La lluvia artificial golpeaba con intensidad, abrigando un sonido constante; quizás tan sólo interrumpido por el dulce tarareo de una improvisada melodía. El vapor, que barría cada célula de su piel, se extendía lento hacia sus vastas respiraciones. Sakura inhalaba con sosiego entre leves bailes, finas gotas de agua se perdían en sus pliegues con el natural movimiento de su cuerpo. Masajeó nudosos puntos de sus hombros y deslizó sus dedos por su cuello, acariciándose. Hallándose en calma, dejó caer el agua por su rostro. Su ducha diaria solía ser su momento.

Su mente se valía para divagar, mientras tanto. Repasó fugazmente lo que le deparaba el día de hoy, aunque no era particularmente dispar a lo que generalmente acostumbraba.

«Bien... Aún debo limpiar un poco la casa y dejar el almuerzo de Sarada hecho. Oh, también debería arreglar un poco las flores del jardín antes de ir al hospital», asintió. Tenía el jardín ciertamente descuidado y había prometido no volver a abandonarlo. «Respecto a las compras... quizás deba pedirle a Sarada que las haga por mí. No llegaré a tiempo, y Sasuke-kun vendrá a cenar hoy», concluyendo, apagó la ducha.

Ciertamente, sus días eran presurosos. Sakura estaba habituada a avanzar a un ritmo casi supersónico, resuelta y diligentemente. En algún momento de su vida maternal, había perdido por completo la noción de calma.

Envolvió su delgado cuerpo en una toalla, su piel comenzaba a enfriarse por el contacto del aire. Hallándose frente al espejo de baño, su reflejo la desafió.

No solía observarlo, ni responder a sus duelos. Sin embargo, ésta vez accedió. Sus ojos indagaron por su cuerpo, desafiantes. Notó que su piel había perdido cierta suavidad. Aquél pálido brillo que la caracterizaba o la tersidad al tacto, parecía ser algo tan sólo vivo en su memoria. ¿Se estaba haciendo vieja? Sus manos quizás eran las más aquejadas del asunto; secas y notoriamente endurecidas, eran testigo de todos sus años de trabajo para la aldea. Evidentemente, eran su instrumento y continuamente estaban en contacto con centenares de sustancias.

Subió hasta su rostro, transparente y limpio de una gota de maquillaje. Concluyó que era lo más aceptable de ella, pese a todo. Recordó, entretanto, la emoción que sentía en sus días de genin por volverse adulta y utilizar en ella los distintos cosméticos que Ino le mostraba. Robados de su madre, por supuesto; ellas eran unas niñas en ese entonces. ¿Hubiese pensado alguna vez que terminaría así? «Oh. Creo que si la vieja Sakura viese mi aspecto ahora mismo, me sepultaría», rio.

Quizás treinta y dos años eran suficiente para cualquiera, y naturalmente Sakura no saldría inmune de ello. Además, no había perdido su atractivo por completo, ¿o sí?

Sakura secaba su cuerpo y se veía de reojo entre tímidos lapsos. Su esposo siempre le había restado importancia a este tipo de asuntos. Eso no era de su interés y repetía con hastío que no debía preocuparse por pequeñeces. Sasuke tenía su particular manera de hacerla sentir bien; pese a que no se veían muy a menudo como deseaban, cuando por fin lo hacían, él se encargaba de demostrar su amor y lealtad entre húmedas sábanas. Pasional y genuinamente.

Sakura sonrió mientras comenzaba a vestirse en sus habituales ropas. Sin embargo, no iba a negar que anhelaba que su esposo sienta que ella es realmente atractiva. Porque, viéndose así, no podía hacer más que enojarse consigo misma por haber dejado su aspecto de lado durante tanto tiempo.

Secó un poco su cabello antes de colocar su vincha roja de siempre. Luego de arreglar algunos mechones sueltos, y ahorrarse un par de muecas de disgusto, Sakura salió del baño. Debía empezar por las flores del jardín si no quería atrasarse.

(...)

Resultaba extraño para cualquiera que la vea. ¿Desde cuándo Uchiha Sakura utilizaba guantes de látex en su horario laboral? Por supuesto que era algo común entre sus colegas, sin embargo, ella siempre pareció restarle importancia a esa clase de cuidados.

