La casa Badblood nació en el Taller Creativo del Foro "Alas Negras, Palabras Negras" (cuatro años atrás). Y recién ahora se me dio por desempolvar estos personajes. Esta recopilación narrará desde la fundación de la casa, por Warren el Maldito, hasta los acontecimientos actuales de la saga.
Personaje: Warren Badblood.
1. Warren el Maldito, parte I
Warren el Maldito se ganó su apodo el día que retorció el cuchillo en el corazón negro de su hermano.
Durante años había soportado el desprecio y el maltrato continúo de su padre. Fremont era un hijo buscado, anhelado; él, por otro lado, no era más que otra boca para alimentar. «Estaba a punto de abandonar a esa zorra cuando se quedó preñada de ti. A saber si eres mío.» Mientras su hermano tenía el pelo pajizo y la nariz aguileña de su padre, Warren tenía el cabello dorado y los ojos grises que suponía haber heredado de su madre.
Al menos, la zorra —como a Emmon le gustaba llamarla— había tenido la decencia de no recuperarse del segundo parto y morirse poco después. Y Warren nunca conoció una voz gentil o unas manos cálidas que lo consolaran después de una caída.
Como regalo de cumpleaños por su noveno día de nombre, su padre lo puso a trabajar en las plantaciones de arroz y cebada. «Fremont será armado caballero por el mismísimo señor de Harrenhal, ¿qué clase de caballero sería sin una armadura y una montura?» Su padre tenía las monedas suficientes para comprar una armadura y un yelmo cubiertos de herrumbe. Quizás de algún caballero que hubiera muerto al servicio de Salinas o Poza de la Doncella.
«Aún le falta la espada —pensó Warren—. Un caballero no es tal sin una espada.»
Pero Fremont había llegado a la humilde choza con una espada de acero que relucía bajo la luz mortecina de la mañana. «Es acero valyrio. Harren me la dio para que me entrenara con ella», dijo con una sonrisa cruzándole el rostro.
Su hermano juraba conocer las infinitas torres de Harrenhal y haber compartido el pan y la sal con su señor. «Harren el Negro vio la valía de tu hermano, a pesar de su origen bajo. En cambio, tú no sirves para nada.»
Cada vez que cobraba el fruto de su trabajo en las plantaciones, Emmon le arrancaba las monedas de los dedos y las guardaba en una vieja bota de Fremont. Luego, ocultaba el zapato junto a la espada de acero valyrio. «Debe ser una espada robada. De lo contrario, no la escondería con tanto esmero o prohibiría hablar de ella. —Fremont había sido tajante en la no mención del objeto—. Si lord Harren le dio una espada tan costosa, no era para guardarla junto a una bota maloliente.»
Los golpes, las palabras envenenadas y el trabajo forzoso de sol a sol y bajo lluvia, no quebraron el espíritu de Warren; las mentiras sí.
Junto a la rivera este del Ojo de los Dioses se alzaba una posada llamada «El cerdo amarrado» a donde los sembradores iban a beber luego de la jornada. Allí encontró a Fremont, convirtiendo las monedas de cobre en cerveza negra que bajaba por su garganta. Cantaba, reía y bailaba con una muchacha regordeta de mejillas rosadas.
—Bésame, hermosa dama, y estarás besando a un futuro caballero.
—De lo único que serás caballero es de los nabos de vuestra huerta —contestó ella, y las carcajadas estallaron a su alrededor—. ¿Tu padre sigue creyendo que Harren te dará las espuelas?
—Está contando los venados para comprarme un caballo.
La rabia invadió a Warren al escuchar su confesión. Sintió el calor subieron por su cuello hasta la frente. Quiso enfrentarlo allí mismo. Pero, ¿de qué serviría? En la posada del Cerdo Amarrado ya todos conocían la pantomima de su hermano. No había ningún regocijo en exponerlo frente a borrados y cantineras. En cambio, si le decía la verdad a su padre la imagen de Fremont se resquebrajaría frente a sus ojos.
Warren volvió a la choza de paredes de barro y suelo de paja, sintiéndose rabioso por la farsa y dichoso porque, después de tantos años, su padre lo valoraría.
«Yo nunca mentí. Fui obediente, trabajador, sacrificado, incluso cuando deseaba dejar todo atrás.»
—Padre, padre —llamó cuando llegó. El hombre acostumbraba dormir después de labrar la tierra; al ocaso daba de comer a los cerdos y cabras—. Hay algo que debo decirte sobre Fremont. Harren el Negro jamás pretendió armarlo caballero. Solamente fue una ment…
Las palabras se le ahogaron en el sabor metálico de la sangre. Antes que pudiera esquivar su mano, ya la tenía cerrada en la boca. Los ojos de Emmon estaban inyectados en pura ira.
