SE NECESITA ESPOSA
11. Él ladrón & Él Estafador
Sumire estaba aburrida. O más que aburrida.
Se desesperaba por la insustancialidad de los presentes. Su tía le había contado muchas cosas de la sociedad londinense y, aunque Hinata parecía recordar con agrado sus días del noviazgo con Toneri, días de baile y coqueteo, Sumire no tenía ningún deseo de desperdiciar su vida en tales frivolidades.
No porque fuese una muchacha particularmente seria, ni una sabelotodo, tan sólo sentía que había en la vida más que el chismorreo sobre vestidos, bebés, el último libertino en llegar a la ciudad y los cientos de bobadas que atraían, al parecer, la atención de la clase alta.
Recorrió la inmensa casa, explorando aquellos cuartos que habían sido abiertos al baile, y algunos que ella sospechaba no lo habían sido, sonriendo a la gente, cuidándose mucho de no iniciar ninguna conversación.
Finalmente, decidió que la oscura y tranquila biblioteca era el mejor lugar para pasar el tiempo sin ser interrumpida por las exigencias de su tía de que bailase con uno u otro idiota. Ya se había tragado piezas con tres hombres tan similares en sus banalidades y apariencias que no podía distinguir a uno del otro.
«Nadie se dará cuenta de que paso un tiempo en la biblioteca", se dijo a sí misma mientras se deslizaba en el interior de la acogedora estancia que había descubierto en sus anteriores inspecciones. "Nadie me molestará y yo no seré una molestia para...».
—¡Oh! ¡Detente! ¿Qué es lo que estás haciendo?
Sumire cerró la puerta tras ella y entró al cuarto, ni en lo más mínimo intimidada por la presencia de un hombre joven de manos y rostro sucios que la miraba amenazadoramente.
Cogió un atizador de la chimenea y lo dirigió hacia él, observando su ropa raída y sucia, una pequeña bolsa de tela que había a sus pies y la ventana que estaba entreabierta.
Era obvio lo que estaba ocurriendo: la mano del joven se encontraba en la ventana como si se estuviese preparando para escapar con su bolsa de bienes, indudablemente ajenos.
—No se mueva, señorita.
—¡Eres un ladrón! —dijo Sumire, experimentando un secreto estremecimiento.
Al fin, algo de interés para salvar la banalidad de la noche. Un ladrón, un ladrón de verdad. Qué fascinante. ¿Cuál era la forma apropiada de tratar con un ladrón?, se preguntaba mientras lo estudiaba. Cortés, pero firme, así debía ser.
— Nunca me había encontrado con un ladrón. Y menos uno tan... —Se quedó a media frase. No había necesidad de decirle al villano que, a pesar de estar sucio y andrajoso, lo encontraba sumamente atractivo.
—¿Uno tan qué? —preguntó, levantando las manos para tranquilizarla.
—Valiente. Sólo un valiente pensaría en robar una casa en la noche de un baile. Eso, o alguien muy estúpido. Y, a decir verdad, tú no pareces especialmente estúpido. Oh. No debí haber dicho eso, ¿o sí? Debería estar convenciéndote de lo errado de tu camino. Es una tontería, y lo sabes. Tarde o temprano te van a atrapar, especialmente si insistes en robar en casas en las que se desarrollan reuniones multitudinarias. ¡A quién se le ocurre!
El hombre sonrió y Sumire se sintió incapaz de evitar devolverle la sonrisa. De repente se dio cuenta de lo que hacía. ¡Estaba sonriendo a un ladrón! ¿Qué sería lo siguiente, reír con un pirómano? ¿Intercambiar bromas con un estrangulador?
—Un valiente —dijo el ladrón, extrañamente complacido con sus palabras—. Me gusta mucho cómo suena eso. ¿Qué dirías si te dijera que no soy un ladrón?
Ella se rió. ¿Por quién la tomaba; por una de esas jóvenes bobas y sonrientes que había en los otros cuartos, que sólo sabían arreglarse, bordar y coquetear? Caminó alrededor de él, manteniendo el atizador a la mano en previsión de que él tuviera alguna mala idea.
—Déjame pensar, ¿de dónde he sacado que eres un ladrón? Bueno, para empezar tenemos el asunto de tu ropa. Está en muy mal estado y es justamente el tipo de atuendo que me imagino que usan los matones, rufianes y hombres de mala fama cuando se embarcan en actos de naturaleza sombría e ilegal. Ese atuendo huele a hurto claramente.
