Disclaimer: No soy Jotaká ni Warner. Inherentemente Harry Potter no me pertenece. También, el fic está inspirado en la película Friends with kids.
Este relato participa en el Reto Reggaetón Mágico Vol. 2 organizado por TanitBeNajash.
Categoría: Angelito.
Canción: Marinero — Maluma.
Palabras: 5.627
SU MUÑECA.
...
CAPÍTULO ÚNICO.
«Mientras me dabas tu corazón, yo era un marinero buscando amor»
Marinero — Maluma.
A Pansy, la escuchas antes de verla. Siempre ha sido así. El día de hoy ha escogido unos tacones altísimos, rojísimos y con un diseño que te recuerda a las arrugas en la cara de Mcgonagall. Elegante.
—¡Blaise, querido!
Dos besos en cada mejilla, sin dejar rastro de labial, un apretón en el hombro y el ambiente lleno de Chanel número cinco.
—Hola, muñeca.
Dos cervezas y una conversación sencilla antes de que Pansy haga La pregunta.
—¿Vas a llevar a Parvati esta noche?
—Terminé con ella está mañana —le cuentas.
—¡Tres semanas! Casi un mes —se asombra Pansy—. Pobre chica. Me caía bien.
Alzas la cejas con incredulidad.
—¿Bien?
—No se puede hablar mal del muerto, querido. En este caso, la muerta. —Una sonrisita tironea de los labios de Pansy y brilla en sus ojos. Te ríes.
—No creo que te debas preocupar por ella, muñeca. Tenía grandes... —Guardas silencio recordando sus senos—, atributos.
—Sí, claro. Enormes, me imagino.
Te encojes de hombros sin mucha culpa.
—¿Qué quieres que te regale? —pregunta desdoblando su servilleta.
—Jugar con los Halcones de Falmouth como su buscador en el partido de la prefinal.
Pansy ni siquiera parpadea.
—Tengo que conseguirlo en las próximas tres horas, querido.
—Ah. Entonces una máquina muggle de expresso.
—Consideralo hecho.
El resto del almuerzo se va en más cervezas, pollo y el relato de su fatídica cita con un exconvicto.
—¿Crees que es lo suficientemente tarde? —pregunta Pansy repiqueteando la punta de sus tacones contra el piso.
Miras el reloj. 8:30. Quedaron a las 7:00.
—¿Una hora y media es suficiente? —sueltas sin mucha convicción.
—Es todo lo que puedo darles —resuelve y la miras ponerse de pie. Nunca ha sido de tener mucha paciencia. O ser impuntual—. Vámonos, querido.
—Es mi cumpleaños, muñeca. Ellos deberían venir, no nosotros ir.
Pansy sonríe.
—¿Quieres a James cerca de tu colección de gobstones?
—¿Por qué todavía estamos aquí? ¡Vámonos!
Aparecen frente al apartamento de Theodore y Harry. No se escucha nada adentro, pero ambos saben que es una falsa calma. Pansy toca, tú acomodas tu regalo contra tu cadera.
—¡Chicos! —saluda Harry. Está en pantalones de yoga y pantuflas. Tiene papilla en el cabello—. Lamento todo el desastre. ¡Pansen! Theodore está en el baño. James corre en la sala. ¡No puedo hacer que se detenga! ¿Está muy mal que quiere hechizarlo? Solo para tranquilizarlo un poco. ¿Ya les dije que Theo está en el baño? ¡Desde hace una hora! ¡Feliz cumpleaños, Blaise!
—Gracias, amigo —respondes, cauteloso.
Dejas que Pansy haga la entrada llenando de besos a Harry mientras le quita la paleta de la mano y lo guía a la cocina.
Apenas pones un pie dentro tienes al torbellino de tres años llamado James Potter correteando al rededor de ti.
—¡Tío B! ¡Tío B! ¡Tío B!
—Hey, hey, amiguito. —Lo atrapas al vuelo y lo colocas contra el lado de tu cadera que no sostiene tu regalo. Es sorprendete lo que has aprendido a hacer gracias al dientes chuecos colgado de ti—. ¿Y papá?
—Popo-pupu.
—Ah.
Theodore sale del baño a la media hora. Tocan el timbre. Harry le grita que abra. Pansy te lanza una mirada. Vuelven a tocar el timbre. Theodore te pregunta por Susan, con la que terminaste antes de salir con Parvati. Harry grita. Miras a Pansy. Harry grita un: "¡¿Puedes abrir la maldita puerta, inmundo animal?!" y Theodore lo hace.
Llegaron Hermione y Ron con la bebé Rose.
—¿Ser padres arruinó su matrimonio? —La pregunta de Pansy llega mientras abres el whiskey.
