SE NECESITA ESPOSA
16. Intruso
El honorable Toneri Ōtsutsuki no estaba teniendo un día muy bueno. Primero recibió una desagradable nota de su banco, informándole que dado el crédito que merecía, tristemente no podía permitirse prestarle durante más tiempo sus servicios.
A esto le siguió rápidamente una visita del abogado familiar, quién le señaló que según los términos del testamento de su padre, su asignación trimestral sólo le podía ser pagada si permanecía fuera de Inglaterra.
Cuando regresó a los cuartos alquilados que había tomado para él y su esposa, se encontró con que ella estaba rodeada de cajas marcadas con los nombres de algunos de los más finos modistas y selectas tiendas de la ciudad.
No le importó lo más mínimo que hubiera comprado artículos no podía ni pagar, ni tenía la intención de hacerlo; lo que le dolía era el hecho de que el banco hubiese difundido la noticia de su insolvencia.
Por consiguiente, él no iba a poder visitar ninguno de los proveedores de ropa para caballero ni comprarse un nuevo guardarropa. Simplemente, no era justo.
Y ahora Hinata, de todas las criaturas tenía que ser la suave y estúpida Hinata, tenía la desfachatez de ignorar sus exigencias. Bien, ya se ocuparía de eso.
Tenía un plan para obligarla a obedecerle, y si ese plan lo forzaba a usar el cuerpo de Hinata y el dinero de su marido, eso sería culpa de ella. Para Hinata las cosas habían sido demasiado fáciles durante mucho tiempo, mientras él sufría en el exilio; ahora tendría su venganza.
Pero primero debía entrar en casa de Hinata para dejarle pruebas de sus intenciones. Toneri estaba en un pequeño jardín, mordiéndose los labios mientras analizaba la mejor manera de entrar sin ser visto a la casa.
El sitio estaba mejor guardado que los muslos de una virgen, pero después de un largo rato, decidió romper con un ladrillo una pequeña ventana que había en la parte posterior de la casa.
—Maldita mujer —murmuró para sí mientras trepaba por la ventana, cortándose la mano con un trozo de vidrio roto—. Me pagará esto también.
Se chupó la herida y buscó, palpando en el bolsillo a la altura del pecho, la carta que dejaría sobre la almohada de Hinata, una carta que contenía instrucciones específicas de la forma en que le debía pagar el dinero, al igual que un recordatorio de que una copia de su declaración firmada revelando la identidad secreta de Hannah La Perla sería enviada al Times si no le pagaba.
Chupó la herida una vez más, envolviendo su mano en su pañuelo mientras caminaba sigilosamente a través del oscuro cuarto hacia la puerta.
La casa estaba en silencio, no había criados trajinando, nada. Toneri subió el primer tramo de escaleras rápidamente, mirando nerviosamente a su alrededor para asegurarse de que no hubiera sirvientes por allí.
Miró dentro de una o dos estancias, pero eran salas de estar y no las habitaciones que él buscaba. Se detuvo frente a otro tramo de escaleras, conteniendo la respiración para escuchar. Había un leve ruido de voces, pero no eran criados, eran voces jóvenes y agudas. Sin duda se trataba de los hijos de Rasengan.
Una desagradable sonrisa se dibujó en su rostro. Tenían cierto gusto por las niñas jóvenes, y había escuchado que Rasengan tenía una hija de la edad que a él le gustaba. Tal vez pudiera forzar a Hinata a que le entregara la niña también.
Su mente estaba tan llena de pensamientos lascivos, que no fue capaz de notar el cable que se cruzaba a la altura de sus pies, ni el cubo suspendido cuidadosamente del techo.
Sí notó, sin embargo, que el cubo lleno de viscosa, maloliente y turbia agua se volcaba sobre su cabeza, como si los cielos se hubieran abierto y toda la lluvia del mundo hubiera caído sobre él.
Maldijo de manera soez, limpiándose los ojos, sin notar que el sonido de los niños jugando antes de irse a dormir había cesado de forma elocuente antes de ser reemplazado por varios gritos de satisfacción, seguidos por el estruendo de varios pies descalzos sobre el suelo de madera.
Todo lo que Toneri Ōtsutsuki supo fue que de repente dos niños vestidos con camisones de dormir aparecieron súbitamente como por arte de magia, ambos mirándolo fijamente mientras él sacaba un empapado pañuelo para limpiarse el rostro.
—¿Quién es usted? —preguntó un niño alto.
Toneri estuvo tentado de gruñir una respuesta, pero cambió rápidamente su rugido por una ronca risilla. Sabía de sobra que se atrapaban más moscas con miel que con vinagre.
—Hola, pareces un buen muchacho. Debes ser el hijo mayor de Rasengan.
—Soy lord Deidara —dijo el niño con una mirada tan petulante que Toneri tuvo ganas de darle una bofetada—. ¿Quién es usted?
—Pues, soy un amigo de tu madre. —Toneri sonrió al mismo tiempo que se limpiaba el rostro de la viscosa agua, jurando vengarse de los pequeños bastardos tan pronto como tuviera a Hinata bajo su poder.
—¿Qué está haciendo aquí? —preguntó una niña alta que se había plantado junto al cachorro de Rasengan.
