SE NECESITA ESPOSA
9. Carrera de Obstáculos
Hinata no estaba contenta.
Desde luego, sabía que no tenía derecho a sentirse infeliz: todo lo que había querido en la vida, le había sido otorgado.
Tenía un marido, un hombre noble del que ella sospechaba estar enamorada. También tenía cinco niños que, si bien no eran exactamente lo que se había imaginado cuando pensaba en una familia ideal, eran chiquillos de buen corazón... eran niños relativamente buenos, por así decirlo.
Tenía un hogar y seguridad y veía cubiertas sus necesidades. Pero, a pesar de las muchas bendiciones que podía enumerar mientras estaba acostada sobre el pecho de su esposo y sentía que le acariciaba el pelo con el suave retumbar de sus ronquidos, no era feliz.
Se sintió particularmente desagradecida cuando pensó en la causa de su insatisfacción... Naruto no estaba impresionado por sus habilidades de madre.
Hinata descartó la explicación de Naruto acerca de sus deseos de no tener más hijos. Pensó que el argumento de que no quería que ella muriera en el parto era sólo una manera de ser amable; no querría avergonzarla frente a Sumire y Umino al admitir que pensaba que era una mala madre.
Soy una desagradecida, se dijo Hinata, mientras pasaba su dedo a lo largo de uno de los bíceps de Naruto. ¿Qué importa si él no piensa que yo soy tan buena madre como su primera esposa?
Tiene razón, ser madre no lo es todo. Tengo otras cualidades, otros talentos, mi vida entera no gira en torno al hecho de ser una madre. Soy una persona íntegra, y no necesito ser juzgada, ni por mi habilidad de tener hijos, ni por mi habilidad de criarlos.
Soy yo, Hinata… Eso debe ser lo suficientemente bueno para cualquiera.
Valientes palabras, dijo Hinata para sus adentros en ácido un tono burlesco.
"La verdad es que ser una madre es lo que quieres, es lo que siempre has querido, es todo lo que has querido. Una familia... eso es lo que siempre has anhelado, eso es lo que has anhelado durante toda tu vida adulta. Ahora, tienes una y no eres feliz".
Hinata le dijo a su voz interna que se fuera a freír espárragos, y enfocó su atención, no en la autocompasión, sino en la manera de probar su excelencia como madre, tanto a los niños ya existentes de Naruto como a los que esperaba tener.
Un pensamiento llevó a otro, los dedos de Hinata se encontraban acariciando el largo brazo de Naruto, moviéndose hacia su costado, pasando por su cadera y llegando hasta esa parte de él que dormitaba al lado de los muslos.
Hinata sabía perfectamente la razón por la cual él había derramado su semilla fuera de su cuerpo la noche anterior. Sin embargo, durante el momento de pasión, se había encontrado tan envuelta en el placer y en su amor por él que no le pidió un hijo entonces.
En cambio, se quedó callada mientras él la limpiaba cuidadosamente. No quería pensar en nada, sólo deseaba disfrutar el cálido sentimiento que la asaltó cuando él, después de limpiarla se tumbó junto a ella y la abrazó.
Hinata inclinó la cabeza y miró la parte de él que era la causa de todos sus males.
—Ni siquiera eres apuesto como el resto de Naruto. A decir verdad, pareces un poquito raro.
Naruto se agitó. Su excitación aumentaba, el miembro se endurecía y crecía ante los ojos de Hinata.
—¿Me veo raro? —El somnoliento Naruto parecía molesto. Hinata sonrió a su pequeño y adorable abdomen—. ¿Qué tipo de comentario hace mi esposa la mañana que sigue a la noche de bodas?
Hinata le besó el pecho y levantó la cabeza para sonreír a su contrariado rostro.
—No quise decirlo como un insulto, esposo, pero tienes que admitir que esa parte de tu anatomía masculina es, más bien... cómica.
Los ojos de Naruto se abrieron de par en par. Sus fosas nasales se agrandaron. Su masculinidad se endureció aún más.
—¡Mi verga no es cómica! Es un espécimen extremadamente perfecto.
—Naruto, lamento que te ofendas con mi opinión, pero no puedo evitarlo... me parece... gracioso. ¡Míralo! —Ambos miraron al tiempo. El miembro creció, y al moverse parecía saludarlos—. ¿Ves? Nos reconoce. Y se pone rojo, como si fuera tímido.
—¡Hinata! —dijo Naruto, suspirando—. Deja de burlarte de mi pene. No es cómico ni tiene nada de gracioso. Es masculino. Late fuertemente con virilidad. Es sinónimo de vigor. Debes saber que mujeres de todo el mundo se han derretido ante él. No he recibido más que alabanzas y gratitud de todas las mujeres a las que ha dado placer.
La risilla de Hinata cesó súbitamente. La mujer se puso seria y entornó los ojos.
—¿De veras? ¿Has estado con mujeres de todo el mundo?
—Hay legiones de mujeres allá fuera que harían declaraciones juradas atestiguando la naturaleza más que sería de mi verga —continuó Naruto, señalando su entrepierna con la mano—. Es una cosa majestuosa, un monumento masculino al acto del amor, un guerrero y, si te parece...
—Un gracioso y juguetón guerrero del amor. —Hinata resopló mientras deseaba que todas esas mujeres que habían compartido el cuerpo de Naruto se fueran al diablo—. No hace falta que lo digas todo con tanta solemnidad, esposo. Al fin y al cabo, no he dicho que no sea una gran fuente de placer.
—¡Te burlaste de mi pene! ¡Lo ridiculizaste!
—No me burlé...
—Es un milagro que no hayas destruido mi autoestima —dijo Naruto, mientras acomodaba a Hinata boca arriba, sobre su espalda—. De hecho, creo que ahora tienes la obligación de probarnos, tanto a mi verga como a mí, que todavía crees en ella. Qué crees en mi virilidad.