El hombre se miró la ropa y sacudió manchas de arena de un abrigo tan raído que ella no habría permitido que se acercase a él ni siquiera uno de sus gatos.
—Ya, la ropa. Puedo explicarlo.
—Y además llevas un saco de dimensiones suficientes para meter un buen botín.
—¿Un botín? —Los labios del hombre se contrajeron en una incipiente sonrisa.
Sumire sintió una contracción similar en sus propios labios, pero rápidamente recuperó el control sobre ellos, y procuró ponerse lo más seria posible.
—Sí, un botín. Ese es, creo, el término correcto. Lo leí en el Diccionario Flash. Significa conjunto de bienes robados, ¿o no?
—Así es —dijo el joven, sonriendo de nuevo.
—Pero me sorprende que esa palabra, culta al fin y al cabo, te sea familiar, por no hablar del Diccionario Flash.
—Me gustan los libros de todas clases, soy muy ecléctico.
La joven parecía hechizada por el brillo de diversión que aparecía ahora en sus atractivos ojos azules. Realmente, era muy simpático para ser un ladrón. Y parecía hablar muy bien, a pesar de la naturaleza evidentemente perversa de su trabajo.
—Y, por si no hubiera suficiente, estabas intentando escapar por la ventana.
Él miró por encima de su hombro hacia la ventana, estudiándola con la cabeza inclinada hacia un lado.
—Me da la impresión de que estás aventurando demasiadas hipótesis. No puedes saber si estaba abriéndola o cerrándola cuando llegaste.
—No seas ridículo, tu bolsa, evidentemente, está repleta de objetos que has robado. Es bastante claro para mí que has permitido que tu más baja naturaleza se desboque y, ahora te encuentras con los frutos de esa labor. ¿Puedes negar que esa bolsa contenga el botín?
—Podría negarlo, sí —dijo el hombre, recostándose en la pared, con tanta familiaridad que se diría que era inquilino de la casa—. Pero eso le quitaría todo su encanto a tu intento de apartarme del camino del pecado. Ibas a intentar redimirme, ¿no?
—Pues sí —dijo Sumire, con cierto vago sentimiento de culpa, desviando su mente de la placentera contemplación de los ojos del joven.
— Claro que lo estoy haciendo. Es mi deber. No estoy muy segura de cómo debo comenzar. Nunca había tenido que redimir a un ladrón. ¿Cómo me aconsejas que lo haga?
Él se quedó pensativo por un momento.
—Podrías tener más influencia en mí y por tanto llegar más lejos si me dijeses tu nombre. Es el toque personal, ya sabes.
—¿Lo es? Muy bien, si insistes. Yo soy Sumire…
—¿Sumire? —Parecía un poco sorprendido.
—Sumire. Significa violeta, o primavera y también... un pequeño amor.
—Ya. —Asintió, pensativo—. Muchos significados ¿no le parece?
—Sí. ¿Cuál es tu nombre?
—Boru. Sin ningún significado ¿Y tú apellido?
—No es de tu incumbencia. Ya hemos conseguido el toque personal sin necesidad de mi apellido. Ahora, Boru, es mi deber sermonearte sobre los peligros del camino que has escogido.
—Puedes proceder —dijo Boru, curvando levemente los labios, como si encontrara muy divertido lo que estaba diciendo.
Sumire no tenía ni idea acerca de lo que su actitud podía significar, pero admitió para sus adentros que encontraba al hombre que tenía enfrente cien veces más agradable que los embelesados dandis que acababa de dejar.
Al menos, este hombre era real, de verdad. Tenía un objetivo en la vida, lo cual lo hacía interesante aunque ese objetivo fuera robar las pertenencias de otros—. Estoy preparado para oír tu opinión sobre la vida despreciable que he decidido llevar.
Ella apretó los labios e intentó pensar en algo que decirle.
—El problema es —dijo con un suspiro, momentos después— que yo no veo realmente qué es lo que está mal en tu despreciable vida. La parte de los robos no está bien, claro. No deberías robar nada que no te pertenezca, realmente no deberías hacerlo, pero respecto al resto de tu vida, no me la puedo imaginar como algo demasiado despreciable. Eres libre de hacer lo que quieras con tu vida, ¿no es así?
—Dentro de lo que cabe, así es, sí.
—¿Y si hay algo que no quieras hacer?
—Entonces, generalmente no lo hago.
—Exactamente. Eso, a mi parecer, es la vida ideal. La libertad de guiarte por tus propias decisiones... Salvo que se trate de decidir un hurto, claro está.
—Claro —convino él, con ojos sonrientes.
