SE NECESITA ESPOSA
12. Atentado
A la mañana siguiente Naruto se encaminó al Ministerio del Interior con una canción en el corazón y leves quemaduras en las muñecas provocadas por el roce de las correas de cuero.
Todo le iba bien, el mundo estaba en su sitio, el sol brillaba, los niños no habían hecho nada malo, sólo enjabonar las barandillas de las escaleras, para echar carreras y de paso ver si alguien resbalaba. Poca cosa.
Había dejado a Hinata exhausta en la cama, con el negro pelo esparcido a su alrededor y una sonrisa en el rostro mientras dormía. Silbaba una melodía festiva mientras su carruaje recorría las calles de Londres, pensando que debía recordar a Hinata que la elección de las actividades de aquella noche le correspondía a él, y que «La venganza del gladiador» estaba definitivamente en el programa.
Esperaba con mucha ansiedad blandir su espada de una forma que necesariamente tenía que cautivarla.
—¿Lord Rasengan? —Un hombrecillo joven con cierto aire despectivo se inclinó y murmuró el nombre de Naruto mientras él entregaba su sombrero y sus guantes a un lacayo del Ministerio—. Sí, lord Senju le espera. Si es tan amable de seguirme.
Naruto fue escoltado hacia un pequeño recinto detrás de Whitehall. Un alto y esbelto individuo que estaba sentado tras un inmaculado escritorio se puso de pie al entrar Naruto, ofreciéndole una mano pálida.
—Lord Rasengan, qué placer conocerlo finalmente. He oído hablar tanto de usted al primer ministro y otros, que es casi como si lo conociera.
Naruto saludó al nuevo director del Ministerio, y tomó el asiento que se le ofrecía.
—¿Ha leído mi informe?
—Con gran interés, sí —respondió Senju, reclinándose en su silla.
—Debo decirle que me resulta muy difícil creer que usted permitiera de buen grado que le utilizaran para probar la culpa de sir Uchiha. Qué estaría pensando. Pero está fuera de mi alcance cuestionar tanto las acciones de él como las suyas. El plan resultó fructífero y usted consiguió las pruebas que se necesitaban para acusar a sir Uchiha de traición.
—Justamente. Sobre su información... tal y como habrá leído en mi informe, no puedo encontrar prueba alguna de que sir Madara estuviera trabajando con nadie,
excepto los anarquistas que fueron posteriormente ahorcados. Revisé una y otra vez mis notas sobre los diferentes informantes y colaboradores que tuve en ese momento, y nunca se dijo ni se insinuó palabra alguna sobre cualquier otro individuo. Hasta donde pude averiguar, sir Uchiha estaba solo en su perfidia. Quiero decir que nadie colaboraba con él en el Ministerio del Interior.
Lord Senju ofreció un cigarrillo a Naruto, que movió la cabeza con cierta impaciencia, con el deseo de terminar la entrevista tan pronto como fuera posible.
Le esperaba una esposa a la que tenía que cubrir de atenciones, y además había cinco pequeños demonios que estaban en ese momento probablemente listos para llevar a cabo cualquier plan macabro.
—Entiendo su reticencia a creer en la implicación de otro individuo, pero yo considero que ese no es el caso. Yo lo llamé a Londres porque el primer ministro me asegura que no hay nadie mejor para olfatear la verdad que usted.
Senju abrió un cajón, y sacó un papel bastante viejo y desgastado. Se lo entregó a Naruto.
—Recibimos esta carta anónima. Como puede ver, está fechada hace unos quince años.
Naruto observó la carta, elevando las cejas al ver la fecha.
—Fue escrita el día antes de que sir Uchiha se quitara la vida.
—Así es —dijo Senju, recostándose en la silla.
—Por favor léala. Le aseguro que le concierne lo suficiente como para justificar que le hayamos llamado a la ciudad. No se me escapa que usted debe de estar deseando pasar el tiempo con su nueva esposa y su familia.
La carta no estaba dirigida a nadie en particular, aunque estaba firmada.
Tobi:
Encontrarás esto cuando yo ya esté muerto. No te desesperes por mi muerte. Siempre supe que el precio por la libertad sería muy alto. Todo lo que pido es que vengues mi muerte, busques a mi asesino y lo golpees tan decididamente como él me ha golpeado a mí. No te pido esto sin razón, pues estoy seguro de que Rasengan tiene un amigo en Addington, y el P. M. es firme en lo que a sus amigos se refiere, pero tengo fe en que no me fallarás en esto.
