Sin duda, Lenalee tendría razón en una cosa: aquel cumpleaños iba a ser el más emocionante que había tenido en toda su vida.
Su mirada permanecía perdida, perturbada incluso cuando su ceño se frunció en una preocupación considerable.
El tamborileo de sus dedos sobre la refinada madera sonaba fuerte en su cabeza, más que la vocecilla de su amiga hablando por teléfono con aquella amabilidad tan suya y tan atrapadora de personas; los padres de aquellos amigos no eran difíciles de convencer cuando la voz cantante de alguna idea era la de la responsable Lenalee.
—No se preocupe, señor Bookman. Pasaremos el cumpleaños en mi casa, no nos moveremos de aquí— Un pequeño silencio acompañó la mirada de Lenalee hacia Allen, quien tragó saliva cuando sintió cómo su rostro podía ser digno de un maquillaje de payaso triste: una sonrisa forzosa contrastaba con la consternación de sus cejas. Él lo sabía. Sus palabras podían mentir perspicaces, su cuerpo, no. Sin embargo, Lenalee se encontraba demasiado ocupada convenciendo a aquel hombre, cuyo apellido no le sonaba a Allen. Por lo que, por esa vez, pudo librarse de la siempre atenta intuición de ella.
Oportunamente la idea del payaso pudo parecerle graciosa en otro momento, en otro menos tenso, menos repentino.
La sonrisa cayó estrepitosamente y sin esfuerzo, como su mirada hacia sus pies colgando. ¿Estaría bien Mana?
—Hey.
Llevando una mano al pecho, Allen dio media vuelta, con el jadeo del susto ahondado en su garganta. Se sentía alerta, como una presa que pronto iba a ser acorralada por depredadores que le quedaban muy grandes a su poca capacidad para fingir una seguridad que no existía.
La hermana mano de Komui pareció dar en el blanco de sus nervios cuando apretó suavemente su hombro.
—Está bien, chico. Tu padre volverá pronto y tú vas a disfrutar de tu día. No te preocupes por nada. Te avisaré en cuanto sepa algo de él.
Le regaló una sonrisa, bien sincera y bien necesaria. Allen trató de devolvérsela, un poco más temblorosa, pero se entendió como un lo intentaré, por lo que el mayor de la casa le dio unas palmaditas y volvió a la cocina.
—¡Ya vienen!
—Genial, eso es genial— Murmuró, haciendo su mayor esfuerzo por esconder los nervios en su vocecilla.
—¿Cómo te sientes?
Y he ahí la pregunta a la que se cuestionó... ¿Debería? Ser sinceramente egoísta y decirle que él no quería aquello, que solo quería quedarse con ella y ver alguna película juntos o jugar con su hámster, tal vez envolverse de harina y risas intentando hacer algún pastel que tanto amaba hacer ella.
O tal vez ser sinceramente, muy profunda y sinceramente agradecido con su acto. Sin ninguna reprimenda, porque Lenalee era muy buena persona y amiga y se sentía desconocidamente relajado con la idea de conocer a alguien bajo el lazo común de ella. Porque sí, porque su zona de comfort era ella y se dividía entre no querer asomar cabeza fuera de ella o aprender a despegar un poco más lejos, un poco más... Arriesgado. Y parece que ella le dio el incentivo que necesitaba antes de que él tuviera que replantearse que Lenalee no era solo su amiga. Y que ella era sociable y le gustaría tener a sus pocos seres queridos en su pequeño círculo íntimo. ¿Por qué no haría al menos el intento, por ella y tal vez, por él?
En un suspiro las dudas se disiparon. La emoción desbordaba de los ojos de ella y Allen le entregó una pequeña sonrisa. Pequeña, pero honesta. Y nerviosa.
—Estoy bien.
Estoy listo, quiso decir. Pero no hizo falta cuando ella acarició su mano por encima del guante. Esto iba a marcar de alguna forma su cumpleaños y ambos lo sabían, pero no de qué forma.
—Kanda, Lavi, gracias por venir— Pudo ver cómo tomaba ambos abrigos y los colgaba tras la puerta. Aquella en la que Allen se sentía morir por tan solo verla abrirse y dar paso a dos chicos.