—¿Eres un buen ladrón? —No parecía ser la pregunta más adecuada, pero Sumire no era tan ingenua como para no ver el hecho de que la conversación en sí misma era inapropiada, así que no le pareció que importara complementarla con una pregunta cuya respuesta deseaba saber.
—No, en realidad no. No he tenido demasiada práctica en ese trabajo.
Se veía un poco afligido por la idea, y Sumire se apresuró a consolarlo.
—No debes temer que te delate. Evidentemente, tendrás que devolver los objetos que robaste, pero ya veo que no eres una mala persona.
—Gracias —dijo con seriedad. Sumire señaló la bolsa.
—¿Puedo?
Se la entregó. Ella la colocó en un escritorio cercano, abriéndola, sacando de ella un traje de caballero elegante y un par de zapatos muy bien lustrados. Miró la ropa por un momento, la compasión por él crecía en ella mientras giraba su mirada hacia sus sonrientes ojos azules.
—Tengo diez guineas.
—¿Sí?
—Así es. — Sumire asintió y metió la ropa otra vez en la bolsa, entregándosela.
—El esposo de mi tía me da una asignación trimestral de veinte guineas. Sin embargo, sólo puedo darte diez porque prometí a los niños llevarlos a Ashtley's y a la tienda de juguetes.
—¿Lo hiciste? —Él aún parecía un poco sorprendido.
—Sí, lo hice, y odiaría tener que decepcionarlos. Son temibles con sus venganzas si uno los decepciona. Cuando llovió hace dos semanas y no pudimos salir de picnic, llenaron mi cama de babosas. Son muy imaginativos para hacer el mal. Si me das tu dirección, podrás tener las diez guineas.
Boru la observó por un largo momento antes de responder.
—¿Ofreces dinero a todos los ladrones que conoces?
—No —dijo ella, sonriendo. No podía evitarlo, era un ladrón encantador, un delincuente que parecía merecer sonrisas.
—Sólo a aquellos que lo necesitan. ¿Me das tu dirección? Su respuesta fue enigmática.
—Un mensaje dirigido a La mujer y el Marinero me llegará sin problemas.
—¿La mujer y el Marinero?
—Es una posada cerca a los muelles, pero Sumire, no me envíes tu dinero, yo no puedo... —La cabeza de Boru giró violentamente ante el sonido de voces en el pasillo.
—Vete —dijo ella, empujando la bolsa hacia sus brazos y llevándolo hacia la ventana a medio abrir—. No diré nada sobre ti. ¡Vete ya!
Boru masculló algo mientras ella lo empujaba por la ventana, pero la chica no le prestó atención ni esperó a que lo repitiera. Cerró la ventana de un golpe, echó las cortinas y se dio la vuelta justo cuando la puerta de la biblioteca se abría y su tía se asomaba.
—¡Aquí estás! Te hemos estado buscando por todos lados. Oh, Sumire, no sabes lo preocupada que estaba. En fin, olvídalo, ya no tiene importancia, ya te he encontrado. ¡Naruto, ya la he encontrado!
Sumire permitió que la sacaran de la biblioteca, mirando de reojo hacia la ventana. Qué tarde tan interesante había resultado. Sólo podía preguntarse si alguna vez volvería a ver al atractivo e infame ladrón.
Esperaba que así fuese.
—Y por favor, en el futuro, Sumire, si tienes que desaparecer, ¿podrías ser tan amable de decírmelo primero, para que no me preocupe?
—Sí, tía Hinata. —La cabeza de Sumire estaba inclinada. Hinata sintió una momentánea ola de remordimientos por tener que reprenderla de aquella manera, pero nadie sabía mejor que ella qué tipo de libertinos y rufianes se escondían en las sombras, listos para saltar sobre una inocente jovencita.
—No tienes idea de las trampas y abismos que hay esperando a que una dama inocente y despreocupada se tropiece con ellos.
—Sí, tía Hinata.
—No quisiera parecer irascible, Sumire, pero en verdad, tu desaparición casi me hace sufrir un ataque.
—Sí, tía Hinata. Quiero decir, no, tía Hinata.
—Incluso Naruto estaba preocupado, ¿no es así milord?
—Pues no, ni lo más mínimo. Sumire parece una chica sensata —dijo Naruto.
Sumire le sonrió rápidamente en señal de gratitud. Hinata, por su parte, podría haberlo estrangulado.
—Oye, están tocando una pieza muy hermosa, ¿Vamos a bailar, Hinata?
—Lo siento, pero aún me quedan siete u ocho minutos de sermón para Sumire.