Naruto levantó la mirada.
—Interesante. ¿Su informante no le dio ninguna pista sobre la persona a la que estaba dirigida la carta, o cómo llegó a tenerla en sus manos?
—Ningún tipo de información. Fue enviada, como puede ver, sin ninguna nota complementaria. Se imaginará cuál es la razón de mi preocupación; la carta contiene una evidente amenaza contra su vida.
Naruto le devolvió la carta con una ligera sonrisa. Le agradaba el nuevo director del Ministerio del Interior, pero nunca más se pondría en una posición donde su vida pudiese ser destruida por la traición, porque ahora había muchas personas a las que apreciaba y que le necesitaban.
—Una amenaza que tiene quince años de antigüedad. Parece claro que el destinatario de la carta de sir Uchiha decidió no hacerle caso.
Senju se inclinó hacia adelante para tornar la carta, frunciendo el ceño.
—Sin embargo, el hecho de que la carta salga a la luz en estos momentos indica que el resentimiento en su contra por parte de esta persona desconocida bien podría aún significar una amenaza para usted.
—No lo creo —dijo Naruto mientras se ponía de pie.
—Pero para mayor tranquilidad, investigaré un poco respecto a quiénes eran los amigos de sir Uchiha. Dudo que queden muchos de ellos, pero revisarlo no puede hacer ningún daño.
Los dos hombres se dieron la mano, y Senju acompañó a Naruto hacia la puerta.
— Rasengan, una advertencia, si me lo permite. No tome esta amenaza a la ligera por su antigüedad. Entiendo que perdió a una institutriz en un incendio reciente.
Naruto sonrió con amargura.
—Un suceso trágico, estoy de acuerdo, pero que se debió a una chimenea defectuosa y no a la mano de sir Uchiha saliendo de su tumba muchos años después.
—Sea precavido —repitió Senju—. Quizás no valora lo suficiente la enorme influencia que tenía sir Uchiha.
Hinata se incorporó del lavabo pasándose temblorosamente el pañuelo mojado por su rostro. Aquella era la cuarta mañana que se había levantado sintiéndose muy enferma y, aunque el malestar de los otros días podía ser explicado por la poco saludable comida que había ingerido en las posadas camino de Londres, no era tonta.
La regularidad de su menstruación nunca fue muy grande, pero ya llevaba un retraso de dos meses, y eso unido a las indisposiciones matutinas, era una confirmación de sus esperanzas, deseos y sueños...
Pero, ¿cómo iba a decírselo a Naruto? No sólo había insistido en que no le daría un niño —derramando su semilla dentro de ella en sólo dos ocasiones durante los dos meses de matrimonio—, sino que además daba muestras de impaciencia con sus propios pequeños, a los que no dudaría en mandar al Japón, según dijo, si volvían a hacer otra de sus trastadas. No, Naruto no estaba para niños.
Tal vez, ahora no era el momento de informarle de que había otro en camino.
Sólo esperaba ser capaz de mantener en secreto la felicidad y la alegría de saberse embarazada, actuar con la suficientemente discreción como para que él no sospechara nada.
Volvieron las náuseas. Corrió al lavabo.
—Estoy alegre y extremadamente feliz —se dijo a sí misma entre arcadas—. Pero no puedo permitir que nadie lo sepa aún.
De alguna manera, pensó mientras se alejaba del lavabo, dudaba de si eso sería posible.
Además, tenía otros asuntos de los cuales ocuparse. Y uno en particular: Toneri.
Tenía que averiguar cuáles eran sus intenciones y buscar la manera de evitar que él revelara a todos lo que sabía que era lo más importante para ella.
Sin embargo, se perdió en consideraciones secundarias como de qué manera le ocultaría a Naruto el retorno de Toneri de la tumba. Eso también era importante, y de momento ocupaba sus pensamientos.
—¿Estamos listos para nuestra excursión matutina? —preguntó, mientras animosamente y con mucha alegría, agarraba la barandilla de la escalera para descender hacía el salón principal.
Se necesitaba un cuidado especial en las escaleras, pues siempre era posible que los niños hubieran decidido colocar en ellas alguna trampa.
Naruto se estaba volviendo muy hábil para detectar y esquivar las trampas al bajar por las escaleras. Saltaba sobre los escalones untados con grasa, evitaba cuerdas, chinchetas... Pero con la preciosa carga que ahora llevaba en el vientre, tendría que ser especialmente cuidadosa.