Sakura se esperaba recibir algunos indiscretos comentarios en los pasillos. Porque, además, había comprado una crema de manos hecha de avellanas camino al hospital, en cuya portada la frase «Humecta y nutre hasta la piel más seca» resaltaba casi seduciéndola. Se rindió ante aquellas palabras y concluyó que quizás utilizarla al finalizar su trabajo no resultaba inoportuno. Su piel y su autoestima lo agradecerían.

La hora del almuerzo se acercaba; podía sentirse en cada hambriento rincón de su estómago. Sakura se deslizaba con un desacostumbrado aire sereno por los pasillos del Hospital de Konoha, encaminándose a la salida. Ya había atendido todas sus consultas y operaciones matutinas, y ser la Directora tenía ciertos beneficios. El lujo de salir un poco antes de la hora no era inmerecido, teniendo en cuenta que muchas veces su labor la ha dejado encerrado en un mismo cubículo por largas horas.

Con tan sólo un pie afuera, el aire fresco le produjo un agradable impacto. El día estaba inusualmente soleado, casi radiante. Los árboles resaltaban en un verde fuerte y danzaban genuinamente con cada tibia brisa. Definitivamente la primavera era su estación preferida. «Oh, Sarada ya debe estar en casa», intuyó al mirar su reloj. Su hija era íntegramente puntual y siempre la esperaba para almorzar.

Yendo de camino a su hogar, Sakura fue interrumpida en el acto. Inesperada, una lejana voz chillona tras su retaguardia alcanzó sus oídos. Clavándose con terquedad, resultaba ser una voz particular; dueña de tan sólo una persona en su mente. La pelirrosa giró sobre sus talones, su rubia amiga venía acompañada de Hinata, quien en realidad parecía ser arrastrada insolentemente por sus codos.

—¡Frentona! —Ino gritó, se acercaba corriendo por las calles desvergonzadamente

Una fina gota de sudor corría por su sien. ¿Por qué su querida amiga siempre tenía que montar tales escenarios? Con cierta incomodidad, Sakura alzó su mano a modo de saludo.

—Ino-san, todos están mirando... —susurró la azabache, ligeramente encogida entre sus hombros

Sakura supo que quizás no era la más avergonzada del asunto. Sus dos amigas llegaron hasta ella con una rapidez considerable. Fue en ese momento que Ino soltó el codo de la Hyuga, quien respiraba forzadamente. Resultaban ser dos personalidades ciertamente opuestas.

—¡Al fin te alcanzamos! Podrías haberte movido al menos, frente —sus manos reposaban en sus caderas, en un gesto autoritario

—Oh, no sabes cuánto lo siento, cerda —soltó con sarcasmo, irguiendo su postura—. En realidad, estaba yendo a almorzar con Sarada. Tú eres la inoportuna —la acusó— . Y, por lo que veo, obligas a Hinata a seguirte en tus maldicientes planes.

La azabache comenzaba a incomodarse. Ino se acercó aún más a ella, casi chocándola.

—¿¡Qué dices, frente de marquesina!? ¡Retráctate, Hinata es mi amiga! —chilló

—¿Ah? ¿Estás desafiándome? —Sakura alzó una ceja, inquisitiva— Veo que todas las veces que perdiste contra mí no te han enseñado nada.

Hinata apretó más sus manos contra su pecho, cohibida. Sin saber cómo actuar, rogaba por traer calma, mas las dos mujeres parecían hacer caso omiso.

—¡Frentona! —atacó

—¡Cerda! —devolvió

Tras unos segundos de guerra, las dos rompieron en risas. Quizás esa siempre iba a ser su peculiar forma de saludarse, de hacerle saber a la otra su afecto, sin importar cuánto tiempo pase en el medio. Hinata les dedicó una tierna sonrisa, su amistad era realmente noble.

Comenzaron a caminar en un ritmo coordinado, acaso como si nada hubiese pasado hace unos instantes. La gente parecía voltearse ante ese trío tan irregular y sobresaliente.

—Entonces... ¿por qué rayos están siguiéndome? —Sakura cuestionó

—Pensábamos que quizás querías... salir con nosotras por algo de... —Hinata fue interrumpida

—¡No se lo digas tan dulcemente, ella no lo merece! —Ino chilló— Sólo queríamos sacarte de ese consultorio frente, te la pasas encerrada todo el tiempo y te oxidarás. ¡Necesitas un almuerzo de amigas! —la codeó

Hinata asintió con la cabeza, riendo por su directa manera de decirlo.