—Tendrá que oírlo más tarde —dijo Naruto con un brillo persuasivo en sus ojos. Hinata nunca podía resistir al poder hipnótico de esos destellos. Añadió una sonrisa malévola a sus ojos centelleantes, y ella supo que no tenía escapatoria.
—Mi ira aumentará si no suelto todo lo que llevo dentro —protestó, pero sin demasiada convicción, pues sabía que su ira nunca podría vencer aquella sonrisa y aquellos ojos que tanto amaba.
—Te prometo que tu ira no te hará ningún daño —dijo Naruto, inclinándose ante ella al iniciar el primer movimiento del baile, una vez de vuelta en el salón.
Hinata hizo una reverencia, lanzando una mirada de reproche a su sobrina. Sumire la saludó con las manos y se sentó al lado de una inmensa mujer con una voluminosa túnica de color pardo.
Rogando que su sobrina se mantuviera lejos de cualquier problema, Hinata se relajó lo suficiente como para disfrutar del animado baile, algo que no había hecho en veinte años.
—Me sorprende que recuerde los pasos —le dijo a Naruto cuando reanudaron la danza—. Ha pasado tanto tiempo.
—Nunca te he visto tan adorable como en este momento —respondió Naruto antes de que se separaran para bailar con sus vecinos de baile.
El rostro de Hinata brilló al oír el cumplido, consciente de que él estaba intentando subirle el ánimo en lo que sabía que era una noche difícil para ella. Lo cierto era que ella estaba comenzando a divertirse.
Probablemente, una buena parte de su naciente tranquilidad se debía a que había tan poca gente presente a quienes recordara de sus dos temporadas de tiempos remotos.
Un hombre bajito y pelirrojo, casi sin barbilla, era su compañero en ese baile. A medida que ella avanzaba bailando hacia él, se daba cuenta de que lo conocía.
Había sido uno de sus primeros enamorados. ¿Cuál era su nombre? ¿Sir Alan? ¿Alec? Sir algo que comenzaba por A. Pero él no parecía reconocerla a ella ni por asomo. Le sonrió, mientras giraba de la mano del diminuto caballero. Volvió a pararse, ahora ella le daba la vuelta a él.
—Es un baile realmente encantador, ¿no le parece? —le preguntó recurriendo a su habilidad mundana.
—Sí que lo es.
—¿Está aquí con su familia?
—Sí, mi hija más joven va a presentarse en sociedad. Es la que está cerca de la duquesa, Mariah es su nombre.
—Es muy hermosa —respondió Hinata, notando el parecido entre la pequeña pelirroja y su compañero de baile.
—¿Está su esposa aquí también?
—Sí claro, lady Davell está justo detrás de Mariah.
Davell. Ya se acordaba. Él era sir Ben Davell, el primer hombre que le envió un ramo de flores después de su presentación. Y aquí estaba ahora, convertido en un caballero de mediana edad, casi calvo, con una hija casi de la misma edad que tenía ella cuando se vieron por primera vez.
Y él no la reconocía.
—Yo soy lady Rasengan —dijo mientras juntaban sus manos y hacían un puente para que otros lo cruzaran por debajo.
—Sí, lo sé, ya me lo han dicho.
—¿De verdad? —Hinata se quedó inmóvil, preguntándose por qué alguien habría de mencionarla a menos de que fuera para contar cotilleos.
—Mi esposa me dijo que se casó recientemente con lord Rasengan.
—Oh, sí, así es —Él era cortés, respetuoso, todo lo que un caballero debería ser.
No había ni la más pequeña señal de tono condescendiente o presumido en sus palabras. Hinata se tranquilizó de nuevo y bailó el resto de la pieza con ánimo pensativo. Luego, encantada, volvió a encontrarse con su marido.
—¿Feliz? —preguntó él.
—Extasiada.
Y lo estaba. Todo lo que Naruto le había prometido se había hecho realidad, había conocido a casi todos los presentes, desde aquella duquesa que era prima de la anfitriona hasta las hermanas Feehan, dos señoras muy viejas y arrugadas que se decía que habían sido las concubinas del fallecido Jorge II.
Hinata recordaba que las hermanas Feehan tenían ojos aguzados para descubrir el escándalo y lenguas aún más peligrosas para despedazar a sus protagonistas.
Cuando le fueron presentadas, cacareaban sobre su condición de recién casada, haciendo un comentario más bien inconveniente en el que comparaban a Naruto con un semental y a ella con una yegua.