Debía ser la hija de Rasengan. Toneri le lanzó una mirada lasciva y pensó en llevarse a la niña, pero el tiempo era esencial. Tenía que dejar su carta sobre la almohada de Hinata y escapar antes de que algún adulto notara su presencia.
Los niños no eran importantes. Nunca creía una sola cosa de las que le decían sus propios hijos, y sin duda Rasengan y Hinata pensaban de la misma manera. Lamentándolo, se tragó el deseo que sentía por la niña.
—¿Dónde está la habitación de tu madre? —preguntó, rechinando los dientes—. Tengo un pequeño regalo que quiero dejarle.
—Nuestra madre está muerta —dijo la niña, dedicándole una mirada de sospecha—. ¿Sabe mi papá que usted está aquí? Él nos dijo que no debemos hablar con extraños. A usted no lo conocemos. ¿Qué tipo de regalo?
—No soy un extraño. Conozco a su madrastra —dijo Toneri, dando un paso hacia la niña, incapaz de disimular la lascivia que asomaba en sus labios y sus ojos, que se pasearon por la ligera figura tapada por el camisón. Sacó la carta de su bolsillo y se la mostró a los niños—. ¿Ves? Es una sencilla nota para Hinata. Tú pareces ser una pequeña niña inteligente, ¿por qué no me dices cuál es la habitación de tu madre y yo le dejaré esto para sorprenderla? ¿No crees que eso sería agradable?
—¡Acaricia a Lomito! —gritó frente a Toneri un niño de unos cinco años de edad que llevaba en brazos un escuálido gatito gris.
—Emm... no, gracias. No tengo tiempo para gatitos. —Por mucho que le hubiera gustado quedarse y acercarse a la niña, se sentía más y más nervioso al paso de cada segundo. Enseñó los dientes una vez más—. Si me enseñáis la habitación de Hinata, les daré un reluciente penique.
—¿Qué contiene eso, entonces? —preguntó Deidara, cruzando los brazos sobre el pecho mientras señalaba con la cabeza hacia la carta.
A Toneri le era difícil mantener la sonrisa, pero logró hacerlo.
—Algo que le interesará a Hinata. ¿Te gustan los dulces? Te daré unos cuantos si me muestras dónde está la habitación de tu madrastra.
—A papá no le gustan las sorpresas —dijo una niña que irrumpió de repente en la habitación. Otro niño la seguía, un mellizo al parecer. ¿Cuántos malditos hijos tenía Rasengan?
—En fin —dijo Toneri, tratando de pensar en alguna manera de sobornar a los pequeños bastardos. Estaba perdiendo demasiado tiempo. En cualquier momento podía aparecer algún sirviente frente a ellos.
—Bien, escuchen, ésta es una sorpresa para Hinata, así que no deben decir nada sobre esto. Solamente la dejaré dentro de la habitación y después me iré, así que nadie sabrá que estuve aquí...
—Usted no me gusta —le interrumpió la melliza.
Su hermano asintió.
—A nosotros nos gusta Hinata.
—Apuesto a que éste es el hombre del que ha estado hablando papá —dijo Deidara.
—Ya saben, el malo.
—Arashi, Hanami y tú vayan a buscar la cuerda —dijo la niña mayor, levantando un jarrón mientras se abalanzaba sobre Toneri.
—Yo iré a buscar el pedernal y la mecha —dijo Deidara. Sus ojos se encendieron con maligno regocijo.
—Bueno, bueno esperen un momento —dijo Toneri, retrocediendo lentamente.
Como era cobarde por naturaleza, y aunque jamás pensó que unos simples niños representaran una amenaza, las miradas de engendros del demonio en los rostros de los crios empezaban a aterrorizarle.
Oyó voces que se aproximaban. Desesperadamente, agarró al más joven de los niños y lo agitó, gritándole al rostro.
—¡Muéstrame el lugar donde se encuentra la habitación de Hinata inmediatamente!
El último pensamiento coherente de Toneri mientras caía por las escaleras fue que nunca se dejaría engañar por la supuesta inocencia infantil.
En un segundo habían pasado de ser inocuos, aunque molestos, niños inocentes a convertirse en terroríficos asesinos empeñados en destruirlo.
El niño más joven le tiró al gatito al rostro, arañándole la mejilla al mismo tiempo que otro de los monstruos lo pateaba. Un tercero le mordió la mano, mientras que el niño y la niña mayores lo empujaban hasta que perdió el equilibrio y cayó dando tumbos por la escalera.
Gruñendo, furioso, y sintiendo un intenso dolor, Toneri se dejó caer a lo largo de las pocas escaleras que quedaban, seguido por los gritos y chillidos de los niños que lo iban persiguiendo.
Empujó a un lado a un alarmando criado que apareció al final de las escaleras, y abrió de sopetón la puerta de entrada, huyendo y dejando un rastro de maldiciones y promesas de venganza tras él.
Afortunadamente para su maltratado cuerpo, ni los niños ni los criados lo persiguieron. Los pequeños se quedaron parados en las escaleras de la entrada lanzándole insultos mientras cojeaba a lo largo del pequeño jardín que adornaba la plaza; pero Toneri los ignoró, tomándose un respiro a la sombra de un árbol para limpiarse la sangre de la cara.
