—¿De verdad crees que esto funcionará, Ino-san? —la Hyuga jugaba con sus dedos, titubeante

Ella dejó escapar una risa malévola. Paradas frente a una cerrada puerta de madera, esperaban el resultado de lo que quizás sería el mejor de sus planes.

—Oh, no puedo estar más segura, Hinata —su aspecto era perverso, pero le brindaba cierta seguridad.

La ansiosa espera continuó por unos segundos. Mientras tanto, Ino escrutaba cada nuevo rincón de la vivienda Uchiha. De naturaleza sencilla y confortable, vio que, pese a que hace un tiempo no pisaba su hogar, casi nada en él había cambiado. Quizás tan sólo que ahora el símbolo del clan no adornaba simplemente la entrada, sino también resaltaba en algunos cuadros e incluso alfombras. «Ego Uchiha», asintió en sus adentros.

—Sakura-san... ¿está todo bien? —la azabache no pudo con su inquietud

—¡Shannaro! ¡No lo está! —gritó desde la puerta. Podían imaginarse su abrumada expresión.

—Frente, ¡deja de bromear! ¡Hazlo de una maldita vez! —Ino abandonó su espionaje con cierta avidez

—¡No creo entrar ahí, Ino! —alzó más la voz— ¡Y tengo turno en la clínica! ¿Qué rayos hago aquí?

—Sakura-san, tú puedes —Aunque Hinata tembló, su deseo de ayudarla era más fuerte— Debes hacerlo si quieres sentirte bien... piensa en el resultado y lo lograrás.

—¡Eres la directora, frentona! ¡Tu propia jefa! —rodó sus ojos, su amiga era demasiado responsable— Le avisaré a Tsunade-sama si eso te deja más tranquila. Pero escúchanos por una vez, y hazlo.

Silencio. Del otro lado de la puerta, Sakura se removía con cierta incomodidad frente al espejo de su habitación. Agradeció que su hija no esté en su casa, pues lo que vería sería inédito. La Uchiha se había puesto los mismos pantaloncillos negros que usaba a sus diecinueve años, claro que los de su época genin no le entrarían. Sus caderas, al igual que su trasero, se apretaban contra la fina tela, sin mencionar que su parte íntima parecía ceñirse penosamente.

No sentía que haya engordado, pero no podía negar que su cuerpo se había formado al menos lo suficiente como para definitivamente no entrar en su ropa de genin. El símbolo Haruno resaltaba en su antiguo atuendo rojo, el cual parecía deslizarse entre sus manos sin una finalidad específica. Sakura inhaló profundamente y apretujó aquella prenda, quizás llenándose del valor suficiente. «Tú puedes hacerlo», se repitió.

Quizás estaba exagerando, después de todo. Su cuerpo accedió al rojo atuendo como si aún le quedase alguna viva memoria de él. Pese a que lo sentía notoriamente ajustado en sus hombros y en la curvatura de su espalda, y quizás demasiado corto ante lo que solía ser, Sakura soltó un suspiro de alivio. «¿Se habrá agrandado por la humedad?», pensó.

La pelirrosa no se dio el lujo de observar su reflejo hasta ahora. Abriendo sus ojos con sorpresa, sintió que por unos instantes nada de ella había cambiado. Que más allá de todo, Sakura seguía siendo la misma. Sonríe, quizás porque hace mucho no veía el símbolo de su clan en su propio cuerpo. Colocó su banda shinobi en su cabeza, como solía hacer.

Probablemente lo más incómodo del asunto era que sus senos sobresalían y se apretaban por el cierre de su ropa. Aunque había intentado ocultarlo, su acción fue en vano. O tal vez sus ceñidas piernas en ese pantaloncillo, su parte trasera que clamaba por un poco más de espacio. «Oh, ¿cómo rayos haré para salir de aquí?», se cuestionó. No quería arruinar sus prendas, mas se sentía lo suficientemente apretada para salir de ellas fácilmente. Comenzaba a observar cada plano de su nuevo cuerpo, descubriéndose, cuando la voz de Ino la interrumpió.

—¡Sakura, vamos a entrar! ¡Nos estás matando de la impaciencia! —advirtió

No tuvo tiempo para esbozar una respuesta, pues el crujido de la puerta rompió al instante. La pelirrosa giró sobre sus talones, en una expresión naturalmente retraída. Aún no se había familiarizado lo suficiente con su reflejo como para mostrárselo a alguien más.

—¡Oh, frente, estás que ardes! —chilló apenas la vio, acercándose para analizar cada pliegue de su cuerpo

—Sakura-san... te ves increíble —Hinata abrió sus ojos perla sin disimulo

Ella negó con sus manos, incómoda, mientras daba unos pasos hacia atrás.