Pero esto no la afectaba lo más mínimo. Era como si los últimos veinte años no hubieran sido más que un sueño desagradable que permanecía, ya muerto, en el fondo de su mente, sin sustento, sin sustancia.
Los instrumentos hicieron sonar las últimas notas de la danza y ella hizo una profunda reverencia sonriendo a su esposo mientras él la tomaba de la mano para llevarla fuera de la pista.
—Gracias.
—¿Por la danza?
—Por hacer de mi vida algo maravilloso. Nadie lo podría hacer, salvo tú. Nadie más me podría hacer tan del...
Las palabras se congelaron en sus labios cuando la gente que se encontraba frente a ella se movió y dejó a la vista a un hombre que se inclinaba sobre la mano de la anfitriona en señal de saludo.
El hombre se enderezó, sus ojos se encontraron con los de Hinata; el reconocimiento surgió mientras ella se convertía en piedra, absolutamente sorprendida y aterrorizada.
—Dios santo —murmuró ella, y sintió que la sangre se le convertía en hielo.
—¿Qué pasa? —preguntó Naruto, con voz preocupada.
Presa del pánico, el primer pensamiento de Hinata fue echar correr. Pero eso era imposible, y no serviría de nada; su segunda idea fue deshacerse de Naruto.
—Agua, necesito... agua. O ponche. ¿Podrías traerme un vaso, Naruto?
—Sí, claro. — Naruto la guió hacia una silla vacía—. Ahora vuelvo.
Hinata lanzó una mirada alrededor de la sala, pero nadie parecía haber visto nada fuera de lo normal. Sumire estaba hablando con una mujer joven y hermosa, y no se dio cuenta de que Hinata se ponía de pie para saludar al hombre de alto y cabello plateado que se aproximaba a ella.
—¿Hinata? —dijo el hombre, con las cejas levantadas y una mirada de sentido impenetrable. El atrevimiento con que aquella mirada se posaba sobre ella la hizo sentirse sucia, como si necesitara bañarse para poder quitarse la mancha de su atención.
—Eres tú, ¿no es así? Mi querida Hinata, qué placer verte de nuevo.
Hinata cerró los ojos por un momento, temblando un poco mientras la habitación parecía hundirse bajo sus pies.
—Sí, soy yo, Toneri. Qué sorpresa tan horriblemente incómoda. Me dijeron que estabas muerto.
—Se equivocaban. Estuve muy mal, casi sin sentido y sin memoria durante varios meses, porque me golpeé en la cabeza en un naufragio, pero como puedes ver, mí salud ahora está bastante bien. —Tomó su mano y la besó con cierta indecencia.
Hinata la retiró de un tirón.
—Vete.
—Mi querida niña, ni los soldados del rey podrían alejarme de tu lado. ¿Es posible que guardes algún resentimiento hacia mí por aquella lamentable experiencia de hace tantos años?
—¿Lamentable experiencia? Me arruinaste la vida, deliberada y voluntariamente.—La mano de Hinata se estremeció, dispuesta a borrar de un bofetón aquella descarada sonrisa de su rostro.
Toneri se encogió, manteniendo siempre su abominable sonrisa.
—Fue la tontería de un hombre joven. Mi familia me dijo que habías sido recluida. Sin embargo, retorno a mi lugar de origen para encontrarte tan encantadora como siempre, y bien integrada en la sociedad. Has cuidado bien de ti misma, Hinata, muy bien. ¿Puedo preguntar quién es tu protector?
—¿Protector? —Los ojos de Hinata se abrieron al percatarse de lo que implicaba aquella venenosa palabra—. Naruto no es mi protector, es mi esposo.
—¿De verdad? —dijo Toneri arrastrando la voz y mirando a su alrededor con aire burlón—. ¿Te las arreglaste para casarte? Qué gracioso. Yo daba por hecho que ningún hombre hubiera querido contentarse con las sobras de otro hombre; sin embargo, he estado lejos por muchos años. Evidentemente, no todo es como yo lo recordaba.
—No todos los hombres tienen un carácter tan vulgar y desagradablemente bajo como tú, Toneri. —Hinata notó que Naruto había vuelto al salón, y avanzaba entre los que bailaban con un vaso de ponche en sus manos.
Ella debía deshacerse de Toneri, y rápido, y al mismo tiempo debía abortar cualquier idea que el tipejo pudiera tener de resucitar el pasado. Por ahora necesitaba tiempo, superar aquella terrible noche.