—Me las pagaran, me las pagaran —juró mientras se tocaba con cautela la huella del mordisco sobre la mano.
La puerta de la casa de Rasengan se cerró estrepitosamente. Toneri agitó el puño en dirección a la casa. Maldecía en voz alta.
—Los veré postrados y suplicando perdón antes de que termine esta semana. Ella cree que es más inteligente que yo, ella cree que puede burlarse de mí, pues bien, ¡ya le enseñare lo que soy! La tendré de rodillas ante mí antes de que termine con ella. ¡Con todos ellos! Todos sentirán el peso de mi ira.
—¿Tiene problemas? —Una voz emergió detrás de Toneri, desde lo más profundo de la sombra de un rododendro cercano—. Parece que no le han hecho un recibimiento cordial.
Toneri se dio la vuelta, casi saltando al escuchar la voz de aquel hombre. Su propia voz temblaba, mientras trataba de escaparse descaradamente.
—¿Qué? ¿Quién... quién es usted, señor? ¡Acérquese a un lugar donde lo pueda ver!
—Soy un amigo, se lo aseguro —dijo la voz.
Una sombra se agitó y luego se materializó en la figura de un hombre de mediana edad y estatura.
—Alguien que piensa que podríamos sernos de mutua ayuda, el uno al otro. Presiento que usted tiene algún rencor contra lady Rasengan. Tal vez podríamos tener una pequeña conversación, usted y yo, y usted me podría explicar la naturaleza de su rencor.
—¿Por qué querría yo hacer eso? —preguntó Toneri, relajándose al ver el rostro del hombre. Aunque el extraño no era un caballero, como lo era él, su voz sonaba como la de alguien relativamente educado. No era la voz de un matón.
—Pensé que usted querría contar con un comprensivo oído que escuchara su penosa historia.
Pero no era así. Toneri no estaba dispuesto a compartir el suculento botín que seguramente sería suyo. Hinata se lo debía, y él cobraría su recompensa.
—No lo conozco, ¿o sí? ¿Qué diablos pretende usted abordándome de esta manera? ¿Quién es usted?
—Ya se lo he dicho —dijo el hombre, sonriendo—. Soy un amigo.
—Usted no es amigo mío —dijo Toneri con un resoplido altanero mientras se estiraba el arrugado abrigo con las manos.
—¿Acaso, no se dice por ahí que los enemigos de mis enemigos son mis amigos? Creo que tenemos un interés común en la familia Rasengan. El suyo, por lo que entiendo, es buscar venganza contra lady Rasengan, mientras el mío...
—¿Sí? —Dijo Toneri, mostrándose sólo moderadamente interesado en el hombre. No tenía tiempo que perder en simples habladurías. Debía regresar a casa para poder planear cuidadosamente el próximo pasó de su venganza.
—Mi interés es que todos ellos sean destruidos.
Toneri levantó la cabeza, repentinamente interesado. Miró al misterioso hombre por un momento, pensando en si debía o no aliarse con él.
—Lo que dice tiene su sentido, ¿me acompaña mientras salgo de aquí?
—Con mucho gusto —respondió el hombre sonriendo nuevamente.
—Puedo andar sin problemas, Naruto.
—No estás en condiciones de hacerlo. No vas a hacer ni un maldito esfuerzo hasta que hayas dado a luz sin complicaciones. Ni una sola cosa, ¿me entiendes? Ni una sola. Te azotaré despiadadamente si te empeñas en mover un dedo de más.
Hinata besó la oreja de Naruto mientras él la llevaba en brazos hacia la planta superior de la casa.
—Pero algunos ejercicios moderados son recomendables y beneficiosos para las mujeres en mi estado.
—No —dijo Naruto firmemente, llamando a la puerta a patadas hasta que Maito Dai, el criado, la abrió.
—Nada de largos paseos, nada de montar a caballo, nada de atravesar el parque en coche, nada de nada. Permanecerás en reposo todo el tiempo. El ejercicio, de cualquier tipo, está completamente prohibido. Probablemente te permita reposar sobre un diván y leer si prometes no exaltarte mientras lo haces.
—Señor, ¿podría hablar con usted?
—¿Ni siquiera gimnasia? —Hinata susurraba a Naruto al oído, ignorando al criado que trataba de captar su atención—. ¿No crees que los ejercicios que se hacen en la propia cama pueden ser considerados como reposo?
—Es un asunto de suma importancia, señor.
Naruto se detuvo en la parte baja de las escaleras. Miraba a Hinata con ojos entornados. Ella le besó suavemente la nariz.
—¿Cree usted, honestamente, madame, que mi voluntad, mi resuelta, inflexible e infranqueable voluntad puede ser doblegada tan fácilmente?
—Sí —dijo Hinata, sonriendo en sus brazos.
—¡Me conoces demasiado bien! —dijo Naruto con un maravilloso brillo en sus ojos.
—Señor, no lo molestaría si no se tratara de un asunto urgente... — Maito Dai fue completamente ignorado tanto por Hinata como por Naruto.
—¡Papá!
Marido y mujer miraron hacia arriba buscando los gritos que saludaban su llegada.
