—¿Me estás diciendo que ni siquiera puedes llamarle?

Cuatro niños conformaban el corro elegido de las estrellas, que sobrevolaban por encima de sus cabezas desde el avivado techo de la habitación de Lenalee.


La bienvenida fue tan corta como la nevada de aquella tarde. Lavi descubrió que Allen tenía un fino mechón blanco en su flequillo, Lenalee le dio un par de collejas por llamarle "canoso" con mucha más confianza de la que debía tener ganada con solo diez minutos de conocerse y Allen le explicó entre risas que su madre era albina. Aunque hubo un leve tono menor en su voz que hizo que Lavi no preguntara nada más acerca del tema.

Allen salió de su ensimismada mente y con la vergüenza palpable en su sonrisa le dio la mano a Lavi, el de cabellos que no parecía conocer un peine y que brillaba con gracia y belleza rebelde.

Lenalee, que parecía tantear el siguiente terreno de muchas piedras puntiagudas al que Allen tendría que conocer, se puso entre ambos cuando quedaron frente a frente.

—Kanda, te presento a Allen. Está en mi clase y...—Calló unos segundos, con la siguiente palabra vibrando en su garganta. Carraspeó y cambió disimuladamente el rumbo de su frase.— Y ya lo conoces bastante, te he hablado mucho de él, ¿no?

Kanda asintió. Era unos centímetros más alto que él y olía a brisa fresca.

Allen tragó saliva, y le costó tanto que juraba que se podía escuchar el nudo de su garganta deshaciéndose entre crujidos. El frío que desprendía calaba perfectamente entre la rigidez e inexpresividad del otro.

Tendió su mano, y desde abajo, su mirada trataba de mantener al océano en calma, como si sintiera que era muy sencillo romper la serenidad de estos con algo tan simple como...

Él.

Desde Mana se vio obligado a entender, asumir y responsabilizarse de acciones y pensamientos que no eran tan suyos, de prejuicios y opiniones que caían sobre él como una mochila cargada de piedras.

Nunca sintió la vitalidad de cumplir un deseo, de perseguir un sueño cercano y lejano. Resultaba humillantemente irónico para un soñador como él, solía decir, pero la vida le había encerrado en una jaula a la que cualquiera podría golpear si así lo quisiera. Y él no creía encontrar jamás la llave para abrirla.

Uniendo aquellos hilos al núcleo de su depresión, asumió su vida como una deplorable marioneta, cargando con la culpa del superviviente y esperando a que la muerte o la vida se cobraran aquella injusticia.

Simplemente vivía porque aún no le tocaba morir, y seguía adelante por el único sustento de luz que impedía que aquellas raíces le arrastraran hasta lo más hondo: Mana, que vino en forma de nariz rojiza y bien redonda para sacarle del bolsillo un pañuelo muy largo y repleto de risas. Después Lenalee y el señor Lee, que se acercaron con un almuerzo caliente y una mano hermana en cada hombro que le impulsaron hacia arriba.

Y ese día, el veinticinco de diciembre de 2017, conoció a sus otras dos razones para seguir caminando.

Aquel día, Lavi le mostró una pequeña parte de cómo reírse de la vida para que esta no se riera de él, además del comienzo de una palabra que abarcaba un gran significado: hermandad.

Y Kanda...

Cuando Kanda estrechó su mano, con la mirada desde arriba, mentón alto y un interés nulo, un chute de euforia recorrió el completo de su espina dorsal.

Fueron tantos detalles que escaparon de su visión, pero tantos que apreció en un solo choque. El apretón de su mano y el leve meneo que dirigía él despertó en él una sensación que le disgustó tanto como le llamó. La rivalidad.

Sintió el momento exacto en el que los pelos de sus brazos respondieron a la electricidad, y se acentuaron tanto como su instantánea sonrisa, que se plasmó en una base que nunca antes sintió. En una emoción que le otorgó una pieza al puzle de su monótona vida.

El contrario le respondió con la primera sonrisa que vio en aquel bello rostro, tan grácil como áspero, y una ráfaga de adrenalina demandó hacer aullar al lobo de valentía que durmió durante muchos años. Una sonrisa que nació cuando Allen le devolvió el apretón y vio el atisbo de un interesante cambio en sus ojos.

