Un leve sonido provenía de la ventana, quizás provocado por quien avanza con prudencia. Hoy resultaba ser una noche llamativamente silenciosa, iluminada en cada rincón por la tibia luz de la luna llena. Pese a todo, eso no era suficiente para obstaculizar sus instintos. Aunque claro, sus movimientos serían más reservados si ella llevase las ropas indicadas para el asunto. Sus piernas, su trasero, y ni hablar de su busto o de sus hombros; todo aquello le entorpecía el objetivo. No sabía cómo había aguantado el día entero en esas prendas de nostalgia, pero sí que le había servido.
Para su buena fortuna, la vivienda Uchiha estaba vacía. Sabía que su hija jamás dejaba las ventanas abiertas ni las cortinas completamente deslizadas. Cualquier madre sabría si su niña ha escapado del hogar. Probablemente su esposo esté molesto, pues una vez que sus ceñidas piernas lograron saltar hacia su habitación, de inmediato la invadió el sonido ininterrumpido de la lluvia artificial. Ella estaba segura de que las cosas con Sarada no habían marchado bien.
Sakura se deslizó hacia el espejo mientras oía la ducha apagarse de a poco. Se veía radiante; quizás aún más que la misma luna que la iluminaba.
Sus amigas le habían insistido con que vuelva a esta hora. Porque, a pesar de que pasar el día con ellas había revitalizado por completo sus energías —incluso prometió no volver a dejar de lado su aspecto de nuevo—, ellas simplemente afirmaban que sorprender a su esposo con esa vestimenta sería la cereza del postre. El mejor cierre para sus dudas.
Lo esperó por unos instantes, aunque aquello no parecía durar tanto. Sakura se hallaba sentada en su cama matrimonial, las sábanas estaban ciertamente frías, o quizás ella lo suficientemente ardiente. Sus piernas se entrecruzaban, una sobre la otra, esclarecidas tenuemente por la luna. Llameaban subyugantes, al igual que sus rosadas mejillas o el fulgor cálido que desprendían sus ojos esmeraldas.
Su esposo la sentía. De hecho, ni siquiera necesitaba confirmarlo; de alguna manera desconocida, él simplemente sabía que ella estaba allí. Podía oler el aroma de su nívea piel, llamándolo con una desesperación casi anómala. Aunque claro que no se esperaba hallarla de esa forma.
Sasuke abrió la puerta de su habitación, ella estaba inusualmente vestida. Abrió sus ojos con notoria sorpresa al verla. Recordaba aquél símbolo Haruno en la pequeña Sakura que lo perseguía todo el tiempo, que con una simple mirada lo frenaba de su odio, lo alejaba de su oscuridad y de su deseo de venganza. Molesta, como siempre, ella era la luz de su camino.
Y allí estaba ahora esa misma mujer, bajo esas mismas ropas, pero vaya que los años habían hecho lo suyo. Sus senos rogaban por un poco de espacio tras ese diminuto cierre, y Sasuke no pudo evitar sentirse ciertamente perverso, porque de alguna forma, veía a esa Sakura genin en su ahora mujer. ¿Cómo es que esa lucha de imágenes podía excitarlo tanto?
—¿Sakura? —habló al fin
La pelirrosa se sentía extrañamente poderosa hoy, notoriamente segura de su cuerpo. Deshaciendo el enredo de sus piernas, y deslizándose furtivamente hacia él, Sakura lo devoró en un segundo con su ardiente mirada.
—Bienvenido, Sasuke-kun —la dulzura de su voz de alguna manera se oponía a su excitante aura
Sakura agradeció por su campo visual. El Uchiha vestía un simple pantalón negro, dejaba al descubierto su delgado cuerpo y su marcado abdomen. Sus cabellos negros goteaban indiscriminadamente sobre sus llamativas clavículas, su piel blanca le pedía a gritos ser probada. Y así lo hizo.
Venciendo el pálpito de la excitación en aumento, Sakura tomó la mano de su esposo y lo dejó caer sobre las blancas sábanas. Sentándose sobre su entrepierna y evitando endemoniadamente el contacto con su parte más vil, ahogó su rostro en su cuello y dio el pie a un camino de besos.
El ojo de Sasuke se tiñó al fin de color sangre. Gozaba de una perfecta visión de sus senos y, casi enloqueciéndolo, sus carnosos muslos se apretaban en su cuerpo con sugestión. Casi por reflejo, dirigió su mano a uno de ellos, apretando quizás a la intensidad de los besos que Sakura hundía por su blanca piel.
