Crecí con la idea de ser la más linda, la más señorita, y sin entenderlo bien, la más mujer. Ahora puedo ver que solamente alimenté un estereotipo de género, pero ese no es el punto. Entre las vagas ideas que tenía sabía que debía gustar al resto, y una forma de conseguir ello era por medio de la apariencia. Tal como mi familia diría, ser la rosa más preciosa en el ramo. Y por comentarios externos lograba ver que mi cometido (ni siquiera sé si era tan mío, después de todo) iba concretándose exitosamente. Pero yo no quería gustarle a todos, es más, solo quería gustarle a uno: Sasuke Uchiha. Él tenía los mismos motivos para gustarme que yo para el resto. Era atractivo físicamente y tenía esa aura que te incitaba a saber más sobre él, y precisamente ese pelinegro no te lo permitía. Sasuke era callado, y no se trataba por timidez, sino por un desinterés de su parte. Todos entendíamos el pasado y presente con el que cargaba el chico y ello era una aparente justificación a esa frialdad abrazándole y su aparente oscuridad. Pero era tonta, y lo que no podía tener se volvía cada vez un deseo más grande.
Y estaba yo, tonta e ingenua intentando obtener la atención de un chico que parecía estar en otro mundo, incluso llegando a perder una amistad por eso mismo. Fue una estupidez. Pero, a pesar de que podría tildar a Sasuke como mi primer amor, esto no se trata de él. En realidad nunca conseguí nada, pese a mis esfuerzos por atraerle, él nunca mostró interés por mí (ni por Sakura) y terminó abandonando la aldea. Pasaron los días, y cuando empecé a notar que él no volvería decidí seguir con mi vida. No es como si en verdad él haya marcado, y si me preguntaran si lo extrañé, la respuesta sería no, porque en el fondo Sasuke solo fue mi platónico primer amor. Y ni siquiera estoy segura si debería llamarlo, porque lo idóneo no involucra nada más que a mí suspirando por un chico lejos de mi alcance. En fin, él pasó y vino mi primer novio, Kiba.
¿Qué teníamos en común? ¿Cómo surgió? En verdad, nada. No es que fuésemos polos opuestos, solo dos personas con caminos distintos. Un día él me comentó que me veía linda y la forma en que lo dijo derritió mi hormonal corazón. Fue dulce y él era un chico lindo, no estaba mal. No era Sasuke Uchiha, pero sí un buen partido. Le devolví el cumplido de vuelta y empezamos a armar conversaciones casuales sin mucho contenido pero sí sonrisas nerviosas y miradas buscando encontrarse. Fue mi primer beso y la primera que tomé la mano de un chico con esas intenciones. Oficializamos probablemente a la semana y no hacíamos demasiado, pues éramos inexpertos y estábamos demasiado emocionados, temiendo excedernos o arruinarlo. Pero éramos completos extraños, después de todo, y tras la sesión de besos se formaba un silencio que ninguno de los dos podía llenar.
Simplemente no existía esa chispa. Aunque claro, en ese momento no lo sabía, o quizás sí y no lo quería admitir. Es decir, ¿quién quiere admitir eso con su primer novio? Digo, con cualquiera ya debe ser bastante triste, pero el primero es especial. Quieres recordarlo como el chico perfecto aunque en realidad fuese un asco. Intentamos alargar las cosas lo mayor posible, y quizá por extender lo que no se debía nacieron peleas estúpidas y sin sentido, de esas que al hacer memoria generan risas y vergüenza por lo ridículas e infantiles que pueden llegar a ser. Probé mostrándole mi mundo, hablándole de las flores y lo importante que son para mi clan y para mí, mientras que él me contaba de su historia con Akamaru y cosas relacionadas a su familia.
Y nada. La chispa no se encendió.
Por más que fuera bonita y él un chico lindo, no funcionó. No me sentí como la princesa, y él en definitiva no fue mi héroe. Mi corazón se aceleró con su cercanía y sus besos, pero eso fue biológico. Fuera de eso, nada más encendió. Duramos unos fugaces tres meses intentando comprender el amor, y ahora mirándolo en retrospectiva era como ver a niños probarse la ropa de sus papás. Demasiado para nosotros.
Terminamos por decisión de ambos e increíblemente para nuestra edad (teníamos 14) fue maduro. No hubo enojo ni rencor y tampoco fue incómodo el encontrarnos en alguna parte. Es más, diría que conocí mejor a Kiba como amigo que como novio, y que incluso fue divertido el poder bromear sobre lo inexpertos e inocentes que éramos para esa época años después.
Pero, por sobre eso, aprendí algo más. Dejé de querer ser como las princesas de los cuentos o una damisela en peligro, porque comprendí que después del beso no hay nada más. Y que por más guapo o encantador que pueda ser este príncipe o héroe, si no hay algo más no será amor. Y no es que Kiba haya sido un chico vacío en ese momento ni nada por el estilo, sino que nuestro problema fue haberse juntado por los motivos incorrectos. Puedo ser la chica más linda de todas, pero si estoy vacía por dentro, mi vida también lo estará. Y en realidad no estaré viviendo una historia de amor, sino que solo besos y ya. Y eso te lo puede dar cualquiera, pero amor no.
Kiba, por ser mi primer amor y enseñarme que este sentimiento es más que solo un beso, gracias. Siguiente.