Recuerdas las discusiones pasivo-agresivas de Hermione y Ron, que Harry se durmió mientras picaban el pastel y el interés de Theodore por tus últimas citas.
—Ser padres es una experiencia hermosa, no creo que eso haya arruinado su matrimonio. Solo el romance.
—Uhm. Sería raro, ¿cierto? Amar de repente a una persona, en teoría, extraña. Y eso no es todo. Amarla más que a la persona con la que decidiste conscientemente pasar el resto de tu vida. Amar a ese extraño más que a tu "persona". ¡Es más! ¡Terminas odiando a tu "persona" por culpa de ese extraño.
—¿No quieres tener bebés?
Pansy te mira como si hubieses propuesto quemar su colección de tacones franceses.
—¡Claro que sí! —responde, alto. Hace fondo blanco con su whiskey y se sirve más. Cuando parece calmarse te mira de reojo—. ¿Y tú? ¿Quieres bebés?
—Bueno, sí. Al menos uno.
—Claro.
Debes admitir que la idea de los bebés, o el bebé, nunca ha ocupado de forma central tus pensamientos. Tus pensamientos se guían más hacia tu pareja de turno mientras es la persona más maravillosa que has conocido en tu vida. Pero sí. Quieres tener al menos un hijo. ¿Para no sentirte solo? ¿Para tener a alguien con la obligación de sangre de cuidarte de viejo? ¿Por querer experimentar así sea por una vez en tu vida esa clase de amor sin reservas?
No lo sabes. Pero sí.
—¿No crees que sería maravilloso? —La voz de Pansy sale bajita, reflexiva, casi como si fuese un pensamiento interno que alzó la voz sin permiso.
—¿Qué? —preguntas, curioso.
—Tener un bebé sin terminar odiando a tu "persona".
—Ah, ya. —Lo reflexionas un segundo—. Pues sí. Disfrutar de tu bebé y disfrutar a tu "persona" sin las tensiones de las desveladas, las mentiras piadosas y las demás mierdas de los primeros años de tu hijo. Buscar a tu "persona" mientras ya tienes a tu bebé, ¿no? Sin matar el romance con tu "persona".
—Pero sería con alguien de confianza —apunta Pansy—. Alguien que conozcas y te conozca. Alguien que sepas que no va a ser un mamaguevo y dejarte con todas las responsabilidades. Y, claro, que quieras lo suficiente como para no detestar la idea de esos genes en tu hijo.
Bebes de tu vaso. Lo vuelves a llenar. Observas a Pansy con ojo crítico. El cabello le llega al borde de la mandíbula, la pollina perfectamente recta sobre las cejas. Los labios pintados en rojo sangre, los ojos delineados en negro. Y ese aire. Ese aire de no sé qué que la vuelve magnética, imposible de ignorar.
—Te quiero —dices, de golpe.
—También te quiero —responde Pansy de inmediato, pero te observa con cierta curiosidad.
—Y nos conocemos, ¿cierto, muñeca?
—Demasiado —admite arrugando su nariz—. Eres como una extremidad mía.
—Y tengo buenos genes, ¿cierto?
Esta vez, Pansy tarda más en responder. Clava sus ojos en tu cara buscando a dónde quieres ir. No le toma ni cinco segundos agrandar los ojos con espanto.
—¡Por supuesto que no, Blaise Antonio Zabini! —Te señala con su uña perfectamente recortada y pintada.
Alzas las manos, inocente.
—Es lo mejor, muñeca. Solo piénsalo: te conozco, me conoces, hay cero atracción sexual entre nosotros por lo que las vainas no se van a volver raras y ambos somos guapos, ricos y sangre puras. ¡Y estamos en nuestros treintas! ¿Dónde más vas a encontrar todo esto, muñeca?
La indecisión brilla junto al espanto en toda la cara de tu mejor amiga. Sabes que solo necesitas presionar la tecla correcta para que se abra totalmente a la idea. Dejas el vaso en la mesa. Te acercas y arrodillas frente a ella. Le agarras las manos.
—Te amo, Pansy Parkinson. Y amaría que fueses la madre de mi hijo, muñeca.
Pansy pasa la lengua por su labio inferior. Te mira la cara y las manos. Suspira.
—¿No es una broma?
—No.
—Bueno.
—¿Bueno?
—Bueno.
Theodore recibe la noticia con un parpadeo. Harry prácticamente les dice lo orgulloso que está de que al fin hayan decidido darse una oportunidad como pareja. Les explicas que solo es el bebé, no la relación. Theodore vuelve a parpadear. Harry boquea como pez fuera del agua.
Pansy no suelta tu mano en toda la cena.
