SE NECESITA ESPOSA


7. Segunda Noche


—¿Estará mal torturar a mis hijastros?

Ayame, la criada, emitió un pequeño grito, y vació rápidamente el contenido de un jarro de agua caliente sobre la cabeza de Hinata, en lugar de inclinarlo para que un delgado y suave chorro le permitiera enjuagarse el jabón del cabello.

La criada tartamudeó y se alejó de la bañera de bronce, mientras Hinata se retorcía y lavaba frenéticamente el jabón de sus ojos. Sumire, pensando rápidamente y sin sorprenderse lo más mínimo por la pregunta de Hinata, le pasó una toalla de lino.

Hinata le dio las gracias y se restregó los ojos, parpadeando para mitigar el ardor causado por el jabón.

—Creo que la tortura está muy mal vista, tía.

Ayame salió de la habitación cuando vio que Sumire asumía la tarea de enjuagar la cabeza a Hinata.

—No estoy considerando torturarlos realmente, como bien sabes. Lo único que quiero saber es si está mal pensar en hacerlo. Con mucho gusto y placer. ¿Estará mal vivir pensando amorosamente en los varios tormentos que me gustaría infligir a unos niños que están tratando de arruinar mi matrimonio y mi vida? A mí me parece algo muy humano, dada la tarde que me han hecho pasar. Gracias, querida, creo que ya está totalmente aclarado el pelo. ¿Se ha ido Ayame?

—Sí, hace unos instantes. Creo que vas a tener que buscar una nueva criada... porque Ayame no parece estar muy dispuesta a servirte.

Hinata escuchó la sonrisa en la voz de Sumire, a pesar de no verla.

—Ya.

—En cuanto a tus planes de tortura, creo que tal vez estás reaccionando de forma exagerada. Realmente no fue tan grave.

Sumire se sentó junto al pequeño escritorio y ojeó ociosamente los papeles y diarios de Hinata.

Hinata, que se encontraba aún en la bañera, se volvió para mirar a su sobrina.

—¿Reaccionando de manera exagerada? ¿No fue tan grave? ¿Estás perdiendo la razón?

—No creo —contestó Sumire, sacando un pequeño volumen de cuero negro de las profundidades del escritorio. Levantó la mirada para sonreírle a Hinata.

—. Sí, lo del lechón fue demasiado, pero como hubo un toro en el salón por la mañana no debería sorprenderte encontrar un lechón en el comedor.

—El único lechón que deseo ver dentro de la casa es uno que esté asado y que tenga una manzana en la boca —dijo Hinata con voz áspera, y terminó rápidamente su baño.

Se secó frente a una chimenea apagada, pues como había hecho mucho calor durante el día no se habían encendido las chimeneas.

—El que hayan metido, deliberadamente, un lechón en la casa después de que yo les dijera que no lo hiciesen... —Hinata hizo una pausa por tiempo suficiente para tragarse las crudas palabras que quería decir.

Desahogarse frente a Sumire no era la respuesta a sus problemas. Se puso la desgastada bata y se sentó junto a la ventana abierta para secarse el cabello.

—Solo desearía saber cuál es la respuesta.

—¿La respuesta a qué? —preguntó Sumire distraída, absorta en la lectura de su libro.

—A la pregunta de cómo puedo llegar a los niños. No les importo ni lo más mínimo y Naruto ha sido muy claro al decir que espera que yo me encargue de sus hijos y que los transforme de los desenfrenados y desconsiderados diablillos que son en damas y caballeros educados, una tarea que parece tornarse más monumental con cada hora que pasa.

—Oh, eso. — Sumire pasó la página y tarareó algo para sí.

—No es ninguna tontería, Sumire. La cena de esta noche ha sido un ejemplo perfecto de lo inadecuada que soy para asumir el papel de madre de los hijos de Naruto, y si él llegara a pensar que no sé cómo controlar los niños que tiene ahora, nunca me dará la oportunidad de tener hijos propios.

—Mmm —gruñó Sumire, levantando las cejas al echarle un vistazo a la siguiente página.

Hinata terminó de secarse el pelo con una toalla y empezó a peinar sus largos cabellos negros para desenredarlos. Tenía mucho pelo, brillante y fuerte, y la tarea de peinarse después de lavarse la cabeza le resultaba fatigosa, además de aburrida.

—Si un lechón en el comedor no es suficiente para convencerlo de que soy una mala madre, lo que sucedió después lo hará.

—Sí, pero Naruto dijo que de todos modos había que cambiar el papel de la pared.

Hinata pensó en el acontecimiento que había tenido lugar durante la cena y suspiró.

El puré de patatas había tenido la culpa, sólo él había sido el causante de la perdición de los niños. Después de haber ordenado que sacaran del comedor el lechón que trotaba tras los talones de Arashi, Hinata había logrado que todos se sentaran sin más preámbulos.

Guardó el sermón que había preparado para otra ocasión, cuando vio que los ojos color azul de Naruto no la estaba mirando. Quitó la serpiente muerta a Konohamaru y lo sentó junto a ella en una silla con varios cojines, permitiendo así que los otros niños escogieran sus asientos.