Todos los niños estaban presentes: Ino leía un libro, los mellizos se revolcaban por el suelo discutiendo por una figura de madera; Sumire charlaba con uno de los lacayos londinenses, cuyo nombre no podía recordar, y Deidara estaba parado en la parte baja de las escaleras, mirando hacia ella.
Detrás de él, Killer Bee estaba vestido para salir, sosteniendo el parasol y los guantes de Hinata.
—Llegas tarde —dijo Deidara torciendo la boca desdeñosamente—. Dijiste a las diez en punto. ¡Ya pasan tres minutos!
—Pido excusas —dijo Hinata humildemente, mirando a Killer Bee mientras tomaba el parasol y los guantes.
—Ahora podemos irnos si todos están listos... Killer Bee, ¿usted viene con nosotros?
Evidentemente, estaba esperando que le preguntara justamente eso, pues se lanzó a los pies de Hinata y le llenó las manos de húmedos besos. Hablaba en su jerga habitual.
—Será la mayor alegría de mi corazón poder servir en muchas maneras a mi más respetada dama.
Hinata retiró la mano sin brusquedad, pero con gesto firme.
—¿Es la costumbre que elegantes mayordomos se ocupen de sus señoras? Pensé que eso era más bien tarea de criadas, o como mucho de lacayos.
Killer Bee se puso de pie, mirándola de reojo de manera sugestiva.
—Depende de la señora.
Hinata abrió la boca dispuesta a reprocharle su atrevimiento, pero se contuvo en el último instante. A decir verdad, Killer Bee le caía bien, a pesar de, o más bien debido a, su naturaleza coqueta.
—Bueno, pues entonces tendremos que imponerlo como una moda, ¿no es así? ¿Estamos todos listos? Excelente. Nos vamos.
Afortunadamente para sus nervios, no tuvo que esperar mucho tiempo antes de que sus preguntas en relación con Toneri y sus intenciones fueran respondidas.
Sumire y ella caminaban por el parque mientras los niños gritaban y las rodeaban corriendo, cuando Hinata avistó a Toneri saludándola a lomos de un caballo.
—Veo a un conocido a quien debo saludar —le dijo a Sumire —. ¿Podrías llevarte a los niños a ver el lago? No dejes que se metan en el agua, y no permitas que las niñas se suban a los árboles, porque se destrozarán los vestidos si lo hacen, y no dejes que los niños pretendan ser mendigos y le pidan dinero a la gente como hicieron ayer, y no los dejes...
Sumire se rió y la tomó de la mano.
—No los dejaré hacer nada que no sea navegar con extremo cuidado en sus barcas.
—Gracias —dijo Hinata con una sonrisa de agradecimiento—. Enseguida estaré contigo de vuelta. Killer Bee puede echarte una mano.
Killer Bee sacudió la cabeza, moviendo muy expresivamente las cejas.
—Al señor no le gustaría eso.
—Ah, ¿no? —preguntó Hinata, con un ojo puesto en Toneri, que se acercaba.
—No, es más, le disgustaría mucho. Él desea que yo, vuestro Killer Bee el de carácter devoto, esté siempre a vuestro lado, protegiéndoos de la chusma escandalosa.
—No hay ningún peligro en Hyde Park —señaló Hinata, echándolo con gestos de las manos hacia Sumire —. Vamos, no se preocupe; me las me apañaré muy bien sola.
—Me arrancaré el corazón con mis propias manos y lo pisotearé con fuerza antes que abandonar a la más querida de todas mis señoras —dijo Killer Bee con un brillo melodramático en los ojos que revelaba la firmeza de sus intenciones.
Hinata se rindió a medias.
—Muy bien, pero manténgase a una prudente distancia. No necesito que nadie me proteja. Ve con los niños, Sumire. Ya te veré más tarde.
Sumire lanzó una mirada de curiosidad hacia donde Toneri estaba desmontando del caballo y entregando las riendas a un mozo antes de avanzar hacia Hinata, pero no hizo ningún otro comentario y se apresuró a seguir a los niños.
Killer Bee permaneció en segundo plano. La mujer esperaba que estuviese lo suficientemente lejos como para no escuchar su conversación.
—Toneri —dijo Hinata cuando él se paró ante ella con una exagerada reverencia.
—Tenía la sospecha de que podría encontrarme contigo, pero no tenía idea de que sería tan pronto.
—Sigues siendo tan retorcido y astuto como siempre.
—Soy incapaz de dejar pasar la oportunidad de tener una pequeña y cálida discusión contigo. ¿Vamos por allí?