Sus ojos variaban continuamente en solo aquella escena, y aunque trataba de aferrarse a algo, ni su cabeza, ni su lengua ni sus ojos pudieron encontrar nada a lo que agarrarse, tal vez con la última esperanza de encontrar una excusa que validase su falta de aire o ausencia en vida. Sentía que su periferia desaparecía y ante él se encontraba una alfombra roja que daba derechita a la puerta de bienvenida, donde Lenalee les comentaba algo sin dirigirse a él, pero que sabía que se trataba sobre él. Mejor. Porque en aquellos momentos se sentía literalmente blanco de reacciones. Simplemente, inerte.
Con sus sentidos debatiéndose en pulsos débiles, solo pudo ver cómo una cabellera naranja y graciosamente despeinada asomaba curiosa por el hombro de Lenalee.
Sus ojos y los del otro se cruzaron, y el verde esmeralda acompañó la sonrojez de las mejillas de aquel chico. La frescura que desprendía su cuerpo contrastaba bien con la calidez cercana de su sonrisa.
Sin embargo, el susto debía llegar en algún momento. Y tenía nombre y apellido: Yuu Kanda.
Cuando el de cabello gracioso se acercaba a él con la mano extendida y una sonrisa dentada, él se sintió capaz finalmente de moverse sin protocolos muy exigentes de formalidad. O lo que Lavi llamaría sin eufemismos como lo que realmente fue: sin parecer que tenías un palo metido por el culo, porque estabas más rígido que el rabo de un gato. Una libertad que liberó tensión de su cuerpo hasta que puso un pie en el suelo, porque aquel chico llevaba una informalidad y una espontaneidad tan simple plasmada en su aura que le hizo mover los hilos de sus extremidades.
Y entonces, mientras la cámara lenta de su cerebro calentaba motores para procesar el susto de aquella tarde, sus ojos se desviaron irremediablemente ante la imponente presencia del segundo chico, que rodeaba a Lenalee e iba directo al grano. A él.
Y este pensamiento jamás saldría de su memoria, de aquel recóndito lugar en el que cofres con incontables momentos íntimos guardaban sus arenas. Desde este instante se podía poner un cordón policial alrededor, porque Allen nunca dejaría entrar a nadie en él. Ni a él mismo hasta cierto momento de su vida.
Y es que aquel día hubieron muchos momentos memorables, contados en ocasiones entre risas, burlas, añoranzas y apreciaciones, pero siempre hubo un silencio, una sonrisa canalla a la que siempre le dedicaba un recuerdo cuando su cumpleaños número catorce salía en juego. Y no quería entender aquel momento, ni otorgarle a aquel recuerdo una reflexión que no correspondía todavía. Simplemente lo guardó como una sensación mágica, y a la magia no se le buscan los trucos.
Porque nunca había apreciado unos ojos con tanta personalidad. Su ceño era dividido en tres perfectos pliegues, con aquellas oscuras y pobladas cejas que deseó delinear con su índice. Sus iris eran hipnotizantes. Ni le sobraba ni le faltaba el azul por ningún lado. Eran tan oscuros como las profundidades de un océano, y las largas pestañas no hacían más que orillar la sombra de aquella luminosa oscuridad. Y él, de repente, sintió la necesidad de acercarse a él, mucho, lo suficiente como para zambullirse en su reflejo en aquel par de orbes. Porque un océano como Yuu no había más que uno y él no se cuestionaría nada si pudiera cumplir ese deseo.
Se preguntó si también podría entrelazar la finura de su cabello entre sus dedos, dejarla correr tras el reflejo de unos largos hilos negros, tan negros que acompasaban como anillo al dedo la blanca piel que tenía. Quiso recorrerla con su mano, con la derecha, porque la izquierda estaba fuera de combate al siquiera pensar en tocar la delicadeza de aquella piel.
Sí, pensó en aquello y mucho más, pero el doble cerrojo cerraba la puerta de las profundidades y Allen decidió que aquel día sería el primero y el último en el que se sucumbiría a este sin preguntas ni respuestas.
Tal vez, y solo tal vez, en este veinticinco de diciembre él comenzaría a buscar la llave a esa puerta que guardaba tras ella respuestas a las preguntas del antes. Y del ahora.