Sumire se sentó a la izquierda de Naruto, mientras Iruka se sentó frente a Konohamaru, a su derecha.

—Bien, ¿no es un cuadro adorable? —preguntó Hinata, sondándoles a todos, satisfecha de ver que los niños tenían algún entrenamiento en modales de mesa.

No se le ocurrió pensar que los hijos de Naruto, que nunca habían comido en el comedor, pues siempre lo hacían en el cuarto de los niños, pudieran estar estupefactos y en absoluto silencio por la vasta selección de comida que ella había ordenado que prepararan para su primera cena en familia.

—Aquí estamos, todos juntos, una enorme y feliz familia.

Naruto, que estaba muy ocupado lanzando a sus hijos miradas asesinas, asintió sin pronunciar una sola palabra, cosa que Hinata interpretó como un gesto de desconfianza.

Bueno, esa noche demostraría lo equivocado que estaba dudando de sus habilidades maternales. Mantuvo su sonrisa con firmeza mientras Killer Bee y los criados se deslizaban alrededor de la mesa en una eficiente danza, ofreciéndoles platos antes de continuar su camino a lo largo de la mesa, asistiendo a los niños cuando era necesario.

—Deidara, no seas cerdo. Deja algo para los demás —dijo Ino al ver que su hermano intentaba servirse un pollo entero.

Hinata, alerta para atajar los posibles problemas, vio cómo Naruto fruncía el ceño en dirección a su hijo e intervino antes de que éste pudiera decir algo.

—¡Qué saludable apetito, Dei! —dijo, haciéndole un ademán a Maito Dai, el criado que tenía la bandeja del pollo en la mano.

— Estoy segura de que el cocinero se sentirá muy halagado cuando le diga cuánto les ha gustado la cena.

—Huh —bramó Ino tomando una exquisita ala y apuntando su mirada hacia Deidara.

—¡Huh! —contestó Deidara, metiéndose un pedazo de pan entero en la boca.

Naruto, que en ese momento estaba sirviéndose una porción de lo que quedaba de pollo, se perdió el espectáculo, y no vio cómo su hijo se metía el enorme trozo de pan, pero en su intento por tragar semejante cantidad de una vez, el muchacho soltaba una buena cantidad de migas que se esparcían a su alrededor.

Y eso no podría pasar desapercibido a los ojos de Naruto. De modo que Hinata decidió hacer algo que distrajera a su marido de la imagen de Deidara tragando enormes trozos de pan al mejor estilo de la serpiente pitón.

Así que se sirvió una porción de puré de patatas y dijo, sin pensar en las repercusiones de una declaración tan tonta:

—¡Puré de patatas! Cuando era una niña, mi hermana solía distraerme haciendo pequeñas esculturas con su puré de patatas. Todavía recuerdo la vez que hizo una copia del David de Miguel Ángel.

Ocho pares de ojos la miraban fijamente mientras ella vertía salsa con la cuchara sobre su puré y su pollo. Cinco de esos pares de ojos, encendidos con súbita especulación, se volvieron hacia el criado que servía las patatas.

Hubo una pequeña lucha para determinar a quién le servirían primero, que se resolvió cuando Naruto gritó:

—¡Sentados!

—Niños, por favor —rogó Hinata, notando con preocupación cómo el ceño fruncido de Naruto permanecía inmóvil y no parecía que fuera a cambiar en mucho tiempo.

Tenía que corregir el comportamiento de los niños antes de que Naruto tuviera la oportunidad de comentar el hecho de que estaban fuera de control.

—Arashi, querido, un caballero no golpea el brazo de una dama, aunque ella lo esté pinchando con su tenedor. Hanami, no pinches a la gente con los utensilios de mesa, aunque ellos estén más cerca del puré de patatas que tú.

Deidara, por qué no esperas a que tu padre diga una oración antes de... oh, no importa. Maito Dai, ¿podrías por favor traer más remolachas? Parece que al señor Deidara le gustan bastante.

Naruto echó un incrédulo vistazo al enorme montón de comida en el plato de su hijo.

Las remolachas culminaban la montaña de puré de patatas que marcaban el paisaje alrededor del pollo descuartizado, que, a su vez, estaba sobre un campo de judías verdes.

—Los niños que están creciendo necesitan alimentarse muy bien —le dijo Hinata con una débil sonrisa, agradeciendo mentalmente su audacia al haber pedido tanta comida.

—También los cerdos —dijo Ino de manera casi imperceptible.

—¡Yo no soy un cerdo! —gruño Dediara, dirigiendo a su hermana una mirada amenazante—. Retira lo dicho.

—Por supuesto que no eres un cerdo —dijo Hinata en tono tranquilizador—. Por favor, chicas, ustedes no coman tanto como los chicos.

—¡Si lo eres! ¡Cerdito, cerdito, cerdito! —dijo Ino, entrecerrando sus ojos al mirar a Deidara.

Hinata, con un ojo en el fruncido ceño de Naruto, se aclaró la garganta.

—Niños, dado que es nuestra primera noche juntos...