Luego ya pensaría la manera de lidiar con sus fantasmas—. Algunos hombres tienen honor, aunque te cueste creerlo. Mi esposo es muy consciente del triste suplicio que sufrí, y no le importa mucho mi pasado. Como puedes ver, soy recibida por todos, así que nada que puedas decir sobre el pasado tendrá ningún efecto.
—¿No? —dijo Toneri, levantando su mano en reconocimiento cuando un conocido lo saludaba—. En realidad te has ocupado bien de ti misma Hinata. Te felicito por tu éxito... tanto en tu matrimonio feliz como en tus empeños literarios.
Hinata se quedó paralizada de nuevo, esta vez, si cabe, más que unos minutos antes. También conocía su otro secreto. Estaba perdida.
Toneri se inclinó y le susurró al oído:
—Es muy satisfactorio ser el hombre que enseño a Hannah La Perla todo lo que ella sabe.
Durante unos instantes infernales Hinata creyó que iba a vomitar, pero cuando Toneri se marchó y pasaron unos segundos, se las arregló para contener las arcadas y así poder dedicar a Naruto una sonrisa débil cuando llegó a su lado.
—Tu ponche, señora... ¿Te sientes mal?
La voz de Naruto sonaba cálida, llena de preocupación, y logró romper el muro de hielo que desde hacía unos minutos encerraba el corazón de Hinata. Ella se volvió hacía él, buscando desesperadamente su fuerza, su consuelo.
Tenía que contarle lo sucedido, se dijo, pero la mirada de preocupación que vio en sus ojos la disuadió.
¿Cómo podía pagarle con la cruel verdad toda la gentileza que mostraba hacia ella?
No podía. No lo haría. Naruto había hecho todo lo que había dicho que haría: efectivamente, había borrado su pasado. Lidiar con Toneri era cosa suya.
—No me siento demasiado bien, no. ¿Te importaría que nos fuésemos ahora mismo? Estoy segura de que a Sumire no le importará, y si ya has terminado de hablar con tu amigo...
—Nos iremos inmediatamente —dijo con suavidad, y fue a llamar a Sumire.
Hinata utilizó esos últimos minutos para decir adiós a su anfitriona, manteniendo un ojo atento a Toneri. Estaba segura de que buscará encontrarse con Naruto, pero sin escenas desagradables, para echarle un vistazo.
Lo conocía bien. Toneri era un cobarde de corazón, y no querría arriesgarse a dar a Naruto la oportunidad de desenmascararlo.
—Si al menos supiera lo que quiere de mí —murmuró Hinata en voz alta, y dejó ir esa idea mientras Naruto y Sumire se acercaban a ella. Tenía la certeza de que Toneri le revelaría sus deseos de una u otra manera. Nunca renunciaba a ver cumplidos sus deseos.
—¿Hinata?
—¿Sí? —Hinata tenía un aire ausente mientras ataba una mano de su esposo al cabezal de la cama. ¿Qué podría querer Toneri de ella?
—Pareces distraída
—¿Lo estoy? —¿Cómo iba a evitar que Naruto se diera cuenta de la identidad de Toneri hasta que ella pudiese ocuparse de la situación?
—Sí, lo estás. Bastante distraída. De hecho, percibo que hay algo que te perturba. ¿Lo hay?
—¿Hay, qué? —Se deslizó por su cuerpo para atar su otra muñeca.
Que Toneri supiera que ella era Hannah La Perla no era ninguna sorpresa porque cuando estaban casados habían jugado a poner nombres a todas las costumbres conyugales; sin duda Toneri lo recordaba, y por eso no le había resultado difícil identificar a la autora. Pero, ¿qué haría con ese conocimiento?
—Algo que te perturba.
—No, nada en particular. ¿Por lo qué preguntas? —A lo mejor él tan sólo quería regodearse, disfrutar del divertido secreto, del poder que le proporcionaba semejante información.
Pero no se llamaba a engaño: sabía que Toneri siempre se aprovechaba de todos los instrumentos de poder que se ponían a su alcance.
—Bueno, para empezar, debíamos estar haciendo «El Gladiador» y la «Paloma tímida» hoy y, sin embargo, pareces más inclinada hacia el «Caballero galante a los pies de la doncella ciega».
No, Toneri no disfrutaba con la mera posesión de secretos, disfrutaba obteniendo beneficios de tal conocimiento. Sin duda, querría beneficiarse de los secretos de ella.
Un pie tocó su pantorrilla. Miró hacia abajo, un poco sobresaltada de encontrar a su esposo acostado, desnudo, atado a su cama, con las correas de cuero que él le había dado sólo dos semanas antes.