Hermione y Ron son otra historia distinta. Pansy les da la noticia sin ningún tacto. Hermione se pone de pie, jalando a su marido, y farfulla algo sobre ir a buscar más vino. Cuchicheas con Pansy lo indiscretos que son los Gryffindors. Al final, parece ser que los apoyan. Parece.
Esa noche eres tú el que no suelta la mano de Pansy.
—¿Una clínica o el mete y saca?
Dejas de cortar la carne, levantas lentamente la mirada hacia ella. No. Ni una pizca de vergüenza. Eres tú el que tiene la reputación de puto, pero es Pansy la que habla del "mete y saca".
—El mete y saca —terminas respondiendo.
Y es todo. Ninguno tiene que recordarse que no se atraen, porque ambos saben que para coger eso no es necesario.
Y lo hacen.
El mete y saca.
Tres veces.
—¿Y en qué trabajas, Blaise?
—Manejo las empresas de mi familia. ¿Y tú, Lavander?
—Escribo una columna semanal en Corazón de Bruja. —Alzas las cejas con lo que luce como asombro, pero en realidad es burla disimulada—. Es un "cómo hacerlo", ¿entiendes? Tipo: cómo hacer un delineado perfecto, cómo organizar tu agenda semanal, cómo decorar tu apartamento con feng shui. Y así. Es una columna pequeña, pero me he labrado mi audiencia poco a poco. La comencé porque después de la Guerra la gente necesitaba...
Afortunadamente, un patronus te salva de saber qué era lo que la gente necesitaba después de la Guerra. Es el de Pansy. Solo dice una cosa.
"Ahora".
Pandora Zabini tiene dos años. Desafortunadamente, sacó la nariz y cejas tuyas. Afortunadamente, sus ojos y barbilla son los de Pansy. Y es la niña más buena del mundo.
Hoy te toca a ti tenerla durante el día. Pansy está en un "almuerzo tardío" al que casi no va y del que la convenciste ir solo porque te vas a quedar dos noches seguidas con Pandora. Sí, la niña es la niña de dos años más buena del mundo. Pero heredó cierta parte del carácter Pansy; todavía no sabes si eso es bueno o malo.
—¡Papi, perritu! ¡Papi!
Te detienes, te agachas al lado del cochecito para poder ver hacia donde se dirige toda la emoción de tu hija. Sus manitos aplauden y señalan con emoción a una chica con un gran perro negro. Alzas las cejas y sueltas un silbido bajo porque ese "perritu" a primera vista asusta más que un arranque neurótico de Harry. Ah, claro. Y porque la dueña usa una licra ajustada a sus perfectas y largas piernas.
Un mes.
Llevas un mes sin coger. Pandora contrajo lechina y a la mierda tu horario de medio tiempo con Pansy. Ninguno se separó ni media hora de la niña.
—¡Papi, perritu! —exige Pandora. Como idiota, regresas la mirada a tu hija, que tiene los labios fruncidos y señala al perro con un dedito. Digna hija de su madre.
—Muy bien, caramelito —dices poniéndote de pie. Pasas las manos por tu abrigo y acomodas tu bufanda (e ignoras que posiblemente esos gestos de nerviosismo se te hayan pegado de Pansy). Practicas tu sonrisa encantadora—. Vamos por el perritu.
El perritu se llama Benji y lame la mano de tu hija como si fuese la cosa más sabrosa del mundo. Pandora lo mira fascinada.
La chica se llama Morag MacDougal y te sonríe de forma ladeada. La miras fascinado.
Pansy también ha encontrado a su "persona". Zacharias Smith. Divorciado en términos amigables. Buen novio. Buena cogida. Buen trabajo. Buen padre.
Irritantemente perfecto.
—¡Gracias a Morgana! —exclama Pansy apenas abres la puerta de su departamento. Pandora cuelga desnuda de la cadera de su madre. Ambas lloran de forma escandalosa—. No sé qué más hacer. Lleva así toda la mañana. No deja de llorar y ahora yo lloro. Soy una madre de mierda que no puede dejar de llorar porque su bebé llora.
Cuelgas con cuidado los esquís en el perchero y te acercas a tus chicas.
—¿Le pusiste un pañito húmedo en la barriga? —le preguntas con cautela.
—¡Intenté de todo! El pañito, conjurarle burbujas, ponermela contra el pecho —explica, sollozando. Con mucha calma le quitas de los brazos a Pandora. Pansy se abraza a sí misma replegándose un poquito—. ¡Nada funciona! Me odia. ¡Me odia, Blaise!
—Es solo una bebé de dos años, muñeca —dices, sincero, sin buscar hacerla sentir tonta—. No sabe de odiar. No ha aprendido. Todavía faltan tres años pa que aprenda.
—¡Pero me odia!
—No, no lo hace —afirmas.
