SE NECESITA ESPOSA


14. Secuestro


—¡Mi muy querida señora Hinata! ¡Debe venir rápidamente!

—¿Qué sucede, Killer Bee? —preguntó Hinata ensimismada, acariciándose el mentón con la pluma mientras pensaba. ¿Sería mejor encontrar a Toneri desnudo en la jaula de los monos del zoológico, o en flagrante delito con otro hombre?

Killer Bee se hincó de rodillas frente a ella. Hinata prestó poca atención a semejante espectáculo histriónico. Killer Bee, siempre estaba arrodillándose por cualquier cosa. Normalmente esto no tenía consecuencias.

—¡Ha sucedido algo terrible! ¡Es incluso algo de magnitudes catastróficas!

Hinata tomó un sorbo del frío té que había estado reposando a su lado mientras trabajaba durante las últimas dos horas. Empezó a sentirse algo preocupada.

—¿Se está quemando algo?

—No, no es el fuego...

—¿Hay alguien sangrando? —La jaula de simios tenía cierto atractivo, pero tristemente, la otra posibilidad implicaría el oprobio y la vergüenza de otro hombre. Odiaba hacer que alguien, salvo Toneri, sufriera. ¿Y si le disparaban mientras trataba de escapar tras robar un objeto del recientemente inaugurado Museo Británico?

—Eso no lo sé. Debe venir ahora, es lo más terrible que...

¿Y si montaran algo con una prostituta? ¿Sería eso suficiente para avergonzar a Toneri? Negó con la cabeza. El Toneri que conocía seguramente no tendría ningún reparo en dejar que otros caballeros se enteraran de que él usaba los servicios de las prostitutas.

Sin embargo, si fuera una prostituta especial, podría funcionar. Hinata escribió una nota para investigar si existía algún proxeneta de ovejas para caballeros de gustos inusuales.

—¿Ha sido destruida alguna propiedad, física o de cualquier otro tipo? Killer Bee le agarró las rodillas.

—¡No me está escuchando! Le estoy tratando de decir...

—¿Ha habido por medio algún tipo de armas? ¿Espadas? ¿Hachas? ¿Armas de fuego?

—Madre de Dios, no...

—Entonces no quiero saber nada de eso. Estoy muy ocupada en este momento, y siempre y cuando nadie se encuentre en peligro, me encargaré de la situación después, cuando tenga tiempo. ¿Le ha quedado claro?

—Por supuesto que me ha quedado claro, no soy sordo. Debe venir conmigo...

—¿No ha oído nada de lo que le he dicho, Killer Bee? —dijo Hinata con más fuerza, y frunció el ceño aún más.

Killer Bee le soltó las rodillas, se puso de pie, y salió por la puerta.

—¡Está siendo estúpida, mi muy adorada señora! He intentado decírselo, pero usted no me deja. ¿Qué debo hacer? Debo hacer mi trabajo. ¡He tratado de decírselo, pero usted, usted se niega a escucharme!

—Sí, sí, gracias, Killer Bee.

En esos días había una epidemia en la ciudad. Tal vez si corriese el rumor de que tenía la enfermedad contagiosa... No, eso no, porque existía la posibilidad de hacerle daño a su esposa e hijos, quienes eran inocentes de sus pecados.

—Puede irse. Diga a los niños que iré a verlos más tarde.

—Nunca entenderé a los ingleses —dijo Killer Bee con el aire dramático de quién ha sido seriamente herido. Se dirigió hacia la puerta—. Hace el más grande alboroto por los niños, pero cuando han sido secuestrados, usted no escucha. ¡No pienso insistir más! ¡Bah, me lavo las manos!

—Claro, claro —dijo Hinata, agitando una mano en el aire y regresando al problema que tanto le preocupaba. Las finanzas. Tal vez lo mejor fuese esparcir el rumor de que Toneri... ¿Secuestrados?

Hinata se levantó de la silla en el mismo instante en que la palabra penetró su consciencia. Killer Bee, que conocía a sus jefes mejor de lo que decía conocerlos, estaba parado junto a la puerta, contando. La abrió justo cuando ella llegó.