—Cerdito, cerdito, cerdito —empezaron a cantar los niños más pequeños. Deidara, cuyo rostro se tornó de color rojo y se calentó con ira, gruñó a sus hermanos una grosería que dejó a Hinata pestañeando, sorprendida.

—¿Qué has dicho? —preguntó Naruto, dejando su servilleta sobre la mesa y poniendo cara de querer darle a su hijo una soberana paliza.

Hinata, desesperada en este punto por terminar la cena sin que nadie fuera castigado, habló a Naruto con tono suplicante.

—Estoy segura de que no ha dicho lo que te ha parecido oír. Habrá dicho algo parecido, pero no del todo... no sé si me entiendes...

—Ha dicho merde [mierda] —apostilló Ino con petulancia, mientras con su puré de patatas dibujaba algo que a Hinata le recordó vagamente el campanario de una iglesia.

—Sólo que no lo ha dicho en francés. La señorita dijo que era mucho peor decirlo en inglés que en francés, así que, Deidara es realmente un cerdo, porque sólo un cerdo tiene semejante boca.

—¡Aaah! —respondió Naruto. Con un hábil movimiento de su muñeca, envió una buena cantidad de puré de patata por los aires, en dirección a su hermana.

Ino, que contaba con bastante práctica, evadió el misil, que terminó estrellándose en la pared, detrás de ella.

—¡Oh! ¡Cerdito, cerdito, cerdo, cerdo! —Tomo una cucharada de puré y antes de que Hinata pudiera detenerla, se lo disparó a su hermano.

Los otros niños daban alaridos de puro deleite, sobre todo cuando uno de los mortíferos misiles dio a Deidara en plena cara.

Entonces el muchacho lanzó un terrible grito de guerra y al minuto siguiente el aire estaba lleno de misiles de puré que volaban en todas direcciones.

Parecían venir de todas partes, golpeándolo todo y a todos... los criados, las paredes, los niños, incluso Sumire recibió el impacto de uno antes de que de que Naruto bramara una advertencia que hizo que las ventanas temblaran y se detuviera inmediatamente el patatero ataque de artillería.

—¡Paren ya! ¡Basta! —gritó, y entonces los combatientes, jadeando por los esfuerzos de su reciente guerra, se quedaron como congelados en varias posiciones de ataque alrededor de la mesa, Naruto, que miraba a cada uno de ellos, gritó—:¡Salgan de aquí! No volverán a sentarse en la mesa hasta que puedan comer como seres humanos civilizados, no como animales. ¡Fuera!

—Cerdito —murmuró Ino a Deidara, mientras una informe masa de puré le resbalaba por la cabeza.

—¡No soy un cerdo! —bufó el aludido, limpiándose el puré del pecho.

—Ni... una... sola... palabra... más —rugió Naruto—. ¡Fuera! ¡Todos! Y no quiero ver a ninguno hasta mañana. ¿Les ha quedado claro?

Cinco apagados niños, cubiertos de puré blanco, asintieron y se escabulleron fuera de la habitación. Hinata los vio salir con un gran peso en el corazón.

Su reacción inicial había sido preguntar a Naruto cómo habían sido criados los niños para que se comportaran de esa manera. ¿Acaso nadie se había ocupado de educarlos? Ella misma contestó a la pregunta.

Los adorables pequeños no habían tenido una madre que los guiara. Sólo rezaba para que Naruto no estuviera tan decepcionado de sus habilidades como madre que no fuera capaz de darse cuenta de la mejoría que ella podría traer a sus vidas.

Naruto volvió a sentarse, limpiándose la masa de patatas que había aterrizado sobre una de sus mangas.

Hinata miraba fijamente su plato mientras que Killer Bee sollozaba a medida que Maito Dai lo sacaba de la habitación, lanzando una variedad de epítetos y maldiciones sobre hijos engendrados por el diablo que eran claramente audibles entre los sollozos.

Claramente disgustado, Umino echó un vistazo a la habitación. El rostro de Sumire reflejaba tranquilidad, pero Hinata podía ver una cierta alegría danzando en sus ojos. Sumire levantó su plato y, con una pequeña reverencia hacia Naruto, se disculpó y se levantó de la mesa.

—Creo que terminaré mi cena en el cuarto de los niños, si no les importa. Estoy segura de que es conveniente que alguien esté con ellos en estos momentos.

Naruto se estremeció con sus palabras.

Hinata, dividida entre el sobrecogedor deseo de llorar y las ganas de asegurarle a su marido que no sería sometido a otra escena similar, aunque no sabía con exactitud cómo iba a lograr contener a aquellos monstruos, asintió mirando hacia Hinata y le hizo un ademán a uno de los criados para que dejara de limpiar las patatas que habían caído en la ventana.

— Maito Dai, ¿sería tan amable de pedirle al cocinero que envíe la cena al cuarto de los niños?

—No merecen cenar —dijo Naruto, que estaba todavía bastante irritado con sus hijos, cosa muy comprensible teniendo en cuenta que por su causa llevaba en la cabeza un tocado de puré de patatas adornado con judías verdes.

Hinata le hizo otro ademán al criado para que hiciera lo que ella ordenaba y se dio la vuelta para disculparse con Naruto.