—De verdad, esto es vergonzoso —Sakura bajó su voz, sentía su cuerpo exhibido.

—¡Te dije que entrarías, frente de marquesina! —Ino verdaderamente amaba decir "te lo dije"

—¿Qué se supone que deba hacer ahora, de todas formas? —volvió a verse en el espejo con duda

La rubia se acercó y alisó algunas arrugas de su atuendo. Hinata, mientras tanto, se ocupaba de arreglar la banda de su cabello.

—Sólo piensa qué hubiese hecho la vieja Sakura ahora mismo —Ino la tomó de sus hombros, sonriéndole por su reflejo— Mírate y recuerda que esa eres tú ahora.

—Eso es, Sakura-san. ¿Qué hubiese hecho Sakura Genin? —apoyó Hinata

La Uchiha se analizó una vez más. Llevó un dedo a su mentón, pensativa. Sus amigas realmente podían conseguir lo que se proponían, pues Sakura comenzaba a sentirse parte de ese papel.

—Mhh... creo que primero cepillaría mi cabello y le daría un poco de humectación —resolvió, observándolo. Las mujeres asintieron.

—¿Y qué mas, frente? —la alentó, hurgando entre sus ocurrencias. Sakura se tomó unos instantes para hablar.

—Pues... quizás también colocaría un brillo en mis uñas. Y tal vez me iría a unas aguas termales a suavizar mi piel... Aunque eso suena más a la nueva Sakura —rio con sinceridad

Ino soltó sus hombros y exclamó con un aire de éxito.

—¡No se diga más! Una salida de chicas a unas aguas termales será perfecta para despejarnos, ¿verdad?

Sakura hundió su entrecejo, levemente incrédula.

—Te estás excusando, cerda perversa. Realmente eres tú la que desea todo esto.

—¿¡Qué dices, frente de marquesina!? —exclamó ofendida

—Yo... creo que sería divertido ir —expresó la Hyuga, rompiendo el ambiente—. No nos vendrá mal relajarnos.

—¡Ese es el espíritu que quiero ver! —Ino dio una suave palmada en su espalda— ¡Vamos ya a reservar! Y si tú no quieres ir frente, te arrastraremos. ¿Verdad, Hinata? —la aludida negó con sus manos, visiblemente incómoda

—Espera, cerda —Sakura la frenó— No piensas que saldré con este atuendo, ¿o sí?

—Oh, vamos. Si no te sientes cómoda en tu cuerpo, esa Sakura genin no volverá ni aunque le reces.

La pelirrosa desvió su mirada hacia su otra amiga, como buscando que al menos ella la apoye en esto. Hinata, sin embargo, asentía con su cabeza, haciéndole saber que quizás Ino tenía la razón.

Una fina gota de sudor recorrió su sien cuando, en ese mismo instante, un grito de regreso se oyó desde la entrada principal. «Oh, no. No ahora, por kami», Sakura maldijo en sus adentros. Porque ella sabía que no había un «Estoy en casa» igual que el que exclamaba su hija.

—¡Mamá! ¿Estás en casa, verdad? Tus llaves están en la mesa —Sarada alzó su voz, buscando ser oída

Sakura miró a sus dos amigas con palpable desesperación.

—¡Shannaro! ¿¡Qué le diré cuando me vea así!? —soltó en un forzado susurro

—Bueno, nosotras nos iremos... —rio nerviosa— Habla con ella, lo entenderá. Vendremos a buscarte cuando tengamos los pases para las aguas. Tú ponte linda, frente —acercándose a la ventana para marcharse, guiñó su ojo

—Suerte, Sakura-san —la azabache le regaló una sonrisa

La pelirrosa asintió antes de verlas desaparecer. Convenciéndose de que su hija lo entendería y que su aspecto no sería suficiente para espantarla.

—¡Ya bajo, Sarada! —le hizo saber, deslizando sus cremosas piernas por las escaleras

Cuando la vio, la pequeña Uchiha se encontraba guardando los alimentos que fue a comprar. Tan aplicada como siempre, su hija no volteó a verla hasta que el último producto estuvo en su lugar. Pero, cuando lo hizo, su reacción claramente no fue la que ella esperaba.

—¿Mamá? ¿Qué haces? —arrugó su ceño, confundida— ¿Estás intentando conquistar a papá? Eso definitivamente le dará un derrame nasal.

—¡S-Sarada! —exclamó avergonzada, sus manos negaban todo el asunto

—Bueno, bueno, ya entendí. Son cosas de adultos —revoleó sus ojos.

Sakura rio mientras removía sus negros cabellos. No sabía de dónde había surgido ese lado pervertido de su hija.

—Por cierto... ¿qué haces en casa, mamá? —cuestionó con intriga.