—Pensé que serías el gladiador esta noche. ¿Por qué estás atado? Naruto frunció el entrecejo.
—Hay algo que te preocupa. ¿Qué es, Hinata? ¿Alguien te dijo algo durante el baile?
Ella no podía mirarlo a los ojos cuando le mentía. Su mirada cayó sobre el pecho del marido, y se mantuvo allí un tiempo.
—No, nadie dijo nada. Sólo me sentí un poco...
—Desatendida —dijo Naruto, asintiendo con la cabeza—. Te entiendo muy bien. Es mi culpa, pero aunque aparentemente no te hiciera caso, estaba pensando en ti Hinata. Sabía que estabas cansada del viaje y, ya que hemos podido tener muy poca privacidad en los hostales, sentí que era mejor dejar nuestros ejercicios nocturnos hasta que llegásemos y nos instalásemos. Pero te compensaré. Sube.
—¿Que suba?
—Súbete encima de mí. Disfrutarás, te lo prometo. Se quedó pensativa un instante.
—Bueno, si vamos a hacer «La dama ciega y el caballero», al menos deberíamos hacerlo correctamente.
Ella apagó las velas de un soplido para que quedaran en la oscuridad. Tan sólo un débil rayo de luz ole luna plateado se colaba entre las cortinas.
Disfrutando de la experiencia de utilizar sólo el tacto, Hinata deslizó los dedos por el pecho de Naruto, deleitándose con la manera en que su respiración se detenía cuando ella acariciaba alguno de los puntos más sensibles de su piel.
Las manos se deslizaron lentamente hacia arriba, hasta que las palmas acabaron enmarcando amorosamente el rostro. Allí juguetearon con las cortas patillas, para luego bajar por la poderosa mandíbula hasta que se encontraron con el varonil y fuerte cuello.
Hinata inclinó la cabeza y le besó suavemente en los labios. Fue un beso pasajero que prometía mucho, y que a la mujer le supo tan bien que decidió repetirlo. La boca de Naruto se abrió debajo de la de ella, invitándola a invadir su espacio, a jugar con la lengua, a beberse el uno al otro.
Se mordisquearon. Hinata empezó a gemir. La lengua de Naruto actuaba como una antorcha, encendiendo hogueras en lo más profundo de ella.
Sin que su cerebro se lo ordenara, actuando por su cuenta, las manos de la excitada esposa se deslizaron por la cabeza de Naruto, le acariciaron el pelo. Otra vez unieron las bocas, otra vez se amaron las lenguas.
Naruto, atado, yacía forzosamente pasivo, permitiendo que ella acariciase su lengua, que hiciera lo que quisiese con su boca. Pero su pasividad era aparente, porque él también estaba en llamas. Los dos gimieron de pasión, los dos intercambiaban saliva, calor, sudor y hasta silenciosas palabras de amor.
Las correas de cuero se tensaban mientras Naruto intentaba acercarse más a ella; pero no lo lograba. Hinata interrumpió el apasionado beso.
—¿Quieres que te desate?
—Sí.
Hinata le acarició el cuello y se alejó un poco de él. Seguía el juego.
—Lo siento, pero no me siento demasiado compasiva por el momento. Tal vez te desate más tarde.
—¡Hinata!
—¿Sí, milord? —A oscuras, Hinata se quitó el vestido, sonriendo en la oscuridad. Sabía que Naruto estaba excitado, que tenía una erección salvaje, siempre estaba así, bendito marido, cuando se encontraban juntos en la cama—. Había que aprovechar aquel regalo del cielo.
—Vuelve, mujer malvada, y acaba lo que empezaste.
—No sé, no estoy segura. —Fingiendo frialdad, se recostó de lado.
—Sí, lo harás —dijo Naruto con seriedad. Ella sonrió de nuevo. Naruto era adorable—. Soy tu medicina. Me necesitas para superar el trauma de haber reencontrado a la sociedad de Londres. Esta noche lo pasaste muy mal y ahora tienes que pasarlo muy bien, es lo justo. Súbete sobre mí, mujer.
—Que esposo tan atento eres —dijo Hinata mientras se movía seductoramente en la cama. Las sábanas se arrugaban provocativamente bajo el peso de su cuerpo al extender una mano para encontrar el duro miembro masculino—. Sólo piensas en mí.
—Soy el mejor de los maridos. No hay ninguno mejor que yo —respondió Naruto con una voz ronca de pura ansiedad, de incontenible deseo.
—Eso no tienes ni que decirlo, Naruto.
—Hinata.
—¿Sí, querido?