—¿Almuerzo de amigas? —no iba a negarlo, la idea la emocionaba

—Si te preocupa Sarada-san, le he dicho a Boruto que la invite a mi casa a almorzar... he dejado suficiente comida —Hinata la tranquilizó, entendía esa preocupación maternal

—Hmm, así que con Boruto... —Sakura reaccionó dubitativa— Veo que sólo finge llevarse mal con él —alzó sus cejas pícaramente

—¡Oh, tu niña es tan discreta y calculadora! ¡Apuesto a que terminarán juntos algún día! —Ino juntó sus manos, emocionada

Hinata asintió, contagiándose del afecto. Le hacía mucha emoción pensar que Sakura y ella podrían ser consuegras en un futuro. Siempre respetando la decisión de sus hijos, por supuesto.

Continuaron caminando entre charlas, hasta que acordaron ingresar a un restaurante nuevo de la aldea. En algún momento de la conversación, Sakura aceptó la oferta del almuerzo, quizás enredada por dividir su atención en los miles de temas de los que Ino podía hablar en un minuto.

El lugar era ciertamente acogedor, aunque estaba bastante lleno por dentro, razón por la que el trío tomó una de las mesas de afuera. Eran de una gruesa madera de nogal y un elegante mantel color ciruela reposaba sobre ella. En el centro, las blancas servilletas se acomodaban en una forma de abanico, rodeando un pequeño florero con cerezos. Los árboles de Sakura comenzaban a florecer en esta época del año y nadie osaba perderse aquél evento. Las mujeres tomaron asiento y se dispusieron a ojear las cartillas frente a ellas, para finalmente realizar sus correspondientes pedidos. Mientras esperaban, continuaron con sus charlas.

—Sakura-san, creo que no lo has notado, pero... —Hinata, que estaba sentada a su lado, señaló sus manos con cierta inquietud

—¿Eh? —murmuró. Sin embargo, el desconcierto le duró tan sólo unos segundos. Sakura, al ver sus manos, notó que aún tenía sus guantes de látex puestos. Como eran casi transparentes, no se percató del hecho—. ¡Shannaro! ¡Qué imbécil soy!

Ino, quien estaba frente a ellas, observaba la escena particularmente intrigada. Nadie poseía su capacidad de observación, sabía que su amiga no acostumbraba a tener esos descuidos. Y mucho menos a...

—¿Desde cuándo usas guantes en el hospital, rosita? —alzó una ceja, suspicaz

Sakura los guardó en su pequeño bolso y frotó sus manos enérgicamente, como liberándose por completo del contacto.

—Pues... —llevó un dedo a su mentón, analizando la forma de poner sus pensamientos en palabras— Creo que ya las he descuidado lo suficiente. Si no hago algo al respecto, seré la primera en ponerme vieja y arrugada —soltó una pequeña risa, quizás consolándose.

Hinata agudizó su semblante. Veía a su amiga removerse incómoda en su asiento, sabía que aquello le afectaba y no podía permitirlo.

—¡Eso no es así, Sakura-san! —alzó la voz levemente, su ceño estaba hundido— Tus manos son el vivo reflejo de tu esfuerzo. Creo que por esa razón son las más hermosas.

—Hinata tiene razón, frente. Escúchanos. Eres el pilar médico de la aldea, te la pasas salvando vidas y progresando en nuevos descubrimientos de ciencia —numeró con sus dedos— ¿Sabes? ¡No hay nada más valorable que eso!

Sakura no pudo evitar sonreír con ternura.

—Puede que tengan razón en eso, pero... —hizo una pausa, sus amigas la observaban— Siento que he descuidado mi aspecto en general. No me siento atractiva como antes —Sakura jugaba con su servilleta, notoriamente inquieta.

Ino estaba por recriminarle a gritos, pero Hinata se adelantó.

—Yo... también me siento igual a veces —confesó, su mirada estaba baja—. También pienso que he abandonado mi aspecto en estos tiempos. Entre la casa y los niños... simplemente no tengo gustos para mí como antes —negó con su cabeza.

