SE NECESITA ESPOSA
8. La tercera es la vencida
—¿Cómo amaneció el niño? —preguntó Iruka.
Naruto parecía muy cansado. Casi era incapaz de comprender las palabras que le dirigía su secretario.
—Mejor. Ya está durmiendo. Sumire está con él ahora. Relevó a Hinata, para que se fuese a la cama.
Umino se tomó la libertad de guiar a su jefe al asiento más cercano. Naruto se derrumbó en él con un suspiro de gratitud.
—Usted también debería descansar, señor. Ya han pasado tres días, y dudo mucho que usted haya dormido más de una o dos horas durante la noche.
Naruto intentó echarse las gafas hacia arriba, y notó que su mano temblaba de pura fatiga, así que la bajo nuevamente.
—No podía dejar solo al pobre pequeño. El doctor cree que ha llegado a encontrarse en estado crítico, dijo que estuvimos muy cerca de perderlo. Hinata estaba fuera de sí.
Iruka hizo una señal a uno de los sirvientes para que llevara una copa de vino a la mesa que se encontraba al lado de donde Naruto estaba sentado.
—Pero ella no puede culparse a sí misma por el incidente, ¿o sí? Pensé que el doctor Trewitt había dicho que Konohamaru comió algo malo, como frutas venenosas o algún producto de limpieza...
Naruto echó la cabeza sobre el respaldo de su asiento y cerró los ojos. Tenía tanto que hacer, tantas cosas que debía atender, pero los últimos dos días habían agotado toda su energía y todo su deseo de hacer cualquier cosa, salvo dormir una semana entera.
—A Hinata se le ha metido en la cabeza una idea muy tonta: que el episodio que tuvo lugar durante la cena había hecho enfermar a Konohamaru.
—Eso no tiene sentido. Konohamaru es muy fuerte.
—Claro. —Naruto intentó concentrarse en las cosas que necesitaba hacer, pero éstas continuaban lejos del alcance de su agotada mente—. Ahora que Konohamaru está fuera de peligro, debo atender aquellos asuntos que requieren de mí atención, como por ejemplo lo que te comenté: debo desenterrar la información que lord Senju me pidió. Y después tengo que poner orden en la finca... Hinata no puede hacerlo todo sola.
Naruto guardó silencio. Se quedó tan quieto que Iruka creyó, por un momento, que se había dormido. Sin embargo, un repentino gruñido del señor le confirmó que no era así.
—¿Se encuentra bien?
—He sido bendecido, dos veces en mi vida, Umino. La primera fue cuando me casé con Shion; la segunda, cuando encontré a Hinata. Habría podido perder a Konohamaru si no hubiera sido por su constante cuidado. Ella nunca lo dejaría irse, ella, simplemente, no lo dejaría...
—Así es —dijo Iruka. Sirvió la copa de vino a su jefe, y fue a buscar a un sirviente para que lo ayudara a llevar al casi durmiente marqués escaleras arriba.
Acostaron a Naruto al lado de Hinata, que estaba profundamente dormida sobre su cama, completamente vestida, con las botas puestas. Iruka le quitó las botas a Hinata y los zapatos y las gafas a Naruto, y le desató la arrugada bufanda al marqués.
Después, los cubrió a los dos con una manta y se retiró, dejándolos en su bien merecido descanso.
Diez horas después Naruto se despertó con unas ganas desesperadas de usar el baño, una sed atroz y una confusa y molesta sensación de que necesitaba hacer algo muy importante.
—¡Konohamaru! —exclamó unos instantes después.
Luego, tras haber alcanzado uno de sus objetivos, bajó con fuerza la tapa del excusado, se metió rápidamente de nuevo en sus pantalones y salió corriendo del baño hacia la planta superior.
Entró rápidamente a la habitación, preparado para encontrarse a su hijo más joven gravemente enfermo, o algo peor, pero lo que vio fue a un exuberante Konohamaru gateando alrededor de su cama, riendo mientras jugaba con un gatito de rayas blancas y grises. Era como si no hubiera estado cerca a la muerte unas pocas horas antes.
—Hola, Naruto. ¿Has dormido bien? —Hinata se encontraba sentada en la misma silla en la que había pasado los últimos tres días atendiendo a Konohamaru.
Parecía fresca como un narciso, cubierta por su suave camisón amarillo; aunque un narciso un tanto apagado y desgastado, se dijo Naruto para sí mismo.
Pensó que debía decirle a Iruka que trajera una modista a Ashleigh Court para que le confeccionara un vestuario completo a Hinata.
—Fui a verte dos veces, pero las dos veces estabas profundamente dormido y no quise despertarte. Ahora tienes un aspecto muy descansado.
—Lo estoy —respondió Naruto, y luego caminó hacia su hijo para acariciarle y alborotarle el pelo.
—¿Cómo te sientes, viejo amigo?
Konohamaru miró hacia arriba desde donde el pequeño gatito se abalanzaba sobre un pedazo de cuerda que se estiraba a lo largo de la cama.
—Tengo hambre. Mamá dice que no puedo comer nada hasta mañana, excepto caldo y tostadas. A mí no me gustan las tostadas ni el caldo. ¡Quiero puré de patatas!
Los ojos grisáceos de Hinata eran cálidos y suaves cuando miraba al niño.
—Me derrito cada vez que me llama de esa forma.
—¿Mamá? —Ella asintió. Naruto observó la vacía estancia de los niños e hizo un gesto torciendo los labios.
—Tengo una sospecha. No pasará mucho tiempo antes de que te escondas de ellos cuando griten «mamá» buscándote a gritos por los pasillos. En lo que a ti respecta, jovencito, debes hacer lo que te diga tu madre.
Konohamaru hizo una mueca y volvió su atención al juego con el gatito. Hinata se levantó y le habló a una de las cuidadoras de los niños. Luego se dio la vuelta, le sonrió a Naruto, y le colocó un rizo rebelde que le caía sobre las cejas.
—Ordené que te prepararan un baño, querido esposo. Parece que te vendría bien refrescarte un poco después de los últimos cuatro días. Haré que retrasen la cena una hora.