—Lo lamento —dijo en el momento en que él levantó la mirada y le dijo a Hinata exactamente las mismas palabras.

—Creo que terminaré mi cena en mi despacho —dijo Umino suavemente, levantándose para salir del comedor.

Los criados que permanecían en el comedor siguieron a Umino, tras percibir el ceño fruncido en el rostro de Naruto. El ánimo de Hinata se hundió al ver que su marido lanzaba su servilleta llena de puré patatas sobre la mesa, y se levantaba para caminar a lo largo de la mesa.

—Verdaderamente, Hinata, los niños han sido...

—¿Abominables?

—Abominables, sí, estoy de acuerdo de tu evaluación sobre su comportamiento. Está en completa armonía con el mío. Pero, tienes un poco de puré de patatas en la cabeza. Si me permites.

Hinata permaneció quieta, mientras Naruto frotaba su cabeza con una servilleta. Ella era un amasijo de indecisión, quería decirle que el comportamiento de los niños durante la cena había sido culpa suya, y al mismo tiempo quería admitirle que el calificativo que daba a los niños era, más o menos, correcto.

La clave, decidió Hinata tras haber pasado el resto de la cena en silencio, era mostrarle a Naruto, no lo mal que se comportaban los niños, sino lo mucho que ella podía hacer por ellos.

—Lo que me hace recordar el problema inmediato.

Dijo Hinata, intentando olvidar los recuerdos de una cena desastrosa mientras peinaba su cabello libre de patata y recibía la suave y fragante brisa que entraba por una ventana abierta.

Como su cabello era tan abundante, tardaba demasiado tiempo en secarse. Hinata quería que su pelo se secara rápidamente, debido a la mirada que Naruto le había regalado después de la cena, pues era un muy buen augurio para llevar a cabo sus planes de muchas, muchas gimnasias conyugales, antes de que se acabara la semana; todo el mundo sabía que el cabello mojado no tiene cabida en la cama matrimonial.

—¿Cómo lograr que le importes a los niños? —preguntó Sumire, quien continuaba ensimismada en el libro que yacía frente a ella. Hinata estiró el cuello para ver qué era aquello que Sumire encontraba tan fascinante, entonces, saltó y dio un grito ahogado.

—¡Sumire! ¿Qué estás haciendo con eso?

Sumire puso su dedo sobre la página que observaba y levantó la cabeza.

—Leyendo. Es muy informativo. ¿Cómo se te ocurrió la metáfora del cazador perdiendo una flecha en una grieta llena de musgo? Yo creo que algo así debe de ser muy doloroso, sobre todo si llegara a fallar la puntería del caballero.

Hinata avanzó hacia donde se encontraba su sobrina y le arrebató el libro de las manos, guardándolo al fondo del escritorio y cerrando la tapa del mueble con fuerza.

—Toneri era muy ingenioso y su puntería jamás fallaba. Eso es todo lo que tengo que decirte al respecto.

Sumire sonrió. Hinata desaprobó la sonrisa de la joven con su dedo índice.

—¡Te he dicho muchas veces que no debes leer la guía hasta que estés casada!

—No tengo intención de casarme jamás. Seré una tía solterona que adorará a sus sobrinos, a tus hijos. Y a los de Naruto también, si él me lo permite. La verdad es que me agradan.

—A mí también, pero eso es harina de otro costal. Y, estás cambiando de tema. Ese libro no es lectura apropiada para ti, y no hablaremos más de eso.

Sumire inclinó la cabeza y permaneció observando a Hinata mientras regresaba a su silla, frente a la ventana, y continuaba secándose la cabeza.

—¿Te sientes avergonzada de haberlo escrito?

—Por supuesto que no me siento avergonzada... Al menos no de la manera que tú crees, definitivamente no. No hay nada allí que sea de mal gusto, es simplemente una instrucción de naturaleza íntima, una celebración, si te parece mejor, de la unión física entre marido y mujer.

—Entonces, ¿por qué escondiste el libro en el escritorio? ¿Por qué no lo pones en un sitio visible de tal manera que todo el mundo pueda saber que tú eres la autora?

Hinata miró a su sobrina; lo que estaba diciendo era horrible... Se le revolvía el estómago con sólo pensar lo que pasaría si se llegara a descubrir que ella era la autora de ese libro.

No, no podía hacerlo. Su vida y la de los que la rodeaban se convertirían en un infierno si alguna vez llegara a hacerse pública la verdadera identidad de Hannah La Perla.

—Santísimo Dios del cielo, eso sería el fin.

—Creo que seguramente estás exagerando —dijo Hinata.

Hinata negó con la cabeza, horribles visiones de un aislamiento un millón de veces peor del que había experimentado hasta entonces danzaban en su mente.

—El último escándalo lastró la vida de tu adorada madre, Sumire. Éste nos... ¡Nos destruiría a todos! A ti, a Naruto, a los niños... todos quedarían manchados, todos serían rechazados.

—Qué bobada. La gente no sería tan cruel por una cosa tan tonta.

—¿Tonta? —Hinata miraba fijamente a su sobrina, desesperada por hacerle entender lo que decía, pues temía que la muchacha revelara su secreto involuntariamente.