—¿Has hablado de mujeres de todo el mundo? —preguntó Hinata, mientras su cuerpo se derretía por las caricias y tocamientos del marido—. ¿Y estás seguro de que harían declaraciones juradas sobre ese muñequito?
Él le mordió la nariz.
—Un poco de respeto... Pero reconozco que quizá exageré un poco.
—Espero fervorosamente que no hayas exagerado —contestó Hinata, poniendo las piernas alrededor de sus caderas y gimiendo suavemente mientras él reclamaba su boca.
El aliento de Naruto era caliente y agitado sobre sus labios, pero no se acercaba a la velocidad salvaje de los latidos de su corazón. Naruto le chupó el labio inferior, Hinata pensó que iba a llorar de placer.
Luego, le dio mordiscos en la comisura de la boca, demandando sin palabras que abriera sus labios para él. Hinata creyó que se iba desmayar. La lengua del marido se sumergió en su boca, barriendo cualquier objeción, saboreándola, provocándola, acariciándolo.
Hinata llegó a estar convencida de que se iba a morir. Pero, cuando él empezó a succionarle la lengua y la metió dentro de su boca, cuando ella saboreó su gemido de placer, la mujer supo que en realidad ya había muerto, que estaba en el cielo.
Lo estrechó más contra cuerpo, le apretó su cabeza, tratando de saborearlo, de sentirlo, de unirse a él, todo al mismo tiempo. Sus sentidos volaban con cada contacto.
Era demasiado gozo en tan poco tiempo, demasiada estimulación, muy poco control. Pero nada de eso importaba cuando ella se arqueaba contra él, mientras Naruto zambullía la lengua en su boca.
Pequeños gemidos de placer surgían de las profundidades de su garganta.
Naruto escuchó aquellos pequeños lamentos y perdió el poco control de sí mismo que hasta ese momento evitaba que se hundiera en el cuerpo de Hinata.
—¡Por los testículos de Satanás! ¡Sólo soy un hombre! No puedo contenerme ante tanta tentación.
Hinata parpadeó, sus ojos estaban nublados de deseo, su piel ardiente de pasión. Ella sabía que él estaba hablando, pero no entendía las palabras que pronunciaba.
—¿Por qué estás hablando? No es momento de hablar. Es el momento de hacer el amor. Dedícate a ello —le ordenó, a medida que sus piernas se movían incansablemente debajo de Naruto, rozándole la piel en un provocativo movimiento.
—No te muevas, no me beses, no respires. Sólo quédate aquí acostada, y tal vez pueda ser capaz de hacer esto sin avergonzarme por segunda vez. —Naruto se inclinó para acariciarle los senos con los labios.
Hinata deslizó una pierna debajo de él y la ciñó alrededor de su pantorrilla, lo que hizo que Naruto se echara para atrás como si le hubieran disparado en el trasero. Sus ojos, verdaderamente, devoraban la carne de Hinata, y su mirada era tan intensa que ella juraba que podía sentir que la tocaba.
—Sigue así.
—Eres tan suave —dijo Naruto roncamente mientras la miraba—. Dondequiera que miro, veo divina piel blanca, deliciosa, brillante, un verdadero festín de exquisita piel. Y todo este cuerpo es mío, todo mío.
Hinata no pudo contenerse, y empezó a reír.
—Sí, soy tuya, toda tuya. Y ahora que lo sabes, ¿qué piensas hacer con tu propiedad?
—Quiero tocarte por todas partes, quiero saborearte, quiero sumergirme en lo más profundo de tus sedosos pliegues y perderme en tu calor.
Hinata le acarició la cara, los brazos, el pecho.
—¿Y qué es lo que te detiene?
Naruto emitió un varonil gruñido.
—Soy un caballero. Primero debes decirme lo que tú quieres. ¿Te toco, te saboreo o me sumerjo? —Su voz sonaba áspera, casi angustiada, y retumbaba en lo más profundo de Hinata.
Naruto la besó de nuevo, un beso profundo, un beso que exigía, un beso inaplazable.
—Querido, yo...
—Decídete de una vez. Rápido. No tengo demasiado tiempo antes de... No tengo mucho tiempo.
—Mmm. Tal vez pueda hacer algo para ayudar. — Hinata se retorció para salir de debajo de él, empujándolo para darle vuelta y dejarlo acostado sobre su espalda.
—Qué oportunidad más perfecta para intentar la «Carrera de Obstáculos».
Naruto la miraba fijamente con sorprendido placer, mientras ella se montaba sobre sus muslos.
Hinata sonrió.
—Estás completamente en lo cierto, Naruto.
—Seguro que lo estoy. Pero, ¿acerca de qué?
Ella estiró una mano para tocarle el pene, y él gimió con infinita satisfacción.
—Estás caliente y excitado, y tan suave como el terciopelo, pero no tienes nada de gracioso. Ya no.
Naruto la agarró por la muñeca y detuvo la exploración de Hinata.
—Por el amor a Dios, mujer, ahora no. No, a menos que quieras que todo se acabe y otra vez me quede sin cumplir con mi obligación. —Su voz sonaba como si estuviera sofocado.
Hinata sonrió, y deslizó del cuerpo a lo largo de su regazo hasta que la punta de él provocó su ardiente núcleo.
—En la «Carrera de Observación», el jinete, es decir yo, tiene control absoluto sobre su semental. Ése eres tú —agregó, sólo para asegurarse de que él lo entendiera completamente—. La responsabilidad del jinete es cerciorarse de que su semental no se agote antes del final de la carrera.
Los ojos de Naruto se abrieron cada vez más a medida que ella se deslizaba un poco más hacia él.
—Cada vez me sorprendes más, deliciosa mujer.
—Saber medir el tiempo y el ritmo lo es todo en la «Carrera de Obstáculos». Quien sea más rítmico y seguro, incluso lento, gana la carrera.