—¡Papá, jamás adivinarás lo que ha pasado! —dijo Ino al tiempo que aparecía en el rellano de la escalera.
—Debo informarle, señor, sobre el incidente que acaba de tener lugar aquí.
—¡No! Se lo tengo que contar yo. Fui yo quién lo empujó por la escaleras —dijo Deidara. Los otros niños, muy excitados, le hicieron coro rápidamente, rodeando a Naruto y a Hinata y hablando todos al mismo tiempo.
—Yo también lo empujé, y soy la mayor.
—Tú eres tan sólo una dama, yo soy un marqués. Maito Dai lo intentó un vez más.
—Fue hace tan solo un momento, señor. Yo estaba de turno en el salón, igual que lo he hecho durante los últimos tres días...
—Niños... —dijo Naruto, tratando de hacerse oír y de acabar con el barullo.
—Mamá, ¡acaricia a Lomito!
—¡Papa, Arashi mordió al hombre, y yo le di una patada en la espinilla, y él salió corriendo!
—Estaba en el salón, señor, cuando de repente un hombre corrió escaleras abajo, seguido por los niños.
—Ser marqués no es nada comparado con ser la mayor —gritó Ino a su hermano.
—Es verdad —dijo otra voz infantil—, ser mayor es lo más importante.
—¡De uno en uno! No pueden hablar todos al mismo tiempo —dijo Naruto; pero nadie le prestó atención.
Hinata soltó una risita llena de amor y alegría por encontrarse rodeada de aquella bendita algarabía. Por un momento recordó que Naruto ya conocía sus peores secretos y que no le importaban lo más mínimo, y fue aún más dichosa.
—Señor, el hombre parecía haber sufrido un accidente, el cual, según lo que me contó el señorito Deidara instantes después, fue causado por los mismos niños.
—¡Acaricia a Lomito, mamá!
—Así fue, y echó a perder nuestra sorpresa. No me gustó ese hombre.
—¡No nos gustó a ninguno!
—Ser marqués es tener un título. Ser la mayor no es tener un título, es algo que se tiene por casualidad.
¡Naruto todavía la amaba! ¿Cómo había podido ser tan tonta como para dudar de la fuerza de su carácter?
—No puedo entender nada cuando todos hablan al mismo tiempo. Cálmense. ¿De quién me están hablando? —preguntó Naruto.
Hinata, sumida en sus deliciosos pensamientos, le besó la cara. Él era el hombre más maravilloso del planeta entero.
—¡Ser la mayor no es nada!
—Hinata, dile a Deidara que ser la mayor es más importante que ser un marqués. Tal vez, la criatura más maravillosa jamás nacida.
—¡Acaricia a Lomito!
—Nada es más importante que ser un marqués, excepto ser un príncipe, ¿no es eso cierto, papá?
Y Naruto, el hombre maravilloso, era de ella, sólo de ella. Todos eran de ella, cada uno de ellos, incluso Maito Dai, el criado, que trataba desesperadamente de llamar la atención de Naruto. Los amaba a todos... Eran su familia.
—¡Retráctate! ¡A mí me gustó menos que a ti!
—Lord Rasengan, debe escucharme. Intenté averiguar cuál era la razón por la cual ese hombre se encontraba en la casa, pero salió corriendo antes de que yo pudiera enterarme de algo.
Todo en su mundo estaba en su sitio. Naruto lo sabía todo, y él la amaba, y ella lo amaba, y todos amaban a todos los demás. La vida era maravillosa.
—Unos instantes después, los niños me dijeron que el hombre aseguraba conocer a lady Rasengan, y estaba tratando de averiguar dónde quedaba su habitación.
—¡Eso es una mentira! Yo le dije que no me gustaba y tú no le dijiste nada, así es que a mí fue a la que menos le gustó. Papá, dile a Arashi que a mí me gustó menos.
—¡Silencio! —rugió Naruto.
—Naruto —dijo Hinata, radiante de felicidad.
—¿Qué? —respondió el marido bruscamente.
—Te amo. Deberíamos poner en práctica «La virgen y el unicornio, esta no...». — Los ojos de Hinata se abrieron de pronto, mientras los adorables ojos azules de Naruto se oscurecieron—. ¿Hombre? —Le preguntó Hinata a Naruto.
—¿Habitación? —le preguntó él a ella. Los dos se giraron para mirar a Maito Dai.
—¿Qué hombre? —gritó Naruto—. ¿Qué estaba haciendo él en la habitación de Hinata? Por el amor a Dios, hombre, no se quede ahí parado abriendo y cerrando la boca como un pez. ¡Cuéntenos lo que pasó!
Naruto dejó en el suelo a su mujer, que se aferró a él mientras los incoherentes gritos de los niños y de Maito Dai se mezclaban haciendo una horrenda narración.
—Debió ser Toneri —dijo Hinata, y su mundo feliz se desmoronó de repente—. Según la descripción, parece tratarse de él, pero ¿cómo se atrevió a entrar en la casa...?
—Es hombre muerto —gruñó Naruto.
—Y tú decías que yo estaba sedienta de sangre —dijo Hinata soltando el aliento, luego suspiró profundamente cuando su marido salió corriendo hacia la puerta—. ¡No, Naruto! No puedes retarlo a un duelo, ¿recuerdas?