—Si no envuelves tus largos y deliciosos muslos alrededor de mis caderas en los próximos diez segundos, voy a morir. ¿Entiendes?
—Sí, creo que lo entiendo. —Hinata recorrió sus muslos con las manos, le acarició el vello, los testículos y luego agarró suavemente el miembro, siguiendo la larga y suave extensión del excitado músculo.
—Por todos los santos —gruñó Naruto, empujando sus caderas hacia arriba para acompasarse a las suaves caricias de los dedos de la esposa—. Por tu propio bien, y por el mío, ¡súbete de una vez o me muero!
La voz de Naruto era desesperada, la respiración, tremenda. Hinata sonreía con expresión lúbrica, también excitada al máximo.
—Soy una esposa obediente que siempre cumple con su deber —Al colocarse a caballo sobre el marido, sus muslos rozaron la húmeda punta del miembro, y ambos acusaron el contacto con placer enloquecido.
Luego se acomodó y sintió su calor entrando en ella, provocándole un incendio igual en respuesta, un calor que comenzaba en lo más profundo de su cuerpo y le quemaba hasta el alma.
— Y ya que pareces pensar que esto me ayudará...
Gemidos de placer surgieron espontáneamente a medida que Hinata se hundía más en él. El gozo de uno alimentaba el de la otra, en una deliciosa espiral erótica que ella había aprendido que podía llevarla hasta el cielo.
Una de las ventajas que para la mujer tenía la «Doncella ciega» era que ella podía imponer su propio paso; sin manos insistentes que tomaran sus caderas y la llevaran a un ritmo excesivo, demasiado masculino, hacia el paraíso.
Ella mandaba, hacía el amor a su antojo, se levantaba y caía lentamente sobre él, ignorando los ruegos de su esposo de que se apresurase, dejase de atormentarlo y aliviara su tortura.
—Dijiste que esto era por mi bien, que es mi terapia —señaló Hinata mientras intentaba moverse un poco hacia un lado. Naruto se sacudió debajo de ella, levantando las caderas mientras soltaba un fuerte gemido.
—Estás intentando matarme —acusó Naruto, jadeando; todo su cuerpo temblaba debajo de ella.
Hinata intentó un interesante movimiento circular mientras se hundía en el tremendo miembro que la perforaba hasta lo más profundo. Mantenía los ojos cerrados a pesar de la oscuridad, sintiendo cada célula de él deslizarse muy adentro.
—No. Sólo quiero que mi terapia sea completa, curarme del todo. Puedo sentir cómo late tu corazón —respondió como en un sueño, inclinándose hacia adelante para besarlo—. Estás tan caliente dentro de mí, Naruto, que creo que debemos estar ardiendo. Me encanta la sensación de que entras en mí, me perforas, y te unes a mí. Me hace sentirme como parte de ti.
—Eres parte de mí —respondió Naruto, jugueteando con la lengua y los labios alrededor de la boca de ella hasta que lo dejó entrar—. Eres la mejor parte de mí. Nunca podría estar completo sin ti. Eres mi esposa, mi amante, la madre de mis hijos, mi corazón. No podría existir sin ti.
Hinata apretó fuertemente sus ojos tratando de detener las lágrimas que amenazaban con derramarse por culpa de aquellas últimas palabras.
Lo besó con toda la pasión que era capaz de desplegar. Sus almas se unieron, mientras los dos subían hacia el pináculo del placer, sus bocas fundiéndose, ambos luchando para llevar al otro a los límites del placer.
Hinata se movía con fervor sobre Naruto, besándolo frenéticamente mientras el maravilloso poder que sentía en su interior la llenaba de una alegría y un amor que desbordaban su ser y se extendían hacia él, uniéndolos, fundiendo a los dos seres en uno solo.
Sollozó de amor mientras él se movía debajo, derramando su semilla contra sus muslos y gritando su nombre. Ambos se habían sumido en una vorágine de la que sólo pudieron salir lentamente.
Hinata terminó cansada y débil, reposando sobre su esposo mientras intentaba recuperar el aliento. Trataba de comprender el poder de la experiencia que acababa de vivir, quería nombrarla, pero fue incapaz de poner en palabras lo que significaba. Lo que él significaba para ella, cuánto había enriquecido su vida, dándole un tesoro más valioso que todas las riquezas del universo.
Echó la cabeza para atrás y lo besó en la barbilla.
—Te amo, esposo.
—¿Ves cómo tenía razón?—jadeó Naruto levantando el pecho—. Te dije que te sentirías mejor.
Hinata le mordió la barbilla.