—Mi adorada y hacendosa mujer. Su sonrisa se tornó descarada.
—Y algo más.
—Hinata...
Naruto la abrazó fuertemente, sin darse cuenta de que Konohamaru se encontraba detrás de ellos, jugando en la cama. El cálido sentimiento de felicidad que le provocó su caricia, se esparcía y se transformaba rápidamente algo más elemental, algo más terrenal. Naruto besó la punta de su deliciosa nariz.
—No he tenido la oportunidad de darte las gracias, y quiero hacerlo ahora.
—¿Darme las gracias? —Arrugó la frente, sorprendida—. ¿Y qué es lo que me tienes que agradecer?
—Tu maravillosa ayuda a Konohamaru, te doy las gracias por salvarle la vida.
Hinata lo miró fijamente por un momento, estupefacta, con la boca abierta. Luego, trató de liberarse de su abrazo. Sus ojos lanzaban rayos indignación hacia él.
—¿Darme las gracias? ¿Quieres agradecérmelo? ¿Como si fuera una de tus criadas o el médico?
Ahora fue Naruto quien la miró con gran asombro. ¿Qué podía haber dicho que le sentara, tan mal?
—No, de ninguna manera, ¿cómo voy a considerarte una criada? pero no tenías por qué atender a Konohamaru de esa manera, te dije que yo podía hacerlo.
—Tú puedes hacerlo porque él es tú hijo —gruñó Hinata, cerrando los puños con rabia contenida.
Naruto no tenía idea de por qué ella se encontraba tan molesta.
—Sí, porque él es mi hijo, claro.
—Pero no es mi hijo.
—No, no lo es. Dado que tú no conocías la existencia de los niños antes de que nos casáramos, me di cuenta de que podía ser demasiado pedir que atendieras a uno de ellos cuando estuviese enfermo.
Las mejillas de Hinata se tornaron de un intenso color rojo. Naruto estuvo a punto de preguntarle qué fue lo que dijo para que ella se enfadara tanto, cuando ella le dio una fuerte bofetada y giró sobre sus talones, saliendo airada de la habitación.
Él permaneció de pie por un momento, completamente confundido, frotándose el rostro y preguntándose si la falta de sueño le había trastornado la mente.
Koharu hacía guardia en la entrada de la habitación de las niñas.
—Ha insultado a la señora. Él arqueó las cejas.
—Ha insultado a la señora al decirle que ella no es la madre legítima de Konohamaru.
—No lo es.
—Pero es su madrastra, y para ella eso significa lo mismo.
Naruto movió la cabeza, que empezaba a dolerle intensamente. Definitivamente, no podía comprender a las mujeres.
—Ella ni siquiera supo que tengo niños hasta después de la boda. Desde luego, no esperaba que abrazase la maternidad de manera tan rápida. Quería que lo asumiera despacio, con cuidado, para que los niños no la abrumaran.
Koharu hizo un gesto de desprecio ante sus explicaciones.
—Qué hombre más torpe. ¿No ve que ella se muere por ser su madre? Los necesita tanto como los niños la necesitan a ella. Tratándola como si te hubiera hecho un favor al cuidar a Konohamaru, le está diciendo que no es parte de la familia. Ninguna madre dejaría a su hijo enfermo al cuidado de otra persona. La insultaste de la peor manera posible al darle las gracias por hacer lo que hizo.
Naruto gruñó y se frotó el cuello. El dolor de cabeza estaba empeorando.
—No fue mi intención insultarla. Sólo quería mostrarle mi aprecio por toda la ayuda...
Koharu movió la cabeza con desaprobación y le hizo un ademán para echarlo de la habitación.
—Vaya a tomar un baño. Tiene pinta de estar medio muerto. Y cuando esté solo con la señora, no le de las gracias, háblele de la suerte que tienen los niños al contar con una madre como ella.
Naruto se avino a dejar la habitación sin poder defenderse de ninguna otra manera, a pesar de las muchas ganas que le asaltaban de gritar la suerte que tenían todos de tener a Hinata.
En vez de hacerlo, se bañó, se afeitó, y se vistió con ropa limpia, ignorando tanto el apagado ruido de sus tripas como el molesto latido que le martilleaba en la parte trasera de la cabeza. Con tales sensaciones bajó las escaleras para reconciliarse con su esposa.
—Y no veo por qué no los puedo tener, porque con ellos montar sería algo mucho más agradable, y no se trata de... Oh, Dios, Naruto está aquí. ¿Ya podemos comer ahora, ahora que ha venido? Me estoy desmayando del hambre que tengo.
Hinata, Sumire y Iruka estaban sentados en la galería, disfrutando del frío aire del atardecer. Voces alzadas, gritos, risas y fuertes acusaciones proclamaban que los niños estaban ocupados en uno de sus juegos en el jardín lleno de maleza.
—Sí, por supuesto que podemos comer ahora. —La voz de Hinata sonaba fría e impersonal mientras se levantaba y se preparaba para seguir a Sumire dentro de la casa.
Naruto, que, aunque a veces no entendía a las mujeres, tenía mucha experiencia en el papel de marido, sabía que era mejor no dejar pasar ni un solo minuto más sin corregir el desaire que había hecho involuntariamente a su esposa.
Le puso una mano sobre el hombro, deteniéndola y haciendo a la vez un gesto a Iruka para que continuara su camino.
—Los alcanzaremos en un momento.
Hinata mantuvo la mirada fija en la pared, justo detrás del hombro de Naruto. Su rostro no reflejaba expresión alguna. Él trató de buscar las palabras apropiadas para una disculpa, pero todo sonaba demasiado rebuscado y poco sincero.
Al fin, hizo la única cosa que podía hacer. La llevó a sus brazos y la besó hasta consumir el último aliento que contenían sus pulmones.
—Te casaste con un idiota, Hinata —murmuró sobre sus labios cuando su boca finalmente se separó de la de ella—. Un tonto, un simplón, un autentico imbécil.