Acunas a Pandora contra tu pecho y te meces con suavidad de lado: le das golpecitos con la palma en la espalda. Poco a poco, tu hija deja de llorar.
—¿Cómo —hipa Pansy—, lo hiciste?
Curvas una sonrisa superior.
—Ella me ama y te odia.
—¡Eres una mierda!
Pansy se acerca, te golpea en el brazo y luego se acomoda de manera que coloca su barbilla contra tu hombro y ambos ven a Pandora.
—¿Dónde está Morag?
—Terminando de empacar unas cosas —respondes, bajito.
—¿Quieren irse con nosotros?
Pansy acaricia la frente de Pandora y tú recuestas tu coronilla contra la de Pansy.
—No, es nuestro primer viaje en carro solos. Quiero hacer esas cosas tontas de parejas por el camino.
—Ah, por supuesto.
Ambos se mecen hipnotizados por la belleza de su hija durmiendo. Pansy desliza una mano por tu espalda hasta dejarla sobre tu cadera; le das un beso en la mejilla. Subes la mirada y ahí están: los pequeños ojos negros que te han visto por más de dos décadas. La mirada cálida de tu mejor amiga.
Tocan la puerta.
Pansy se echa hacia atrás con un respingo y baja la mirada al piso mientras va a abrir. Mueves los hombros tratando de quitarte la sensación extraña del cuerpo.
Y, cómo no, es el sonrisa perfecta Smith.
—¿Listos para irnos? —pregunta después de besar a Pansy.
—Claro —respondes con los dientes apretados.
Unas fantásticas vacaciones.
Es el último día en la cabaña alquilada. La última noche, en realidad. Los niños están dormidos en el mismo cuarto con un hechizo de monitoreo. Las copas de vino están llenas, los platos medio vacíos y tu mano está entrelazada con la de Morag sobre la mesa.
Debías haber sabido que todo se iba a ir a la mierda. Lo deberías haber sabido por la mirada desenfocada de Hermione, la botella de vodka muggle vacía al lado de Ron. Lo deberías haber sabido por los silencios prolongados, la mirada preocupada de Harry.
Evidentemente, la tensión se va a la mierda por culpa de Smith.
—Bueno, yo no voy a presentarle a Pansy a mis hijos hasta que no esté seguro de que estamos en una etapa seria de nuestra relación. No quiero confundir a mis hijos presentándoles a mis parejas y que luego no funcione.
—Bueno, eso no es un problema para Blaise —interrumpe Ron, mordaz. Hermione amplia sus ojos hacia él.
—¿Disculpa? —preguntas, sin amedrentarte.
—Oh, vamos. Todos saben de lo que hablo.
—Ron —sisea su esposa.
—La carne está maravillosa, ¿verdad? —Harry alza la voz.
Miras a través de la mesa a Pansy: ella tiene los labios en una línea.
—Llevas ocho semanas con Morag y es la relación más larga en tu maldita vida —se burla Ronald. Mira a tu novia y la sientes tensarse—. Te lo digo con cariño, chica, pero este idiota te va dejar. Y luego se va a buscar a otra chica igual de caliente que tú, o más, y se la a coger hasta que deje de ser algo nuevo para él.
Silencio.
Esa rabia ácida y espesa, que te va cubriendo poco a poco el cuerpo de forma inexorable, que te llena el paladar hasta que debes escupirla y rociar a tu objetivo, esa que no sentías desde que eras un crío de quince años. Esa. La sientes.
—Bueno, ese es asunto de Blaise, ¿cierto? —dice Smith, saliendo como un caballero en armadura que nadie ha pedido—, y de Pansy. Ellos ya deben haber discutido cómo gestionar el asunto de sus parejas para que no afecte de forma negativa a Pandora.
—Sí —suelta Pansy apenas Smith cierra la boca, lanzándole una mirada agradecida. Te irrita. No necesitas al pendejo de Smith salvándote el culo del cabrón de tu amigo—. Claro que lo hemos discutido.
—¿Ya pasamos al postre? —pregunta Harry, mirando insistente a Theodore que se encuentra con su usual expresión de : "aquí dentro no hay nadie: vuelva más nunca en su puta vida"—. Desde que ví el red velvet que horneó Hermione he querido…
—Ni Pansy ni Blaise pensaron en una mierda. —Ron vuelve a la carga. Deshaces tu agarre con Morag—. Trajeron una vida al mundo sin pensar en un coño e' la madre. ¿Sí saben que Morag es la relación más larga que ha tenido este cabrón? ¡Ocho semanas! Y no esperamos más, Blaise. Todos aquí sabemos que pronto te aburrirás del helado sabor Morag y saldrás a buscar otro más. Y así vas a seguir sin importarte una mierda cómo eso afecte a tu hija cuando crezca. ¡Porque no pensaron en eso! ¡En nada! ¿Saben lo que será para Pandora crecer y saber que sus padres no se aman? ¿Que no se amaron nunca? Pero ¡eso no importa! Porque ustedes son súper progresistas y nosotros los malditos que estamos condenados a pasar nuestra vida con una arpía chupasangre somos los que estamos mal. Nosotros los que dejamos de coger con nuestra esposa porque está cansada somos los equivocados, los que aguantamos a una maldita neurótica por nuestros hijos somos los locos.