Ella rechazó el ofrecimiento de su brazo, pero comenzó a caminar en la dirección que él indicaba, que por fortuna era la opuesta al lago artificial hacia donde se dirigían los niños.
—¿Sobre qué deseas conversar? Seguramente no tendrás gran cosa que decirme, y yo no tengo nada agradable que decirte a ti.
—Querida, querida —protestó Toneri en un tono de consternación tan evidentemente falso que Hinata sintió deseos de darle una patada—. Me hiere que tus sentimientos hacia mí no se hayan suavizado a lo largo de los años.
—¿Suavizado? —preguntó Hinata con una mezcla de horror y furia—. Tú me arruinaste, me echaste a un lado sin ningún miramiento, sin ningún interés o preocupación por mi bienestar o mi futuro. Para ti, yo podría haber estado embarazada y, no obstante, dejaste que tu familia se llevara a tu esposa y a ti al continente sin ni siquiera interesarte por lo que me ocurriría. Por cierto, ¿cómo está tu esposa?
—Muerta. Hace ya siete años, la pobre. Me volví a casar, con la hija de un noble griego, una muchacha bastante áspera, pero lo suficientemente agradable. —Toneri intentó cogerle la barbilla, pero ella lo detuvo con un golpe en la mano.
— Sari es mucho más controlable de lo que tú eras, querida, sin embargo eso tiene sus inconvenientes. No tiene el fuego que tenías tú en la cama...
Hinata lo abofeteó con toda la fuerza de su mano enguantada, que no era mucha. No obstante, se quedó satisfecha.
—Me digno hablar contigo simplemente porque debo saber qué es lo que quieres de mí, pero no voy a permitir que vuelvas a maltratarme, ni siquiera verbalmente... Killer Bee, no, quieto, tranquilo, suéltalo, no es un pervertido.
—Usted le ha dado un golpe —dijo Killer Bee, con los ojos llenos de odio mientras sujetaba a Toneri por el cuello—. Ahora debo estrangularlo. Al señor no le gustaría que yo no vengara la deshonra que este individuo le ha causado.
—Se equivoca, Killer Bee, sólo ha dicho una tontería, hablaba sin pensar. Por favor, déjelo ir, Killer Bee. —Hinata empujó suavemente al perturbado mayordomo, alejándolo del sofocado Toneri.
Killer Bee parecía más tranquilo, pero le espetó algo a Toneri que sonó como si fuese una maldición. Luego, se alejó unos metros para permanecer vigilante, con aire amenazador.
Toneri maldijo hasta que Hinata le llamó la atención.
—Deja de actuar como un niño, tú te lo has buscado. Ahora, por favor, ten la gentileza de decirme de una vez cuál es tu objetivo, sin acosarme más.
—Puedo asegurarte que no tengo ninguna intención de acosarte —dijo Toneri, con sus turbios ojos brillando de ira. Se acarició la mejilla y esbozó una sonrisa terrible.
— De hecho, mis pensamientos sobre ti son lo opuesto al acoso, especialmente desde que llegué a París el mes pasado, cuando un libro muy interesante llegó a mis manos, un tomo que hablaba de actos de gran intimidad que me parecían extrañamente familiares.
Ah, ahora estaban llegando al corazón del asunto. Hinata no dijo nada pero su rostro reflejaba una actitud de tensa espera.
—Habla, cerdo.
—Me encuentro, naturalmente, es vergonzoso tener que admitirlo, en una situación financiera particularmente desagradable.
Hinata casi se rió a carcajadas y mostró una señal de alivio en su rostro. Dinero, eso era todo lo que Toneri quería, sólo dinero. Tanto la risa como el suspiro murieron cuando cayó en la cuenta de que no tenía nada de dinero.
—Ya que el libro que tan inteligentemente escribiste se basa en nuestras experiencias juntos como marido y mujer...
—No éramos marido y mujer, aunque no te molestaste en decírmelo hasta que fue demasiado tarde.
—Y nuestra relación es la única base de lo que se cuenta en aquel libro que, según me han dicho, se ha hecho tan popular, no puedo evitar pensar que podrías estar dispuesta a mostrar tu gratitud y apreciación de forma monetaria con quien hizo que el libro fuera posible.
—¡Gratitud! —exclamó Hinata, tan airada que casi no le salían las palabras—. ¿Debo gratitud a quien me humilló, deshonró y hundió?