Naruto se detuvo para lanzarle una mirada de infinita consternación.
Ella se llevó las manos a la cintura, dispuesta a hablar con toda la dureza necesaria incluso en presencia de los niños y sirvientes que se agrupaban detrás de ella.
Podría ceder a las peticiones de Naruto sobre otras cosas, pero sobre ésta, en particular, no lo haría. Cuanto quedara claro, más felices serían todos.
—Pero...
—Aunque lo mataras, y eso no me gustaría porque tendríamos que irnos de Inglaterra y me gusta vivir aquí, aunque lo hicieras, digo, sería demasiado tarde, ya habría soltado su veneno. En cuanto Toneri sienta que lo estás amenazando, le dirá a la mayor cantidad de personas que pueda encontrar la verdad sobre mí.
—Es mi derecho, Hinata —gruñó Naruto, paseándose de un lado al otro frente a la puerta—. ¿Qué diablos voy a hacer si no puedo retarlo a un duelo?
—No lo sé, pero tiene que haber otra solución. Naruto hizo una pausa en sus nerviosos paseos.
—¿Qué pasaría si lo golpeara hasta dejarlo medio muerto? Le atacaría por sorpresa, de modo que no tendría tiempo de decirle nada a nadie.
Había tal consternación, tanta sinceridad, tanto amor por ella en las brutales y sencillas ideas de Naruto, que a ella casi se le saltaron las lágrimas.
—Sin embargo, querido mío, si él sobreviviera a semejante paliza, se lo diría a alguien, tarde o temprano. Y si no llegara a sobrevivir, te ahorcarían por asesinato.
—Bah —dijo Naruto, reanudando sus paseos de fiera enjaulada.
—Tengo razón en lo que digo, sé que lo sabes —dio. Hinata, mirando apasionadamente a su enfurecido esposo—. Ya entiendes la razón por la cual tuve que contratar un asesi... —Hinata se detuvo e hizo un ademán a los niños para que se retirasen. Estaba hablando demasiado.
Los pequeños no querían irse, pero ella no tenía ganas de discutir. Hizo otro ademán para que los sirvientes se retiraran con los niños y se llevó a Naruto a la biblioteca para discutir la situación con la máxima intimidad posible.
—Naruto, siéntate, me estás mareando —dijo Hinata unos instantes después, al ver que su marido trazaba irritantes círculos alrededor de la silla en la que ella se encontraba sentada.
—Esto es ridículo. ¿Se supone que debo permitir, sin matarle ni retarle a un duelo siquiera, que el hombre que deshonró a mi esposa se meta mi casa para quién sabe qué? ¿Se supone que debo perdonar al desgraciado que se atrevió a arruinar tu nombre y dejarlo escapar sin ajusticiarlo? ¿Debo hacerme el loco cuando él te amenaza? ¡No lo permitiré, Hinata! Debo retarlo a un duelo, es la única manera.
—Si lo haces, nuestras vidas serán destruidas, que al fin y al cabo es lo que busca—dijo Hinata suavemente.
Sabía que de la boca de Naruto no saldría una sola palabra de reproche a ella, pero la verdad era muy simple, y lo sabía: tras lo ocurrido con Toneri, nunca debió casarse con Naruto.
Sabía que no podía ser culpada por el hecho de que Toneri le mintiera, pero Naruto tenía menos culpa aún. Hinata le había escondido la verdad deliberadamente. Ahora, él, los niños y Sumire iban a pagar por su egoísmo.
—Estás exagerando —objetó Naruto—. Nuestras vidas no serán destruidas.
—¿Te parece que estoy exagerando? —preguntó Hinata con voz angustiada—. Conoces la sociedad londinense mejor que nadie, esposo mío. Dijiste que podías acallar el escándalo de mi matrimonio con Toneri, y estabas en lo cierto. ¿Puedes decir lo mismo sobre el escándalo que surgirá si el mundo se llega a enterar de que la marquesa Rasengan es la autora de un libro tan escandaloso como la Guía de gimnasia conyugal?
Naruto dejó de pasear. Sus ojos azules se oscurecieron.
—Si a mí no me importa, no veo por qué tiene que importarles a los demás que tú hayas escrito ese condenado libro. ¿Qué daño puede hacernos a los niños y a mí que seas la autora? Y si alguien dice algo, lo destrozaré.
—Ahora, ¿quién está exagerando? —preguntó Hinata, cada vez con más ganas de llorar—. Sabes que no hay ninguna manera de parar el escándalo cuando cosas de este tipo se hacen públicas. Una marquesa, simplemente, no puede ser la autora de semejante libro, sin recibir feroces censuras. Oh, Naruto...
Hinata se quería morir. Su peor pesadilla se había hecho realidad, y todo había sucedido por su culpa. Un enorme sentimiento de culpa se apoderó de ella.
—Escucha, Hinata...
—No, escúchame tú. No debí casarme contigo, pero tú fuiste tan bueno, y yo estaba tan desesperada, y ahora mira lo que ha ocurrido...
Naruto tomó las manos de Hinata y la ayudó a levantarse, para que llorase sobre su hombro.