—Soy un mayordomo extraordinario —dijo cuando Hinata pasó frente a él—. El carruaje la está esperando.

—Busque al señor y avísele —gritó Hinata corriendo por el salón, saltando las escaleras frontales para llegar al carruaje que la esperaba. Dos criados subieron al techo del carruaje. Uno de ellos era Maito Dai, que llevaba un llamativo vendaje blanco en la cabeza.

Hinata no reparó en él al precipitarse dentro del carruaje.

—¡Vamos!

La puerta se cerró estrepitosamente detrás de ella. Hinata se echó hacia atrás cuando los caballos entraron en acción. Luchando por sentarse derecha, abrió la compuerta y le gritó al criado.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde están los niños? ¿Quién se los ha llevado?

—No sabría decirlo con certeza, señora. Maito Dai salió al parque con los dos hombres que mi señor contrató para que vigilaran a la señorita Sumire y a los niños, y regresó a casa con la cabeza ensangrentada, gritando enloquecido sobre alguien que los había atacado y se había llevado a los niños. Los dos hombres y la señorita Sumire se fueron a perseguir a los secuestradores.

—¿Cómo vamos a hacer para encontrarlos en la inmensidad de Londres? —gimió Hinata.

Maito Dai se inclinó hacia ella.

—Uno de los sinvergüenzas dijo a los otros que se encontrarían en la ruinas.

—¿Ruinas? ¿Qué ruinas? Londres no tiene ruinas... ¡Ah, sí! ¡Vauxhall!

—Eso fue lo que pensamos, señora. Son las únicas ruinas de Londres, que sepamos.

—Solo rezo para que lleguemos allí a tiempo —dijo Hinata, y se dejó caer sobre la silla profundamente preocupada.


—¿Qué quiere decir con eso de que mi esposa quiere contratar a un asesino a sueldo? Hinata nunca haría algo así. —Naruto salió furioso, atravesando el salón de fumadores de Britton House.

Un incipiente dolor de cabeza palpitaba en la parte posterior de su cabeza. Nara tenía que estar equivocado, ésa era la verdad del asunto. Debió leer la nota de Sumire incorrectamente—. Es simplemente imposible.

—De acuerdo con lo que dice Sumire, tiene la esperanza de que Boru pueda ayudarla presentándole a alguien a quien no le importe matar a un hombre al que, según ella, nadie echará de menos.

—Eso es ridículo. Es un chiste. Las dos están gastando una broma a Boru.

—No lo creo, Naruto. Primero, Sumire le pidió a Boru que lo hiciera, pero no debió creer que fuera un asesino y enseguida le dijo que si no tenía el estómago para hacerlo, que al menos le dijera a su tía el nombre de alguien que sí estuviera dispuesto a hacerlo.

—Señores, mis disculpas por la interrupción, pero hay un hombre que responde al nombre de Killer Bee en la puerta preguntando por lord Rasengan. Dice que es un asunto de suma urgencia...

—Un minuto.

Naruto hizo un gesto con la mano al pequeño y redondo mayordomo que se encontraba junto a la puerta, y se dio la vuelta para mirar al hombre que estaba junto a él.

—¿Quieres decir que Sumire le escribió esta carta a Boru? ¡Es una broma, hombre! No puede ser otra cosa. Ella lo está probando. Sabes muy bien que a las mujeres les gusta hacerles eso a los hombres. Está en su sangre. Sin duda alguna, él le gusta y quiere ver si tiene sentido moral o no.

—Milord, presiento que el asunto es de carácter urgente. El mayordomo, Killer Bee, dice que se trata de una cuestión de vida o muerte.

—Killer Bee vive su vida como un melodrama —dijo Naruto a Tremayne, el mayordomo—. Todo es asunto de vida o muerte para él. No le preste atención por unos minutos y verá cómo se calma.

Nara, que miraba, ceñudo, la chimenea, levantó los ojos.

—No creo que haya sido una broma o una prueba, Naruto. Sumire hablaba demasiado en serio, te lo puedo asegurar. Buscaba a alguien dispuesto a matar a Ōtsutsuki.