El cálido aliento de su esposa invadía cada rincón de su cuello, podía sentir sus eróticos colmillos impregnarse con delicadeza. Aquello no hacía más que aumentar la tensión de su entrepierna, comenzaba a sentirse demasiado apretado allí.
—Sakura... —dejó escapar su nombre, mientras hundía su grande mano en su ceñido trasero.
La pelirrosa no pudo contener la sonrisa. Tras morder su mandíbula, sus dedos comenzaban a cosquillear por su fuerte abdomen. Su mirada se dirigía a sus finos labios, y su lengua no pidió permiso para acariciar el lóbulo de su oreja. Quizás su aliento era lo mejor del asunto.
El Uchiha llevó su mano a los cabellos de su esposa y, en un efímero movimiento, atrapó sus jugosos labios. Sakura dio un gemido de sorpresa y abrió su boca para permitirle el paso. Sasuke buscó enredar su lengua con la suya y darle el paso a una danza de saliva y eróticos sentimientos. Sakura movió sus caderas circularmente por su entrepierna, comenzaba a sentir sus bragas demasiado húmedas y debía hacer algo al respecto.
Su esposa mordió su labio inferior tras romper el seductor beso. Un disconforme gruñido se escapó de la boca de Sasuke, quien recién había comenzado a probarla como tanto ansiaba. La pelirrosa no hizo caso y continuó con un camino de caricias, besos y lamidas por su marcado abdomen. Por Kami, sí que podía excitarse de tan sólo observarlo. Su esposo era jodidamente perfecto.
Con ese pensamiento en mente, la boca de Sakura comenzaba a palpitar de la ansiedad. Llena de saliva, quizás producto del deseo, no tuvo más remedio que relamer sus labios y bajar su rostro hacia su punzante entrepierna. El Uchiha no pudo hacer más que observarla quitar sus pantalones del camino mientras acariciaba sus blancas piernas. Podía leer sus intenciones y eso no podía provocarlo más.
Sakura se deshizo hábilmente de su última prenda, su esposo estaba completamente a su merced ahora mismo. «Oh, estás tan duro Sasuke-kun», pensó. Su imponente miembro rogaba por ser probado, y Sakura comenzaba a humedecerse vehemente de la sed.
Tras una última mirada a su esposo, quien apretaba su mandíbula con impaciencia, la Uchiha sonrió con triunfo antes de deslizar su lengua por su hinchado glande. Oh, sí que se le había antojado probarlo. Sakura dio circulares lamidas en su alrededor antes de introducirlo de a poco en su boca, con diligencia. Sasuke cerró sus ojos con tensión, y daba ahogados gemidos de placer mientras su mano se hundía titubeante en sus rosados cabellos.
El Uchiha llevó su cuello hacia atrás cuando Sakura envolvió su miembro por completo en su boca. Sasuke sentía la calidez abrasadora de sus labios, mientras subía y bajaba, sin dejar de lamer su exquisita masculinidad.
—S-Sakura... —gruñó, su voz malditamente ronca
La pelirrosa gimió del placer y lo observó mientras tanto. Él abrió sus ojos para verla. La imagen lo excitó aún más, si eso era posible. Sus ojos jade ardían, sus mejillas estaban completamente rosadas y sus cabellos despeinados en señal de que él había dejado su mano allí, testigo del placer que sus labios le provocaban.
Quizás el ruido de su boca ahogarse con su masculinidad era lo que más lo provocaba. O su coqueto rostro mientras lo hacía, o aquellas prendas que le habían regalado la mejor vista de su vida. Sakura aumentó la velocidad de repente y la respiración pareció abandonar su cuerpo.
—S-Sakura... no podré aguantar —confesó, sus ojos habían vuelto a cerrarse
Diablos. La definición de Dios, del cielo, estaba justo frente a sus ojos. La pelirrosa frenó sus lamidas, y justo cuando estaba por hablar, su esposo la encerró bajo su cuerpo. Había esperado tanto por esto; Sasuke necesitaba probarla. Su respiración aún avanzaba con irregularidad y su miembro no dejaba de latir por haber frenado en un demoníaco y tan preciso punto. Sin embargo, aquello no le importaba.
Sasuke la miró con su ojo sangre.
—Te arrancaré la ropa... Sakura —advirtió en un susurro
—Oh, hazlo de una vez —gimió
Sin mucho esfuerzo, el Uchiha deslizó el pequeño cierre de su atuendo, admirando la vista entre tanto. Cuando tuvo que deshacerse de sus pantaloncillos negros, la impaciencia y el deseo lo invadió por completo. Sasuke desgarró su última prenda y la lanzó, rota, por algún lugar de la habitación. Su esposa vestía un inusual conjunto de encaje color carmesí que se adecuaba perfectamente a su formado cuerpo. Aunque él no entendía demasiado de esas cosas, aquella ropa le resultaba extremamente erótica. Una palpitante sensación irradió en su entrepierna.
