SE NECESITA ESPOSA
13. Estragulando a Shakespeare
—Oh, esto es ridículo —se dijo Hinata, murmurando. Estaba junto a un busto de Shakespeare, que tenía un cordel en el cuello.
La mujer consultaba un libro abierto.
— «Deslice el nudo sobre el dedo índice de la mano derecha». Hecho. «Tome el resto de la cuerda con la mano izquierda mientras se acerca a su víctima». Hay que hacerlo silenciosamente, ésa es la clave, ¿no es así? ¿Dónde estaba?... «Utilice su mano izquierda para lanzar el lazo sobre la cabeza de su víctima»... mmm...«apriete suavemente, con la víctima a la distancia de los brazos», sí, sí, yo he hecho eso...«la estrangulación debe ser instantánea»... Bueno, bien.
Hinata frunció el ceño a Shakespeare. Desde luego, no imaginaba que fuera fácil estrangular a Toneri, pero tampoco que fuese incapaz de usar con éxito un lazo en el cuello de una estatua. Tenía muy pocas esperanzas de que le fuera a ir mejor con una cuerda más fuerte y una persona viva.
—Sólo me hace falta más práctica —se dijo, tomando la cinta de la estatua—. No puede ser tan difícil. El libro dice que el factor sorpresa es la parte más importante. Muy bien, practicaré hasta que esté segura de mí misma.
Hinata hizo un aro con su mano derecha, silbando vivazmente y caminó con disimulo hacia el busto de Shakespeare, como si estuviera dando un inocente paseo por el jardín.
El pensamiento de asfixiar a un hombre hasta lo muerte era lo más alejado de su sensibilidad, desde luego. Al acercarse al busto, lanzó el cordel sobre la cabeza de Shakespeare, tirando luego rápidamente, como decía el libro, pero se le había olvidado que el busto no estaba agarrado a nada.
Dio un grito al ver que el busto volaba a su lado, directamente hacia la puerta que se abrió en ese momento para dejar paso a Sumire.
El busto se estrelló contra la pared situada un poco más allá, rompiéndose en una docena de piezas de yeso.
—¿Qué estás haciendo, tía Hinata?
Hinata emitió un pesaroso suspiro y tiró el cordel hacia los restos de la estatua.
—Intentando estrangular a Shakespeare, pero no sirve de nada, sencillamente no valgo para ahorcar a la gente. Tendrá que ser de otra manera. Y no sé cual, porque no creo que pueda dispararle.
—¿Dispararle a quién? —preguntó Sumire mientras caminaba sobre lo que quedaba de Shakespeare y cerraba la puerta tras ella.
—A Toneri —respondió Hinata. De repente notó que el vestido de su sobrina estaba empapado. Colocó los brazos en jarras y dedicó a la sobrina su mirada de reproche más dura.
—¿No te dije que no permitieras que los niños nadaran en el río? Sumire la ignoró. Su rostro parecía brillar de emoción.
—Fueron los ratones, los pequeños demonios pusieron a los ratones a bordo de los barcos y no me lo dijeron hasta que ya era muy tarde. ¡Nunca te imaginarás lo que nos ha pasado de camino a casa!
—¿Recibiste un buen número de propuestas indecentes de hombres que te vieron con esa sugerente ropa mojada?
—¡No, los niños casi fueron atropellados por unos caballos descontrolados! Fue terrible, y estoy segura de que nos hubieran matado a todos de no haber sido por Boru. ¿Por qué intentas matar a Shakespeare?
Las rodillas de Hinata cedieron. Se dejó caer débilmente en la silla, con el corazón latiéndole fuerte.
—No me convienen las emociones y las sorpresas. Debo mantenerme calmada, por el bien del bebé, debo mantenerme tranquila.
—¿Estás embarazada? —preguntó Sumire, arrodillándose al pie de su tía—. Qué maravilla. Debes estar muy emocionada. ¿Ya se lo has dicho a Naruto?