Naruto la miraba fijamente, sin poder hablar. Un furioso latido golpeaba con fuerza su cuello a medida que ella subía y bajaba por su excitado mástil.
—Pero es una tortura.
—Una maravillosa tortura. Descubrí que al demorar nuestra gratificación, al prolongar nuestro dulce tormento, el momento de éxtasis final se multiplica diez veces.
Ella volvió a subir y bajar, sinuosa, húmeda, jadeante.
—Veinte veces.
—Cien veces.
Naruto gimió esperanzado, mientras ella continuaba su lenta cabalgada.
La lúbrica humedad de los dos, mezclada, les proporcionaba un delicioso contacto, una fricción que hacía que Hinata se sintiera a la vez llena e insaciable.
Abrió los ojos completamente y miró a Naruto con un deseo casi animal. Los ojos azules como el mismo cielo de su marido hablaban con más fuerza y más elocuencia que las palabras, le decían lo mucho que la quería y la deseaba, y con un sollozo de felicidad se dio cuenta de que lo había encontrado, de que al fin tenía el hombre ideal con quién compartiría la vida.
Le besó, le mordió la boca.
—Me voy a morir aquí mismo. —Naruto gimió mientras ella se echaba de nuevo sobre él, sosteniéndole los hombros y jadeando, sintiéndose mujer como no se había sentido jamás.
Hinata cerró los ojos por un momento para disfrutar la sensación de tenerlo metido profundamente dentro de ella, pero los abrió nuevamente cuando su marido emitió un incomprensible y ahogado sonido.
Sus manos se apretaron en sus caderas, sujetándola con enorme fuerza, impidiendo que se moviera en la manera en que ella se quería mover.
Y entonces la mujer notó que ciertos músculos que no recordaba tener se apretaban alrededor de la virilidad de Naruto, arrancando fuertes gemidos de puro placer masculino. Sus ojos estaban fijos en Hinata, pero ella podía jurar que no veían nada. Estaba en otra región, la del éxtasis erótico.
Naruto había dejado de respirar.
—¡Naruto! ¡Querido! —Hizo ademán de moverse para sacudirle, con objeto de que se despertara, pero la sensación que notó al deslizarse a lo largo de su erecto pene la hizo detenerse.
El pecho de Naruto se movió al fin una vez, y después una vez más. Hinata se echó hacia atrás, sus ojos se entrecerraron por el placer de sentir que él se deslizaba de nuevo dentro de ella. Se agarró con fuerza de sus hombros.
Sus dedos se hundían en los músculos de Naruto, mientras él se agitaba bajo su cuerpo. Ella se levantó, posó la frente en la de él y se volvió a echar hacia atrás.
—Los sementales en la «Carrera de Observación» —dijo Hinata mientras experimentaba nuevos movimientos y sonreía lenta y satisfactoriamente al oír un gemido de Naruto— pueden ser montados durante mucho tiempo si se establece el paso adecuado.
Naruto parecía tener otras ideas. Justo en el momento en Hinata había encontrado un ritmo que le hacía gemir sin parar, el hombre se dio la vuelta y la obligó a ella a quedar de nuevo boca arriba sobre la cama, con las piernas ceñidas en la cintura de su semental. En la postura tradicional, Naruto la penetró con una fuerza inaudita, que la hizo volar de dicha.
—¡Eres mía! —gritó el marido posesivamente, estremeciéndose, casi sin respiración.
A Hinata no pareció importarle que pusiera fin a sus experimentos eróticos con aquel primitivo arrebato. ¡Lo único que importaba a la excitada hembra era que él le pertenecía! ¡Era suyo! ¡Sólo suyo, enteramente suyo!
—Sí. Y tú eres mío.
—¡Mía! —Naruto parecía invitarla a responderle, a gritar más y más, pero ella ya no era capaz de emitir palabra alguna. Sentía una deliciosa tensión, un placer doloroso, gozoso, tan dentro de ella que la hacía perder el control sobre todo su ser.
Hinata alzó las caderas, llevando sus rodillas hasta el punto más alto de la espalda de Naruto, abrazándolo más violentamente que antes, mordisqueando su cuello con verdadero placer.
La sensación de estar llegando a la cumbre no hacía más que crecer. Pero no sabía dónde estaba esa cumbre. Al fin pudo pronunciar algunas palabras.
—Sí, soy tuya.
—Mi esposa —gimió Naruto, hundiéndose en ella una y otra vez.
Hinata soltó entonces una letanía de incoherencias, palabras sin sentido, pero cargadas de emoción, más apasionadas a medida que sentía cómo su ser se libraba de sus ataduras y se fusionaba con Naruto.
Sus dos almas estaban juntas, encendidas como una hoguera tras sus ojos. Y ella gritaba su nombre. Estaba gritándolo cuando, repentinamente, Naruto se apartó de su cuerpo con una especie de prolongado gemido final.
—Yo... creo... que... ganaste... la... carrera... —dijo ella entre jadeos, con la boca contra el hombro de Naruto, abrazándolo casi con furia.
—Tienes razón, sí que gané. —Ambos temblaban, sudaba, se amaban—. Aunque reconozco que tú ayudaste un poco.
Hinata no tenía fuerzas ni para sonreír. Verdaderamente, no tenía fuerzas para nada, ni siquiera para protestar porque él se había alejado de su cuerpo. Hinata sabía por qué su marido no quería eyacular dentro de ella.
Ese comportamiento, desde luego, no tenía nada que ver con su propio placer. Pero quería ser madre, criar a sus hijos, a los de Naruto y a los de su marido y ella. Y para ser madre no tenía mucho tiempo que perder, hablando en términos biológicos. Era ahora o nunca.
—Quiero que me fecundes ahora —dijo suavemente, reuniendo la fuerza suficiente para volver la cabeza y mirar a su marido.