—Mhh... Sobre eso... —llevó un dedo a su mentón, pensativa.

Sakura le contó sus planes con Hinata e Ino, y también esa descarada forma de interrumpir su camino hoy durante el almuerzo. Sarada asentía con su cabeza. Mientras grababa cada detalle en su memoria, una pícara expresión se iba formando en su rostro.

—Vaya, así que la madre de Boruto también es de esas... —murmuró

—Oh, lo siento por dejarte sola, Sarada —juntó sus manos, preocupada— Encima que no almorzamos juntas, te abandonaré también en la cena —una mueca de culpa se hacía presente.

—Tranquila, mamá. Ya no soy una niña y tienes que tomarte un tiempo libre —la reprendió— Además, vendrá papá, ¿cierto? —disimuló su emoción

—Oh, así que quieres estar sola con papá —bromeó

—¡No! En realidad, preferiría que cenemos los tres juntos...

Sakura se inclinó hasta alcanzar su altura, su hija coloreó sus mejillas al instante. Dos de sus dedos golpearon su frente, mientras pronunciaba un dulce «será la próxima vez, Sarada».

(...)

Cuando la noche cayó, Sakura ya no se encontraba en la vivienda Uchiha. Había partido hace algunas horas, no sin antes pasar una linda tarde con su hija. En la calidez de aquél hogar, Sarada preparaba la cena diligentemente. Procuró esta vez agregarle tomates a la sopa de miso, tal como su madre le había recomendado. Ella no conocía los gustos de su papá en el día a día.

La cena estaba casi lista cuando Sarada oyó el timbre sonar huidizamente. Tapó la olla y secó sus manos antes de abrir la puerta, se cuestionaba mientras tanto algunos puntos. «¿Por qué rayos papá no tiene sus propias llaves si vive con nosotras?» El Uchiha tenía una conducta casi quimérica; siempre que visitaba a su esposa por las noches, Sarada sabía que ingresaba desde la ventana de su habitación, con un sigilo casi desproporcionado. Como si quisiera que nadie se enterase del asunto. «Papá es tan orgulloso», pensó.

De todas formas, él no requería un juego de llaves si casi nunca iba a visitarlas. «En efecto, no las usaría». Sarada revoleó sus ojos y abrió la puerta con particular calma. Naturalmente, su papá estaba allí. Su rostro estaba tan inexpresivo como siempre; la genin pensó que si seguía siendo así, se arrugaría muy pronto.

—He vuelto —soltó, Sarada había olvidado el sonido de su gruesa voz. Quizás comenzaba a emocionarse de volverlo a ver.

—Pasa, papá —se hizo a un lado— La cena ya debe estar lista.

Sasuke asintió con su cabeza e ingresó a su hogar. De inmediato, el aroma a sopa de miso y tomate ingresó a su nariz y gruñó en sus hambrientas tripas. Dio unos pasos, registrando su alrededor fugazmente. La pequeña volvió a sus labores y comenzó a servir la cena para dos.

—¿Dónde está Sakura? —preguntó. Normalmente, ella era la primera en desmayarse cuando él volvía a casa.

Sarada ahogó una vil mueca que amenazaba salir.

—Oh, para tu mala suerte seremos solo dos hoy, así que tendrás que soportarme. Mamá se ha ido a unas aguas termales con la tía Ino y la mamá de Boruto —le comentó, analizaba cualquier minúsculo cambio de expresión en su padre. Sin embargo, no había conseguido nada; su semblante permanecía imperturbable— ¿No crees que está teniendo un comportamiento inusual, papá? —sonrió pícara

—Hmp. Ya veo —sigilosamente, el Uchiha comenzó a ayudar a su hija a poner los platos y cubiertos en la mesa.

Sarada arrugó su frente, su papá definitivamente le había cortado la conversación. Un gélido silencio invadió el ambiente mientras tomaban asiento para devorar su cena. Sarada tosía falsamente de a ratos, casi nerviosa; el Uchiha, por su lado, simplemente comía impasible.

Por supuesto que su hija no lo notaba pero, dentro de su vasta mente, el dilema del cómo acercarse a ella lo detenía por completo; lo obligaba acaso a ensimismarse en su plato como si su alrededor no fuese existente. Sasuke no acostumbraba a estar a solas con Sarada y su esposa era quien usualmente lo apoyaba a la hora de hablar, disminuyendo cualquier posibilidad de que una situación como esta se presente. Se preguntó, acaso, por dónde empezaría Sakura si estuviera en su lugar ahora mismo. «Quizás un cumplido», pensó. Recordaba perfectamente las veces que su esposa lo había pateado bajo la mesa cuando comían algo que Sarada preparó hábilmente.