—Claro, por haberte dado las herramientas que han servido para subir desde tan innoble posición a las alturas de... una marquesa.
—La Guía no tuvo nada que ver con que Naruto se casara conmigo.
Toneri saludó con un movimiento de cabeza a un conocido, antes de volver a prestar atención a Hinata.
—Si no bajas la voz, mi querida Hinata, encontrarás que el silencio que sospecho que buscas desesperadamente no te servirá de nada.
Hinata respiró profundamente, recordándose que debía pensar en Naruto y en los niños. No podía dedicarse a darle más bofetadas a aquel tipejo, por mucho que se lo mereciese.
—No te debo nada, Toneri, ni gratitud ni nada.
—Ay, qué mujer —respondió, sonriéndole odiosamente—. Temía que pudieras adoptar esta actitud tan lamentable. ¿Puedo recordarte la situación peculiar en que te encuentras? Por lo que pude ver ayer en el baile, llevas casada con Rasengan muy poco tiempo, y nadie, salvo yo, parece saber que la marquesa Rasengan y la obscena Hannah La Perla son la misma persona. No creo que lo sepa ni tu flamante esposo.
—No te preocupes por lo que me marido sabe o no sabe de mí. Naruto sabe lo que hay que saber de ti. Se lo he contado todo.
—Razón por la cual tomo bastantes precauciones para evitarlo. Por lo que he oído, no se resistiría a retarme a un duelo, y, como tú indudablemente sabes, querida, soy un amante, no un guerrero.
El estómago de Hinata se revolvió ante el tono zalamero de su voz. Tuvo que agarrarse las manos para no volver a golpearlo.
—¿Cuánto quieres? Toneri sonrió.
—Creo que la suma de cinco mil bastará. Por ahora.
—¡Cinco mil! —Hinata lo miró boquiabierta, con la mente nublada por la magnitud de la cantidad que le podía—. ¡No tengo cinco mil libras!
—¿No? Yo creía que las ganancias de la Guía de gimnasia conyugal eran lo suficientemente amplias como para permitirte compartir una pequeña porción con el hombre a quien le debes todo eso.
—No he recibido dinero del libro desde hace años y, ciertamente, no te debo absolutamente nada. En cuanto a la cifra de la que hablas, es ridícula. Sencillamente, no tengo esa cantidad de dinero.
—Ah, pero tu esposo sí la tiene. —Toneri se inclinó hacia ella. La mujer retrocedió —. He preguntado aquí y allá. Rasengan es uno de los aristócratas más ricos que adornan y ennoblecen nuestra hermosa isla. Estoy seguro de que si te lo propones, se te ocurrirá alguna excusa para adquirir ese dinero. Entiendo que muchas damas tienen deudas de juego por sumas mucho mayores.
Hinata sólo sentía odio e ira hacia él. Apretó los dientes y se clavó las uñas en las palmas de las manos para evitar lanzarse hacia él.
—Yo no soy jugadora —dijo finalmente, con una voz sofocada. Toneri se encogió de hombros.
—Busca la excusa que quieras para sacarle el dinero, querida. Seguro que no desearás arruinar tanto tu matrimonio reciente como la reputación de tu esposo si la historia de tus logros literarios se hace pública.
—Eres despreciable. Una rata despreciable. Eres todavía peor que hace veinte años, eres una criatura indigna y vil. Me pongo mala sólo de verte.
Toneri se rió y le cogió por sorpresa la mano, presionando sus labios contra ella mientras hacía una espectacular reverencia, entre gruñidos furiosos de Killer Bee.
—¿Sabes que no deseaba volver a Inglaterra? Pero ahora miro el futuro con optimismo. Preveo muchas recompensas por mis esfuerzos del pasado. Y hablando de eso, cuéntame si estás planeando escribir otro libro.
La miró de pies a cabeza con indecencia evidente.
— Estaría encantado de ayudarte a que aumentes tus conocimientos sobre los ejercicios conyugales.
Se echó para atrás antes de que Hinata pudiese abofetearlo de nuevo, aunque lo que tenía en mente era más bien propinarle un puñetazo en el estómago. Toneri volvió hacia su caballo como si no tuviera una sola preocupación en la vida.
Killer Bee llegó al lado de Hinata en un instante, con gesto de furia contenida mientras seguía a Toneri con la mirada.
—Es un hombre abyecto. ¿No la habrá molestado de nuevo, hermosa señora?
—No. De la manera a la que te refieres, no.