Naruto se quedó mirando a su amigo fijamente si acabar de creerle. Al cabo de unos instantes, reaccionó.

—¿Quiere matar a un tal Ōtsutsuki? ¿Estás seguro de ello?

—Sí, eso es lo que decía la carta. ¿Quieres que vaya a buscarla? Boru me ha dejado la carta. Se fue a ver si tu sobrina está en el parque, para tratar de obtener más información sobre esta extraña petición. ¿Debo suponer que conoces al tal Ōtsutsuki?

—¿Por qué no me has dicho desde el principio que se trataba de Ōtsutsuki? —rugió Naruto.

El rostro de Nara reflejó la más profunda y justificada indignación.

—¡Nunca me lo preguntaste!

—¡Ahhhhh! —gritó Naruto mirando al cielo, y girando sobre los talones corrió hacia su caballo.

—¡Mi señor! ¡Señor marqués debe escuchar lo que tengo que decirle!

—Después —gritó Naruto al mayordomo mientras bajaba corriendo las escaleras de la entrada y saltaba su sobre su caballo.

—¡Tiene que ver con los diablitos! —chilló Killer Bee detrás de él.

—Después arreglaré con Hinata lo que hayan hecho esta vez —respondió Naruto.

Killer Bee maldijo atropelladamente, se lanzó hacia su propio caballo, espoloneando al animal hasta ponerlo al galope para perseguir a su jefe, que se alejaba rápidamente.

—¡Señor, por favor, es muy importante que oiga lo que tengo que decirle!

Naruto no oyó el grito del hombre que lo seguía. Tenía cosas más importantes en las que concentrarse, tales como encontrar a su esposa y sonsacarle la razón por la cual quería contratar a un hombre para matar a otro hombre que ya estaba muerto.

¿Sería posible que su nuevo objetivo fuera un hermano de Toneri?

—Mi señor...

Naruto esquivaba carruajes, carretas, gente, perros, caballos, niños y todo tipo de obstáculos. Sólo se detuvo cuando las palabras que le fueron lanzadas cobraron sentido.

—¡Los diablitos han sido secuestrados!

—¿Qué?

Naruto tiró violentamente de las riendas. Dio vuelta a su caballo y agarró el abrigo de Killer Bee, que había llegado junto a él. Tiró del pobre sirviente hasta casi desmontarlo del caballo.

—¿Qué está diciendo?

—Han secuestrado a sus hijos —jadeó Killer Bee—. Se los han llevado a Vauxhall, a las ruinas, eso dice Maito Dai. ¿Lo ve? Si me hubiera escuchado desde el principio, entonces, no estaría tan furioso ahora, mi señor. Nadie me escucha. Ese es mi trágico destino.

Naruto lanzó un insulto al rostro de Killer Bee, luego lo empujó, dejándolo sentado nuevamente sobre el caballo. Espoleó a Karuma y galopó haciendo caso omiso del tráfico y de los transeúntes.


—¿Qué piensa, Boru? Esos hombres no les harán daño a los niños, ¿verdad?

Boru echó un vistazo, siguiendo los ojos preocupados de Sumire, a la joven mujer que se encontraba sentada frente a él.

Aunque no había sido testigo directo del secuestro, y deseaba seriamente haber estado presente pues les habría dado a los bastardos su merecido, momentos después se había encontrado con Sumire e Ino corriendo a lo largo de la calle que bordeaba el parque.

—No, no creo que les hagan daño a los pequeños. No tienen ninguna razón para... Los secuestradores cometen sus fechorías para pedir algo a cambio. Saben que Naruto les exigirá pruebas de de que los niños están bien antes de pagar un rescate.

—Supongo que así será —dijo Sumire, que no podía borrar de su rostro un gesto de grave preocupación.

—También tendrán a Deidara, suponiendo que haya logrado subirse al carruaje sin que los hombres lo vieran. Simplemente no puedo entender la razón por la cual sólo se llevaron a los tres más jóvenes. No tiene sentido.

Boru se encogió de hombros, echando un vistazo por la ventana. Quería interrogar a los criados que se encontraban en ese momento en el coche de alquiler para saber lo que habían visto, pero se contuvo al suponer, equivocadamente, que Sumire estaría demasiado consternada como para quedarse sola.

