Todos los derechos de los personajes nombrados en esta historia a Katsura Hoshino.


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Siglo XXI, nombrado por muchos como el "Año Tecnológico" o el "Año de la Tecnología", es la época conocida por la electrónica sustituyendo, entre otros muchos conceptos, las tradicionales formas de diversión antes de que los más jóvenes, e incluso adultos, contemplaran una pantalla durante horas sin descanso.

Allen no era de aquellos.

Sus tiempos libres solían basarse en lecturas fantásticas sobre demonios y héroes, sobre mitologías mundiales e incluso sobre la historia de detrás de todos los avances existidos en la actualidad.

Complementando a su timidez, Allen tampoco podía hablar de encontrarse en una gran pandilla de amigos; su popularidad en el instituto se basaba en su sobresaliente educación y calificaciones. Pero él no era demasiado ingenuo, mucho menos sordo; las personas murmuraban sobre él incluso cuando él estaba delante.

Al principio no le molestaba, incluso podía regozijarse de agradecimiento hacia aquellos que alababan su personalidad, pero lentamente, Allen comenzó a ser visto como una presa débil, frágil y demasiado intelectual como para convivir tranquilo en su clase, después en toda su área, y finalmente, en todo el instituto. Su reputación fue quebrantada por una serie de rumores a los que él nunca respondía.

—¡Allen, estamos aquí!

La melódica voz irrumpió sus recuerdos. Y al instante siguiente, unos cálidos brazos le rodearon desde su espalda.

La dueña de aquella vibrante aura de calma tenía nombre, y era uno de los más bonitos que había escuchado en toda su vida.

Lenalee Lee fue la primera mujer que llegó a su vida para quedarse, y también, la persona que le prestó un bolígrafo sin necesidad de preguntar, le regaló la primera sonrisa sincera en aquel insituto y, contrastando de una forma magnífica con aquella dulzura, también fue la primera persona que le defendió con uñas y dientes de un abusón que nuevamente quería tirar su mochila por la ventana.

Su amistad se forjó desde el primer año de secundaria, en el que Allen descubrió que Lenalee, junto a su hermano mayor y único familiar, Komui Lee, se vieron obligados a mudarse desde China hasta Eddingston, Londres, cuando un trabajo bien hablado le fue sugerido a Komui.

Lenalee siempre decía que al principio fue una transición muy dura que afectaba a sus estudios e incluso a su vida personal, hasta que finalmente le conoció a él.

A día de hoy ninguno de ellos hablaron sobre sus padres, pero ambos conocen la falta de figuras paternas en el otro y fue una de las primeras conexiones sentimentales que afianzaron su amistad a niveles extraordinarios en tan poco tiempo.

Con el paso de los años su relación fue creciendo hasta florecer en una amistad acentuada de sentimientos amorosos, de los cuales aún no hablaron pero sí sintieron en sintonía con el otro en más de una ocasión.

—¿En qué ibas pensando? ¿O es que de tanto leer novelas pornográficas te has quedado ciego?, ¿eh?

La chirriante voz de su mejor amigo finalmente hizo presencia, y la reacción usual de Allen a esta por la cantidad de tonterías que decía, era una gran colleja que ágilmente el mayor supo esquivar.

—Se dice novelas eróticas, pedazo de mononeuronal—murmuró entre dientes, mientras arreglaba ligeramente el cuello de su uniforme. Y tan rápida como su mente era, su mente ideó la explicación perfecta— estaba pensando en lo que iba a comer hoy. Mana tiene que ir a arreglar unos asuntos familiares y estaré solo toda la tarde.

—Ah, vaya...— Lenalee guardó silencio. Lavi la observó de reojo por un corto instante— Espero que no sea nada grave.

Allen se encogió de hombros. Él esperaba lo mismo.

Rápidamente su gesto cambió al ser advertido de que faltaba la otra presencia, mirando a sus lados durante unos segundos.

—¿Y Kanda?

—Hombre, pero si te has dado cuenta ahora— burló Lavi, revolviendo su cabello y echando camino hacia su clase cuando la campana dio por sentada el comienzo de la primera hora— Solo nos ha dicho que hoy vendría más tarde, que tenía algunas cosas que hacer o algo así.

Allen frunció ligeramente el ceño, inevitablemente preguntándose cuáles serían esos asuntos.

—¿Tan importantes eran como para saltarse las clases?

Lavi se encogió de hombros notablemente al tiempo que hacía un saludo militar y se infiltraba junto al alboroto de compañeros en su clase.

Allen y Lenalee se miraron mutuamente. Lenalee imitó el gesto de Lavi e hizo una pequeña mueca de desentendimiento.

—No te preocupes, Allen. Si fuera algo grave nos lo habría contado. Esta tarde podemos ir a su casa si quieres, así tampoco pasas toda tu tarde solo.

Allen asintió con la cabeza, ofreciéndole una pequeña sonrisa calmada. Ella le regaló una réplica de la misma para después entrar a clase.

Sin embargo, la sonrisa de Allen se derrumbó en cuanto Lenalee le dio la espalda. Intuía de qué podría tratarse aquel asunto.