—Oh, cuánto te entiendo —Sakura suspiró, había deshecho la forma de su servilleta por completo

La rubia las observaba ciertamente pensativa, interpretando cada una de sus palabras. Eran los mismos ojos de quien sutilmente ideaba algo, de quien analizaba cada una de sus posibilidades. Tras unos segundos de silencio, Ino chasqueó su lengua mañosamente. Un agudo plan invadió su mente y no podía estar más acertado.

—¡No teman, tengo la solución! —chilló, su dedo índice apuntaba por los aires

Al instante, Sakura esbozó una mueca de desconfianza. Conocía demasiado bien a su amiga y sabía que sus ocurrencias solían ser, como mínimo, disparatadas. Escéptica, alzó una de sus cejas. El mesero llegó con sus pedidos en ese momento, por lo que Ino frenó su atacante lengua unos segundos. Cuando este se retiró, ella aclaró su garganta. Su postura se había erguido, como respaldando la importancia del asunto.

—¿La... solución? —Hinata sintió un leve estremecimiento en su espalda

—Habla, cerda —la apuró. No iba a negar que, pese a su sospecha, sentía una natural intriga

La rubia sorbió de su agua, una expresión pícara adornaba su rostro. Tenía la completa atención de sus interlocutoras y nada le agradaba más que eso.

—Ya saben lo que dicen... una mujer se siente atractiva cuando está segura de sí misma, ¿verdad? —ellas asintieron—. No hay mayor seguridad que la de sentirse sexy en nuestro cuerpo, que sentirse deseada. Ya saben... en la cama —bajó su voz levemente

—¿Qué insinúas, Ino? —la pelirrosa comenzaba a adivinar hacia dónde iba

—Si no están seguras con su aspecto, no hay nada mejor que sacar aquél lado provocativo a luz —la Hyuga sintió sus mejillas enrojecer—. Probar nuevas cosas.

—Etto, yo... me siento bien con eso. Ayudemos a Sakura-san —Hinata desvió la atención de ella, negando con sus manos

—Entiendo tu punto —Sakura probó bocado. Su comida estaba ciertamente deliciosa—. Pero no pasa por ese lado, cerda. Al menos en mi caso, sé que le gusto a Sasuke-kun y no necesito demostrárselo —Hinata asintió, dándole la razón—. El problema es que no tengo tiempo para cuidar mi aspecto como antes. Si no estoy en el trabajo, me encuentro con los quehaceres del hogar. Y créeme, agradezco que Sarada sea lo suficientemente independiente y me ayude en su tiempo libre. Pero, quiero decir, ¡mira mi cabello, por Kami! ¡Jamás lo he sentido tan ajeno a mí!

Ino agudizó su expresión, intentaba comprenderla. «Tendrá que ser un plan B», pensó.

—Entonces, déjame repasar —razonó en voz alta—. Empezaste a descuidarte, no sólo trabajas tú sola para mantenerte, sino que te ocupas de tu casa y crías a tu hija al mismo tiempo...

Sakura asintió con impaciencia, tanto ella como la azabache ya habían comenzado a devorar su almuerzo. Ino, sin embargo, parecía estar lo suficientemente ensimismada en remover entre su astucia.

—Quizás debas volver a algunos hábitos de la vieja Sakura, ¿no crees? —soltó, notoriamente abatida de tanto pensar

La Uchiha rompió el ambiente con su risa. Recordó sus ocurrentes pensamientos de esta mañana. Había luchado con su reflejo por unos largos minutos, y no había logrado hallar a esa Sakura en ningún plano de su rostro.

—¿Hablas de mis épocas de genin? —la rubia asintió— ¡Shannaro! Si ella me viese ahora, me golpearía.

—Yo creo que tú puedes hacerlo, Sakura-san —Hinata la animó, limpiaba sus labios con una servilleta

La atmósfera se vio interrumpida por un sonoro golpe hacia la mesa. Ino se había levantado de su asiento en un aire de inusual triunfo.

—¡Oh, Hinata me acabas de dar una genial idea! —chilló— Si quieres volver a ser como la Sakura genin, ¡sólo hay que traerla de vuelta! —guiñó su ojo

La azabache comenzó a asentir con su cabeza, parecía entender perfectamente a lo que su amiga se refería. Sakura, por su parte, se vio invadida por un trémulo hormigueo en la curvatura de su espalda. Ino daba miedo.