—Está... está bueno —una fina gota de sudor resbaló por su sien.

— ¿Mh? ¿Qué cosa, papá?

—Tsk.

Sasuke volteó su vista al plato, maldiciéndose en sus adentros.

—Oh, ya he entendido. Gracias. Mamá me ha dicho que le ponga tomate. A diferencia de mí, ella sí te conoce, ¿verdad? —soltó sin inhibirse

—Hmp —hizo una pausa, disconforme, mientras pensaba que quizás debía apuntar por otro lado— ¿Cómo vas con el lanzamiento de shuriken?

—Papá, ¡ya he mejorado eso hace mucho! —revoleó sus ojos.

Otra pausa interminable se hizo presente.

—Ya veo. Entonces, ¿ya has perfeccionado el Katon: Goukakyuu no Jutsu?

—Papá, tú me lo enseñaste —suspiró con pesadez.

—Hmp.

Silencio. La rápida mente de Sasuke pensaba en otras probabilidades, aunque su hija era lo suficientemente difícil. Quizás, siempre que se tratara de ella, ni la mejor de sus ideas funcionaría.

—¿Cuándo volverá Sakura? —preguntó, esperanzado.

—Mhh... No me ha dicho, ahora que lo recuerdo. Su comportamiento está extraño, parece que algo le preocupa. Le he recomendado tomarse un tiempo libre, sabes que suele trabajar en exceso.

El Uchiha frunció levemente su ceño por primera vez en el día, y no volvió a hablar en el transcurso de la cena. Sarada pensó que quizás estaba preocupado, aunque por supuesto que no lo diría abiertamente.

Cuando terminaron de cenar, Sasuke afirmó encargarse de los platos, ya que su hija había cocinado. Sarada subió a su habitación mientras tanto, debía limpiar sus shuriken y kunai. Aquello funcionaba, a la vez, como una especie de terapia para ella; sus pensamientos se animaban a fluir sin especulaciones. Sus ojos nadaban por el brillo metálico, y su mente por la inalcanzable conducta de su papá. Cuando parecía que comenzaba a entenderlo, una enredada fuerza lo alejaba de su presencia.

Sarada estaba lanzando algunos shuriken, cuando oyó un débil golpeteo en su ventana. ¿Acaso hoy todos tenían planeado interrumpirla? Creyendo que quizás se trataba de algún pájaro herido, la Uchiha corrió sus cortinas fugazmente. Sin embargo, sus ideas no podían estar más erróneas.

—¿Boruto? ¿Qué rayos haces? —con extrañeza, sus ojos se expandieron

El rubio llevó su índice a sus propios labios, indicándole que haga silencio.

—Sé que el tío Sasuke está aquí. ¡Me matará si me ve, 'ttebasa! —exclamó. Un escalofrío recorrió su espalda de tan sólo permitirse pensarlo.

Sarada endulzó el ambiente con una risa. Él tenía toda la razón. Sin embargo, su padre no era tan imbécil como para pasarlo por alto tan fácilmente.

—Papá no es tan débil, bakaboruto. Él ya debe saber que estás aquí —revoleó sus ojos

Boruto transformó su expresión al instante. Amagó salir corriendo, pero unas finas manos lo detuvieron mientras tanto.

—Tranquilo. Si no ha venido aún, es porque no te dirá nada —rio. Pese a que disfrutaba asustarlo, su crueldad no llegaba tan lejos— ¿Se puede saber a qué has venido a estas horas?

—Sobre eso... —rascó su nuca, sonriente— Ya sabes, mi mamá se ha ido con la tuya. Eso significa que estoy solo en casa con el molesto de mi papá, y no tengo tanta paciencia, 'ttebasa.

—¿Y has venido para que te consuele, o qué? —alzó una ceja, extrañada

—¡No! Sólo pensé que quizás... —desvió su mirada, levemente avergonzado— Ya sabes, quizás podíamos entrenar un poco.

—¿A esta hora?

—Bueno, si no quieres puedo irme con Shikadai 'ttebasa —rascó su nuca.

—Su madre te matará —recordó que, definitivamente, Temari daba miedo a cualquiera— No tienes remedio, bakaboruto. Pero sólo iré contigo porque tampoco soporto estar sola con mi papá.

—¡Si el tío Sasuke es genial 'ttebasa! —exclamó

—¡Shh, baja la voz!

En un acto reflejo, Sarada tapó la boca de su amigo con sus manos. Boruto abrió sus ojos, un color rosado comenzaba a invadir en sus mejillas. La pequeña Uchiha no tardó en reaccionar y recuperar su semblante.

—Como sea... ¿Vamos? —Sarada titubeó

El Uzumaki asintió y Sarada apagó las luces antes de seguirlo.