Aún no conocía bien a Sumire. Estaba preocupada, sí, pero no histérica. Era una chica fuerte.

—Dime nuevamente lo que sucedió, cuéntamelo todo. Sumire respiró profundamente.

—Estábamos paseando, como siempre. Los niños querían ir a Kensington para cambiar de escenario, así que los más jóvenes iniciaron una pequeña carrera hasta aquel lugar. Los niños corrían y se reían mientras nos acercábamos al parque Kensington; de repente, dos carruajes se detuvieron, varios hombres se apearon y agarraron a los niños. Maito Dai y los dos hombres que Naruto contrató corrieron hacia ellos, pero aquellos individuos estaban armados y no se pudo hacer nada.

Los dejaron inconscientes. Maito Dai fue el único que quedó en condiciones de hablar. Nos dijo que uno de los hombres había mencionado que se encontrarían en unas ruinas. Deidara corrió tras uno de los carruajes y creo que logró colgarse de la parte trasera, sin ser visto. Pero yo estaba prestando atención a Maito Dai en ese momento, y no pude ver si alcanzó el carruaje. Ino y yo también los perseguimos, pero iban muy rápido.

¡Y ningún carruaje se detuvo para recogernos y ayudarnos! Debimos correr durante quince minutos, antes de que tú nos encontraras. Gracias al cielo lograste hacer que un coche se detuviera. ¡No entiendo por qué no se detuvieron cuando yo se lo pedí! Habríamos podido llegar a las ruinas mucho antes si se hubieran parado.

Boru pensó en el enorme esfuerzo que Ino y Sumire habían hecho, corriendo a lo largo de la calle, gritando como almas en pena, con el cabello desordenado por el viento, las faldas cubiertas de polvo... Pero no dijo nada.


—¿Qué ha sido eso? ¿Lo has oído, Hoshigaki? ¿Has oído ese ruido como de algo deslizándose? ¡Yo he oído con toda claridad un ruido de algo que se arrastraba! ¡Por Dios, si llevas una serpiente, haré que te cuelguen por los testículos del árbol más alto!

Kisame Hoshigaki, asesino a sueldo y experto en secuestros, se asustó tanto por la idea de que pudiera haber una serpiente cerca como por la amenaza del caballero que lo había contratado.

—Yo no he oído nada, señor. Nunca he llevado serpientes.

—Bueno, yo sí he oído algo, algo que se arrastraba.

—Cállate ¡cállate, pequeño mocoso! Necesito escuchar, y no lo puedo hacer si tú estás lloriqueando.

Kisame alargó una mano hacia la derecha para empujar al pequeño hacia la esquina del carruaje, lanzándole a la vez una mirada de advertencia.

Se sentía mal por su papel en el secuestro de los niños, pues eran más jóvenes de lo que él había esperado. Los mellizos se mantenían en silencio, abrazándose el uno al otro para confortarse, mientras que el más pequeño gimoteaba y lloriqueaba, llamando a su mamá. Era casi suficiente como para romperle el corazón incluso a un sicario. Casi.

—Quiero a mi mamá.

—Cállate —dijo Kisame, sin llegar a acalorarse.

— Aoda quiere a mamá también.

—¡Mantén a ese pequeño bastardo en silencio! ¿Cómo puedo escuchar eso que se arrastra si él no deja de hacer ruido?

—Konohamaru no es un bastardo —dijo el mayor de los niños—. Un bastardo es alguien cuyos padres no están casados, pero los nuestros sí lo están.

—¡Silencio! —gritó el hombre. Respiró profundamente y, de pronto, levantó los brazos.

—Ahí, ¿lo oyen? ¡Algo se arrastra! ¡Detén el carruaje! ¡Para, te digo! ¡No avanzaremos un metro más sin revisar el carruaje de arriba abajo!

Kisame suspiró y se resignó a buscar serpientes en el carruaje, mientras los caballeros se paseaban fuera, despotricando contra quien fuera el autor de la macabra broma.