Ronald está de pie. Se escucha el sollozo de Hermione. El jadeo horrorizado de Harry.
Y es suficiente.
—¿No amarla? —preguntas, impávido—. Pansy Parkinson fue la segunda mujer que amé en mi vida: la primera que estuve totalmente seguro de amar. Ella ha estado conmigo en todos los momentos importantes de mi vida. Y la conozco. La conozco mejor de lo que me conozco a mí. Sé que luce como una campeona en las mañanas, sé qué prefiere el té con leche, sé que si alguna vez queda imposibilitada prefiere que la dejen ir, sé que sus flores favoritas son las calas blancas, sé que se cepilla el cabello diez veces todas las noches, sé que está aterrorizada de ser madre, pero también sé que es la mejor madre en todo el puto mundo, sé que daría la vida por cualquiera los que estamos aquí sentados, sé que sus tacones favoritos son los rosados que le regalé cuando nos graduamos, sé que quiere vivir sus últimos años a las afueras de Londres en un campo, sé que pudo haber sido la bruja más lista de nuestra generación, pero odia ser encasillada en un estereotipo, sé que necesita una poción relajante en las semanas previas a presentar un caso frente al Wizengamot. Sé que la amo con cada parte de mi jodido corazón y que ella me ama de la misma forma. ¿Puedes decir lo mismo? —increpas, rabioso. Buscando esa herida apenas cicatrizando en Ronald para volver a abrirla y verlo sangrar. Quieres verlo sangrar, lo deseas—. ¡Por supuesto que no! ¿Y sabes por qué? Porque eres un mamaguevo que no sabe apreciar a la maravillosa mujer que tiene al lado. Porque sabes entre nada y una mierda sobre ser un novio decente, porque eres un desgraciado que prefiere sentarse y quejarse de su matrimonio en vez de ponerse de pie y ayudar a Hermione a sostenerlo.
»¿Que no pensé cuando decidimos traer a nuestra hija al mundo? Amigo, es la decisión más pensada e inteligente que he tomado en mis treinta y seis años.
—Bueno —Ron alza la copa—, felicitaciones. Espero que les vaya de puta madre.
Pansy ya está en la recepción del restaurante cuando llegas. Va vestida impecable. Un vestido azul rey, medias negras y tacones plateados.
—¡Feliz cumpleaños, muñeca! —exclamas atrapandola entre tus brazos. La alzas y giras teatralmente; ella se aferra a tus hombros y ríe encantada.
Es la sexta vez en el día que la felicitas de la misma forma.
—¡Ya bájame! —chilla, calmando la risa—. Este sitio es de clase, Zabini.
—Cualquier sitio que yo piso automáticamente tiene clase, muñeca —aclaras, juguetón—. ¿Y Theodore y Harry?
—Eh, todavía no llegan —responde, sonriendo tensa. Raro—. ¿Nos sentamos?
—Sí, claro.
La reservación está a tu nombre. Los llevan a una mesa cerca del fondo, sin comensales cerca de ustedes. Hay una botella de vino y una cesta de pan con mantequilla con ajo y perejil sobre la mesa.
—¿Has sabido de Hermione? —preguntas apenas se sientan—. Ayer le escribí una carte y me comentó que Rose tiene una especie de animadversión con la hija de su nueva vecina.
—Me contó lo mismo. Harry me dijo que lloró toda la primera semana en el nuevo departamento.
—Deberíamos irrumpir su casa. Creo que lo que necesita es sentirse acompañada. Llevamos a Pandora y no nos vamos hasta que vuelva a ser la obsesiva del trabajo funcional que siempre ha sido.
Pansy responde sin titubear.
—Por supuesto. El viernes.
—¿Para cuándo llega tu noviecito? —preguntas, sin ocultar la intensión en tu tono.
—Eh, más tarde. Quizás.
Otra vez la sonrisa tensa. Descorchas el vino y lo sirves. Dejas que lo cate antes de preguntar.
—¿Qué te pasa, Pansy Isabella?
—¿A mí? —se ríe, nerviosa—. ¿Por qué debería pasarme algo?
—No lo sé; tú dime, muñeca.
Se baja media copa, juega con el borde de su servilleta y se traga un pan antes de no poder soportarlo más.