Visiones de pequeños ataúdes danzaban frente a sus ojos.
—Los niños... ¿están bien? ¿Todos están a salvo?
—Oh, sí, ¿no te lo he dicho? Boru los salvó. Es muy valiente, a pesar de ser un ladrón. Nos acompañó hasta casa, incluso. Quería ver a Baruto, sin duda por ver si le daba alguna recompensa. Pero Naruto no ha vuelto a casa aún, así que le dije que volviese más tarde. ¿Tía Hinata? ¿Estás bien? Te veo un poco pálida.
—¿Un ladrón los salvó? —preguntó Hinata con una voz cada vez más débil.
La cabeza empezaba a darle vueltas, y se sentía cerca del desmayo. Pero era una mujer fuerte, así que hizo un esfuerzo para tomar las riendas de sus tumultuosas emociones.
—Sí, nos acompañó hasta la casa. Realmente, tiene buenos modales para ser un rufián.
Pese a todos sus esfuerzos, Hinata pensó lo que le estaba diciendo bien justificaba un desmayo.
—Pero, Sumire.
—¿Sí?
—¿Cómo has consentido que un ladrón te acompañe a casa?
—Porque es un ladrón muy agradable —respondió la sobrina retorciéndose la falda mojada con los dedos—. Estoy segura de que si llegaras a conocerlo, lo notarías de inmediato.
Hinata intentó pensar una réplica adecuada, pero tenía crecientes dificultades para concentrarse.
—¿Los niños están bien? —preguntó de nuevo, incapaz de pensar en nada más. Sumire asintió sonriendo mientras le daba palmaditas en las manos.
—Sí, están bien, un poco mojados, pero nada más. Los mandé con Koharu y Tayuya a ponerse ropa seca. ¿Quién es ese Toneri al que querías asesinar?
—Toneri, mi Toneri, o el Toneri que creí que era mío, aunque nunca lo fuera realmente, lo cual agradezco infinitamente, ahora que tengo a Naruto.
La mente de Hinata, un poco confundida, estaba comenzando a retornar a su estado normal de lucidez. Tendría que contarle a Naruto este último accidente ocurrido a los niños.
A lo mejor le daba por pensar que la ciudad no les convenía y los enviaba de vuelta a casa, y entonces Toneri no tendría oportunidad de...
Pero no, eso no funcionaría. Incluso aunque Naruto los enviara a todos de vuelta a él se quedaría, y entonces Toneri sencillamente lo evitaría mientras se encargaba de difundir las historias de Hinata por todos los corrillos. No, tendría que quedarse donde estaba y ocuparse de él.
Sumire tomó aire.
—Pensé que estaba muerto.
—Yo también, pero resulta que no lo está. Está más que vivo, y chantajeándome.
Sumire se quedó boquiabierta. Sabiendo que sus secretos estaban a salvo con Sumire, Hinata le habló sobre su conversación de la mañana con Toneri, y le confesó la solución al problema que había encontrado: el asesinato.
—¿Lo vas a matar? —preguntó Sumire, con los ojos muy abiertos.
—No veo otra alternativa, ¿se te ocurre alguna?
—Bueno, yo... — Sumire lo consideró por un momento, y luego sacudió la cabeza—. No, creo que tienes razón, la única manera de librarte de él es callarlo para siempre. ¿Cómo lo piensas hacer?
—No tengo ni idea —respondió Sumire, algo malhumorada. Si alguien tenía derecho a estar de mal humor, seguramente era ella—. El libro que encontré en Hookharn habla de métodos de ejecución, no sobre cómo eliminar a un chantajista. No creo que Toneri tenga intención de meter su cabeza dentro de un lazo. Dispararle sería una posibilidad, pero no tengo pistola, y tampoco sé disparar, no lo he hecho nunca.
Sumire se puso de pie y recorrió el cuarto, pensativa.
—¿Qué tal si le prendemos fuego a su casa? Hinata negó con la mano.