—¿Te gusta... Sasuke-kun? —ronroneó
—Tsk. Eres perfecta, Sakura —gruñó ronco, mirándola a los ojos
El Uchiha no tenía tiempo para las palabras. Se deslizó hacia su sostén y, observándolo por última vez, se dispuso a desabrocharlo con delicadeza. Pese a que su excitación le demandaba arrancarlo con sus dientes, su esposa probablemente no quiera verlo destrozado. Lo lanzó por la habitación y, sin un mayor rastro de paciencia, atrapó un seno con su mano.
Sasuke repartió estratégicas lamidas por sus duros botones y los masajeó lento y suave entre sus dedos. Sakura jadeaba incesante, su esposo lo hacía demasiado bien. Su nívea piel lo estaba enloqueciendo; sin romper la deseosa atención con sus pechos, el Uchiha deslizó su mano por su delicada cintura entre suaves caricias. Frenó, sin embargo, cuando se encontró con su punzante feminidad en el camino.
—¿Quieres que te toque, Sakura? —sonrió ladino en su oído
—S-Sasuke-kun... —gimió
El Uchiha rozó su entrepierna con sus dedos y tiró del elástico de sus bragas.
—Respóndeme —con voz amenazante, volvió a lamer sus duros botones. Ella sentía que el calor la invadía por completo.
—Sí... hazlo —susurró, su cuello amagaba irse para atrás cuando su esposo comenzó a masajear sus pechos con fuerza
—Pídelo —rozando los húmedos labios de su feminidad, Sasuke comenzó a torturarla
—Sasuke-kun... tócame, por favor —sintió sus mejillas enrojecerse aún más— Hazlo, cariño...
Obedeciendo a sus placeres, Sasuke introdujo vehemente dos de sus dedos en su interior. Sakura gimió al instante que él comenzó a bombear con fuerza, una y otra vez. Su nombre resonaba en sus oídos y su respiración se entrecortaba; aquello parecía ser casi como una pieza musical.
—¿Quieres más fuerte, Sakura? —alzó sus cejas, sus ojos negros ardían
La pelirrosa asintió entre jadeos y él introdujo otro de sus dedos. Sasuke bajó hacia su clítoris y repartió estratégicas lamidas que, definitivamente, la estaban llevado al cielo. El calor de su cuerpo se unificó por completo en esa zona, provocando que Sakura retuerza su espalda del placer. Él la estaba enloqueciendo.
—S-Sasuke-kun... —ronroneó, sus manos se clavaban con fuerza en su espalda y en sus negros cabellos— Voy a...
El Uchiha aumentó la velocidad al instante. Sus dedos bombeaban con fuerza en lo más profundo de su intimidad y su lengua se deslizaba de arriba abajo por su botón más sensible. Sakura no iba a aguantar más.
Un grito se ahogó en el ambiente y las piernas de su esposa comenzaron a temblar inevitablemente sobre su cuello, mientras su néctar invadía su lengua por completo. Sasuke relamió sus labios y rompió tan sólo un poco su cercanía, lo suficiente para observar el lado más vulnerable de su esposa. Sakura respiraba agitadamente y recorría lento con sus manos su delgado cuerpo, evidenciando lo mágico del orgasmo que su esposo le había provocado hace unos instantes.
Sin decir una palabra más, su esposa asintió como pudo cuando él incorporó la punta de su miembro en su abertura. La miró a los ojos una vez más antes de al fin hundirse en ella.
—Te amo, Sasuke-kun —jadeó. Su mirada era tan pura como la luna que los iluminaba
El Uchiha sintió cómo sus brazos envolvían su espalda en un romántico gesto.
—Te amo, Sakura.
Y en un suave movimiento, Sasuke se fundió en ella. Sus embestidas eran lentas, suaves, armonizadas con el ritmo de sus gemidos. El Uchiha gruñía levemente sobre sus oídos, sus movimientos se volvían más frenéticos con el correr de los segundos. Tan húmeda y estrecha como siempre, las paredes de su esposa se contraían con cada una de sus profundas embestidas.
Dando pie así a una noche donde demostrarían su amor de la forma más pura, sobre húmedas y cálidas sábanas. Hasta que la respiración de ambos al fin se duerma, juntos.
Nada podía separarlos. Ni hoy, ni nunca.