Él posó los labios sobre la frente de su esposa, y fue una caricia tan dulce que hizo que Hinata llorara con más fuerza. Lo hizo durante varios minutos, consciente de lo mucho que le debía al hombre que acariciaba su espalda con suavidad y le murmuraba consoladoras palabras al oído.
—Las lágrimas no resuelven nada, mi amor —dijo Naruto suavemente cuando ella al fin paró de llorar.
—Lo sé, pero algunas veces te hacen sentirte mejor. Desgraciadamente, todo lo que siento ahora es pena, una infinita pena. —Hinata se enjugó las lágrimas y miró a los ojos a su esposo—. Naruto, una de las cosas que buscaba en mi marido era que fuera alguien que no tuviera secretos conmigo y, aún así, seguí adelante con este matrimonio teniendo secretos propios. Lamento mucho haber hecho eso. Mereces algo mejor. Sé que no me culpas por esto, pero también sé que no estaríamos en esta situación ahora si no fuera por mí. Y por eso me disculpo humildemente.
—Lo que está pasando no es tu culpa, mi amor. Nada de esto lo es. No hiciste nada malo. A decir verdad, estoy muy orgulloso de ti.
—¿Orgulloso? —Hinata lo miraba con los ojos abiertos de par en par. ¿Él se sentía orgulloso de ella? ¿Por qué?—. ¿Cómo puedes sentirte orgulloso de mí? No he hecho nada que me enorgullezca ¡He hecho lo contrario!
—Lamento decirte que tengo otra opinión: has hecho muchas cosas de las cuales debes estar orgullosa. Sobreviviste a un matrimonio bígamo que habría podido hundir a cualquier mujer sin tanto carácter.
Hinata volvió a suspirar con fuerza.
—Qué iba a hacer. No me quedaba más remedio.
—Además, escribiste un libro que proporciona placer a centenares de personas.
—Un libro tan escandaloso que ninguna librería quiere venderlo. —Hinata tomó el pañuelo que Naruto le ofreció y se sonó delicadamente.
El marido le levantó el mentón, sonriendo con el amor brillando en sus hermosos ojos.
—Te casaste conmigo.
—Ninguna mujer podría resistirse a esa tentación —contestó Hinata. La mirada de Naruto le proporcionaba el calor que tanto necesitaba; pero sabía muy bien lo que tenía que hacer.
Naruto le besó la punta de la nariz.
—Aceptaste a mis cinco pequeños demonios en tu corazón, a pesar de sus esfuerzos para volverte loca.
—Sí, es verdad —dijo Hinata con una pequeña sonrisa—, admito que eso requirió cierto coraje, pero no tanto, porque son buenos niños en el fondo, sobre todo en las ocasiones importantes. Cuando más cuenta, son buenos. Incluso Ino ha cambiado.
Yo llegué a pensar que nunca me apreciaría. Aunque debo admitir que permitirle llevar el pelo recogido y el regalo de los pendientes de perla para su cumpleaños pueden ser cosas que tienen algo que ver con el cambio en su aprecio por mí.
—Simplemente se dio cuenta de que era muy afortunada al tener tan maravillosa madrastra. No hay muchas mujeres capaces de tener tanta paciencia con los pequeños monstruos, y la bendita capacidad de ver sus mejores cualidades. —Naruto la atrajo hacia sí. Plantó las cálidas manos en el trasero de Hinata, mientras la besaba provocadoramente en la boca.
—Lo que más me sorprende es que, a pesar de todo, me amas.
Hinata se derritió completamente fundida en su abrazo, incapaz de resistirse al calor de su pasión.
—Tendría que ser un imbécil para no hacerlo. Eres adorable. Naruto la alzó en sus brazos.
—¿Te importaría abrir la puerta? Hinata giró el pomo.
—¿Naruto? ¿Adónde vamos? Pensé que íbamos a discutir sobre el asunto de Toneri y lo que vamos a hacer con él.
—Vamos a hacerlo. Lo haremos. Más tarde. Ahora debo ocuparme del asunto de una esposa que le oculta secretos a su marido. —Naruto subió las escaleras sin el menor esfuerzo, con ella en brazos.
Hinata, preocupada por un momento por lo que Naruto había dicho, se dio cuenta, por la ardiente mirada que se posaba sobre ella, de que él estaba realmente molesto con ella, sino que tenía otras maravillosas intenciones.
—No hay un hombre mejor que tú. Eres perfecto. —Hinata suspiro, quitándole la bufanda y dejando al aire su varonil cuello.
—No, no puede existir un hombre mejor que yo —dijo Naruto descaradamente.
El brillo de sus ojos calentaba a Hinata casi tanto como el descarnado y ardiente deseo que notaba en el contacto con su cuerpo. Naruto empujó y abrió la puerta de su habitación, luego, la cerró de una patada.
— Esa es la razón por la cual creo que debes adorarme. Diariamente. Incluso cada hora, cada minuto. Soy un Dios entre los hombres, esposa del alma, y espero que me trates como tal. Veamos de qué forma manifiestas esa adoración.
—Bien —dijo Hinata la dejó al fin en el suelo. Los dedos de Naruto bailaron sobre la parte de atrás de su vestido, desabrochando botón tras botón. La mujer se estremeció, llena de lujuria, en el momento en el que su vestido se abrió en dos.