Antes, sólo se preocupaba por Sumire y por ella, pero ahora tenía seis almas más para proteger.

—¿Tonta? Sumire, fui tonta una vez, cuando tenía tu edad. Tonta e ingenua al creer que Toneri era verdadero y honesto en el momento en que se casó conmigo. Sufrí por esa tontería, como también sufrió mi familia y, de manera particular, tu madre.

Por esa tontería tendré que pasar el resto de mi vida en el campo, lo cual no me importa, prefiero la vida de campo. Gracias a Dios Naruto parece reacio a ir al pueblo y relacionarse con la sociedad, pero el hecho es que no puedo ir a ningún lugar donde la gente me conozca o sepa algo acerca de mi pasado.

Sumire emitió un chasquido de disgusto.

—No creo que ninguno de tus conocidos recuerde ya tu viejo asunto. Sí, la gente en Cola de Carnero era grosera contigo por eso. Pero ellos no son miembros de la sociedad, y ellos son quienes te preocupan.

Me dijiste algún vez que la multitud no está contenta hasta que no tiene un nuevo escándalo para masticar cada semana.

—Puede que necesiten un nuevo escándalo cada semana, pero tienen una memoria excepcional. Verdaderamente, Sumire, ese escándalo no sería nada comparado con el que se generaría si la multitud llegara a saber que la autora del libro más infame publicado hasta hoy es nada más y nada menos que la marquesa Rasengan.

La sociedad puede reírse disimuladamente y chismorrear a espaldas de la mujer que fue lo suficientemente tonta como para casarse con Toneri, pero destrozarían hasta la muerte a cualquiera que estuviera emparentado con la autora de la guía.

Sumire se encogió de hombros.

—Sé que mi madre pensaba de otra manera, pero a mí no me importaría ser rechazada.

—Soy consciente de ello y te estoy profundamente agradecida. Pero tú marchas por un camino diferente al de la mayoría de las personas. Tú no eres un respetado y querido hombre que no ha cometido pecado alguno, más que casarse con una mujer que tiene un secreto; no eres una niña inocente con toda una vida por delante, una vida que sería cruelmente arruinada, sin esperanzas de ocupar su puesto legítimo en la sociedad en que nació, si se llegara a descubrir quién es su madrastra.

Sumire levantó las manos y emitió una pequeña carcajada.

—Me rindo. Me inclino ante tu superior sabiduría sobre la sociedad. Pero, seguramente, no tienes necesidad de esconderle la guía a Naruto. Oh, no te enfades, no te estoy sugiriendo que le digas que tú la escribiste, aunque no creo que a él le importara, pues parece ser un hombre razonable.

En fin, no veo por qué no puedes mostrarle el libro e intentar llevar a cabo uno o dos de los ejercicios más interesantes. Creo que «garza apareándose sobre una laguna en calma» parece ser bastante fascinante.

—Garza apareándose... —Una lenta sonrisa curvó los labios de Hinata mientras recordaba lo referente a esa particular gimnasia—. Oh, sí, eso sería... Bueno... Gracias, Sumire. Consideraré tu recomendación. Ahora, será mejor que te vayas a tu cama. ¿Estarás disponible mañana para acompañarme a llevar a los niños a una caminata por el campo?

—¿Un paseo por la naturaleza? — Sumire avanzó hacia la puerta y se detuvo para mirar con asombro a su tía—. ¿Por qué quieres llevarte a los niños a dar un paseo por el campo?

—Tienen exceso de energía. He pensado que les sentará bien correr por el campo y revolcarse por el suelo. Ya verás, el ejercicio acabará con su exceso de energía.

—Elegante y lista chica —dijo Sumire, sonriendo. Después agitó la cabeza con aire de arrepentimiento—. Siento tener que perdérmelo, pero Chōji me dijo que el herrero va a venir mañana y quiero verlo. No te importará que me pierda tu excursión campestre, ¿verdad?

—¿ Chōji?

—Uno de los palafreneros de Naruto. El que tiene el castaño y esta rellenito.

—Ah. No, no me importa. —Hinata tuvo un momento de recelo, al pensar en quedarse sola con los niños, pero rápidamente ahogó aquella sensación.

Había salido triunfante de cosas mucho peores. ¿No iba a ser capaz de llevarse a cinco niños a pasear por el campo?

Sumire le deseó buenas noches. Hinata permaneció junto a la ventana abierta, peinándose lentamente, pensando en los muchos desafíos a los que se había enfrentado, sin menospreciar el que debía encarar esa misma noche.

Naruto creía que ella era una esposa tímida, no una virgen, pero sí una mujer virginal, un poco ingenua e inexperta.

Aunque era verdad que sólo había tenido seis semanas de atención por parte de Toneri, antes de descubrir su otro matrimonio y antes de que él fuera enviado al extranjero por su familia, aquellas fueron semanas muy instructivas.

Así que no debía llevar ella la iniciativa, ni intentar algo tan erótico como el ejercicio de la garza...

—Lo que es una pena —se dijo en voz alta—, porque Sumire tiene toda la razón, garza apareándose sobre una laguna en calma es extremadamente fascinante. Particularmente cuando la garza en cuestión tiene unas piernas tan fuertes como las de Naruto.