Hinata, que había estado tan tiesa como una tabla durante el beso, se relajó, recostándose en él.
—No iría tan lejos como para decir que eres un idiota, pero un poco tonto... Bien, todos tenemos nuestros momentos de tontería.
—Algunos más que otros —comentó Naruto, y le dio besos a lo largo de su mentón hasta llegar a la oreja.
—Desde luego.
—Lamento mucho lo que dije antes. Me di cuenta de lo insultante que pudo parecerte, pero te puedo asegurar que insultarte sería lo último que se me ocurriría en la vida. Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que tuve una esposa, así que tienes que perdonarme si no me arrodillo cada mañana y te bendigo por aceptarnos a todos. Me he vuelto demasiado tosco.
Hinata esbozó una sonrisita y lo rodeó con sus brazos a la altura de la cintura.
—Jamás te has arrodillado ante mí.
El atribulado marido la besó por última vez en la sien, y con un suspiro de arrepentimiento, la soltó, y sonrió con tierno arrepentimiento.
—No es que no quiera besarte, esposa, pero una vez que empiece, no creo ser capaz de detenerme, y ahora nos están esperando.
Los ojos de Hinata se ablandaron, emocionados, brillantes. El respiraba su aliento y pensó en llevarla simplemente hasta la cama, mandando al diablo a todos los demás, pero su cuerpo pedía una cosa y la mente le decía que ahora tenían que hacer otra. El estómago, además, estaba de parte de la mente.
Y el estómago inclinó la balanza. Rugió de la manera más enérgica y vociferante. Hinata se rió, y lo empujó para que entrara a la casa.
—Será mejor que comas si quieres tener fuerzas para cumplir la promesa que veo en tus ojos. Se ve, y se oye, que tienes hambre.
—Tengo hambre de muchas cosas —dijo él tentadoramente mientras sostenía la puerta que conducía hacia el comedor.
—Yo también —afirmó Hinata con una provocadora sonrisa que afectó directamente a la entrepierna de su marido.
La cena fue una dura prueba.
Desde luego, la comida estaba muy rica, y la compañía —solo él, Hinata, Sumire e Iruka— resultaba en extremo agradable, pero sus ojos siempre regresaban a la mujer que se sentaba al otro lado de la mesa. Cada vez que la miraba, pensamientos eróticos e imágenes sensuales se despertaban en su mente. Un tormento.
Con la sopa, pensó en lo suave que se sentía su piel al besarla. Con el plato de carnes, meditó sobre lo maravillosamente sedoso que era su pelo.
Con el pescado, sus fosas nasales se llenaron del recordado aroma de su cuerpo, un olor que se componía de un ligero toque de jazmín, con tonos de mujer cálida, de hembra en estado de excitación.
Él comía lo que le pusieran delante, con los ojos posados en Hinata mientras ella hablaba con Sumire y Umino. La mente del marido se llenaba de todas las cosas que quería hacer con ella y otras tantas que quería que ella le hiciera a él.
Aquella tarde, la casa ya se podía caer estrepitosamente, ya podía hundirse el mundo su alrededor, que, pasara lo que pasara, iba a consumar su matrimonio de una vez por todas, o iba a morir en el intento.
—¿Qué opinas, Naruto?
El hombre parpadeó, para alejar la imagen mental de Hinata retorciéndose de placer, y miró a Sumire.
—¿Cómo dices?
—¿No has estado escuchando? —los ojos purpura de Sumire de rieron de él.
—Déjalo en paz, Sumire, tiene hambre —dijo Hinata, y su pequeña y seductora lengua asomó para humedecerse los labios. Con tan solo ver eso, Naruto se excitó, tuvo una erección y sintió un enorme deseo.
—Estoy hambriento, sí, verdaderamente hambriento —comentó, sin apartar la mirada de la deseada boca de su esposa.
Los ojos de Hinata se encendieron en silencioso reconocimiento del deseo de Naruto, una lenta sonrisa de aprobación curvó sus labios en respuesta a la petición que sabía que estaba en sus ojos.
Aquellos gestos hicieron que el marido casi se tragara la lengua.
—Has comido lo suficiente como para poder prestar un poco de atención y conversar civilizadamente. Esto es importante, Naruto. Hinata está siendo demasiado moderada con sus palabras.
Le costaba esfuerzo, pero al fin apartó sus pensamientos de su esposa e intentó poner mayor atención a lo que Sumire le estaba diciendo.
—¿Qué es importante?
La joven soltó un dolido suspiro:
—Mis pantalones de montar.
—¿Tus qué?
—¡Mis pantalones de montar! Quiero pantalones de montar, y Hinata dice que usándolos escandalizaría a quien me viera y arruinaría todas mis posibilidades de lograr un buen matrimonio, pero como le he dicho una y otra vez, no quiero casarme.
No veo por qué no puedo tener unos pantalones de montar y usarlos mientras estemos aquí, en el campo. Además, aquí no conocemos a nadie, no tenemos que andar con remilgos. ¿A ti no te importaría que yo usara pantalones de montar para cabalgar, verdad?
Naruto, que no era tonto, deslizó una furtiva mirada hacia Hinata antes de decidir cómo contestar a la pregunta de su sobrina política. Aparentemente, la expresión de Hinata no le decía nada, pero, prestando un poco de atención, la delgada línea de sus labios hablaba a gritos.
—Estoy seguro de que Hinata sabe lo que es mejor para ti, Sumire.
La chica soltó una exclamación de disgusto y miró fijamente a su tía.
—Tú tienes toda la culpa, está tan perdidamente enamorado de ti que no se atreve a hacer algo que vaya en contra de tus deseos. Ahora jamás tendré mis pantalones de montar.
Naruto sonrió a Hinata.
—No he cometido ningún delito. Soy un esposo, se supone que debo estar perdidamente enamorado de mi esposa.
Hinata le devolvió la sonrisa. Iruka soltó un refrán sobre cómo los maridos son llevados de la nariz por sus mujeres y Naruto se relajó, entrando en calor tanto por la mirada ávida en los ojos de su esposa como por tener la certeza de que su mundo iba bien.