—Encantado de conocerte, Kanda. Espero que nos veamos más a menudo.

La explosión de emociones degustaron aquellas palabras, y sus ojos grabaron a fuego el movimiento de aquella comisura ladina, tan atractiva y excitante como una puerta abierta a una aventura.

Sus ojos gatunos afianzaron sus pupilas en los suyos, y la fiereza de sus largas pestañas eran acompañadas por aquel ceño desplegado en tres perfectas arrugas que le recordaron que aquel rostro no era de una escultura, como su respiración serena, que no se vio perturbada por aquella burbuja desconocida y emocionante.

Un revuelto agradable nació en la boca de su estómago cuando sus manos cerraron la apertura de una nueva etapa. De su nuevo capítulo.

Aquel chico había despertado en él un sueño oculto, un ahora o nunca.

Vio en él lo que él nunca pudo ver en sí mismo, y debía existir alguna magia, tal vez en sus manos firmes, en sus hilos negros como el tizón o en sus océanos llenos de reservada vida, porque el tiempo a su alrededor finiquitó durante esos segundos en los que tardas de despedirte del último capítulo, (un poco deprimente, un poco desalmado), para girar hoja y leer el siguiente, tal vez más... Prometedor y adulto.

A un lado de ellos, ajenos a las nuevas sensaciones de ambos, Lenalee y Lavi chocaban sus manos, sabiendo que tuvieron éxito y no una matanza.


—Tenemos teléfono, lo que no tenemos son móviles. Mana no está muy metido en el mundo de la nueva tecnología, además de que no le gusta.

Lavi asintió varias veces, aunque su expresión manifestara sorpresa. Bastante. Como si le hubieran dicho que no respiraban oxígeno.

—¿Por qué no?

—Porque dice que todos vivíamos bien sin los móviles, no nos hacían falta. Aún siguen existiendo cartas y teléfonos y eso es suficiente, lo demás es tontería.— Y tras coger un trozo de pizza, finalizó.— Estoy de acuerdo con él.

Lenalee cogió un trozo más, Lavi hizo un leve movimiento de cejas.

—Joder, tío... Ya sé qué regalarte por tu siguiente cumpleaños. Créeme, vas a descubrir un nuevo mundo.

Allen esbozó una sonrisa. Siguiente cumpleaños.

—No, qué va, no hace falta... Además, ni siquiera tenemos...

—WiFi— Completó Lenalee.

—Sí, eso. Así que lo tendría para nada.

—Pero esto puede suceder de nuevo.— Opinó Kanda. Los tres se giraron en su dirección. Él continuó tras un pequeño silencio.— No tenéis que usarlo para nada más si no queréis, pero estar en contacto es importante. El móvil es portátil, el teléfono fijo, no.

Allen dejó de masticar y asintió. El móvil seguía sin parecerle un interés primordial, pero la incomodidad de no saber qué le había sucedido a Mana no le dejaba tranquilo, por lo que aquella razón caló profundamente en él, porque, ¿y si...?

Y como si un ser superior escuchara su preocupación, Komui dio unos toques en la puerta antes de abrirla por completo, elevando su móvil en una mano en dirección a Allen.

—Es tu padre.

Y con esas palabras, Allen se levantó tan torpe como un cervatillo, pero llegó al móvil en un solo salto.

—¡Mana!

¿Qué pasa, cumpleañero?—Escuchó una sencilla risa a través del móvil. Lo apretó un poquito más contra su oído.—Cuando llegues a casa te explicaré todo, tranquilo. Todo está bien.

Allen observó fijamente una esquina de la habitación. Sentía una humedad en sus ojos que se ligaba por un nudo molesto en su garganta.

—Eres un tonto— Musitó, con la voz pendiente de un hilo— Me hablas asustado, ¿de verdad que todo está bien?

—Todo está bien— Repitió, y todo lo demás desapareció por un instante. El tono paternal y cuidadoso le estaba haciendo apretar el objeto con mucha fuerza, sintiendo la tensión escapando desde la punta de sus dedos.—Komui ya me ha informado que estás allí y con nuevos amigos, cuando llegues a casa nos encargaremos de celebrarlo los dos juntos, ¿vale? Ahora, disfruta.