—No, eso sería dañar a otros y nadie más debe sufrir por culpa de Toneri.
—Tienes razón. Quizás se pueda ahogar.
—Difícil de lograr.
—¿Con arma blanca?
—No podría.
Sumire se detuvo en frente de ella.
—¿Qué me dices del envenenamiento?
—No sabría qué darle. Oh, esto es ridículo. —Hinata se levantó, impaciente, y empezó a dar paseos por la estancia con Sumire—. Las dos somos mujeres inteligentes y bien educadas. Nadie imaginaría que somos capaces de estar planeando el asesinato de un hombre. ¿Por qué no se nos ocurre algo?
—Eres tú quien tiene capacidades literarias —señaló Sumire—. ¿Qué haría la protagonista de una novela tuya?
—Arreglar las cosas para que un oportuno accidente lo elimine —musitó Hinata, y luego se sentó y estalló en llanto. ¡No tenía sentido! Por mucho que deseara liquidar a Toneri, no sería capaz de hacerlo.
Se reprochaba incluso el hecho de pensarlo. Y a causa de su debilidad, Toneri le diría a todo el mundo quién era ella, y Naruto la dejaría, y ella arruinaría las vidas de los niños y la de Sumire y la de su pobre bebé, y la vida sería horrible, y ella terminaría conviviendo con los gusanos...
Por qué no se habría ahogado el maldito tipejo cuando naufragó.
—Lo siento tanto, Tía Hinata. ¿Hay algo que pueda hacer?
—No. No hay esperanza. Nadie puede ayudarme ahora. —A pesar de sus palabras sombrías, Hinata se dijo que tenía que reaccionar.
Tenía que buscar la forma de salir de aquella horrible situación. No permitiría que Toneri arruinase más vidas. Si no lo mataba, ¿qué frenaría sus planes de chantajearla? ¿Una amenaza de montarle un escándalo? ¿Sobornos?
Hinata se frotó nerviosamente las manos. Paseaba angustiada, parando de vez en cuando para dar una palmada a Hinata en el hombro, murmurando que las cosas no iban tan mal.
Mientras, Hinata no estaba pendiente de ella, porque daba vueltas a varias ideas de posibles escándalos fabricados que pudieran cerrar la boca Toneri respecto al tema de su propio pasado.
—Tal vez esa es mi única opción —dijo de repente, con una determinación renovada—. Sí, así es. Pero voy a necesitar ayuda... alguien que lleve a cabo mis instrucciones. Alguien sin nada que perder, que no le importe ensuciarse las manos, por así decirlo.
—¿Ayuda? ¿Instrucciones? ¿Te refieres a tu plan para Toneri?
—Sí —respondió Sumire, distraída por los repentinos campos fértiles que se abrían de pronto a su imaginación, las múltiples opciones que se le ocurrían para obligar a Toneri a mantener la boca cerrada.
Se sentida más que aliviada por no tener que matarlo, ni utilizar amenazas, o buscar el dinero que le exigía. Su solución era mucho más sencilla. Le pagaría a alguien para crear un escándalo potencial, tan terrible que Toneri estaría obligado a renunciar a su chantaje con el fin de prevenir que ella llevase a cabo su plan.
—¡Sé justamente quién es el hombre que puede ayudarte! — Sumire tomó las manos de Hinata entre las suyas, ayudándola a levantarse—. Él hará cualquier cosa que le pidas. ¡Es decidido e inteligente, y si le dices lo que quieres que haga, lo hará!
—¿De quién hablas?
—¡De Boru!
—¿Quién?... Ah, ¿tu ladrón?
—¡Sí, él! — Sumire se abrazó a sí misma y dio un giro sobre los talones, feliz—. Boru sabe ser desagradable... No le importaría hacer... lo que dijiste.
Hinata pestañeó, confundida.
—¿Qué es lo que no le importaría hacer?
—Lo que mencionaste —dijo Sumire en tono muy bajo—. Ya sabes, cosas desagradables.