Konohamaru estaba en franca recuperación, había corregido el primer paso en falso con Hinata sin demasiadas dificultades, y evidentemente, ella estaba esperando con tanta ansiedad como él las actividades eróticas que se iban a desarrollar más tarde.
Si alguna queja tenía contra su difunta esposa, era que a ella rara vez le gustaba disfrutar de los deportes de la cama. Los toleraba, pero sin importarle lo mucho que él intentara causarle placer.
Era rara la ocasión en la que él tenía la impresión de que ella disfrutaba con los encuentros sexuales. Hinata era distinta. Naruto era consciente de la agradable tensión que llenaba el aire que había entre Hinata y él, una leve sensación de electricidad que llenaba el aire, como si se acercara una tormenta.
Iruka se dirigió a él unos instantes antes de terminar la cena.
—Mientras usted dormía, hice que los criados registraran la propiedad en busca de bayas venenosas. Encontraron varias, pero ninguna en la zona en la que Deidara dijo que se encontraban jugando los niños antes de que Konohamaru se sintiera tan enfermo.
Naruto asintió, escogiendo un melocotón maduro del tazón que se encontraba frente a él. Su mente viajó automáticamente de los frutos suaves y maduros a su esposa, igualmente madura, suave y salvaje.
—Mande lo que encontró al doctor Trewitt. Es probable que él pueda determinar si fue eso lo que comió el niño.
—Me pregunto si existe la posibilidad de que se haya comido una hoja —señaló Sumire, cortando una pequeña rebanada de queso—. Mi tío solía decirme que pensaba que yo era en parte mujer y en parte cabra, porque siempre estaba comiendo hojas que cogía en el campo. Tú debes estar acostumbrado a este tipo de cosas, Naruto.
El hombre dejó de comer su melocotón y miró confundido a Sumire.
—¿Por qué debo estar acostumbrado?
—Por tus otros hijos... debes estar acostumbrado a que les duela el estómago y cosas por el estilo.
—Oh, sí. Acostumbrado hasta cierto punto, porque ninguno de ellos ha estado tan enfermo como lo estuvo Konohamaru. Gracias a Dios, Hinata estaba aquí para encargarse de él.
Hinata le sonrió.
—Ella es maravillosa en este tipo de situaciones —aseguró Sumire—, y especialmente buena con los bebés. Todos parecen adorarla.
—No me cabe la menor duda al respecto —contestó Naruto, dedicando Hinata un ligero movimiento de las cejas, sólo para hacerle saber que estaba pensando en ella. Los ojos de Hinata centellearon en significativa respuesta.
—Ya verás lo buena que es con los bebés.
Naruto volvió la cabeza para mirar a Sumire, perplejo por su comentario.
—¿Qué bebés?
—Sus bebés. Los bebés que tú y Hinata van a tener.
Si hubiera podido ahorcar a Sumire sin que Hinata se diera cuenta, lo habría hecho. Por el amor de Dios, ¿qué clase de demonio la estaba punzando como para que dijera semejantes cosas frente a su tía? Un par de comentarios más de ese tipo y Hinata lo abandonaría con certeza.
—No vamos a tener ningún bebé.
Sumire desvió su mirada desde Naruto hasta Hinata.
—¿No van a tener niños?
—¡No! —Naruto observó a Hinata cuidadosamente, notando la súbita palidez de sus mejillas y la rigidez con la que sostenía su cuerpo. ¡Maldita sea!
Ahora probablemente pensaba que la única razón por la que él se había casado con ella era para convertirla en una yegua para cría, pariendo hijos propios en medio de la crianza de los cinco diablillos de él. Naruto sólo rezaba para que ella pudiera leer la sinceridad en sus ojos.
—No permitiría que Hinata atravesara ese infierno por nada del mundo.
—¿No lo permitirías?
El rostro de Hinata estaba completamente pálido, sus ojos grises refulgían, su adorable pecho no se movía, como si ni siquiera estuviera respirando. Naruto maldijo mentalmente a Sumire y después se dispuso a aclarar las cosas con su esposa.
—Hay mujeres que se mueren en el parto. Mi primera esposa falleció de una fiebre poco después del nacimiento de Konohamaru.
—Oh. —El mundo era de nuevo suave, lleno de alivio, de comprensión. El color regresaba al rostro de Hinata a medida que hablaba—. No todas las mujeres mueren a la hora de parir, Naruto. Es muy trágico que le haya ocurrido a la difunta lady Rasengan, pero te aseguro que si llegaras a querer tener más hijos, yo estaría dispuesta...
Naruto descuartizó el melocotón con una furia reveladora de cómo se sentía por dentro. No perdería a Hinata como perdió a Shion. Tomaría todas las medidas que fueran necesarias para asegurarse de que ella no llegara a estar embarazada.
—Creo que los niños que tenemos ahora son lo suficientemente exigentes como para mantenerte ocupada durante los años venideros.
—Pero... —Sumire le miraba, perpleja—. Pero Hinata...
—No importa, Sumire —interrumpió Hinata, sus mejillas estaban ruborizadas. Naruto le echó un vistazo a su secretario, que mantuvo la mirada en las uvas que estaban frente a él. Sin duda Hinata estaba avergonzada por semejante charla delante de Iruka.
Para que Hinata no sintiera más incomodidad, cambió el tema de conversación, suscitando una discusión general de sus planes para que la propiedad volviera a recobrar vida.
Iruka y Sumire discutieron larga y extensamente sobre cuál era el cultivo más adecuado para sembrar, si trigo o maíz, y aunque Naruto participó, notó que Hinata tenía muy poco que aportar al tema.
Hubo un momento en que su mirada se encontró con la de ella, y su adorable mentón se levantó como si la hubiera retado.
No pudo evitar hacer otra cosa más que sonreír por ello. Ella era completamente perfecta, desde las puntas de sus pequeños dedos de los pies, hasta la obstinada curva en su mentón.
Las mujeres se ensimismaron en una discusión sobre si cabalgar con pantalones para montar debajo de la falda podía ser una alternativa satisfactoria a la idea de montar sólo con los pantalones.