—¿Vamos tras los diablillos? —Killer Bee señaló con la cabeza la dirección en que Sumire y los niños habían desaparecido.
Hinata dudó respecto a seguirlos o volver a casa para vomitar lo antes posible, pues se le había revuelto el estómago a causa de la discusión con Toneri.
—No, creo que no —respondió lentamente—. Sumire no tendrá ningún problema en ocuparse de los niños. El cielo sabe que ellos parecen hacerle más caso que a mí. Creo que más bien me iré a casa.
Una idea la iluminó de repente. Señaló hacia la derecha, a la calle Piccadilly.
— Espere, Killer Bee, mejor no. He cambiado de parecer... quisiera ir a la vieja calle Bond. ¿Podría ver si hay un carruaje disponible para alquilarlo? Es una caminata considerable y quisiera visitar la librería Hookham y volver a casa antes de que los niños regresen. Tengo muchas cosas que pensar, demasiadas cosas, y la mayoría de ellas son desagradables.
Killer Bee no dijo nada, pero se dispuso a buscarle un carruaje.
No iba a tener más remedio que ocuparse del asunto de Toneri. De hecho, lucho para alejar de su cabeza la palabra «asesinato», pero ése era el camino que recorrían sus pensamientos más sinceros.
Si sólo tuviese que pensar en ella misma, ni siquiera contemplaría una cosa así, pero ahora estaba con Naruto y con los niños. Definitivamente, Toneri tendría que ser eliminado.
Sólo espero que en Hookham haya algún un libro sobre como asesinar a alguien. Necesito cometer el crimen perfecto, se dijo entre suspiros mientras caminaba detrás de Killer Bee.
—Dios mío, ¡se están ahogando! ¡Sálvenlos! ¡Sálvenlos!
Boru Nara, el hijo mayor, aunque ilegítimo, del conde de Myōboku, se detuvo en el mismo instante en que se disponía a entregar a una prostituta dos brillantes guineas nuevas, mirando hacia el lago artificial conocido como Serpentine.
La prostituta, preocupada por su dinero, arrancó las monedas de sus manos antes de salir corriendo. Boru no le prestó atención y corrió hacia el lago entrecerrando sus ojos azules al ver a una joven de cabello purpura, que le resultaba familiar, quitarse los zapatos, dispuesta a tirarse al agua.
Más lejos, pataleando a unos metros de la orilla, había algunos niños, gritando y chapoteando en el agua. Sin pensar en nada más que en la necesidad de salvar a los pequeños, Boru corrió hacia el agua, lanzándose sin siquiera parar a quitarse las botas.
—¡Sálvenlos! —gritaba Sumire, señalando a los niños. Obstaculizada por sus faldas, tenía dificultades para llegar a donde estaban los niños. Rodeados por pequeñas barcas, gritaban y se movían frenéticamente.
—¡Mantengan la calma! —gritó el joven, llegando a los niños con largas y poderosas brazadas—. Los tengo, no se preocupen. Sólo mantengan la calma y yo los sacaré.
Tomó al niño más cercano por la cintura, sólo para que éste, un chico de unos ocho o nueve años, le diera una patada en la espinilla y le mordiera la mano.
—¡Sálvenlos, se ahogan! —gritaba Sumire de nuevo.
—Eso intento —dijo Boru, luchando con el niño mientras trataba de alcanzar a una niña que chapoteaba a su lado.
—¡Dejen de luchar... ya los tengo, están a salvo!
—No me refiero a los niños —gritó Sumire, empujando una de las barcas que venía hacia ella—. Ellos saben nadar. Los ratones, ¡salva a los ratones! ¡Se están ahogando!
—¿Ratones? —preguntó Boru, mirando a un barquichuelo de juguete, de azul y verde, que se movía de un lado para otro cerca a él. Agarrado desesperadamente a un mástil estaba un pequeño ratoncito blanco.
El niño que estaba en sus brazos pateó a Boru en los riñones, soltándose de sus brazos. En ese punto Boru se percató de dos cosas importantes; primero, el agua sólo llegaba a la altura de la cintura; segundo, había arriesgado su vida para salvar a un ratón.
Bueno, a decir verdad, eso de que había arriesgado su vida era una exageración, pero era una exageración que Boru se permitió, dadas las circunstancias.
—¿Ratones? —rugió a Sumire, que había llegado a un segundo bote de juguete y estaba rescatando al roedor tripulante—. ¿He saltado al agua totalmente vestido para rescatar a unos ratones?