Encomendó a dos hombres la vigilancia de los niños y centró toda su atención sobre el carruaje. Justo cuando levantó un cojín para echar un vistazo, los mellizos empezaron a atacar a los hombres a base de puñetazos y patadas.

Se dio la vuelta para ayudar a sus colegas, pero fue tumbado hacia atrás por el insólito ataque del cuerpo volador de un niño.

—¡ Aoda! —gritó el niño en el oído de Kisame —. ¡ Aoda está suelto! ¡ Aoda!

Desde la esquina de su ojo, Kisame vio una figura de rayas azules y negras deslizarse al asiento de enfrente. Evidentemente, el señor tenía razón. Había una serpiente en el carruaje.

Kisame suspiró nuevamente, iba a ser un largo, largo día.


La puerta en el centro del carruaje se levantó y Maito Dai se asomó para anunciar:

—Los jardines de Vauxhall, señora. La llevaremos lo más cerca posible de las ruinas.

—Gracias —dijo Hinata, mordiéndose el labio mientras miraba a través de la ventana.

Las ruinas, ¿qué querrían hacer en las ruinas? Ni siquiera eran reales. No eran más reales que un cuadro. ¿Qué diablos querrían hacer en las ruinas?

El carruaje se detuvo antes de que Hinata pudiera encontrar una respuesta.

—¿Hacia dónde están las ruinas? —preguntó Hinata, mientras saltaba del carruaje sin esperar a que le bajaran las escaleras.

—En esa dirección, a través de la larga pradera, a la derecha del puente de hierro, un poco más allá del pabellón con techo de paja.

— Maito Dai, ven conmigo. Genma, quédate aquí por si aparece lord Rasengan. ¿Estás armado, Maito Dai?

—Sí, señora.

—Excelente. Procura no matar a nadie, salvo que sea absolutamente necesario.

—Entendido —dijo Maito Dai alegremente. Juntos salieron corriendo a través de los pequeños y encantadores bosquecillos, preciosos prados, deliciosos caminos serpenteantes y sombreados emparrados que conformaban parte de los dieciséis acres de los famosos jardines del placer de Vauxhall.

A medida que se aproximaban a las ruinas, Maito Dai apuntaba aquí y allá, por si acaso. De repente, la figura de un hombre salió de un muro en ruinas, dando vueltas, gritando y agitando los brazos como si fuera un loco.

Aferrado a su espalda se distinguía la ágil figura de un niño bastante crecido.

—¡Deidara! —gritó Hinata, y levantándose la falda corrió hacia ellos. No era fácil correr sobre los escombros de piedra, la madera podrida y los extraños montones de tierra cubierta de hierba que salpicaban las románticas ruinas.

Si estaba Deidara, probablemente estaría también el resto de los niños. El hombre al que Deidara golpeaba en la cabeza vio a Hinata y lanzó una advertencia. Luego, se dio vuelta y avanzó pesadamente hasta más allá de la pared.

Detrás de ella se oyó un grito. Hinata disminuyó la marcha y echó un vistazo hacia atrás. Sumire, Ino y un alto y apuesto joven corrían hacia ellos. Hinata los saludó con una seña y apretó la carrera, alcanzando a Maito Dai, cuando rodeaban la esquina de unas enormes ruinas.

La escena que se desarrollaba ante ellos era de caos total. Hinata se detuvo por un instante, incapaz de creer lo que estaba viendo. Entonces, con una rápida sonrisa y un grito de alegría que competía con los que los niños emitían se lanzó a la pelea.

Si la situación no fuera peligrosa para los niños, pensó Hinata mientras se levantaba la falda lo suficiente como para darle una patada al hombre que estaba arrastrando a Deidara por la espalda, resultaría de lo más divertida.

El agresor de Deidara se agarró sus partes nobles, dobló el torso hacia adelante y se dejó caer al suelo dando tumbos y gritando algo sobre sus hijos no nacidos.

Deidara dedicó una abierta sonrisa a Hinata y ambos se volvieron en dirección a un hombre de cabellera azul encrespado que trataba en vano de meter a Arashi y Hanami bajo sus brazos. Los mellizos estaban gritando, retorciéndose y mordiendo al individuo.