Naruto tomaba un poco de oporto mientras Iruka le exponía su recomendación de reconstruir las cabañas y cobrar a los arrendatarios un alquiler más elevado. Él contestó mecánicamente, sus ojos se desviaban frecuentemente hacia el reloj que estaba puesto sobre el aparador.
Transcurrió media hora... ¿Había pasado tiempo suficiente para poner fin a la sobremesa sin incurrir en un comportamiento maleducado? Sí, sí era un plazo razonable. No era posible que tuvieran más que decir.
Fingió que sofocaba un bostezo y se puso de pie. Estirándose, habló.
—Bien, bien, todo suena maravilloso, Umino. Escríbalo y yo lo leeré detenidamente mañana por la mañana. Me voy a ir a dormir.
Iruka se mordió los labios.
—¿Supongo que no es correcto señalar que hace tan sólo un rato, como quien dice, usted se despertó de un sueño de diez horas?
Naruto compartió una sonrisa de complicidad masculina con Iruka.
—Eso sería extremadamente incorrecto.
—Entonces no lo haré. ¿Puedo desearle una agradable noche, señor?
Naruto se rió, y se olvido de fingir a medida que se apresuró por las escaleras para llegar a su habitación. Se desvistió rápidamente, despachó a su mozo de cámara, y se fue a buscar su esposa.
La encontró en la habitación del pequeño enfermo, sentada al borde de la cama de Konohamaru. Los cinco niños estaban agrupados a su alrededor. Les leía en voz alta.
—Septiembre 30, 9. Yo, el pobre y miserable Robinson Crusoe, habiendo naufragado, durante una terrible tormenta... Ah, Naruto, ¿has venido a dar las buenas noches a los niños?
—Sí, sí, así es. Buenas noches niños. —Arrancó el libro de manos de Hinata, y se lo pasó a una sobresaltada Ino mientras alzaba a Hinata en sus brazos—. Termina el capítulo tú.
—¡Naruto! Les estaba leyendo...
—Ino puede leer muy bien, la enseñe yo mismo. Le vino muy bien. —Levantó a Hinata a la altura de su pecho y abrió la puerta rápidamente antes de que ella pudiera deslizarse al suelo.
—Pero...pero...los niños...
—Estarán bien sin ti. —Se detuvo antes de cerrar la puerta y asomó la cabeza dentro de la habitación—. Konohamaru ¿Cómo te encuentras, muchacho?
—¡Hambriento! —gritó el pequeño, saltando una y otra vez sobre la cama.
Naruto asintió, les deseo buenas noches de nuevo y continuó su camino escaleras abajo, ignorando las protestas de Hinata.
—Sabes que no era necesario que hicieses semejante escena. Yo hubiera terminado el capítulo y los habría acostado a todos y nadie sabría que tú y yo... que nosotros...
La verdad es que Hinata se sonrojó de la manera más agradable. Naruto le sonrió, ardiendo hasta los dedos de los pies por las pequeñas miradas tímidas que ella le regalaba.
—Amor mío, ni siquiera el arzobispo de Canterbury podría impedir que me acueste contigo esta noche.
—¡Naruto! —Hinata hizo como que protestaba entre jadeos, de una manera que mostró su completo acuerdo con los planes del marido.
—¡Hinata! —contestó él entre fuertes respiraciones mientras abría la puerta de la habitación de una viril patada.
Ella soltó una risita.
Naruto se dirigió hacia la cama, su adorable cama, su maravillosa y enorme cama que en unos momentos sería aún más adorable porque tendría a Hinata encima, y dijo con su mejor voz de villano de opereta:
—Estás en mi poder, sola conmigo, mi seductora esposa. Ahora te poseeré como nunca antes te han poseído.
—¿De verdad? —preguntó Hinata, con mirada ardiente. Sus párpados se dejaron caer por un instante, y luego lo miró de forma seductora.
—Tal vez haya sido poseída de muchas maneras antes, mi señor. ¿Qué tipo de posesión tiene usted en mente?
Naruto la puso de pie, y sin esperar a que ella tomara la iniciativa, la despojó de su bata, dejándola sólo con la tenue camisa y las medias que le llegaban algo más arriba de las rodillas.
Dado que él era un caballero y no un animal, le dio un momento para recobrar la respiración mientras la admiraba. Asintió con la cabeza, fascinado. Dos veces.
—Ciertamente, eres hermosa en cualquier circunstancia, con ropa y sin ropa. ¿Te das cuenta del hecho de que pienso que te ves adorable también con la ropa puesta?
No soy un bruto que sólo te quiere ver desnuda y retorciéndote de placer debajo de mí mientras entro en ti una y otra vez, perdiéndome en tu calor, uniendo mi piel con la tuya hasta verter hasta la última gota de vida en tu cuerpo. ¿Entiendes lo que quiero decir?
Hinata parecía algo aturdida por aquella extraña y apasionada declaración de deseo y amor.
—Yo... bien... supongo...
—¡Bien! —Sin más preámbulos, agarró el cuello de su camisa, la rasgó de arriba abajo y le dio a Hinata un leve empujón que la dejó sobre la cama; todo ello, mientras él también se quitaba su bata de sopetón.
—¡Naruto! —gimió Hinata al ver que se abalanzaba sobre ella.
—Sí, has acertado, soy Naruto. Es maravilloso que me reconozcas. Veamos qué tengo aquí.—Naruto se echó hacia atrás para abarcarla con la mirada, para verla desde la coronilla hasta los pies—. ¡Mía! —dijo con una voz cargada de sentido posesivo.
—Sí, soy tuya, pero, espera Naruto.
Naruto levantó los ojos para encontrar los de ella.
—¿Qué pasa?
—Todavía tengo las medias puestas.
El excitado marido admiró la adorable belleza de sus piernas. No eran demasiado largas, o demasiado delgadas, sino proporcionadas, con la justa medida de curvas y el justo punto de suavidad que le enloquecía.