—Ah. —Se dijo que se refería al escándalo. Hinata pensó en eso por un momento. El ladrón de Sumire podría ser perfecto, ciertamente, para el papel de incitador de escándalos. Un hombre con su profesión no pondría reparos a ese tipo de actividades.
— Quizá tengas razón. No tendría que hacerlo yo misma, lo que admito que me estaba causando muchas preocupaciones. Bueno, hablaré con este ladrón tuyo, pero no prometo nada. Me conviene mantener todas las vías abiertas. Continuaré buscando posibles hombres que pueda utilizar hasta que sepa si tu ladrón vale o no para hacer el trabajo. ¡Gracias, Sumire! Puede que estés salvando todas nuestras vidas.
Naruto, que volvía a casa después de una rápida reunión con un par de contactos, se sorprendió al enterarse de que había una persona de baja reputación esperándolo en su estudio. Se sorprendió aún más cuando esa persona poco recomendable resultó ser su ahijado.
—¡Boru! ¿Qué demonios estás haciendo aquí, empapado hasta los huesos y con esa ropa tan repulsiva? —De todas formas, sin tener en cuenta el atuendo, Naruto abrazó a su ahijado, anotando para sí que Boru, habia crecido y ahora era todo un hombre.
— Has crecido desde la última vez que te vi —añadió—. Ya eres más alto que yo.
Boru no respondió a los comentarios, pero sí dio a Naruto un abrazo muy sentido.
—Papá me contó que hace muchos años habías colgado tu uniforme de espía. No estarás haciendo otro trabajo de aquellos, ¿verdad?
Naruto, ligeramente sorprendido por la seria mirada visible en los ojos de Boru, sacudió la cabeza y señaló una silla de piel.
Aunque no había visto a Boru desde hacía muchos años, lo recordaba perfectamente, y no le era difícil ver que el joven había crecido bastante.
Hizo un poco de aritmética y se sorprendió al encontrar que Boru tenía ahora veintitrés años de edad. ¿Realmente había pasado tanto tiempo?
—No, no realmente no estoy haciendo espionaje. Sólo una breve investigación sobre algo que pasó hace muchos años, pero no un trabajo, no un trabajo de verdad. ¿Por qué lo preguntas?
—Alguien ha intentado matar a tus hijos esta tarde.
—¡Maldita sea!
Naruto se levantó de la silla de un salto y ya iba a medio camino hacia la puerta cuando la voz de Boru lo detuvo.
—Están bien, Naruto. Sumire estaba con ellos, y yo también. Nadie salió herido. Yo les escolté a casa, para asegurarme de que no se hiciera otro intento similar.
Boru frunció el entrecejo y se mordió el labio inferior.
—No es posible.
—Estoy bastante seguro de que fue un ataque a sus vidas, pero supongo que también puede haber sido un accidente...
La palabra «accidente» resonó en la mente de Naruto. Hinata estaba preocupada por la cantidad de accidentes que habían tenido los niños últimamente... pero eso era una tontería.
Habían sido accidentes de verdad, causados por el empeño de los niños en poner en práctica cualquier plan tonto que entrara en sus endiabladas cabezas. ¿O no habían sido accidentes?
—Cuéntame lo que pasó —dijo Naruto lentamente mientras retornaba a la silla, inclinándose hacia adelante con los brazos sobre las rodillas.
Boru narró una historia que le sonaba demasiado familiar: los niños enviando a los ratones a navegar en sus barquitos de madera; pero experimentó escalofríos por todo el cuerpo al oír la historia del carruaje descontrolado.
—¿Estás seguro de que los caballos estaban controlados una vez que el carruaje llegó a la calle más allá del callejón?
Boru asintió.
—El cochero debió fingir un desmayo. Claramente miró por encima de su hombro hacia el callejón, y cuando me vio, fustigó a los caballos con más fuerza y arrancó calle abajo. Le pregunté a Sumire en el camino a casa si era usual que fueran por ese callejón.