—Nadie te lo pidió —dijo Sumire indignada. Boru intentó no pensar en el efecto del agua sobre la ropa de la chica, pero a un santo asceta le hubiese costado mucho trabajo no admirar las adorables líneas del cuerpo de Sumire, y Boru no era ningún santo.
—Claramente te escuché decir: «Sálvenlos, se están ahogando». Si eso no es pedirme que los salve...
—Me refería a los ratones —interrumpió Sumire, alcanzando una tercera barquita. Los niños, habiéndose divertido lo suficiente, se reunieron en la orilla a discutir sugerencias para próximas trastadas.
Boru sacó un ratón empapado del barquito más cercano, y lanzó el juguete hacia la orilla, donde dos niños se abalanzaron sobre él, peleando por su propiedad.
—No sabía que gritabas por los ratones, pensé que querías decir que los niños se estaban ahogando. Fue un error lógico, considerando la situación.
—¿Y bien? —preguntó Sumire, con tres ratones mojados sobre su hombro. Señaló hacia un último bote que flotaba en medio del lago.
—¿Y bien qué? —preguntó él, sabiendo exactamente lo que ella quería.
—¿No vas a ir a rescatarlo? El bote podría hundirse en cualquier momento.
—No soy un rescatador de ratones —dijo Boru con gran dignidad, o con tanta dignidad como puede permitirse uno cuando está mojado hasta el cuello por salvar a un pequeño ratón blanco.
—No, eres un ladrón, pero hasta los ladrones pueden tener cierta decencia, al menos con respecto a algunas cosas. No querrás ser responsable de la muerte de ese pequeño ratoncito inocente, ¿o sí quieres?
—¿Por qué no? No veo que sus compañeros hayan dado muestra alguna de gratitud.
Sumire lo miró con unos ojos que hubieran atravesado de parte a parte a hombres más grandes. Boru chapoteó hacia donde ella estaba, admirando contra su voluntad lo deliciosamente que el vestido mojado se pegaba a la curva de la cadera y la gran redondez de sus senos.
Empujó el ratón hacia ella, echándole una mirada que esperaba que fuese severa y no revelase lo encantado que estaba en el fondo por aquel encuentro y por la maravillosa exhibición de su cuerpo bajo la ropa empapada.
—¿Lo ves? Sí que hay algo de bondad en ti después de todo —le dijo Sumire mientras él pasaba a su lado, chorreando agua, hacia los bancos de la orilla—. Sabía que no podías ser tan malo. ¡Dei! ¡Mira a Rupert! ¡Casi se ahoga!
—Dios del cielo —murmulló Boru, sacudiendo el agua de sus botas.
—Rupert no sabe nadar —dijo Sumire, besando al ratón en su pequeña cabecita mojada.
La chica dejó en libertad a los ratones en un arbusto cercano, luego miró hacia él y sonrió de una manera tan deslumbrante que el joven olvidó cualquier resentimiento que pudiera quedarle por el lío tan tonto en que le había metido.
—Fuiste muy valiente al saltar al estanque. Muy gallardo. La verdad es que estoy muy impresionada.
—¿De verdad? —La miró un instante.
—Mucho. No creía que los ladrones pudieran tener este tipo de comportamiento. Pensé que eran gente de tierra, pero te desenvolviste muy bien en el agua. Lamento que te hayas mojado, pero sospecho que eso le vendrá bien a tu ropa.
Boru miró su atuendo mugriento, en realidad el que llevaba cuando iba de incógnito, y pensó por un instante revelarle quién era él y por qué había estado rondando la casa la noche anterior.
Pero decidió que de momento lo más sabio y prudente era el silencio. Hizo una pequeña reverencia y se quitó un alga del hombro, ofreciéndosela inmediatamente con gesto galante, como si fuera la rosa más apreciada del mundo.
—Me encanta ser útil a las damas.
Sumire aceptó el obsequio con una sonrisa. Luego reunió a los niños.
—Tus hermanos y hermanas son un poco... vivaces, ¿no es así? —Boru hizo la pregunta al colocarse al lado de Sumire mientras ella llevaba a los niños lejos del lago.
El chico mayor le parecía familiar, pero Boru no acababa de situar su pecoso rostro en el lugar adecuado.
—Oh, no son mis hermanos. No tengo ningún hermano. Son los nuevos niños de mi tía. Son de su esposo.
—Ah —dijo Boru, y siguió pensando quién sería el pequeño de las pecas.
Sumire se quedó pensativa. El joven luchaba por frenar el creciente impulso de besarla.