—Sí, así es. Es algo sorprendente, ¿no es así? Debo quitártelas. Lo haré luego. —Se inclinó hacia ella, y con el aliento acariciaba sus labios—. Con la lengua.
—Oh —exclamó ella, y sus ojos enormes estaban llenos de esperanzada lujuria.
Naruto la miraba con aire arrebatado. Sus ojos pasaron de las perfectas piernas a los sugestivos pechos, que, firmes y juguetones, excitados, apuntaba hacia él, como retándole.
—¿Qué es esto? —preguntó, entrecerrando lo ojos ligeramente en dirección a uno de los perfectos senos—. ¿Son senos?
—Sí, tengo dos. Son para ti —dijo Hinata.
—Me encantan estas maravillas. —Su boca se cerró sobre el tenso y pequeño pico que coronaba el sedoso y blanco seno. Hinata se contorneaba debajo de él, sus ojos estaban encendidos de pasión.
La mordisqueó, la acarició, la besó. Naruto se llenó de un sobrecogedor deseo de saborearla entera, de lamer cada milímetro de aquella piel satinada que brillaba con una luminiscencia perlada que parecía llenarle el alma.
Besó el otro pecho para que no se sintiera menospreciado, después recorrió con la lengua el camino que iba desde el esternón hasta el pequeño montículo del abdomen. Hinata gemía y se retorcía bajo el ataque de su boca, pero Naruto no se inmutaba, no se apartaba de su camino.
La sostuvo con ambas manos a la altura de la cadera, y después de besar cada uno de los rincones de sus caderas, mordisqueó todo el estómago, encendido por la reacción de Hinata a sus caricias.
Su aliento temblaba dentro de ella, haciendo que su piel de agitara y se contrajera donde quiera que lamiese.
Se desplazó más abajo, disfrutando ahora el perfume de la verdadera esencia de Hinata, deleitándose en el hecho de que era él quien la alborotaba, quien la ponía en celo, la llevaba al éxtasis. Besó en línea a lo largo de su montículo púbico, y entonces se detuvo.
—Entrégate a mí Hinata. Ábrete a mí.
Sus piernas se tensaron.
—Naruto, no estoy segura...
—Yo sí lo estoy —dijo, deslizando la mano a lo largo de su suave muslo. Introdujo delicadamente los dedos entre las fuertemente apretadas piernas.
—Disfrutarás con esto. Confía en mí, Hinata.
Naruto casi podía oírla pensar en ello, razonando con su deliciosa mente, sopesando el efecto de sus palabras en su molestia e indecisión naturales.
Él deseaba con todas sus fuerzas para que cediera, que se le entregara en una muestra de absoluta confianza, y pensó que su corazón se desgarraría, se le saldría del pecho si no ocurría así.
Justo en el momento en que sus piernas se relajaron, permitiéndole separarlas y respirar su perfume, tuvo la certeza de que su corazón ya le pertenecía a Hinata, y el de Hinata a él.
Aquella sensación de mutua posesión le inquietó, de modo que prefirió centrarse en el placer del momento. Acarició con sus mejillas el interior de los muslos femeninos, disfrutando al oír los jadeos que ella emitía a medida que se abría paso hacia el centro de su feminidad.
Hinata arqueó la espalda y echó las caderas hacia arriba en el momento en que él separó su femenina piel, cuando los dedos ya bailaban inmersos en su calor, explorando, tentando, acariciando. Ella gemía suave e interminablemente, su cabeza se movía de un lado al otro, en un desahogo de placer creciente. Se agitaba, agarraba las sábanas con ambas manos.
—Esto te va a gustar —le prometió Naruto mientras se inclinaba hacia delante para lamer su diminuto centro de placer.
—¡Santo Dios! —gritó Hinata, agarrando la cabeza de Naruto para empujarlo completamente hacia ella. Él la sujetó firmemente por las caderas, mientras la lengua bailoteaba alrededor de sus pliegues de seda. La chupó con más ansia, devorándola, hasta que ella arqueó la espalda y gritó su nombre.
—Te dije que te gustaría —dijo Naruto con cierta petulancia, orgulloso de sus actos y complacido por la respuesta de Hinata.
Se sintió ligeramente sorprendido al notar que el placer que le había dado golpeaba tan fuertemente en su sangre que lo dejaba más hambriento y con una insoportable necesidad de sumergirse completamente en sus profundidades.
Hinata yacía, jadeando, agitándose levemente por los efectos del placer que acababa de sentir. Pero, cuando Naruto se levantó para cubrirla, repentinamente, Hinata se retorció debajo de él y lo empujó hacia abajo sobre el suave colchón.
—No —dijo Hinata, inclinándose para mordisquear su labio inferior—. Ya has tenido tu ración. Ahora me toca a mí.
Naruto sabía que no lograría soportar que Hinata lo explorara lentamente. Estaba ya cercano a explotar; sólo con mirar sus ojos sentía que estaba a punto de eyacular.
Hinata empezó a acariciarle el vientre, y luego el tórax.
—Tienes un pecho tan hermoso, Naruto. Tiene la perfecta cantidad de vello; ni mucho, ni demasiado poco. Y tu piel es tan firme.
Los músculos del hombre se estremecían a medida que ella bajaba de nuevo la mano desde el centro de su pecho hacia el estómago, dejando un rastro de calor a su paso. La mujer se inclinó y le besó suavemente su clavícula, mientras le acariciaba el cuerpo entero con ambas manos.
—¿Te gusta acariciarme?
—Tu piel es tan cálida, tan cálida. Sí, me gusta tocarte. Me gusta sentir cómo tus músculos se estremecen bajo mis dedos. Me haces sentirme descarada, desenfrenada. Me haces querer hacer cosas que no pensé poder hacer antes. Me haces desear...
Mil partes de su cuerpo que él ni siquiera sabía que existían se encendieron en llamas cuando ella dejó de hablar y comenzó a besar toda la anchura de su pecho.
Hinata se detuvo por un momento en uno de sus pezones. Naruto contuvo la respiración. Antes de conocer a Hinata, él nunca había prestado atención a sus pezones, nunca le había gustado que las mujeres le acariciaran las tetillas.