Ella me dijo que sólo llevaban en la ciudad tres días, pero que lo habían tomado todos los días al volver del parque. No, no pudo ser accidental.
Boru levantó sus ojos preocupados hacia Naruto,
— ¿Quién podría querer hacerle daño a tus hijos, Naruto?
—Alguien que tiene mucha memoria —respondió el hombre suavemente, pensando en la carta que Senju le había mostrado. Estaba encendido de ira, con una furia tan profunda que tenía la necesidad irracional de golpear algo, lo que fuese, como respuesta a las amenazas sobre la vida de sus hijos.
Siempre había aceptado el peligro propio como parte de los trabajos que había decidido hacer, pero la idea de que su familia tuviese que sufrir por sus acciones... Cerró los ojos por un momento, con los puños cerrados para contener el impulso de destrozar la habitación.
—Te ayudaré en todo lo que pueda —dijo Boru, consciente de la lucha que libraba Naruto para mantener su temperamento bajo control—. Puedes contar conmigo y con mis hombres.
Naruto abrió los ojos, llenos de ira.
—Perdóname, no te lo he preguntado, y no tuve tiempo de preguntarle a tu padre. ¿Cómo va tu trabajo?
Boru se encogió de hombros.
—Tan bien como podría esperarse. Se discute otra posible reforma en la casa, como ya te habrán dicho. Sin embargo, será otro intento inútil de acabar con la prostitución. Nada podrá hacerse sin afrontar los problemas verdaderos de pobreza y estructura de clases. Hacemos lo que podemos para ayudar a las mujeres que sinceramente quieren una vida mejor, pero es como tirar piedrecillas al mar.
Naruto se las arregló para sonreír.
—Sigues tratando de salvar el mundo, ¿no es así? Primero fueron los niños abandonados y las leyes sobre el nacimiento, luego los veteranos de guerra, y ahora, ¿no habrás adoptado el proyecto de Temari sobre las mascotas? Ella puede ser muy persuasiva cuando se lo propone.
Hizo un gesto señalando su mojada y rasgada ropa.
Boru sonrió.
—Las últimas semanas he estado muy ocupado intentando localizar a la señora que está detrás de una gran cadena de burdeles. Cuatro prostitutas han sido asesinadas en los últimos dos meses.
Temari está muy preocupada por el asunto, así que he estado interrogando a las chicas para ver lo que saben. Es difícil, pero creo que tal vez tengo por fin una pista. Pero puedo aplazar la investigación, si podemos ayudarte en algo.
La sonrisa sombría de Naruto se hizo un poco menos sombría.
—Gracias. Quizás pueda aceptar tu ayuda, pero hay algunas cosas que debo hacer yo mismo para velar por la seguridad de mi familia.
La sonrisa de Boru se ensanchó.
—Hablando de tu familia, apruebo tu gusto a la hora de elegir sobrinas. Sumire es bastante lista, y tiene la cabeza fría en los momentos de peligro, aunque, ciertamente, tenga esa deplorable afición a hacerse amiga de ladrones.
Naruto levantó las cejas y miró el atuendo de Boru, pensando hacia sus adentros cuan interesante se había vuelto la vida últimamente... Pero los pensamientos agradables se disiparon cuando vino a su cabeza la imagen de caballos descontrolados lanzándose sobre sus hijos.
Los dos hombres hablaron un poco más. Luego, Boru se marchó para seguir con sus asuntos. Naruto llamó al personal masculino de la casa y les dio instrucciones estrictas respecto a la entrada de cualquier desconocido a la casa. Llevó a Killer Bee aparte y le dio órdenes adicionales de que ni Hinata ni los niños salieran sin compañía.
—No permitiré que lady Hinata sea acosada —respondió Killer Bee con fuego en los ojos—. Había un hombre hoy en el parque que puso su cabezota inglesa justo al lado de mi señora e hizo tales comentarios que ella tuvo que darle un golpe en la mejilla, pero él no volverá a hacerlo, me he ocupado de ello.