Hinata tomó aire, bajó la cabeza y se fue a la carga a través del pedregoso suelo hacia el hombre que tenía a sus hijastros. El cobarde rufián vio llegar a Hinata y a las otras tres personas que corrían detrás de ella y soltó a los mellizos, dándose la vuelta para adentrarse en el pintoresco bosque que bordeaba las ruinas.

—Tras él —gritó Hinata al joven que acompañaba a Sumire, dejándose caer sobre las rodillas para abrazar a los mellizos.

—¿Están bien? ¿Están heridos?

—¡Mamá! ¡Mamá, ayúdame! —gimió una voz juvenil. Hinata se dio la vuelta, no sin antes dar fuertes besos a los inquietos mellizos. Se incorporó de un salto y miró lo que debía ser la representación de un enclaustrado camino en ruinas, consistente en unos cuantos arcos rotos y varias columnas caídas.

—Deidara, encárgate de los mellizos —gritó Hinata mientras echaba a correr de nuevo. Casi al final del camino se levantaba un enorme bloque de piedra coronado con flores silvestres.

El hombre del pelo azul estaba junto al bloque de piedra, tenía una pistola en una mano y a Konohamaru en la otra. Hinata notó movimiento tras ella, lo que le indicó que tanto Sumire como Ino la seguían.

—¡Manténganse alejados, todas ustedes, o me aseguraré de que este pequeño bastardo vaya al infierno! ¡Usted! ¿Es usted la madre de este muchachito?

Hinata caminó hacia ellos lentamente, haciendo gestos con la mano hacia atrás para que todos fuesen cautos en ese delicado trance.

—Sí, soy su madre. No le conviene hacerle daño, no tiene sentido. ¿Por qué no me toma a mí como rehén, a cambio?

—Acérquese y hablaremos de ello —dijo el delincuente.

Hinata volvió la cabeza ligeramente hacia la derecha, sin llegar a quitarle los ojos de encima a la boca de la pistola que estaba puesta sobre la cabeza de su hijastro menor, mientras caminaba lentamente hacia él.

—Dei.

—¿Si, Hinata? —La voz del joven era tan suave como la de Hinata.

—Llévate a los otros al carruaje. Despacio, y no ataques a nadie. La seguridad de todos está en tus manos.

—Preferiría quedarme contigo.

Hinata se arriesgó a mirar a un lado, hacia donde se encontraba su hijastro. Era idéntico a Naruto en ese momento. A Hinata se le encogió el corazón.

—Sé que lo deseas, pero debes pensar en la seguridad de los otros. Eso es lo primero.

—Está bien. No te decepcionaré.

—Dile a Genma y a los otros hombres que se mantengan al margen. —Hinata siguió su camino, levantó y abrió las manos para mostrar que estaba desarmada.

—Deje que el niño se vaya. No es tan valioso como lo sería yo, ¿no cree?

—Puede que eso sea posible, pero fui contratado para llevarme a los mocosos. —El hombre se movía nerviosamente por el borde del bloque de piedra, su mano parecía apretarse cada vez más sobre el cuello de Konohamaru mientras lo arrastraba.

— No se acerque más, señora. No quiero que se haga la valiente. Suelte a mis hombres o le disparo al muchacho.

Hinata rezaba para que el hombre que acompañaba a Sumire hiciera lo que ella le había pedido.

Evidentemente, sí lo había hecho, pues un delgado y larguirucho hombre con dos ojos amoratados y nariz ensangrentada se tambaleaba hacia el otro extremo del camino, mientras se limpiaba la nariz con la manga.

El hombre de la pistola asintió.

—Coge a la señora, Kakuzu. Sujétala bien, por si a los caballeros que se encuentran allá se les ocurre hacer algo.

—¿Quién es? —preguntó Hinata con un susurro, mientras el ensangrentado hombre cojeaba hacia ella.

—¿El caballero? Es Boru, mi ladrón —contestó Sumire en un murmullo.

—Dile que esté listo. Voy a simular que tropiezo y me caigo sobre el hombre de la pistola. Debes llevarte a Konohamaru mientras el ladrón se encarga de mí.