Allen asintió varias veces a sabiendas de que no le veía, y, emitiendo un débil sonido afirmativo, pudo despedirse de la continua tensión tras el te quiero de Mana.

—Y yo a ti...¡Ah! Y limpia tu habitación. Sale un olor a cadáver de ahí.

Escuchó un par de quejidos, y alegre y con el pecho inflado de calma, le devolvió el móvil a Komui.

—¿Está bien?

Él asintió. Y le dedicó, por fin, una sonrisa liberadora.

—Gracias.

Komui le revolvió el pelo y se dirigió a la puerta, mientras el menor volvió a su rincón en aquel acogedor fuerte de sábanas transparentes.

—¿Y bien?— Preguntó Lenalee, observando atentamente su rostro mientras tomaba asiento.

Los tres podían suponer perfectamente que sí, que todo estaba bien, porque el brillo en su rostro era inimitable a su expresión durante toda la tarde.

—¿Sabéis? Tal vez no sea mala idea que le comente el tema de los móviles. No sé si volverá a suceder, pero...—Llevando una mano al pecho, liberó un suspiro.— Esta es la primera vez que se va... De esta forma, y no creo que sea la última, sea por la misma o por otra circunstancia. Y yo este susto no quiero volver a llevármelo.


Aquella tarde fue importante para Allen.

Le agradeció efusivamente a Komui el ofrecimiento de su casa como celebración, y este le dijo que no había nada que agradecer, era de la familia. También le dio un fuerte abrazo a Lenalee, el más fuerte de todos, y no perdió la oportunidad de decirle lo bonita que iba (como un nervioso halago y rebuscado en sus libros, pero es que estaba en pánico y fue lo primero que salió de él) antes de despedirse. Ella le devolvió el cumplido un poco más sonrojada, tal vez por el frío de la entrada.

Cuando estuvieron fuera los restantes, Allen se sintió repentinamente pequeño. Lavi y Kanda tenían dos años más que él, y en altura... Como era de esperar, Lavi ya había hecho algún que otro chiste, como que Allen sería uno de los enanitos de Blancanieves o el mismo Arthur, el protagonista de "Los Minimoy".

—No puedes estar hablando en serio.

—¿Me ves con cara de estar bromeando?—Y lo cierto es que no, hablaba muy en serio a juzgar por su rostro. Allen al principio se rio, pero Lavi sabía bien cómo tocarle el billete. Por ello, dejó el trozo de pizza en su servilleta y se dirigió a él con un gesto ofendido.

—Arthur es más bien como tú pero con el pelo blanco. Tampoco conoce lo que es un peine.

Esta vez, Lavi llevó una mano al pelo y emitió un agudo: "¿¡perdona!?"

Lenalee se rio a carcajada suelta. Kanda negó con la cabeza, pero la pequeña sonrisa asomando en sus comisuras no engañaba a que aquella tarde estaba siendo entretenida para el cuarteto.

—¿Sabes, Allen? Tienes razón. Eres más bien Elsa, una bella princesa y gélida como el hielo. Es más, llevas ese guante para no convertir todo lo que tocas en helado, ¿a que sí?

Aquel momento fue extraño durante unos segundos. Lenalee dejó de reír repentinamente y sucedió un silencio. Lavi temió haber tocado nuevamente una fibra sensible (soltó incluso una rápida maldición a lo bajini, porque tocar dos blancos personales en una misma tarde era un legendario éxito para su mala suerte), pero Allen se adelantó a su disculpa.

—No pensé que alguien descubriera mi secreto.

Y mientras Lavi chocaba un puño con su hombro por aquella audaz respuesta y Lenalee inspiraba tranquila el aroma de su café, Kanda y Allen mantuvieron sus miradas en la otra.

Tal vez fue casualidad, o tal vez fue un silencioso encontronazo que ansiaban el océano y el cielo platino, en el que uno preguntaba con su sempiterno ceño y el otro respondía un "estoy bien" a través de una calma sonrisa.

De lo que no hubo duda fue del interés que abarcaban ambos cuerpos, que se buscaban en miradas, intermediarias de palabras que sonaban demasiado vulgares, muy toscas para aquella inefable conexión que comenzaron a establecer aquella tarde de invierno. Y sin saber cómo, ni por qué.

Ese día estaba siendo mágico, y aquella magia pronto superaría los límites del silencio.