El pecho de Naruto subía y bajaba con rapidez, al tratar de recobrar el aliento. Su piel estaba empapada de sudor y sus ojos se habían cerrado. Naruto levantó una mano para protestar por las palabras de Hinata, pero la dejó caer sobre la cama, inerte.
—Ya hemos hablado de eso. Además, ahora es imposible. Has acabado conmigo. Estoy muerto. He fallecido. Soy lo que queda de Naruto. Quizás más adelante, en uno o dos años, tras haberme recuperado de este insidioso método que escogiste para destruir mi pobre cuerpo masculino, podemos hablar de fecundación, pero no ahora. Ahora no es posible. Ahora ni siquiera existe para mí. ¿Ves? No soy nada.
Hinata usó el paño que había a un lado de la cama para limpiarse el abdomen, después se puso de lado y se apoyó la cabeza en la mano.
—Puedes hablar. —Soltó un fingido suspiro de tristeza—. Pues no he debido hacerlo bien si todavía puedes hablar. Debo trabajar la gimnasia matrimonial con mayor ahínco la próxima vez. Mejorar se convertirá en la meta de mí vida, Naruto. Sin duda alguna, con la práctica, llegaré a cumplir todas mis metas.
El hombre entornó los ojos, pensativo.
—Si cumples tus metas, seguramente me matarás.
—Es preocupante, pero halagador —dijo Hinata, y se acomodó perezosamente en el húmedo pecho de Naruto.
—¿Dónde aprendiste esto de la «Carrera de obstáculos» como lo llamas? — preguntó Naruto tras unos instantes.
Hinata estaba preparada para esa pregunta. Desde luego, no le iba a contar que era la autora de la Guía, pero se daba cuenta de que Sumire no se había equivocado al juzgar a Naruto como un hombre abierto a ese tipo de asuntos y experimentos eróticos.
Así que insinuar que la había leído no era una mala idea. La clave era decirle la verdad sin decirle toda la verdad.
—Bueno, es una de las sugerencias que aparecen en la Guía de gimnasia conyugal.
Naruto la miró con ojos brillantes.
—¿La has leído?
—Sí, la he leído. Incluso frecuentemente durante los últimos años. Me imagino que lo hacía para recordar el tipo de cosas que pueden hacerse cuando se tiene marido.
—Qué sorpresa. Pensaba recomendarte que lo leyeras un poco más adelante, cuando tuviéramos un poco más de experiencia en común, pero me agrada que ya estés al tanto de... en fin, ya sabes. ¿Cómo llegó el libro a tus manos? ¿Fue cosa de tu marido?
Hinata escogió sus palabras cuidadosamente.
—Él fue el responsable de que yo leyera la Guía, sí.
Naruto suspiró y volvió a cerrar los ojos, meditabundo. Abrazó a la mujer con más fuerza. Hinata estaba visiblemente satisfecha. Y él también. Ambos pensaban lo mismo en ese momento de silencio: que las cosas funcionarían bien entre ellos.
—Mi vida se va a venir abajo, se va a arruinar. Lo sabes, ¿verdad? —preguntó Hinata cuatro semanas después.
Pero no interrogaba a su marido, sino a Ayame, su tímida criada. Ayame había mejorado en el transcurso de las últimas semanas, hasta el punto de que ya no se limitaba a cruzarse de brazos mirando al suelo cuando su señora hablaba, pero todavía se ponía algo nerviosa cada vez que Hinata daba rienda suelta a cualquier pensamiento poco convencional que flotaba en su mente.
—Pero, señora, es un vestido muy bonito. — Ayame estaba inquieta, confundida, mientras observaba a Hinata fruncir el ceño frente al espejo—. Le sienta muy bien, está preciosa. Los colores son preciosos, y a juego. No sé por qué va a arruinarle la vida.
Hinata dejó de fruncir el ceño por sus pensamientos y se miró durante largo rato en el espejo.
El color vino tinto de la seda resaltaba muy bien su cabellera negro, y el corte del vestido, aunque un poco más alto en el corpiño de lo que ella estaba acostumbrada, era bastante halagador.
—No quería decir que este vestido me vaya a arruinar la vida. Naruto es muy bueno al traer a madame Sinclair para que nos hiciera nuevos vestuarios a Sumire y a mí.
Claro que este vestido es muy bonito, Ayame, pero el caso es que a pesar de ser la dueña de diez nuevos vestidos para el día, cuatro para la cena, seis camisones, tres vestidos de baile, dos trajes de montar, y más medias y guantes de los que pueda contar, aún así mi vida se va a venir abajo y se va a arruinar.
Ayame soltó una especie de lamento que logró que Hinata cerrara los labios y se tragara el resto de sus quejas. La criada se estaba poniendo nerviosa, y la última cosa que Hinata quería era que la criada saliera corriendo antes de que terminara de peinarla.
Quince minutos después, Hinata dejó ir a Ayame y se fue a buscar a su marido. Había llegado el momento de la verdad. Su verdad.
—Buenos días, Sumire. ¿Has visto a Naruto?
Sumire se detuvo junto a la escalera, los dos criados que la estaban siguiendo se pararon dócilmente detrás de ella.
—Creo que fue abajo, a trabajar en su proyecto. Hinata se mordió el labio inferior.
—Vaya.
—Silbaba y sonreía, parecía muy contento —añadió Sumire amablemente.
—¿De verdad? —Hinata se sonrojó un poco, sólo un poco.
Tenía que admitir que, aunque existían partes de su vida que definitivamente podían mejorarse, su relación física con Naruto había sido absolutamente perfecta.
El marido se había mostrado muy entusiasta a la hora de poner en práctica los ejercicios propuestos en la Guía, y hasta se inventó alguna que otra nueva postura.
Además de los encuentros nocturnos, Naruto desplegaba su talento erótico y su creatividad gimnástica cada mañana, al despertar. A Hinata no le extrañaba, pues, que Naruto anduviera por la casa sonriente. Ella también se sentía feliz. Físicamente feliz.