Sumire dio un paso hacia atrás, mientras el matón a sueldo agarraba el brazo de Hinata, lanzando un juramento. Sus dedos se le hundían cruelmente en el brazo, mientras la empujaba hacia delante.

La mujer, atenta a los escombros que se encontraban esparcidos por todo el lugar, sabía muy bien que estaba poniendo en peligro tanto a su persona como a su bebé.

Pero no toleraría que aquellos delincuentes se llevaran a Konohamaru. Se preparó, buscando una piedra con la cual pudiera tropezar, pero, en el momento en el que se iba a dejar caer hacia delante, el sonido apagado de cascos de caballo alcanzó sus oídos.

—Si ése es otro de sus hombres, dígale que se aleje —advirtió el secuestrador, cargando su pistola—. ¡O, le volaré la cabeza a este pequeño bastardo!

Hinata se sintió incapaz de hablar, de tan tensa y furiosa que estaba. Se le cortó la respiración cuando un caballo sin jinete apareció en el espacio abierto, un poco más allá de las ruinas. Sus riendas colgaban sueltas.

En el momento en que el animal vio al grupo de hombres, corcoveó y cambió de dirección. En ese momento, una oscura figura saltó desde detrás del borde más lejano del bloque de piedra, volando a lo largo del espacio vacío para aterrizar sobre el delincuente.

Konohamaru cayó hacia delante cuando los dos hombres aterrizaron, en el suelo, y un disparo rompió el pacífico silencio del lugar.

—¡Naruto! —gritó Hinata y apartó a su guardián de una patada para lanzarse protectoramente sobre Konohamaru. El niño se retorció debajo de Hinata.

Ella se apartó lo suficiente como para dejarlo respirar, pero, cuando vio que Naruto le arrebató la pistola al hombre, saltó y arrastró a Konohamaru, empujándolo hacia Sumire, y luego corrió a ver cómo se encontraba Naruto.

—¿Herido? ¿Yo? Mujer, ¿qué estás diciendo? —preguntó Naruto, sacudiéndose las manos y acomodando su saco.

—¡He oído un disparo! ¡La pistola apuntaba hacia ti! ¡Cuando empujaste a Konohamaru fuera del camino, tú estabas en la línea de fuego! ¿Dónde está la sangre? ¿Dónde te duele?

Hinata empezó a revisar los brazos y el pecho de su marido, pero Naruto alcanzó a detenerla en su intento de arrancarle la camisa frente a todos los presentes, agarrándole ambas manos y sacudiéndola levemente.

—Hinata, no estoy herido. La pistola se disparó, pero no le dio a nadie. Si miras a tu derecha, puedes ver el sitio en el que impactó, justo allí, en el bloque de piedra.

Hinata miró a Naruto y se abrazó a él sintiéndose aliviada.

—Oh, Naruto, me alegra, tanto que no estés herido.

—Bueno, pues yo también —dijo Naruto sonriendo—. Sin embargo, a este bruto no le fue tan bien.

—No te preocupes, él se merece haber quedado inconsciente, y se merecería algo más —dijo Hinata, indiferente, apretando el rostro contra el cuello de su esposo.

Ni siquiera le echó un vistazo al hombre que yacía detrás de Naruto. Su marido, su sobrina y los niños eran los únicos que le importaban.

—Sí, se lo merece, pero hubiera querido hacerle unas cuantas preguntas. Sólo nos queda esperar que no se le haya estropeado el cerebro cuando se golpeó la cabeza contra esa roca —dijo Naruto, alejando lentamente a Hinata de su pecho para agacharse a examinar al hombre inconsciente.

—Demonios, me parece que ahora sólo queda uno. Boru, no habrás matado a ése, ¿verdad?

—Imaginé que usted lo querría vivo —dijo Boru, el ladrón. El hombre que había tomado a Hinata por el brazo yacía en el suelo, gimiendo y agarrándose la cabeza.

—Bien. Hinata, Sumire y tú lleven a los niños al carruaje. Maito Dai, ve con ellos.

Hinata, aún temblando después de todos los incidentes del ataque, se frotó los brazos.

—¿Conoces al ladrón de Sumire?