—Ni Harry ni Theodore ni Zach vendrán.
Alzas una ceja.
—¿Por qué…?
—No los invité.
Alzas la otra ceja.
—¿Por qué…?
Pansy suspira, murmura algo, vuelve a suspirar y finalmente te mira a la cara. Echa la barbilla hacia arriba y tiene esa misma mirada que cuando mandó a Draco a comer mierda en cuarto año: determinación.
—No quería que Theodore o Harry estuvieran aquí. Terminé con Zacharias. Te amo.
La miras confundido, sin seguir totalmente su raciocinio.
—Yo también te amo, muñeca.
—Lo sé, pero no es eso. O sea, sí es eso, pero no de la forma que crees. Lo que quiero decir es que te amo y creo que siempre te amé, pero no solo como se aman los amigos. O los mejores amigos. Sino —se interrumpe para humedecerse los labios. Tiene la mirada cristalizada—. Te amo como amas a tu "persona". Y creo que siempre lo supe, pero escuchar todo lo que dijiste en la cabaña fue ese balde de agua fría que necesitaba para darme cuenta de que nada más estaba marisqueando al buscar a mi "persona" porque siempre había estado frente a mí y eras tú.
»Te amo, Blaise Zabini.
Mierda.
Solo, mierda.
Antes, Pansy vivía a dos puertas de ti. Antes, Ron y Hermione fingían que su matrimonio sí funcionaba. Antes, iban al apartamento de Theodore y Harry todos los domingos.
Ahora, Pansy vive en Wiltshire. Ahora, Ron y Hermione tienen la custodia compartida de Rose y mucha prensa detrás de ellos al ser el primer matrimonio mágico en desenlazarse. Ahora, vas al departamento de Hatry y Theodore los sábados.
Antes, cuidabas a Pandora la mitad del día. Ahora, la mitad de la semana.
Morag no quiere hijos. Y no, no es un "no quiero hijos ahora" es un "no quiero hijos nunca en la vida". Y lo respetas. Es su decisión el tenerlos, nadie puede obligarla así como nadie te obligó a tener a Pandora. Pero entiendes algo. Entiendes todas las miradas incómodas cuando le pedías sostener unos segundos a tu hija, entiendes sus silencios cuando le comentabas la última trastada que había hecho, entiendes la expresión despectiva cuando salían a sitios caros y había familias cenando con niños pequeños.
Morag no quiere tener hijos. Y está bien. Pero Morag no quiere hacer el intento por relacionarse con tu hija. Y eso no está bien.
Morag no es tu "persona".
—Lo siento —dice Ronald, sincero, arrepentido, mostrando más decencia humana que nunca desde que lo conoces—. En aquel momento era un desastre manejando mis emociones y era incluso peor expresándolas y nada más quería hacer sentir igual de mierda que yo a los demás. No es excusa, yo sé. Pero bueno, ahora estoy trabajando en ser mejor ser humano y parte de ello es reconocer y resarcir el daño que cause. Así que eso: lo siento.
Cuatro años. Han pasado cuatro años de esa cena de mierda. Tienes cuarenta años: ya no tienes tiempo para andar con pendejeras de rencores.
—Está bien. Acepto tus disculpas.
—Bien —suspira Ron, aliviado. Chocas tu cerveza con la de él.
—¿Has hablado con Hermione?
—Sí… —responde, pensativo. Decides no indagar más en un asunto que claramente no está claro—. ¿Y cómo están las cosas con Pansy?
—Harry te ha mantenido al día, por lo que veo.
Ron se encoge de hombros sin mucha culpa por chismear de la vida de los demás con su mejor amigo.
—Qué decirte, Harry siempre ha sido una fuente de conocimientos interesantes.
—Claro. —Colocas la cerveza en el mostrador del bar, pasar el pulgar por el pico—. Pansy me habla lo justo y necesario cuando voy a buscar a Pandora.
—¿Sabes? —dice, después de un rato. Lo miras invitándolo a continuar—. Todos creíamos que Pansy y tú iban a ser los primeros en casarse.
—¿Qué? No. Nos conocemos demasiado —respondes de forma automática.
Ron se termina su cerveza y se acaricia la barriga antes de mirarte relajado.
—¿Y eso es malo?
Pandora tiene seis años y pesa lo suficiente como para que cargarla te haga sentir un corrientazo de dolor en al espalda, pero igualmente lo haces mientras viajan por polvos flu. Las apariciones no son recomendables en niños menores de ocho años. La conocida sala de estar de la casa de Pansy los recibe apenas el humo se disipa. Es la única parte de la casa de ella que conoces.