—De verdad —contestó Sumire, mirándola con ojos cómplices. Hinata hizo un esfuerzo para no reír de uro gozo—. Umino me ha dicho que no había visto a Naruto tan contento desde hacía años, como poco desde que enviudó. Él dice que está así de contento porque le satisfaces mucho.
—Umino es un impertinente. —Hinata se sonrojó un poco más—. ¿A dónde vas con esa enorme red y esa escalera?
—Murciélagos —dijo Sumire de manera concisa y algo enigmática, y tras dedicar a su tía una alegre sonrisa, procedió a subir el siguiente tramo de escaleras.
Hinata se hizo a un lado para dejar que los criados pasaran, tratando de decidir si se dirigía hacia el despacho de Naruto o si iba a ver antes a los niños. Realmente, era una cuestión de decidir entre dos males...
Los niños siempre estaban tramando algo, generalmente algo que la hacía quedar mal ante Naruto. Por otro lado, tenía que hablar con Naruto...
Respiró profundamente y dirigió sus pies hacia la escalera que conducía al salón.
Amaba a su marido, lo amaba demasiado, más de lo que había amado a cualquier hombre en su vida y, después del incidente de la noche anterior, había llegado el momento de revelarle la verdad. O parte de ella... la parte que involucraba a Toneri.
Ella le debía una explicación.
—Buenos días, lady Rasengan. Está usted tan encantadora como las rosas de té que descubriste en el jardín.
Normalmente Hinata habría disfrutado con los halagos de Iruka, aunque ella sabía que su aprobación tenía más que ver con el hecho de que había logrado persuadir a Naruto para que limpiaran su estudio que con cualquier otra cosa que hubiera hecho desde que se había casado con él.
Pero esa mañana tenía que desvelar un horrible secreto. Los cumplidos podían esperar. Se mordió el labio.
—¿Está Naruto trabajando en su proyecto?
—Sí. Han llegado otras dos cajas de Rosehill esta mañana temprano. Las está clasificando.
Soltó una silenciosa maldición. Cajas llenas de papeles le habían estado llegando de manera constante durante las últimas dos semanas. La llegada de cada una anunciaba un periodo durante el cual Naruto era inaccesible durante mucho tiempo, casi siempre hasta la hora de la comida.
Hinata se moría por saber en qué consistía el proyecto, pero todo lo que Naruto le decía era que estaba revisando un episodio de su pasado para ayudar a alguien del gobierno.
Hinata no había querido curiosear, aunque el hecho de que no le confiara detalles sobre su proyecto le dolía. De todas formas, El carácter irónico de la situación —que ella no le hubiera confiado a él sus propios secretos— no abandonaba su mente, y sólo lograba que se sintiera mucho más incómoda.
Menos mal que había estado ocupada en su intento de poner orden en la casa, el personal, y en las sesiones diarias con la modista que Naruto le había contratado.
Gracias a todo eso y a que tuvo que escoger colores de pintura para las paredes, seleccionar muebles que debían ser tirados o remodelados, rebuscar en los áticos en busca de tesoros escondidos para distribuirlos por toda la casa, no pudo presionar a Naruto para que le contara más detalles sobre su proyecto.
—Iruka... —Hinata echó un vistazo a la puerta de la oficina de Naruto y después dirigió toda su atención al secretario que se encontraba frente a ella—. Exactamente, ¿en qué consiste este proyecto en el que Naruto está ocupado?
La mirada de Iruka se deslizó desde Hinata hasta un punto indeterminado de la pared que había tras ella.
—No sabría decirle, señora.
—Claro que sabría decirme, Naruto se lo cuenta todo. Usted quiere decir que no va a contarme nada.
Iruka inclinó la cabeza para admitir que tenía razón.
—Discúlpeme, señora.
—No me agradan los secretos, Umino —dijo Hinata, olvidando por completo que no era la más indicada para reprochar a nadie que anduviera guardando secretos—. Naruto me contó que su proyecto tiene algo que ver con un acontecimiento de su pasado. ¿Qué acontecimiento?
—Tendrá que preguntarle eso al señor, señora.
Hinata suspiró, y miró en dirección al despacho de Naruto.
—Estoy muy decepcionada con usted Iruka, verdaderamente lo estoy.
—Le aseguro que me apena mucho oír eso.
—Me esperaba mucho más de usted.
Iruka bajó la cabeza como si estuviera abrumado por el pesar.
—No debe tomarlo a mal.
—Había pensado que éramos amigos. Los amigos, como bien debe usted saber, se cuentan las cosas, particularmente cuando dichas cosas conciernen a una persona muy querida.
Iruka seguía en la misma actitud, pero no cedía.
—Recordaré eso para el futuro.
No podía sacarle nada, era evidente. Iruka guardaba el secreto de tal manera, con tanta elegancia, que Hinata lo encontraba admirable. Tomó aire y llamó suavemente a la puerta del despacho de su marido, para enseguida entrar sin esperar respuesta.
Todavía era una estancia oscura y algo tenebrosa, pero al menos estaba limpia. Por las ventanas ahora entraba un poco de luz.
Estaban abiertas, el fragante aroma de tierra removida y el pasto recién cortado entraba a bocanadas a la habitación, el lejano mugir del ganado y el canto de los pájaros le recordaban lo maravilloso que podía llegara a ser el verano.
¡Si pudiera sacar a Naruto un rato al exterior, a disfrutar del clima y del paisaje!
— Naruto, ¿tienes un momento?
Él levantó la mirada emergiendo de una montaña de papeles. Le brillaban los ojos.
—Para ti, tengo todos los momentos que desees.
Hinata le regaló una débil sonrisa, nerviosa. Sentía una mezcla de excitación y temor ahora que había llegado la hora de la verdad.
Fue hacia la mano que Naruto le tendía, permitiéndole que la depositara sobre su regazo.