Hinata no tuvo mucho tiempo para reflexionar acerca de sus penas, antes de que su marido entrara de repente en la habitación, llamando apresuradamente a la puerta.

Se detuvo justo después de pasar y miró fijamente a Hinata, que se encontraba encogida de piernas sobre una silla, leyendo un libro que, por suerte, no era la guía.

Sus ojos casi no se distinguían pero el calor que había en ellos era visible para la mujer, incluso a tanta distancia, al otro lado de la habitación. A modo de respuesta, Hinata también sintió calor, su cuerpo reaccionaba a aquella mirada preparándose para él.

Bajo el suave lino de su ropa, los pezones se endurecían, los senos se despertaban por sí solos de un inactivo sueño, volviéndose pesados y extremadamente sensibles en unos pocos instantes, como si necesitaran manos, las manos de Naruto, que los sostuvieran.

Su estómago estaba lleno de las mismas mariposas que revoloteaban de la misma manera que la noche anterior, sus muslos añoraban el placer de apretarse alrededor de él, y sus partes femeninas preparaban una fiesta, y preparaban la invitación a Naruto para que participara en la celebración.

—Hola, Hinata. No me vas a echar de la habitación de nuevo, ¿verdad? ¿Me has perdonado? —Naruto estaba tan adorable, tan vacilante, tan viril, con aquel porte, aquella parte del pecho que mostraba en la parte más alta de su bata dorada, por no hablar del tentador bulto apreciable a la altura de su ingle, que Hinata sentía deseos de relamerse.

«Debo ser inocente, debo ser inocente», dijo para sí, y sostuvo una corta lucha interior, intentando controlarse para no saltar y arrancarle la bata del cuerpo.

Sus manos se apretaron a los brazos de la silla con enorme esfuerzo. Se aclaró la garganta y trató de hablar, pero sus palabras salieron roncas.

Carraspeó una vez más y le ofreció a Naruto lo que esperaba que pareciese una tímida, inocente y virginal sonrisa, y no la sonrisa de una mujer que estaba anticipando un minucioso examen del cuerpo masculino.

—Por supuesto que no estoy enfada contigo, y claro que no te pediré nuevamente que abandones mi habitación. Eso estuvo muy mal hecho por mi parte, Naruto, y me disculpo de nuevo por mis acciones. De hecho...

Hinata hizo una pausa y se mordió el labio. ¿Debería aprovechar la oportunidad de ponerle furioso, hablándole sobre Toneri? Con cada día que pasaba, a medida que lo conocía mejor, Hinata se sentía más y más segura de él.

De igual manera, su secreto, su carga, le pesaba cada vez más en el alma. Pero tenía miedo de dañar su floreciente relación. Tal vez si esperara un poco más, cuando hubieran podido conocerse todavía mejor el uno al otro, cuando él supiera lo útil que ella podía llegar a ser en su vida, tal vez entonces sería el momento de desnudar su alma ante el marido, de contarle sus propios secretos.

—¿De hecho, qué? —preguntó Naruto, acercándose a Hinata y estirando sus manos para que ella las tomara.

La ayudó a levantarse, llevándola directamente a sus brazos. Su cuerpo se movía seductoramente rozándose con el de ella, mientras una sonrisa jugaba sobre sus fuertes y viriles labios... labios que alejaron cualquier pensamiento de la mente de Hinata, excepto el del placer que le producían.

—De hecho, me gustaría muchísimo que me hicieras el amor —susurró Hinata, olvidando de inmediato su propósito de parecer tímida e inocente.

Un destello de sorpresa resplandeció en el rostro de Naruto. Se inclinó y la cogió en sus brazos, dándose la vuelta para llevarla a su habitación.

Hinata tuvo muy poco tiempo para mirar los oscuros tonos azules de sus cortinas y las sillas que combinaban con ellas, antes de que Naruto la posara en medio de su cama y le quitara la bata, sin que ella tuviera la oportunidad de siquiera jadear.

Hinata permaneció acostada, expuesta a la mirada de su esposo cada bendita pulgada de su cuerpo femenino. A pesar de que sabía que debía sentirse avergonzada por su desnudez y por la manera en que los ojos de Naruto la estaban devorando, la mujer no se sentía así, no sentía ninguna vergüenza.

Todo el cosquilleo y los focos de calor que notaba dentro de ella se revolvían y se transformaban en un nuevo motivo de gozo al ver el placer reflejado en los ojos de Naruto.

Hinata se acostó de lado, en una posición más artística, y obsequió a Naruto con una sonrisa descarada que lo invitaba a acercarse.

—Pareces demasiado acalorado con esa bata, esposo. ¿No crees que deberías deshacerte de ella y venir a la cama?

—¿Cómo? —La voz de Naruto era tan ronca como lo fue antes la de Hinata, lo cual la hizo sonreír mientras palmoteaba sobre un lado de la cama.

—Ven aquí. Quítatela, Naruto, deseo verte yo también.

Los ojos de Naruto se tornaron prácticamente oscuros, mientras luchaba por librarse de la bata, sencilla operación que el deseo complicaba sobremanera.