Naruto siempre decía que un pezón no era más que un pezón. Estaban muy bien en las mujeres y los hombres disfrutaban jugando con ellos y utilizándolos para excitarlas, pero los suyos no eran más que elementos decorativos, por lo que sabía.
Pero aquella manera de pensar cambió esa noche en la que Hinata incendió sus pezones con calientes besos. Ahora, la mujer hacía mucho más que besarlo simplemente: lo atormentaba, de la misma manera en que él la había atormentado a ella. S
us pequeños dientes blancos se cerraron suavemente sobre la oscura punta de un pezón, transformando a Naruto instantáneamente.
—¡Joder! —bramó Naruto. Aparecieron lágrimas en sus ojos tras la explosión de placer que quemaba su pecho—. ¿Es esto lo que tú sientes? ¡Santo Dios, mujer, hazlo en la otra tetilla antes de que me muera!
Hinata emitió una risilla sugestiva que disparó hasta el infinito la excitación de Naruto, Se inclinó para acariciar el otro pezón con la punta de la lengua.
—Me gusta tu sabor, Naruto. Sabes exactamente como me imaginé. Eres caliente y masculino, muy, muy agradable.
Naruto tomó aire, mientras la pequeña y dulce boca de Hinata se cerraba sobre su pezón, lo chupaba y lo mordisqueaba suavemente. Naruto pensó que iba a estallar en llamas.
—Vamos, no aguanto más —dijo Naruto con una voz ronca, tratando de darse la vuelta para poder sumergirse en las profundidades de Hinata.
—No, todavía no —dijo Hinata, empujándolo hacia la cama—. No he terminado aún. No he explorado el resto de tu cuerpo. Es tan perfecto, está tan maravillosamente hecho. Cada parte de ti concuerda perfectamente con el resto. Quiero tocarte. Quiero sentirte. Quiero besarte como tú me besaste a mí. Quiero llevarte a mi boca y saborearte, esposo mío. ¿Te gustaría que hiciera eso?
La mente de Naruto dejó de funcionar con aquella pregunta. No podía hablar, no podía pensar. Sólo podía contemplar a Hinata con ojos desmesuradamente abiertos y llenos de esperanza, mientras asentía vigorosamente con su cabeza. Hinata le sonrió.
Aquella sonrisa hizo que Naruto tensara las piernas para intentar evitar que su semilla saliera en ese momento y en ese lugar. Hinata bajó la cabeza y le besó el abdomen a Naruto. Él gimió de placer al sentirla.
— Naruto, eres maravilloso: tan duro en todas partes menos en la dulce barriguita. ¿Te he dicho lo mucho que me gusta tu barriguita?
Besó la línea de vello que iba desde el estómago hasta su masculinidad.
—. También me encantan tus piernas. Tienes muslos de Apolo, largos músculos y un hermoso contorno.
Naruto apretó los dientes mientras Hinata abría un camino de besos en uno de sus muslos y cerraba las manos alrededor de los dos suaves y calientes globos que había entre sus piernas.
Se contrajeron instantáneamente, anticipando su caricia en otros sitios, disfrutando el suave rasguño de sus uñas sobre la carne.
—Dios del cielo —gimió Naruto. Cada músculo de su cuerpo se volvía sensible y esperaba, anhelante, su caricia. El aliento de Hinata era un masaje maravilloso para todo su cuerpo, para el miembro, que estaba duro, listo y cercano a reventar. Naruto tuvo que contener la respiración, agarrarse a las sábanas y gritar, para no introducirse en ella en ese mismo instante.
Hinata le tocó la punta del pene y diseminó la humedad que se había acumulado allí, mientras bajaba suavemente la piel que lo cubría.
—No parece ser muy cómodo estar tan, tan erecto, esposo. Y estás caliente, puedo sentir el calor irradiar desde esta parte de tu cuerpo. Nunca pensé que se pudiera estar así de caliente, pero tú lo estás. Caliente y muy duro, y aun así, tu piel sigue siendo como de terciopelo. Tú igualas el calor que yo siento en mi interior, haces que me queme más y más por ti.
La mano de Hinata se cerró alrededor de la base del asta de Naruto y la apretó suavemente, mientras su boca descendía y su lengua hacía un contacto maravilloso para ambos.
—¡Ten piedad, Hinata, me vas a volver loco! — Naruto soltó un grito ahogado, completamente insensible a cualquier cosa distinta a la euforia que Hinata le estaba generando.
—Tú eres tan diferente a todo lo que yo recordaba —murmuró la mujer, deslizando la mano a lo largo de la dura masculinidad de Naruto y acariciándolo con suavidad y pasión—. Al tocarte así siento que me estremezco por dentro. ¿Tú también sientes que te estremeces? ¿Estás disfrutando con esto?
Naruto echó rápidamente la cabeza hacia atrás, mientras se movía al mismo ritmo de los movimientos de Hinata, incapaz de permanecer quieto, sin tener conciencia nada más que del éxtasis que ella le estaba causando.
Un gemido gutural salió de su garganta cuando ella se inclinó sobre él nuevamente. Su cabello se derramaba como una lluvia de amor alrededor de sus caderas, y ahora su lengua estimulaba la parte superior del miembro, la más sensible. Naruto se movió dos, tres veces y soltó un gruñido sin palabras, un gruñido de absoluta euforia, al aproximarse al clímax.
—¡Te amo, esposa!
—¡Oh, Dios! —dijo Hinata, después de pocos segundos. Naruto permanecía acostado en la cama, retorciéndose levemente, demasiado cansado para abrir sus ojos, pero él sabía lo que iba a ver cuando finalmente los abriera.
Un débil rubor apareció en sus mejillas al pensar en ello. Hinata había hecho lo que ninguna otra mujer consiguió nunca: desquiciarle.
—Qué interesante. Nunca había visto algo así tan íntimamente. Ha sido maravilloso.
Naruto notó que la cama se inclinaba levemente y abrió los ojos para ver a su esposa dirigiéndose hacia el lavabo. Su larga cabellera llegaba justamente hasta el adorable trasero.