—Supongo que no has venido a desplegar tus encantos femeninos —le comentó Naruto, mordisqueando lentamente su cuello—. ¿O puedo tener la esperanza de que estás aquí para seducirme y salvarme del tediosamente aburrido trabajo de clasificar estos papeles?
Hinata se movió, inquieta, sobre su regazo, intentando calmar a su desbocado corazón, buscando desesperadamente las palabras que debía decirle.
Naruto siempre lograba borrar el más simple de los pensamientos de su mente cada vez que la tocaba. Posponiendo el momento de la verdad, aprovechó el tema de conversación propuesto por Naruto.
—¿Es tu trabajo tan desagradable, entonces? ¿Hay algo con lo que te pueda ayudar?
Naruto le besó la oreja.
—Gracias por esa oferta tan desinteresada, pero no. Desearía que pudieras, pero es algo que debo hacer yo mismo.
Hinata se retorció de nuevo, y él le agarró la cintura, abrazándola firmemente.
—¿Qué es lo que estás buscando?
—Sólo unas notas viejas y aburridas, nada por lo que debas preocuparte.
—Se me dan muy bien los viejos papeles. Me haría muy feliz poder echarte una mano.
El hombre sonrió con maravillosa serenidad.
—Mi amor, no sería capaz de concentrarme ni en mover un dedo contigo a mi lado. Estaría demasiado ocupado pensando qué nuevo ejercicio poner en práctica...
—Pero...
—No, gracias, Hinata. Es posible que termine con esto en una semana y cuando llegue ese momento, te prometo que seré el mejor esposo del mundo.
De repente Hinata sintió que la inundaba una oleada de culpa que hizo que su corazón se contrajera dolorosamente. Naruto era tan maravilloso con ella, ¿cómo podía pensar él que no era ya un marido perfecto?
La vergüenza hizo que sus palabras sonaran insignificantes y desagradecidas.
—Muy bien. Si tú no deseas compartir tu trabajo, o sea tu carga, conmigo, entonces no curiosearé.
Naruto se rió y le besó el mentón.
—Como si no te hubiera cargado ya con suficientes cosas. —El corazón de Hinata se hundió.
El tono y las palabras de Naruto eran juguetones, pero su significado era claro. No había logrado buenos resultados con las responsabilidades que él le había encargado, no era una sorpresa que no le confiara nada más.
Antes de que Hinata pudiera contestar, Naruto continuó—. Antes de que me olvide de mí y me dedique a investigar los encantadores senos que sé que están escondidos bajo tu corpiño, dime, ¿cuál era la razón por la que querías verme?
Hinata no podía mirarlo a los ojos. Se mordió el labio y se dijo que no podía ser tan cobarde. Finalmente soltó:
—Es algo... desagradable. Naruto gruño.
—Muy bien. Suéltalo de una vez. ¿Qué han hecho esos demonios esta vez?
—Los niños no han hecho nada.
—¿No? No habrá habido otro accidente, ¿verdad? Hinata frunció el ceño.
—No, sabes que te lo contaría enseguida si pasara algo así, pero ya que traes eso de los accidentes a colación... Naruto, ¿no crees bastante extraño el hecho de que tantas cosas hayan salido mal en las últimas semanas? Primero Konohamaru enfermó al comer algo que todavía no hemos identificado...
Su marido levantó las cejas.
—Pensé que habíamos llegado a la conclusión de que había comido una baya venenosa por error.
Hinata negó con la cabeza.
—No estoy convencida de eso. Él dice que no comió ninguna baya, pero está ocultando algo. Después, las niñas y Sumire fueron abordadas por ese gitano mientras caminaban por el campo...
—No era más que un vagabundo en busca de limosna.
—Ya... y después Deidara tuvo esa caída del caballo. Tú mismo dijiste que habías encontrado un par de espinas bajo la silla, así que el pobre Amanecer Helado no tuvo más remedio que corcovear cuando estaba siendo montado por Deidara.
La mano de Naruto se deslizó por el muslo de Hinata, que tuvo que luchar para concentrarse y evitar tan poderosa distracción.
—Sí, pero también dije que los niños habían estado arrastrando las gualdrapas, y así no es difícil que se les peguen unas astillas.
—Eso es improbable —objetó Hinata, ignorando el calor que le generaban las caricias de Naruto.
—Pero no imposible.
—Además, está lo de... Naruto suspiró.
—Hinata, ¿me vas a contar de nuevo cada incidente que ha sucedido durante el último mes? Porque de ser así, preferiría que estuvieras desnuda para que por lo menos pudiera disfrutar de un bonito panorama mientras me cuentas esas cosas tan tristes.
Hinata quitó rápidamente la mano de Naruto del lugar en el que estaba, molesta al pensar que después de un mes intentando controlar a los niños, ellos seguían comportándose como maniáticos.
— Naruto, estoy hablando en serio.
—Lo sé, y aprecio mucho lo preocupada que estás por los niños, pero por lo bien que los conozco sé que debo ser sincero: el desastre los sigue a ellos como su sombra. Lo que no causan ellos mismos parece ser atraído por ellos. Una vez que aprendas a aceptar eso, estarás mucho más tranquila.
—Uff. —Hinata no estaba de acuerdo con aquella apreciación, pero sabía que no era el momento de discutirlo.
—¿Era eso lo que venías a decirme?
—No, lo que he venido a decirte me concierne a mí. Naruto entornó los ojos.
—¿A ti? ¿Qué podrías decirme acerca de ti que sea desagradable? ¿Has cambiado de opinión sobre mí y has decidido escaparte con Killer Bee?
—No, no es eso —respondió Hinata, incapaz de entrar en las bromas de su esposo. Le besó la nariz—.No hay ningún hombre que pueda compararse a ti, Naruto.
—Muy bien. Entonces, ¿de qué se trata?