Las horas pasaron de forma distraída para Allen. Ni rápidas, ni amenas. Su mente se encontraba dispersa desde que comenzó la primera clase y por continua vez desde hace tiempo, su concentración se encontraba irrumpida cuando Yuu Kanda llegaba a su mente.

Sus dientes rasguñaban la madera del lápiz con rabia. ¿Por qué era incapaz de atender a unos simples apuntes matemáticos en la pizarra?

Tal era la visibilidad de sus expresiones que la joven compañera sentada a su lado le miraba con cierta extrañeza, incluso temor. Escuchó su silla arrastrarse lo más lejos de él, pero ni siquiera sus oídos eran capaces de llevar la información a su cerebro. Estaba totalmente ensimismado en su mundo, y es que no podía evitar preocuparse por Kanda.

Y cualquiera que los conocieran mínimamente sabrían que ambos eran polos opuestos... Ambos contemplaban en el otro unas similitudes, un reflejo que contrastaba con la enorme diferencia de sus personalidades y carácteres.

Era pan de cada día que sus miradas cargadas de fuertes emociones desenlazaran en gritos en medio del comedor por simplemente rozar sus dedos en la misma servilleta, o un pequeño empujón accidental, que, casualmente bajo el punto de vista de los más observadores, ocurrían demasiado a menudo.

Hasta la llegada de Kanda a su vida, Allen jamás sintió la necesidad de expresar sus emociones a niveles tan puros, sin filtro existente.

Y cuando sucedió, fue una sensación que a pesar de su extenso vocablo, jamás pudo clarificar en palabras que merecieran la magnitud de aquellas...

Emociones.

Por ello, Allen y Kanda eran los imanes perfectos, que se atraían y repelían a una misna sintonía. A veces más de una cara, a veces más de la otra, pero siempre permanecían juntos.

Eventualmente, los hombros de Allen se sumergieron en la paz que necesitaban, y sus ojos, perdidos, observaban la pizarra sin prestar la más mínima atención. La pequeña sonrisa esclarecía increíblemente la calma de su expresión.

Su compañera tan solo murmuró para ella misma lo extraño que él era.

El día en el que conoció a Yuu Kanda, fue el mismo día en el que Mana asistió a la primera complicación familiar.

Ese día era también su cumpleaños número catorce.

La mañana lo recibió bajo un manto grisáceo y lleno hasta los sinfines de nieve. Un metro, tal vez metro y medio de nieve cubriendo el camino de roca a su casa.

Una nota de advertencia fue lo siguiente que observó en un amarillento papel, en el que Mana avisaba y se disculpaba incontables veces de su ausencia. Aseguraba llegar cuanto antes, pero nunca escribió ninguna hora.

Sin embargo, hizo cuenta de sus única amiga y le permitió poder traerla a casa con el conocimiento de su hermano. Dejó una última disculpa y un "te quiero" junto a un corazón perfectamente delineado.

A un lado de la nota, unos pocos dólares acompañaban a la nota.

Allen recuerda aquellas horas de soledad reflexiva como uno de sus peores momentos en aquella casa. Su padre le había dejado sin explicación y sin saber por cuánto tiempo, cuantas horas abarcarían su ausencia y en qué repercutiría. Recordaba echarse las manos a la cabeza, distinguido entre dar por sentado su celebración o atreverse a la casa de los Lee.

Finalmente y tras minutos de larga reflexión se armó con el valor necesario para levantarse del envejecido sofá, abrigarse y salir en busca de su amiga. Por lo menos debía intentarlo.


—¿¡Cómo que estás solo en casa!?

Allen se encogió en un pequeño gesto. Komui Lee era de las personas más expresivas que había conocido, y tanto lo era, que a veces asustaba o sorprendía.

Jugueteó con la manga de su abrigo, sintiendo un pequeño retortijón de culpa por irrumpir en la paz de aquella casa solo por su cumpleaños.

—Mana, papá... Debía irse con prisa a un encuentro familiar. No pudo advertirme acerca de algo más— Tragó saliva, sintiendo repentinamente su garganta seca. Poco a poco, su voz se hacía más y más pequeña— Tampoco me dijo cuándo volvería.

Mientras Allen contemplaba apenado las cuidadosas baldosas del suelo, Komui intercambió una mirada con su hermanita. Lenalee, como respuesta, asintió con su cabeza convencida, junto a una dosis de sonrisas tranquilizadoras.

Una de sus cálidas manos tomó la siempre enguantada del menor, apretándola cariñosamente cuando Allen le devolvió la mirada.

—Vamos a celebrar el mejor cumpleaños que has tenido en tu vida.— el menor sonrió, sintiéndose lleno de regocijo— Y no vamos a ser solo nosotros tres, ¡voy a presentarte a dos amigos que te van a caer de maravilla! Además... ¡Son de nuestro instituto!

En ese mismo momento, la sonrisa de Allen tembló, y una sensación tan conocida como el temor ahondó profundamente en él mientras la voz de Lenalee sonaba de fondo en notable emoción.

¿Qué serían capaces de hacerle si no les caía bien? ¿Le quitarían el almuerzo como Joyd y su grupo? ¿Le tirarían la mochila por la ventana? ¿Por qué invitar a alguien más? Él estaba bien, muy bien con los Lee...

Simplemente, ¿por qué?