—Pensé que primero debía hacer un sacrificio.
—¿Un sacrificio? —Naruto levantó las cejas. Hinata le quitó la chaqueta, el chaleco y la camisa—. ¿Te refieres al «Acólito adorando al sumo sacerdote»?
Naruto absorbió su aliento como quien bebe un néctar maravilloso, mirándola salvajemente durante un momento, mientras ella empezaba a hurgar en su entrepierna y palpaba el miembro que tanto adoraba.
—Una vez me dijiste que era el único ejercicio de gimnasia conyugal que no te habían enseñado. Dijiste que era de tu propia invención, y que lo estabas reservando para una ocasión muy especial...
—Tienes razón. Y ésta es la ocasión perfecta —dijo Hinata, sonriendo al ver que él jadeaba. Su sonrisa se hizo más profunda cuando Naruto se estremeció y le retiró las manos de la entrepierna, con una mirada que le advertía que estaba cerca de perder el control.
Con un movimiento brusco, Naruto le quitó el vestido sin detenerse siquiera a admirar su hermosa y nueva ropa interior, pues la arrancó sin más. Hinata se quitó los zapatos.
—¿Y las medias? ¿No me las quitas?
Su esposo la miró con un travieso destello en los ojos azules.
—Las dejaremos puestas. Es mi deseo. Tú eres, después de todo, una atrevida acolita. Has de obedecer al sacerdote. El castigo vendrá después.
Hinata se entregó entre gemidos, dejando a un lado lo que le quedaba de sentimiento de culpa. Ella lo amaba y sabía que él la amaba a ella. Haría cualquier cosa para asegurarse de que nada empañara aquel amor.
Gozó indeciblemente cuando la cálida boca de Naruto se cerró sobre su seno. Disfrutó el calor de la boca masculina a medida que trazaba un camino alrededor de su suave carne, excitando el duro y sensible pezón con la lengua y con los dientes.
Los dedos de Hinata se hundieron con fuerza en los hombros de Naruto mientras ella trataba de mantener las piernas abiertas.
—¿De qué tipo de castigo estás hablando? ¿Tiene que ver con tu mano y mi desnuda... zona privada?
—Sí, puede ser. O puede que tenga que ver con las dos plumas y las correas de cuero —dijo Naruto mientras la acercaba a él, estrechándola contra su desnudo cuerpo, hasta que ambos fueron sólo uno.
Hinata respiró su maravilloso olor a jabón, permitiendo que su cabeza cayera sobre el hombro de Naruto, mientras posaba los labios sobre la palpitante garganta.
—¿Y qué tipo de forma desea usted que tome el ritual de purificación del espíritu, Oh, poderoso y sumo sacerdote?
—La forma del baño —dijo Naruto, deslizando las manos a lo largo de sus extensos muslos. Sus ojos estaban encendidos de pasión, amor y deseo...—. Tendrás que bañarme, después. Pienso estar muy sudoroso.
Hinata abrió los ojos y echó la cabeza para atrás para mirar el rostro de Naruto mientras él deslizaba un brazo alrededor de su cintura, levantándola y llevándola hacia la cama.
Ella reflexionó por un momento sobre la ridícula y maravillosa naturaleza de los hombres, que siempre consideraban necesario llevar en brazos a sus mujeres hacia la cama. Alejó aquel pensamiento de su mente para concentrarse en cosas más importantes.
—Acerca de Toneri...
Una bota golpeó contra el suelo. Naruto miró a Hinata por un momento, su mirada estaba tan llena de promesas que la hizo agitarse sobre la cama, mientras él usaba un calzador para arrancarse la otra bota.
—Después, Hinata. Hablaremos de ese bastardo después.
—Sí, pero estoy preocupada...
—Después —repitió Naruto, quitándose rápidamente la poca ropa que le quedaba puesta y plantándose ante ella en toda su gloriosa masculinidad.
Hinata se quedó sin aliento mientras su mirada consumía codiciosamente a Naruto, de los pies a la cabeza. Dejó a un lado sus preocupaciones, sus problemas y su infelicidad, para dejarse vencer durante unos instantes por el maravilloso amor que la unía a su marido. Pero la obsesión volvía una y otra vez.
— Naruto —murmuró contra su clavícula. Sus dedos le acariciaron el pecho, deleitándose con su calor—. Deberíamos hablar de Toneri.
El hombre gruñó levemente. Le acarició el clítoris y volvió a olvidarse de los problemas. Sólo quería devorarle.
—Eres insaciable, mujer. No sé si tendré suficientes fuerzas para complacerte. Hinata soltó una risilla, levantó la cabeza y suavemente le mordió el mentón.
—Fue una gimnasia particularmente buena, ¿no lo crees? La «bendición» ha sido una bendición.
Con los ojos cerrados y una sonrisa en su rostro, Naruto contestó:
—Sabía que te iba a gustar. Fue una pequeña idea que se me ocurrió un día cuando vi cómo se elevaba un globo.
—Sin duda ese globo te llevaba al cielo.
Hinata descansó la boca sobre el cuello de Naruto por un momento, luego se levantó, apoyando la barbilla en las manos. Hinata movió los labios levemente para captar la atención de su esposo, e inmediatamente sintió cómo la hombría de Naruto comenzaba a endurecerse de nuevo contra sus muslos.