—¿Un hombre acosó a la señora? —preguntó Naruto, conmocionado—. ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Quién? ¿Ella está bien?
Killer Bee levantó la cabeza mientras hacía crujir sus nudillos.
—Fue hoy, mientras la dama, la joven señorita y los diablitos estaban en el parque. No sé quién era ese hombre, pero la señora... ella tiene fuego en el corazón. Lo golpeó en el rostro, y yo le dije que se largara, y él lo hizo. Luego, fuimos a una tienda aburrida con nada más que libros y viejas mujeres y nadie que nos prestara atención y luego vinimos a casa.
Naruto estaba ligeramente aliviado de saber que Hinata no estaba lo suficientemente alterada por el incidente como para dejar sus visitas de costumbre, pero sintió que era el momento de tener una discusión con ella.
—Si ve de nuevo al hombre que la acosó, dígamelo inmediatamente.
—Por supuesto. Me encantaría arrancarle el corazón y escupir sobre él si volviese a ofender a mi más apasionada dama.
—Estoy seguro de que lo hará —dijo Naruto secamente—. Pero creo que avisarme a mí sería mejor. Procure ocuparse de lo que le he dicho.
Killer Bee le juró, con su florida forma de hablar, lealtad eterna. Naruto lo dejó y fue a buscar a Hinata sintiéndose algo mejor, pero aún preocupado.
Se propuso encargar a algunos de los sirvientes que vigilasen a los niños cuando jugaran fuera. Encontró a su mujer sentada frente a su escritorio, con aire meditabundo y un papel en blanco. Dudaba si escribir o no una carta.
El amor volvió a su vida con sólo mirarla. Si a uno de los niños le pasara algo, estaría devastado, pero si algo le pasaba a Hinata, estaría acabado.
Se detuvo un momento, observándola mientras ella le sonreía y se ponía de pie para saludarlo, preguntándose cómo se había enamorado tan profundamente en tan poco tiempo de aquella mujer, pues con sólo pensar en la idea de perderla, le daba la impresión de que la vida se le escapaba.
—¡Naruto! Qué pronto has vuelto. Iba a enviar a buscarte, pero no sabía a dónde te habías ido. No te vas a creer lo que ha pasado... los niños están bien, nadie está herido en lo más mínimo, pero han estado a punto de sufrir un terrible accidente.
Hinata le contó lo que les había pasado a los niños. A ella ni se le pasaba por la cabeza que pudiera no ser un accidente.
Naruto dudó si debía confesarle sus sospechas, pues no quería inquietarla, pero finalmente se dijo a sí mismo que Hinata era una mujer inteligente, y cuanto más supiera, mejor podría protegerse de los peligros que acechaban.
La llevó con dulzura hacia el sofá.
—En lo sucesivo, siempre saben dónde estoy en cada momento, para que siempre puedas encontrarme si me necesitas. Respecto al accidente con los caballos, ya me han informado. Hinata, ¿recuerdas que hace algunas semanas me comentabas lo extraño que era que los niños estuviesen sufriendo tantos accidentes?
Hinata arrugó la frente.
—Sí. Naruto, yo sé que no he sido la madrastra ideal para ellos...
—No creo que fueran accidentes —la interrumpió, descartando, por supuesto, la idea de que ella no fuese una buena madre.
Nadie podía exhibir más paciencia y tolerancia con las cinco endemoniadas criaturas que él había engendrado, cinco diablillos queridos por quienes estaría dispuesto a pelear hasta la muerte.
— Tengo razones para creer que alguien está intentando hacerles daño deliberadamente.
—¿Hacerles daño? —Su rostro palideció, se retorció las manos, asustada e incrédula—. Pero, ¿quién querría herir a los niños?
—No lo sé con certeza aún, pero tendré las pruebas que necesito en uno o dos días. Tiene algo que ver con un asunto de mi pasado, un trabajo que hice. —Hizo un breve resumen de su antiguo trabajo con el Ministerio del Interior, mientras le aseguraba repetidamente que hacía mucho tiempo que había dejado atrás sus tiempos de espía.