—No sé si es prudente contarte demasiadas cosas, pero si no lo hago, podrías robar la casa de Naruto por error, así que supongo que es más inteligente decírtelo.
—¿Decirme el qué? ¿Y quién es Naruto?
—Naruto es el nuevo esposo de mi tía. Lord Rasengan. Es un marqués y no creo que le gustara mucho que le robasen, así que agradecería que quitases la mansión de ese lord de tu lista de posibles fuentes de ingresos.
Boru estaba asombrado por lo que ella le decía y por lo que él mismo estaba viendo. ¿Estos monstruos incontrolables eran los hijos de Naruto? Ciertamente, los últimos años estuvo lejos, en Oxford, completando su educación, pero, ¿había realmente pasado tanto tiempo desde la última vez que los vio?
Hizo cálculos en su cabeza y encontró que habían pasado casi cinco años desde que él había acompañado a su padre y a su madrastra a Rosehill.
Sumire lo miraba con un gesto preocupado. Boru se dio cuenta y se apresuró a tranquilizarla.
—Creo que puedo jurar, sin problema alguno, que nunca robaré en la casa de lord Rasengan.
—Gracias. —Sumire parecía muy aliviada. Se detuvieron antes de cruzar una calle con mucho tránsito.
— Esperaba que fueras así de sensato. Naruto no es ningún tirano ni un hombre violento, pero mi tía me ha contado que no evita los duelos. Claro, Naruto no te retaría a un duelo, ya que no eres un caballero, pero, aun así, me imagino que te daría una paliza si llegaras a robarlo.
—Indudablemente —respondió Boru, deseando decirle que sí era un caballero. Cuando entraron en un callejón estrecho entre dos casas, hacia el que los niños habían corrido, él supuso que era un atajo hacia la vivienda de Naruto. Pero, antes de que él pudiese decir algo, Sumire dio un grito de disgusto y echó a correr.
Frente a ellos, a unos metros de distancia, los niños gritaban llenos de terror mientras corrían hacia ellos, mirando hacia atrás, a un carruaje que se les venía encima, con el cochero echado hacia un lado como si se estuviese inconsciente y los caballos resoplando mientras pasaban descontrolados como un trueno por el pequeño pasaje.
Boru estudió con una mirada rápida a los niños, los caballos, y la distancia que había para ponerlos a salvo, mientras corría tras sumire.
No había manera de que pudiese sacar a los niños del callejón, y tampoco suficiente espacio para esperar que el carruaje les adelantara sin golpearles. Los caballos eran salvajes y estaban claramente enloquecidos por el pánico, y no había ninguna garantía de que no atropellaran a cuantos se pusieran delante.
La única solución era la minúscula zona habilitada para la basura de la casa de la izquierda. Si podía llevar a los niños hacia ese rincón, estarían seguros.
Adelantó a Sumire, quien evidentemente había pensado lo mismo, pues estaba sacudiendo las manos hacia la izquierda y gritando a los niños que corriesen al rincón de los cubos de basura. Alcanzó a Ino y Hanami que venían hacia él.
Cogió al niño más pequeño de los brazos de Deidara.
—Corre —le gritó al mayor, y corrió tras él. Sumire ya estaba con las niñas y las llevaba hacia la zona segura, Arashi iba detrás.
Los caballos sonaban cada vez más cerca a sus espaldas. El ensordecedor ruido de sus cascos en aquel espacio reducido ahogaba incluso el latido de la sangre en sus oídos.
Los caballos ya casi los alcanzaban. Gotas de baba equina caían ya sobre su espalda. Con un último y desesperado arranque de fuerza, Boru se lanzó y se puso fuera de peligro, encogiéndose para evitar que Konohamaru se golpeara contra el muro.
Los caballos pasaron justo cuando él chocó con la pared de ladrillos. El carruaje arremetió con tal fuerza detrás de ellos que las cajas y cubos de basura rodaron a su paso.
—Quédense aquí —gritó boru, poniéndose de pie y corriendo tras el carruaje.
—¡Boru! —gritó Sumire, pero él no se detuvo. Si aquellos caballos continuaban bajando desbocados por la calle, alguien más estaría en peligro.
Corrió hacia el final del callejón, frenando al llegar a la calle. El cochero estaba erguido, con las riendas firmemente en sus manos mientras miraba por encima del hombro hacia el callejón.
Al ver a Boru, azotó a los caballos, avanzando por la calle sin fijarse en nadie más.