Sus dedos parecían tener dificultades con los botones. Después de luchar con ellos durante unos segundos, gruñó, se arrancó la prenda y se dejó caer junto a ella, estirando sus manos para tomarla.

—No —dijo Hinata, agarrándole las manos y alejándolas de su cuerpo.

—¿No? —preguntó Naruto, casi ahogándose—. ¿Cómo que no? ¿Qué quieres decir con eso?

—Quiero decir que todavía no, que deseo mirarte primero. —Hinata se arrodilló y observó las armoniosas proporciones de Naruto, desnudo frente a ella.

Aquel hombre era precioso, absolutamente precioso, mejor de lo que ella se había imaginado. Sus piernas eran largas y bastante musculosas, nada escuálidas, como sí lo eran las de Toneri.

Su vientre tenía un leve toque de suavidad, una señal de su edad, sin duda alguna, pero una señal que agradó a Hinata inmensamente. Toneri era flaco y huesudo, y ella siempre había preferido los hombres rellenos; no tipos gordos, claro, pero sí agradables al tacto.

La pequeña insinuación de una incipiente barriga era el contrapeso perfecto para el resto de su duro y musculoso cuerpo. Sus ojos se fijaron entonces en el pecho ligeramente peludo —un pecho que respiraba agitadamente, notó ella con agrado, enmarcado por unos hombros maravillosamente anchos.

—¿Qué es lo que tiene el pecho de un hombre? —reflexionó en voz alta a medida que observaba las ultimas partes no exploradas de su cuerpo, dos fuertes brazos que terminaban en largos y redondeadas yemas de dedos, un fuerte cuello, y oh sí, la parte que había estado tratando de ignorar, la parte de él que se alzaba y la saludaba con un alegre ademán.

—Yo me preguntaba exactamente lo mismo sobre tu pecho —dijo Naruto, mientras sus manos se retorcían sobre la colcha azul y dorada—. ¿Ya puedo tocarte?

—Todavía no. Pronto. Pero todavía no.

—Por Dios —gruñó Naruto, y comenzó a protestar cuando Hinata lo tomó con sus manos. Sus caderas se arquearon hacia arriba.

—Estás muy excitado. Eso me gusta mucho. También eres algo más largo de lo que yo esperaba, pero confío en que eso no será ningún problema.

Naruto estaba a punto de volverse loco. Se agarraba, desesperado, a las sábanas.

—Confío en que no.

Hinata exploró la dura y caliente extensión de piel aterciopelada que se dejaba acariciar como la seda, disfrutando de la manera en que sus ojos se iban hacia arriba, en signo inequívoco de placer.

El sudor comenzó a salir de su frente a medida que respiraba con creciente agitación, tratando desesperadamente de llenar sus pulmones con suficiente aire.

Hinata permitió que sus manos deambularan, tocando y estimulando la piel circundante. De pronto, se inclinó y le mordió con suavidad el adorable vientre.

El estómago se puso tenso. Entregado, el hombre pronunciaba su nombre. Hinata le sonrió y le cubrió de besos el abdomen, dirigiéndose luego hacia la cabeza mientras su mano se deslizaba hacia abajo.

Él olía muy bien, a jabón, a hombre, y algo más, algo un poco picante, algo que era único en Naruto.

—Tienes un pecho muy bonito —susurró Hinata, encantada porque la delgada capa de vello de su pecho le hacía cosquillas en la nariz.

Quería, por encima de todo, llevarse sus adorables y diminutas tetillas a la boca, tentándolas con los dientes y la lengua hasta que pidiera clemencia, pero recordó a tiempo que debía mostrarse inocente, que no podía descubrir que poseía semejante conocimiento, y se conformó con darle un beso a cada tetilla antes de mordisquear el centro de su pecho dirigiéndose a través del cuello hacia las orejas.

—Ahora es tú turno.

Antes de que otra palabra saliera de su boca, Hinata ya se encontraba boca arriba, y Naruto encima de ella, entrecerrando los ojos para poder enfocarla y verla claramente.

Las piernas de Hinata se movían sin descanso, en erótica fricción con las del hombre. La excitación de la mujer crecía hasta hacerse casi dolorosa.

Era un angustioso y placentero vacío que pedía llenarse, un anhelo infinito que sólo él podía satisfacer.

La boca de Naruto se encontraba suspendida sobre sus senos, su cálido y húmedo aliento le acariciaba la carne. La espalda de Hinata se arqueaba involuntariamente, a medida que la boca, tan caliente que amenazaba con quemarle la piel, dejaba una señal enrojecida sobre su pecho.

Las manos femeninas se deslizaban por los músculos de los brazos de Naruto y sus dedos se enredaban en sus vellos, mientras él trazaba un camino de ardientes besos, desde el centro de su pecho hasta uno de los excitados y doloridos senos; un seno que tenía hambre de él, un seno que demandaba que él se lo llevara a la boca en ese preciso momento.

Hinata gritó, cuando la boca de Naruto viró repentinamente hacia abajo, hacia el sexo.

—¡Naruto!