—¡Mami! —chilla Pandora bajándose a los coñazos para correr a donde su mamá—. ¡Papi me cocinó pizza! Yo lo ayudé: le pasé los materitales para que se los pusiera. Nos quedo muy, muy rica.
—¿Y no me trajeron?
Es necesario que Pandora haga un sonidito para que reacciones. No puedes dejar de ver a Pansy. Un poco descordinado, sacas la pizza de tu abrigo.
—Sorpresa —murmuras.
—Nunca nos olvidaríamos de ti, mami —afirma Pandora, solemne.
Pansy se ríe. Una sensación extraña te recorre. Cuatro años sin escucharla reírse. Siempre te gustó su risa.
—También te traje otra cosa —revelas, de golpe. Pansy te mira, seria. Sacas una caja alargada de tu bolsillo—. Era tu regalo de… bueno. Tu regalo. No pude entregártelo y me pareció que debías tenerlo.
Torpe, descordinado, sintiéndote igual que si te movies bajo el agua, te acercas y estiras la caja.
—No es necesario —comienza Pansy, sin hacer ningún movimiento para agarrar el regalo.
—¡Regalo, mami! —interrupe (y te salva) Pandora. Aplaude encantada, como si el regalo fuese para ella—. Ábrelo, mami. Ábrelo. Ábrelo.
La indecisión brilla en los ojos de Pansy. Finalmente, fuerza una sonrisa cogiendo la caja. Es la primera vez que estás tan cerca de ella en cuatro años y los separan al menos seis pasos. Te llega su perfume. Chanel número cinco.
—¿Me ayudas, bebé?
—¡Sí, mami!
Pansy se agacha para estar a la altura de su hija. Solo puedes verlas. Pandora, con delicadeza, suelta la cinta que decora la caja y Pansy la abre.
Los separan seis pasos, pero puedes escuchar su jadeo impresionado.
Es un collar. De plata. Con un dije. Dice "muñeca" en una letra estúpidamente cargada.
—¡Es bellísimo, mami! —Pandora está fascinada.
Pansy carraspea.
—Es hora de dormir, bebé. ¿Sí? Dile adiós a papi.
Cuando voltea a verte, Pansy tiene la misma expresión de sobria cortesía con la que te ha visto últimamente. Pero la conoces, la conoces como si la hubieses parido y puedes ver sus grietas. Las grietas en la perfecta indiferencia que los rodea últimamente.
—Quiero que papi se quede —suelta Pandora, atrayendo inmediatamente la atención de ambos. Sientes que el corazón te late más rápido—. Quiero que papi me duerma.
—Cariño, papi tiene que irse. Él…
—Puedo dormirla —dices, de golpe. Recibes una mirada asesina y otra entusiasta.
—¡Ven, papi!
Pandora se acerca y te jala de la mano. Miras a Pansy, insistente, no vas a dar un paso fuera de esa sala sin su consentimiento (así sea coaccionado por su hija). No te da un "sí" en forma, pero camina fuera de la sala y es suficiente.
Es suficiente para agarrarte de ello.
Te fijas en cada detalle. En la tapicería de madera clara, en la alfombra marfil, en las pinturas de su pintora favorita, en los arreglos florales con calas en el pasillo de las habitaciones, en las lámparas sencillas y elegantes en el techo, en la rigidez de sus hombros, en su cabello hasta los hombros, en la silueta de sus piernas en el pantalón, en sus pasos serenos, precisos, en sus manos perfectamente arregladas, en la blusa blanca que le regalaste cuando cumplió veinte, en el parloteo de Pandora.
Te fijas en todo y en Pansy.
—¡Este es mi cuarto, papi! —Pandora te empuja dentro y señala las cosas a medida que las va mencionando—. Ahí está mi peinadora, mis amigos con los que tomo el té en las tardes, mi cama, mis pelotas, los cuentos que mami me lee ¡y mi cama! Es de princesita, papi.
—Es porque eres una princesa, caramelito —respondes.
Pansy está en el marco de la puerta, no la puedes ver, pero sí sentir sus ojos clavados en tu espalda.
—Las pijamas están en el armario, en el tercer cajón de la derecha —indica Pansy.
Pandora te hace peinarla diez veces antes de dejarte meterla a la cama. Una sonrisa nostálgica se dibuja en tus labios sin poder evitarlo. También miras a Pansy, que desvía la mirada. Ella entra finalmente en la habitación para leerle el cuento a Pandora. Te recuestas de un poste de la cama para observarlas.
Pansy lee con buen ritmo: cambiando la voz, haciendo pausas dramáticas, adornando las escenas felices y haciendo caras graciosas. Casi lamentas cuando dice "fin". Pandora está dormida. O eso creen.
—¿Por qué papi no vive con nosotras? —pregunta, con los ojitos apenas abiertos. Pansy se congela y tu te vuelves idiota.