—Es... acerca de anoche.
—¿Anoche? —Las cejas de Naruto se elevaron una vez más—. ¿A qué te refieres?
Las mejillas de Hinata se tornaron de color rosa bajo la mirada de Naruto.
Maldijo su rubor. Ella había practicado casi todas las gimnasias posibles con Naruto, había visto, tocado y saboreado casi todo el cuerpo de su esposo. No obstante, cada vez que él mencionaba sus actividades, ella se sonrojaba.
—Anoche, cuando hiciste «El matador frente al toro salvaje», tú...tú —la mirada de Hinata descendió hasta los hombros de Naruto — terminaste dentro de mí, en lugar de hacerlo afuera, como lo habías hecho antes.
—Ah. Sí. Eso. —La voz de Naruto sonó un poco tensa.
Hinata le echó un tímido vistazo, sin saber lo que vería, y se quedó sorprendida de encontrar los ojos de Naruto llenos de arrepentimiento. Su mandíbula se apretó antes de que él comenzara a hablar de nuevo.
— Te pido disculpas, querida. No era mi intención hacer eso, pero el movimiento del matador me tenía más cercano al límite de lo que yo creía. Te aseguro que no volverá a ocurrir.
Las esperanzas de la mujer cayeron en picado.
—¿No ocurrirá?
—No, te hice una promesa y la mantendré.
Demonios, ella debió haber sabido que aquello fue un error y no un signo de que Naruto estaba empezando a ceder en ese tema.
De todas maneras, Hinata se había prometido a sí misma que el día que Naruto confiara en ella lo suficiente como para dejarle su semilla, ella le revelaría uno de sus secretos.
—Entiendo.
Naruto la tomó del mentón y levantó su rostro para mirarla a los ojos, la preocupación se hacía evidente en la mirada de Naruto.
—¿Acaso te hice daño cuando hice el matador?
—No, no me hiciste daño, todo lo contrario. Siempre ha sido una de de mis gimnasias favoritas, pero Toneri nunca fue muy hábil para eso.
Naruto se relajó y una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Supongo que no está bien competir con los muertos, pero debo admitir que me alegra poder tener más habilidades que tu esposo en, por lo menos, un asunto.
Hinata se mordió el labio, se maldijo por ser tan débil de espíritu, respiró profundamente y se fortaleció para hablar y esperar la reacción de Naruto.
—Toneri no fue realmente mi primer esposo. Tú lo eres. Lo que quiero decir es que él ya estaba casado cuando se casó conmigo. Pero yo no lo supe hasta seis semanas después, cuando admitió que era bígamo y que lo había hecho sólo porque sabía que nunca aceptaría convertirme en su amante, en su concubina, lo cual era cierto, pues jamás habría aceptado algo tan escandaloso.
Aunque lo que hice terminó siendo más escandaloso, porque todo el mundo pensó que yo simplemente me había metido en su cama, cuando realmente yo pensaba que estábamos casados. Y me rechazaron, rechazaron a toda mi familia, hasta que fui desheredada. Causaron a mi pobre hermana una fatal depresión. No pudo superar el terrible escándalo.
Se hizo un silencio.
Hinata se quedó sin aliento antes de poder terminar la explicación. Naruto permaneció sentado, quieto como una roca, con los ojos fijos en ella. Ninguna palabra salía de sus labios.
La mirada de Hinata cayó ante la de Naruto, pues le era imposible continuar mirándolo. Estaba segura de que decirle la verdad iba a ser terrible, pero aquello era insoportable, así que volvió a hablar.
—Debí decírtelo antes de la boda. Tenía demasiado miedo de que no quisieras casarte conmigo si te lo contaba. Soy una cobarde, Naruto, y estoy muy arrepentida. Te mereces algo mejor. Si quieres que yo me... me vaya, lo haré.
Naruto levantó con suavidad la barbilla de Hinata para alzar su rostro, forzándola a mirarlo a los ojos. La mirada del hombre era inescrutable.
—¿Hablas de irte ahora de esta habitación, o de dejarme?
Las lágrimas pugnaban por asomar a los ojos de Hinata. Tragó saliva.
—Lo que tú prefieras.
El beso de Naruto la sorprendió por completo. Su boca era de fuego, todo pasión, mientras se deleitaba con los labios de Hinata y metía la lengua con fuerza irresistible. La esperanza que se había echado a perder, convirtiéndose en polvo hacía un momento, resurgió como el ave fénix.
—Tonta. Como sí pudiera vivir sin ti.
—¿No podrías vivir sin mí? —preguntó Hinata, y su voz temblaba a medida que sus ojos se llenaban de lágrimas. ¿No estaba molesto? ¿No estaba furioso? ¿No estaba resentido, decepcionado y sorprendido por su pasado?
Naruto la besó nuevamente, esta vez con mucha suavidad, mientras su pulgar le secaba las lágrimas que ya salían, incontenibles, de sus ojos.
—Debes saber, a estas alturas, que yo no puedo vivir sin ti, ninguno de nosotros puede vivir sin ti. Lamento mucho que te trataran tan mal, tanto el hombre en quien habías depositado tu confianza como tu familia. Pero no sé cómo puedes pensar que eso influirá de alguna manera en nosotros.
—Pero... pero... El escándalo...
Naruto se rió de buena gana. El ánimo de Hinata, que hasta entonces había estado por los suelos, por no decir bajo tierra, se levantó. ¡No estaba furioso! ¡Reía francamente! ¡Todavía la deseaba!
—No hay escándalo que valga. Tú no tuviste culpa alguna.
—Fue un terrible escándalo —insistió Hinata, que una vez contado lo principal, quería que conociese todas las ramificaciones y consecuencias de aquellos tristes sucesos—. Mi padre dijo que me trataría como a una extraña y que nadie que fuese decente podría tener amistad conmigo.