—¿Qué? —Naruto ronroneaba entre su carne. Su lengua revoloteaba e intentaba probarla. La espalda de Hinata se arqueó aún más. Miraba hacia arriba como implorando más y más placer. Volvió a gritar cuando una vez más la beso un pecho.

—¡Si no paras en este momento, mi seno va a explotar y, entonces tendré sólo uno y eso me convertirá en una mujer mutilada!

El pelo de Naruto rozó sus sensibles pezones, enviando rayos de dolor y placer a través de su cuerpo. Naruto le sonrió y mordisqueó trazando un liviano círculo alrededor de sus pezones.

—¿Qué quieres que haga, Hinata? ¿Tal vez, esto?

Frotó su mejilla, áspera por la incipiente barba, contra uno de los lados del seno de Hinata. Las piernas de la mujer se movían contra el cuerpo de Naruto, toda ella se retorcía, tratando de acomodarse en una posición que acercara los pechos a la boca de su esposo. Pero de pronto él se alejó, frustrando sus intentos.

—¡Naruto!

—O, tal vez... —Naruto acarició el perímetro de su seno con amplios y largos movimientos de su lengua—. ¿Prefieres esto?

—¡ Naruto! —suplicó Hinata, que ya ni siquiera podía expresar sus deseos con palabras. Tiró nuevamente de la cabeza de Naruto, no tan fuertemente como para lastimarlo, pero con la suficiente energía como para llamar su atención.

—Ah, ya entiendo. Quieres que haga esto... —Su boca se cerró sobre la ardiente punta del pezón, su cálida y húmeda boca comenzó a chupar su seno. Hinata se retorció debajo de Naruto, mientras con los dientes rozaba gentilmente su carne.

Las iníciales hogueras internas de Hinata se convirtieron en un rugiente e infernal incendio que la recorría de pies a cabeza.

—Me estoy consumiendo —gritó, deleitándose en su maravillosa tortura—. ¡Vas a matarme!

—Mi amor, ni siquiera he empezado a hacerte arder —dijo Naruto con la cálida boca contra su pecho. Justo en el momento en el que Hinata imploraba a Dios que le permitiera sobrevivir a las atenciones de su esposo, su mundo se desbordó.

— Naruto —Hinata, que sólo era capaz de decir una y otra vez el nombre de su amante, se preguntaba por qué se había alejado de pronto, por qué su cálido, delicioso y duro cuerpo se había retirado del de ella.

Entonces, se dio cuenta de que el latido de su corazón se sentía tan fuertemente en sus oídos que lo ensordecía todo, salvo su frenético pulso.

Pero rápidamente se dio cuenta de que no se trataba de su pulso sino de unos fuertes golpes que alguien daba en la puerta—. ¿Has oído, Naruto?

El marido cogió su bata y cerró las cortinas de la cama para proteger a Hinata de la vista de quien llamara. Hinata, que todavía trataba de volver a la realidad, finalmente se dio cuenta de que había alguien tras la puerta, se asomó y echó un vistazo a través de las cortinas.

—Y mi madre le ha dado agua de cebada, pero tampoco es capaz de mantener eso en el estómago. Es la verdad, está enfermo. Mi madre pensó que querría usted saberlo.

—¿Ahora? —preguntó Naruto, con una voz seca y áspera.

Hinata le entendió perfectamente. Ella también se sentía tensa, harta de tantas interrupciones y tantos problemas, uno detrás de otro.

— ¡Tiene que ponerse enfermo ahora! No podía esperar hasta más tarde, tiene que ser ahora.

—Lo siento, señor. No creo que el pobre corderito lo haya hecho a propósito; está bastante mal, es la verdad.

Naruto dio un par de cabezazos desesperados en el marco de la puerta, intentando calmarse. Hinata se estremeció con compasión.

—Qué se le va a hacer.

Hinata se estiró a través de las cortinas para recoger su bata y ponérsela, antes de abandonar la cama.

—¿Quién está enfermo? —preguntó Hinata a Naruto.

Naruto dejó de dar cabezazos, suspiró y encendió una vela.

—Konohamaru tiene algún tipo de molestia en el estómago.

—Mi madre cree que es mucho más que eso, señora —dijo Tayuyá.

—¿Tu madre? —preguntó Hinata, confundida.

— Koharu es la madre de Tayuya —dijo Naruto mientras deslizaba sus pies en un par de pantuflas azules.

—Vuelve a la cama, amor. Yo voy a ver a Konohamaru. Estoy seguro de que son las quejas de siempre. Demasiadas manzanas verdes. Estará empachado, me juego lo que sea.

Hinata jugó por un segundo con la idea de hacer lo que Naruto había sugerido, pero sólo por un segundo.

—Yo voy contigo. —Cuando Naruto se detuvo bajo el marco de la puerta para lanzarle una mirada de duda, ella agregó—: Ahora soy su madre, me necesita.

—Sí —asintió Naruto, para su gran sorpresa... y deleite—. Te necesita.

Hinata rozó a su esposo al pasar a su lado, siguiendo a Tayuya, quien subía las oscuras escaleras hacia los cuartos de los niños, sin haberse enterado que Naruto había terminado su frase con un suave «y yo también».