Naruto sonrió. No era el momento de explicar cómo había conocido a Boru.

—Nos hemos conocido antes.

—Oh, ¿qué vas a hacer ahora?

Naruto sacudió al hombre con la puntera de la bota.

—Boru y yo nos quedaremos aquí y tendremos una conversación con nuestro amigo. Y nos aseguraremos de que el otro rufián sea arrestado. ¿Éstos son todos? ¿Sólo había dos?

—No, había cuatro en total, pero los otros dos estaban en otro carruaje, yo no los vi cuando llegamos —dijo Sumire.

—Se debieron escapar cuando se dieron cuenta de que había problemas — murmuró Naruto.

—Ah, bueno, ya tenemos al que necesitamos, ustedes, señoras, se pueden ir a casa.

—Creo que debemos quedarnos, puede que necesites ayuda para hacerle hablar — dijo Hinata, dedicando a Naruto una mirada que lo estremeció de la cabeza a los pies.

A ninguna esposa le gustaría más que a Hinata quedarse para torturar a aquel rufián hasta sacarle la verdad. ¿Era extraño, por tanto, que Naruto la amara tanto? De todas formas, se dijo Naruto, esos asuntos no eran para mujeres.

Le llevó tiempo convencerla, pero finalmente Naruto logró que Hinata y los niños emprendieran el camino a casa, después de prometer a las dos damas que les daría toda la información que lograra sacarle a aquel matón.

—Y, ahora, mi querido amigo, tendremos una pequeña discusión —dijo Naruto alegremente mientras se volvía hacia donde se encontraba el maltrecho delincuente. Boru sonrió. El hombre parecía a punto de vomitar.

No se necesitó mucho para que el ensangrentado hombre hablara. Tras ser amenazado con que le romperían dos dedos, el hombre cantó como un ruiseñor, pero por desgracia no era uno de los hombres de confianza de quien había ordenado el secuestro.

—Yo no sé, yo... —El matón Kakuzu lloriqueaba, tratando de aliviar el dolor que sentía en los dedos—. Kisame... es mi jefe. Yo trabajaba para él. Kisame era el que conocía al señor.

—¿Al señor? ¿El señor que contrató a Kisame era un hombre de buena familia?

—Sí, habla muy bien y se viste tan bien que parece un marqués.

—Dígame su nombre —gruñó Naruto.

—No lo sé. ¡Le juro que no lo sé! — Kakuzu soltó un chillido cuando Naruto elevó el puño—. Kisame nunca me lo dijo. Sólo comentó que teníamos un trabajo que era raptar a unos mocosos malcriados, eso fue todo lo que él mi dijo. ¡Es la verdad!

Naruto interrogó al hombre durante una hora, luego, el rufián se desmayó. Pero, antes de que eso sucediera, Naruto se dio cuenta de que lo que él decía era cierto: aquel hombre sólo era un empleadillo contratado para ayudar en el secuestro.

Maldijo el hecho de que Kisame, el líder, hubiera quedado inconsciente. Estaba tan cerca de saber quién estaba detrás de los ataques. Si hubiera llegado unos minutos antes...

—¿Puedes encargarte de ellos, Boru?

—Me encantaría —dijo el joven mientras alzaba con esfuerzo al hombre inconsciente para echarlo sobre su hombro—. Debo entregarlo a la policía, ¿verdad?

—Sí. —Naruto permaneció de pie, contemplando al hombre inconsciente que estaba en el suelo—. Es mejor que hable con el juez acerca de esto, pero antes quiero hacer un boceto del rostro de este hombre para llevarlo al Ministerio del Interior. Tal vez, alguien lo reconozca.

Boru vaciló, la preocupación abría un surco en su frente.

—¿Está usted bien?

Naruto murmuró una maldición mientras se alejaba del hombre. Su rostro tenía un aspecto severo y lleno de determinación en el momento en que aceptó la verdad para sus adentros.

De momento no podía descubrir al hombre que estaba detrás del complot en contra de su familia. Debía redoblar sus esfuerzos para reunir las pruebas necesarias para identificar a aquel villano.

—Hay algo de lo cual no me puedo encargar yo solo.