—¡Alguien está intentando hacer daño a los niños! —repitió Hinata, sin poder creer del todo lo que su marido le decía. De repente se levantó, con los puños fuertemente apretados y las mejillas rojas de ira.
— No lo consentiré, mataré a quien lo intente.
Naruto se sobresaltó un poco por la vehemencia en su voz, pero enseguida se sintió conmovido. Sólo Hinata podía amarlos a todos de aquella manera. Realmente era una mujer entre un millón.
—Eso no será necesario, cariño. He tomado ciertas precauciones para asegurarme de que todos estén bien protegidos, pero quería advertirte de lo que ocurre para que estés alerta y no intentes deshacerte de los criados o de Killer Bee cuando salgas. Enviaré a un hombre a Ashleigh Court para que investigue los accidentes, pero no tengo esperanzas de que vaya a encontrar mucho por allí.
—¿Ashleigh Court? —Hinata parpadeó y lo miró con curiosidad—. Pero... esos accidentes ocurrieron hace mucho tiempo.
—Sí —dijo Naruto, apretando los dientes ante la idea de que alguien estuviese acechando a sus hijos, o intentando allanar su casa para hacerles daño—. Como te dije, la persona que está haciendo esto tiene un viejo resentimiento hacia mí. También tengo hombres buscando información aquí, en la ciudad.
—Dios mío. —Hinata tomó asiento, aparentemente aliviada—. Debes encontrar al hombre que está haciendo esto, Naruto. Debe ser detenido.
—Sin duda.
Naruto estaba a punto de preguntarle a Hinata qué había ocurrido en el parque con aquel tipo del que le habló Killer Bee, pero la vio morderse el labio y su pensamiento se centró inmediatamente en el sensual, deseado y amado labio... Al cabo de unos instantes sacudió la cabeza, para alejar las tentaciones, y se concentró en lo que ella decía en ese momento.
—Si fuiste un espía, a lo mejor alguna vez tuviste que... matar a alguien.
Naruto se preguntó por un momento si existía un lado oculto de Hinata que él no había visto, pero enseguida se relajó. Seguramente, Hinata sólo quería saber todo lo que pudiese tener influencia sobre los peligros que se cernían sobre ellos en el presente.
—Sí, lo he hecho, lamentablemente. No me gusta quitar una vida, Hinata, y siempre he tratado de evitarlo cuando he podido, pero jamás permitiré que alguien inocente sucumba a manos de un criminal.
Hinata echó un vistazo a su escritorio.
—¿No te quedó más remedio? Quiero decir, ¿antes intentaste resolver la situación por medios menos drásticos? ¿Trataste de razonar con esas personas antes de hacerlo? ¿Hiciste intentos de sobornarlos? ¿Los amenazaste? ¿Trataste de hacer todas esas cosas antes de que te vieras obligado a matarlos?
Naruto le dedicó una tranquilizadora sonrisa. Ah, su querida, dulce e inocente Hinata. Dudó si debía mantener una conversación tan horripilante con su delicada esposa, pero tal vez sería lo mejor. Sin duda entendería que estaba preparado para llegar hasta el final en la protección de los niños y de ella misma.
Pasó la siguiente media hora hablándole de los dramas del pasado, permitiendo que ella le preguntara por los métodos que había empleado para liquidar o para evitar matar a todos sus enemigos.
Si la situación que a la que se enfrentaban no fuera tan atroz, casi podría decirse que Naruto encontraba divertido el ávido interés de Hinata.
Cuando terminó de contárselo todo, se puso de pie y le dio lo que inicialmente iba a ser un beso tranquilizador, pero que se convirtió en un feroz asalto erótico a medida que saboreaba las dulces profundidades de su boca.
Un rato después se alejó de ella, más que satisfecho con la gentil y amorosa mujer con la que se había casado.