—Tu padre no pensaba lo mismo que yo —dijo Naruto. Su suave sonrisa hizo que los ojos de Hinata volvieran a llenarse de lágrimas, esta vez de amor. ¿Cómo podía un hombre ser tan maravilloso?
—Eres mí esposa ahora, Hinata. El hecho de que fueras engañada por la peor clase de rufián hace veinte años no es mí problema.
—Pero mi padre dijo que...
—Tu padre no tenía razón. Conozco a la gente y sé que le encanta el escándalo. Muchas personas se alimentan de él, y si no existe se lo inventan.
—¿Cómo sabes eso? Fueron muy crueles con mi hermana y conmigo. Sumire también ha sufrido con esto, pues no fue criada de la forma que le correspondía, no ha tenido las comodidades que debió tener, no fue adoptada por mi familia cuando su tío murió. No quiero que mi pecado hiera a los niños de la misma manera que ha herido a Sumire.
— Sumire no parece herida en absoluto —Naruto se rió—. Ha florecido aquí, ha mejorado mucho, por si no lo has notado. El único mal que hay ahora en su horizonte son esos malditos pantalones de montar que no le dejas ponerse.
—Sí, pero los niños...
—Ellos están bien y este viejo asunto no podría herirlos de ninguna manera. Puede que tú pienses que mi título no es gran cosa, pero te aseguro que ser marqués tiene sus ventajas, una de los cuales es poder borrar cualquier mancha que exista en tu cuaderno. Y lo que mi título no pueda hacer olvidar, mi reputación sí podrá hacerlo.
Hinata pensó por un momento que Naruto, al fin y al cabo todo un marqués, podría ejercer suficiente influencia como para hacer que la gente aceptara a la notoria Hannah La Perla como su esposa... Pero enseguida desechó el pensamiento.
Al menos ese secreto se encontraba a salvo. Nadie más que Sumire, el editor y ella misma sabían la verdad, y ninguno de ellos hablaría.
Naruto volvió a reír, abrazó a Hinata y rápidamente la besó. Luego, la empujó suavemente para bajarla de sus rodillas.
—Si no te vas ya, voy a tirar todo eso al suelo, voy a subirte a una esquina de mi escritorio, abrirte tus hermosos muslos blancos y...
—¡Naruto! —Hinata se quedó mirando fijamente hacia la abierta ventana. Un jardinero recién empleado estaba fuera y los miraba con la boca abierta.
Naruto dedicó a Hinata otra de su maravillosas sonrisas.
—¿Lo ves? Eres una mala influencia para mí. Vete, antes de que le dé al jardinero una razón por la cual alarmarse.
—Pero no he terminado de hablar contigo sobre el escándalo...
—No hay nada más que decir. —Le hizo un gesto para que se fuera—. Saca tu adorable y tentador ser de aquí y vuelve a tus cosas, pero no te canses demasiado, pues necesitarás tu energía para más tarde. He pensado en una variante de «Picaflor chupando néctar» que creo que te gustará.
Hinata se aferró al marco de la puerta, sus rodillas se debilitaban con sólo pensar en ello, pero hizo un nuevo intento de razonar con él.
—El escándalo...
Naruto se incorporó y caminó en dirección a la puerta, empujando gentilmente a Hinata para que saliera de la habitación.
—No se hablará más del escándalo. Eso te lo puedo jurar.
—Pero...
—Pero nada. No hay nada que decir. No quiero que sigas llevándome la contraria.
Naruto tomó ambas manos de Hinata para soltarlas del marco de la puerta, besó cada dedo y luego empezó a cerrarla.
— Gracias por contármelo, pero debo regresar a mi trabajo ahora, de lo contrario no tendré tiempo para enseñarte la gimnasia que he inventado.
— Naruto...
—Vete. Sal de aquí, avanza. Sigue tu camino, adiós.
La puerta se cerró silenciosamente frente a Hinata, que se quedó mirándola por un momento. Pensó en usar el segundo de los tres suspiros que se permitía diariamente, y decidió que el momento no era lo suficientemente digno de un suspiro.
—Está bien —dijo en voz alta, en lugar de suspirar.
—Eso es —dijo Iruka, mientras se levantaba de su silla y le entregaba a la sorprendida mujer una bandeja llena de cartas.
—¿Qué es esto?
—El señor me pidió que se las entregara a usted.
—Oh. —Un repentino pensamiento iluminó a Hinata—. ¿Es esto algo que tiene que ver con el proyecto?
—Me temo que no. Son invitaciones y cartas de felicitación de la nobleza local.
Hinata palideció y se alejó de la bandeja como si tuviera una serpiente venenosa.
—No las quiero, lléveselas. Rómpalas. Quémelas. Entiérrelas en lo más profundo del montón de abono orgánico del jardín.
Iruka la observó mientras ella retrocedía hacia la puerta, mordiéndose los labios y buscando el pomo de la puerta a tientas.
—Presiento que tiene una cierta reticencia en lo que respecta a la correspondencia de naturaleza social. No quiero entrometerme, pero ¿me permite preguntarle por qué quiere que destruya las invitaciones dirigidas al señor y a usted de personas educadas y de sobresaliente naturaleza y buena reputación?
—No, no se lo permito —respondió Hinata.
Cruzó la puerta, cerrándola rápidamente tras ella y permaneciendo de pie, tratando de calmar su corazón, que latía salvajemente. Naruto podía estar convencido de que su simple nombre podía evitar que las personas murmuraran sobre ella, pero ella no tenía la misma convicción.
Hasta que estuviera segura de que él realmente tenía ese poder, rechazaría todas las invitaciones que la pudieran llevar a encontrarse con alguien que conociera su pasado. «Cobarde», susurró una voz burlesca en su cabeza.
—Simplemente estoy siendo cautelosa sobre este asunto —dijo en voz alta, y se fue a ver en qué tipo de diabluras se encontraban ocupados en ese momento los niños.