Hinata mojó un pedazo de tela y lo llevó a la cama, para limpiar el semen a Naruto con tal delicadeza que casi vuelve a provocarle el éxtasis.
Las mejillas de Naruto se enrojecieron aún más por los cuidados de su esposa; se sintió verdaderamente alegre cuando ella terminó y fue a tirar el trozo de tela.
Naruto creía saber lo que debía hacer, disculparse, pero todos sus instintos se rebelaban, se negaban a obedecer. No era justo, no era correcto disculparse por una reacción natural, y además Hinata tenía toda la culpa por haberlo hecho sucumbir ante el estimulante asalto de sus manos y de su boca.
Él quería llevar a cabo el procedimiento habitual, pero ella había insistido y, como él era un caballero, dejó que ella hiciera lo que deseaba. ¡Él se sentía obligado a disculparse con su esposa por su egoísmo, cuando realmente había sido culpa de ella al hacerle perder el control!
—Te ofrezco mis disculpas, señora —dijo Naruto, apartándose y volviéndose hacia un lado para darle la espalda.
—¿Disculpas? ¿Por qué?
Por el amor de Dios, ¿por qué tenía que hacerlo más difícil?
—Te ofrezco mis disculpas por mi desconsiderado acto de hace un momento.
—¿Qué acto desconsiderado? —preguntó Hinata. Posó una mano en la cadera de Naruto y tiró, para que se volviese hacia ella. Pero él no estaba dispuesto a moverse.
No debía mirar, no la podía mirar, probablemente no sería capaz de volverla a mirar en toda su ahora miserable vida. No había cumplido con su deber, que era vaciarse en el interior de la dama.
—¿Naruto? ¿Estás enojado por algo? ¿Acaso te he hecho daño? Creía que habías disfrutado. ¿He hecho algo malo? ¿Te gustaría que te tocara de nuevo?
Naruto gruñó y se sacudió al sentir la mano de su esposa, deslizándose sobre él.
Todavía se sentía parcialmente excitado, todavía quería enterrarse en ella, gozar de su calor, sentir que los sedosos pliegues de Hinata se apretaban a su alrededor al meterse dentro de ella.
Quería ver sus ojos nublados por la pasión, mientras ella llegaba a su propia liberación, a su propio orgasmo. Quería sentir cómo se contorneaba y se arqueaba la mujer debajo de él, a medida que la llenaba.
Se agitó, esforzándose para permanecer controlado, mientras la mano de Hinata lo exploraba, lo acariciaba y lo tocaba hasta que de nuevo estuvo completamente excitado.
—Vas a acabar conmigo.
— Naruto. —El cálido aliento de Hinata llegaba a su oído—. Me alegra haberte dado placer. He sentido lo mucho que lo disfrutaste, y eso también me hizo muy feliz. ¿Podríamos compartir esa felicidad nuevamente?
Los músculos de Naruto temblaron en un instante de duda, pero luego tomó la decisión. Ágilmente, se dio la vuelta y puso a Hinata debajo, le abrió las piernas y se acomodó para penetrarla.
—Mírame, Hinata. —Mientras hablaba, su miembro rozaba ya la cálida y húmeda entrepierna de su esposa. Ella arqueó las caderas, invitándolo, mientras sus párpados se abrían y se cerraban.
— Quiero mirarte mientras te poseo. Quiero ver cómo la pasión llena tus ojos mientras me deslizo profundamente en ti. Quiero verte perder el control cuando me introduzca en ti, metiéndome en lo más profundo de tu cuerpo. Quiero verte jadear cuando el placer se apodere de ti. Quiero verte mientras te hago mi mujer.
Naruto penetró lentamente dentro de ella. Su alma cantaba alegremente mientras el cuerpo de Hinata cedía, dándole la bienvenida. Las sensaciones eran infinitas.
Se movía al ritmo que Hinata le imponía, sus caderas golpeaban las de él, su boca lo acogía cuando él inclinaba su cabeza para probar su dulzura. Las uñas de Hinata arañaban suavemente los hombros de su esposo, mientras ella lo agarraba y soltaba pequeños gemidos de deleite, exigiéndole sin palabras que se moviera más rápida y más profundamente contra ella.
Las manos de Hinata se deslizaban a lo largo de su húmeda espalada y llegaban hasta su trasero para agarrarlo y llevarlo más cerca a ella. Naruto gemía por el esfuerzo que tenía que hacer para contener su propio clímax durante el tiempo que fuera necesario para llevarla a ella a la satisfacción máxima, negando así sus impulsos y encontrando placer en los gritos de dicha de su hembra.
Su cabeza se dejó caer sobre el cuello de Hinata, luchando por encontrar aire y luchando contra la necesidad de verterse dentro de ella; deseaba que su fuego fuera el combustible de una excitación que él jamás hubiera conocido.
Mientras las manos de Hinata se posaban sobre su trasero, ella lo abrazaba con las piernas a la altura de la cintura y le mordía el cuello.
—¡Estoy en el cielo! —gritó Hinata, metiéndolo más aún en su cálido interior—. Te amo, Naruto. Tú eres mi vida, mi ser, lo eres todo. ¡Dios mío, cuánto te amo!
Mientras los tensos músculos de Hinata se apretaban alrededor del cuerpo de Naruto, él convertía el éxtasis de ella en el suyo propio, y con un esfuerzo que parecía milagroso, se apartó de su cuerpo, justo antes de derramar su semilla.
Las palabras de Hinata resonaban en sus oídos, llenándolo, completándolo, uniéndolo a la esposa de una manera que jamás pensó posible.
Naruto gritó el nombre de su mujer mientras vertía la semilla sobre sus muslos y supo, en ese momento, que no podría vivir sin ella. Hinata era su hogar, su maravilloso albergue.
Sabía, con extraña certeza, que su alma estaba inexorablemente atada a la de ella.
Sabía que estaban fundidos para siempre y que nada podría separarlos para convertirlos en individuos de nuevo.
Ella era su verdadero amor.
