamente hacia el comedor, era lo mejor que probablemente le podía pasar a su banda de demonios. Sólo esperaba que sus hijos aprendieran a valorarla y a quererla antes de convertirla en una loca de atar.