—Yo quisiera vivir con ustedes —dejas ir.
Una basilisco mira de forma más amable de lo que Pansy te mira ahora.
—Papi tiene su casa, bebé —explica, endulzando la voz y acariciando la barriga de Pandora. Ya tiene seis años, pero el truco de sobarle la barriga para que se duerma todavía funciona—. Y yo tengo la mía. ¿Sabes que significa eso? ¡Que tienes dos casas! Eso es maravilloso.
—¿Sí? —Pandora está más allá que acá.
—Sí, bebé.
Ya se durmió.
Sin emitir palabra o verte, Pansy sale de la habitación, baja las escaleras y se dirige a la sala. La sigues, percibiendo la tensa rabia que acumula.
—¡¿Qué coño tienes mal en la cabeza?! —sisea, furiosa. Se acerca hasta pincharte el hombro con su uña. Está perfectamente cortada y pintada. Duele—. ¿Cómo diablos se te ocurre decir eso frente a una niña de seis años? ¿Te estás muriendo de una enfermedad que te mata las neuronas, acaso? No puedes venir y soltar mierdas así. Es nuestra hija, ¿sabes? Se supone que tienes que evitar hacerla sentir mal, cabrón.
Pansy se aparta, mascullando, apretando las manos en puños. Sueltas otro comentario sin pensar: aparentemente es tu noche de soltar toda la mierda que piensas.
—Era verdad. Sí quiero vivir aquí. Con ustedes. Contigo.
Pansy se detiene. Se queda tan quieta que podría pasar por una estatua. Sientes el corazón en los oídos. Poco a poco, se voltea. No hay rabia ni reproche o instintos asesinos cuando voltea a verte. Hay dolor.
—¿Cómo te atreves, Blaise Zabini? —pregunta con la voz quebradiza, como si se contuviera de romperse por pura fuerza de voluntad—. ¿Cómo te atreves a venir a mi casa y hacerme daño?, ¿acaso te complace burlarte de mí? Fuimos amigos, Blaise: merezco respeto.
No te estás explicando. No estás haciendo una mierda bien. La estás lastimando. Tanto burlarte de la insensibilidad de Ron para acabar tan tieso como él.
Es Pansy, te recuerdas, es tu mejor amiga. Es, admites, tu "persona".
—¿Sabes por qué te digo muñeca? —preguntas, sin dejar de mirarla. No es momento para mirar hacia los lados. Ella te regresa la mirada confusa. Jamás se lo has dicho—. Porque eras la chica más hermosa que había visto en mi vida. Eras igual a una muñeca: delicada, impresionantemente hermosa, resistente, perfecta. Para mí siempre has sido así: perfecta con tus imperfecciones, perfecta con tus inseguridades, perfecta con todas tus virtudes, perfecta cuando alzabas la barbilla y mandabas al mundo a la mierda. Eras la muñeca más extraordinaria que alguna vez alguien podría encontrar, todavía lo eres. Y, lo que me hacía sentir especial, eras mi muñeca. Estaba orgulloso, todavía lo estoy. Pero también era un imbécil. Porque siempre he sentido todo esto y no veía que… que aparte de mi muñeca eras mi "persona".
Pansy jadea, las lágrimas bajan por su cara, su labio inferior tiembla.
—¿Qué esperas que haga con todo esto, Blaise? De repente llegas y me dices que soy tu "persona" ¿y cómo creerte? Hace cuatro años me confesé y me lastimaste, Blaise. Me lastimaste por primera vez en nuestra vida y es la herida que más me ha dolido que me hagan. ¿Qué hago, Blaise? —pregunta y se escucha verdaderamente desesperada.
Confiando en tu instinto, te acercas a ella. Lo permite. La abrazas atrayéndola a tu pecho, llevas su frente contra tu hombro y comienzas a mecerte con suavidad.
—Dejame ser tu "persona", muñeca —suplicas, en su oído, bajito—. Déjame merecerte. Déjame demostrarte que te amo de todas las formas que existen, muñeca. Solo déjame darte mi corazón.
No responde de inmediato, pero se aferra a tu camisa. Se aferra a ti.
—Bueno —responde, apenas la escuchas.
—¿Bueno?
—Bueno.
Chamas, yo no creía que iba a hacer esto. O sea, Tanit (una santa), nos dió TRES MESES y vengo yo aquí de mensa a publicar ahorita. PERO LO HICE, CHAMAS. Tengo que confiar más en mi capacidad de hacer todo a última hora; ha estado conmigo por diecinueve años y todavía no le doy todo el crédito que merece. En fin, espero les guste porque después de dos meses sin escribir yo estoy bastante contenta con este bebé.
Carly.