Dos fuertes manos se posaron sobre sus caderas. Un pequeño reflejo claro brilló en los ojos levemente abiertos de Naruto. Ella sonrió.
—Ahora podremos hablar acerca de lo que debemos hacer con respecto a Toneri. Pienso que si tú fueras a buscar un matón y yo pensara un poco más mis ideas...
Naruto suspiró, deslizando las manos hacia abajo para acariciarle los glúteos, de tal manera que la hizo gemir de placer.
—Está bien. Por mucho que crea que ese bastardo merece ser asesinado, creo que existe otra manera de resolver este asunto. Simplemente, lo amenazaré con destruirlo si se atreve siquiera a insinuar algo sobe ti. Le prohibiré incluso que mencione tu nombre.
Hinata levantó ambas cejas.
—¿Te parece una solución? ¿Estás seguro de que puedes hacerlo? Pensé que un escándalo podría detenerlo, pero después de lo sucedido esta noche...
Naruto le besó la frente y deslizó las manos hacia la vagina, con una risilla que hizo que la sangre de Hinata comenzara a hervir una vez más.
—Qué encantadoramente violenta has resultado ser. Ese carácter vengativo es una de las muchas cosas que adoro de ti.
Hinata se contoneó de nuevo, con un gemido de no muy sincera protesta por sus palabras.
—¿Violenta yo?
Naruto apretó las posaderas de Hinata.
—No tienes que matar a ese hombre para destruirlo, mi amor. Si algo te pasara a ti o a los niños, me sentiría acabado para siempre.
—Sí, sé que así sería, pero eso es porque tú eres un hombre singularmente maravilloso. Toneri, sin embargo, es un absoluto canalla. Dudo que sienta algo por alguien que no sea él mismo. No tiene afecto ni a su familia.
Naruto sacudió la cabeza levemente y de los muslos, separándolos.
—Mi intención nunca fue atacarlo a través de su familia. Estás en lo cierto, eso no lo afectaría para nada. Pero hay algo que sí le llega al alma: el dinero. Simplemente le haré una visita y le aclararé sin vacilar que si dice cualquier cosa sobre ti, me aseguraré de que sea destruido financieramente, hasta tal punto que jamás podrá recuperarse.
Lágrimas de gratitud asomaron los ojos de Hinata.
—¿Puedes hacer eso?
Naruto se encogió de hombros, lo que no le resultó fácil teniendo en cuenta que ella estaba encima de él.
—Con la ayuda de mis amigos, sí.
—¿Y realmente crees que funcionará?
—Sí. —Los dedos de Naruto describían círculos más y más cerrados e insinuantes sobre sus muslos.
—¿Y no se lo contará nada a nadie? ¿No nos enfrentaremos a otro escándalo?
—No.
Hinata se distrajo por un momento por las íntimas caricias de Naruto, pero tenía un último secreto vergonzoso que revelar. Tenía que decirlo ahora qué él estaba tan entregado, tan dispuesto a perdonarlo todo.
—Acerca de los niños... Naruto, confieso que te he utilizado. Vergonzosamente. Quería tanto tener un hijo propio, aunque tú no pienses que soy una buena madre pese a lo mucho que verdaderamente estoy tratando de serlo... El caso es que, para que te sintieras feliz con un nuevo hijo he estado sobornando a tus pequeños, les he dado todo tipo de caprichos y regalos para conquistar su corazón, para que me creyeras la madre ideal.
Naruto, que se había estado agitando bajo Hinata mientras ella contaba su presuntamente vergonzoso secreto, finalmente estalló en carcajadas.
Ella lo palmoteo con una mano abierta sobre el pecho y le lanzó una mirada asesina. Aquello no le parecía divertido.
—¡ Naruto, esto no es gracioso! ¡Estoy desnudando mi alma ante ti!
—Estás desnudando otra cosa más importante —dijo mirándola lascivamente y deslizando sus dedos sobre el húmedo sexo de Hinata—. Jamás he pensado, ni por asomo, que fueras una mala madre, Hinata. Todo lo contrario, dudo que alguien hubiera podido hacer tan buen trabajo con los niños como lo has hecho tú. Con sobornos o sin ellos, eres la personificación de la paciencia con ellos.
—A duras penas. ¡Oh, Dios, Naruto! —jadeó cuando su marido la tumbó boca arriba, entrando en ella con aquel suave movimiento que siempre la volvía loca.
—¿El «Rey pescador»? ¿Ahora? ¿Aquí? Pero estábamos hablando sobre... sobre... ¡No me acuerdo! Ah, sí, los niños, eso era, estábamos hablando de los niños y del bebe y... y... ¡aaaaaaaayyyy!
Naruto besó las rodillas de Hinata, que descansaban sobre sus hombros, antes de meterse profundamente dentro de ella.
—¿Realmente quieres hablar de eso ahora?
Hinata se arqueó hacia arriba bajo su esposo, deslizando las piernas hasta la cintura mientras gemía y gemía.
—No —susurró sobre sus labios—. Eso puede esperar hasta más tarde. Mucho, mucho más tarde.
