Salimos. Las cosas resultaron mucho mejor de lo que esperaba, por lo cual cuando regresó a la florería a preguntar por una segunda cita la acepté. Y así una tercera, cuarta y quinta, y terminé perdiendo la cuenta y el control de las cosas. Me hallé disfrutando la compañía de Sai, como también deseándolo, lo cual no sería un conflicto si él se acercara físicamente a mí, mas no lo hacía. Mantenía distancia, lo cual con el pasar del tiempo generó confusión en mí (además de una increíble frustración) pues, supuestamente, habíamos estado juntos, a pesar de que no lo recordase y él nunca más lo volviera a mencionar. Quiero pensar que me involucré con él de esa forma, es lo más probable.

Y ahora me siento confundida respecto a Sai. Repentinamente, sus actitudes y propósitos son un completo misterio para mí. En verdad, siempre lo han sido, solo que estoy en el momento de asimilar las cosas, y la realidad es que no entiendo por qué me trata así y qué es lo que busca en mí. Quién cree que soy, y qué estoy esperando yo. ¿Hacia dónde vamos?

Realmente él era un chico impredecible. A pesar de estar dedicándole todas estas palabras y quejas, debo admitir que me encanta.

Pero de todas formas lo confrontaré. Así fue cuando decidí aparecerme su trabajo, el cual era un museo en donde se realizaban exhibiciones de arte y distintos talleres relacionados. Sai era un artista, lo cual concordaba perfectamente con ese aire misterioso e indescifrable de su persona. Conocía sus horarios, por lo que llegaría justo a tiempo para su descanso y almuerzo. Me arreglé y compré comida para ambos, suponiendo que él había olvidado prepararse algo como el gran distraído que es. Sai era un desastre la mayoría de las veces, y a pesar de ya tener 23 cuidaba de sí mismo como un niño. Llevaba alrededor de un año viviendo solo, solamente porque necesitaba espacio para sí mismo y su arte, pero aún lucía un primerizo lidiando con todas las responsabilidades que trae ser un adulto, o mejor dicho, querer serlo.

Pero a pesar de ser igual de irresponsable como un niño, en realidad era bastante maduro como persona. Él, a diferencia de muchas personas de nuestra edad, o incluso más, había logrado conseguir paz en su vida. Hablaba con pasión acerca de su futuro, relatándolo como el sueño más hermoso, mientras que al mismo tiempo realizaba un real esfuerzo por cumplirlo. Su vida podría soñar ridícula para muchos, en su ignorancia de reconocer al arte como un trabajo, pero era la aventura más emocionante para él. Y para mí. Debo admitir que me nacía una gran curiosidad de ver cómo sus aspiraciones iban cumpliéndose, acompañarlo en el camino de ser una persona exitosa a su propia manera. Aunque Sai era un completo ambicioso, en realidad también era una persona muy humilde. Disfrutaba de los placeres más simples y sutiles, como un día soleado o la aparición de las estrellas en la noche. Una caminata tranquila en dirección a casa, despojando su mente de todo lo malo. Estar en contacto con la naturaleza. Cosas así.

Y es un encanto. A pesar de verse algo torpe y extraño en un inicio, cuando lo conoces puedes ver lo carismático y buena persona que es. Prefiere escuchar que hablar y es la persona más comprensiva que conozco. Sin embargo, la cualidad más grande de Sai es lo fiel que es a sí mismo. Cuanto respeto y amor propio se tiene sin ser un engreído. Él cuida de sí mismo y es lo que más me sorprende. Admiro la fuerza que debe poseer para poder decidir que él mismo es su prioridad, sin dejarse llevar por sentimientos trágicos y poderosos, como yo. Me he conducido tantas veces al dolor sin siquiera ser consciente de ello, descuidándome una y otra vez. Me gustaría ser como él.

Y mientras llegaba a su trabajo me di cuenta que Sai no era un desconocido para mí, al contrario. Prontamente todas las inquietudes que me afectaban dejaron de ser un problema, y me encontré completamente segura de donde estaba y qué era lo que quería.

Lo encontré de espaldas, luciendo concentrado mientras realizaba trazos en una tela en una de las tantas salas de su trabajo. Probablemente se había inspirado y había perdido la noción del tiempo, pues su receso ya llevaba veinte minutos iniciado. Toqué la puerta desde donde me encontraba, buscando que notara mi presencia. Volteó, con un ademán sorprendido, y posó sus oscuros ojos en mí. Le sonreí, sintiendo mi pecho cálido, y levanté con una de mis manos la comida que había traído para ambos. Salimos del edificio y nos sentamos en una de las mesas del exterior junto a una zona verde que había en las cercanías.

—Con que olvidaste tu almuerzo—le dije con un semblante divertido, sin preguntar, pues segundos después de acomodarnos Sai había empezado a comer. Él asintió, confirmando su torpeza.—Eres un niño—comenté, sintiendo ternura frente al desastre que era.—Y si no aparecía probablemente te quedabas sin almorzar, parecías absorto en lo que hacías.

—¿Quieres ver?—preguntó pacientemente, mas el brillo en su mirada delataba las ansias que sentía por mostrarme. Reí frente a su lindura y asentí, sintiéndome curiosa respecto a qué había hecho. Todos los trabajos de Sai han logrado sorprenderme, pues es muy talentoso. Sin embargo, más que su técnica, lo que lo vuelve tan especial es lo personal que son sus dibujos. Y este no fue la excepción. Sin embargo, debo admitir que causó una impresión más grande que el resto.

Era yo. Me dibujó en mi trabajo, tras la mesa donde atiendo a todos los clientes. Donde lo atendí a él. Estaba en blanco y negro, con trazos suaves. Mi cabello estaba suelto, con un mechón cayendo sobre mi rostro y tenía una expresión suave. Me dibujó hermosa. Mi corazón palpitó rápido y mis mejillas quemaron rápidamente mientras que solamente atiné a sonreír de forma vergonzosa, a pesar de que moría de amor en mi interior. Guardé silencio, sin saber qué decirle, pues toda palabra parecía diminuta frente a tal bello gesto.

—Estaba absorto—confirmó mis palabras anteriores. No podía verlo, pues mantenía mi vista gacha, mas podía sentir que se encontraba sonriendo.—Tú me inspiras.

Mi corazón explotó. Espero que no de manera literal porque estaría muerta, pero así se sintió. Subí mi mirada, y decidida emprendí lo que admiraba Sai, es decir, el deseo de buscar lo mejor para mí, mi felicidad. Posé una de mis manos en su rostro y mirándolo unos instantes acerqué mi rostro al suyo, finalmente plantando mis labios sobre los suyos con suavidad, causando apenas un roce. Sin embargo, no fue necesario nada más. Tal cual estaba sucediendo era perfecto.

Llevaba años sin buscar una relación, y seguía sin buscar. Porque esto no era algo que necesitara, sino algo que quería. Sai se sintió como una decisión de mí frente a la vida, viendo si aceptaba la felicidad dentro de esta. Y, tal cual él, coloqué como prioridad las cosas que me hacen bien, me valoré lo suficiente para decidir ser feliz.