—La envidia gobierna tu lengua cizañera. Cuando regrese tu hermano, repetirás esas mismas palabras si eres tan valiente.
Y Warren así lo hizo, pero lo único que obtuvo como respuesta fue una risotada retumbante.
—Lo escuché hablando con una mujer en la posada del río. Ella sabía que era mentira. Y se burlaban de que estabas juntando para su caballo. ¡Lo juro por los Siete! —gritó él—. ¿Hace cuántos años Harren el Negro le prometió armarlo caballero? Si pretendiera hacerlo, ya lo habría hecho, y él mismo le habría dado la armadura, el yelmo y el caballo junto a la espada de acero valyrio.
Una sombra oscura se posó sobre el rostro de su padre. Apretó los labios. Sujetó a Fremont por las solapas del jubón.
—Dime que lo que está diciendo es mentira. ¡Dime que es una crueldad fruto de su envidia e inferioridad! Dímelo, Fremont…
Su hermano fue demasiado cobarde para sostenerle la mirada mientras la decepción rompía en pedazos su alma. «Todos estos años… Trabajo, tiempo y dinero. Todo en vano. Fremont el Caballero», pensó con ironía. «¿Cuántos golpes recibí por Fremont el Caballero? ¿Cuántos desprecios…?» No era capaz de contarlos.
Tomó el cuchillo plateado que su padre utilizaba para capar a los cerdos. El metal se sintió frío contra su piel pero, antes que pudiera darse cuenta, la sangre cálida le corría por entre los dedos. Hendió el arma hasta el mango en el corazón impostor de su hermano. Los ojos avellanas quedaron fijos en él mientras la vida se le escurría a través de la herida.
«¿Qué he hecho?», se preguntó cuando ya no había vuelta atrás.
—No hay hombre más maldito que el que derrama su propia sangre. Mataste a Fremont. ¡La ira de los dioses caerá sobre ti!
«Los dioses nunca escucharon mis plegarias y tampoco te dieron tu castigo —pensó. Dejó caer el cuchillo ensangrentado—. Pero no tenía que ser así.»
Cuando los soldados de Harrenhal lo encontraron, el cuerpo de su hermano estaba rígido y cubierto de sangre; el de su padre, inmóvil. El corazón le había estallado del disgusto por perder a Fremont dos veces: Fremont el Caballero y Freamont Hijodeseado. Warren estaba sentado en medio de ellos dos, con el cuchillo a los pies y las manos rojas.
No había sabido qué hacer o a donde ir. «La voz se correrá, me atraparán de todas formas. Cuánto me hubiera gustado que padre comprara ese caballo.» Así que esperó a la justicia del Señor Supremo de las Tierras de los Ríos. Sabía que se encaminaba a una muerte dolorosa, pues era conocido el gobierno tiránico que Harren el Negro ejercía en aquellas tierras.
«Me arrojará a uno de sus calabozos o me colgará en una de sus múltiples torres, tendrá para escoger en cuál. —Harrenhal era un monumento al egocentrismo de su señor, con sus cuatro torres que intentaban tocar el sol—. Qué ironía de la vida que en verdad vaya a ver en persona a Harren el Negro mientras que Fremont solamente mentía sobre ello.»
El señor estaba sentado sobre un trono de ébano, de raíces entretejidas en los brazos y piedras grises en el respaldar. Parecía aburrido, más que contrariado o malvado.
—¿Cuál crimen recae sobre este muchacho?
—El chico mató a su propio hermano. Y quizás a su propio padre.
—A mi padre le reventó el corazón —dijo Warren. No quería que lo ajusticiarán por un doble crimen que no había cometido—. Sí maté a Fremont, pero fue porque él era un mentiroso.
Harren el Negro se inclinó hacia adelante para escrutarlo con la mirada.
—¿Cuántos años tienes, chico?
—Catorce, señor.
—Cuando tenía catorce años ya estaba soñando con mi propio castillo. Torres, fosos y patios de armas. Pero los de tu clase no pueden soñar más que con cuernos de cerveza y tasajo de buey en sazón. Si estuviéramos en guerra, te pondría una espada en la mano y te ordenaría luchar por mí. Pero son tiempos de paz. Y si los dioses quieren seguirá siendo así. —Chasqueó la lengua—. No te puedo dejar impune por tu crimen. Pero no te arrojaré al foso del oso. Ese no es un espectáculo que quiera dar en mi glorioso castillo.
»Edmyn Tully es el señor de Aguasdulces. Le gusta recordarme lo ineficaz que soy para velar por la seguridad de mis súbditos. Estoy cansado de escuchar su parloteo señorial. Yo solamente quiero pasar tiempo con mis hijos y contemplar mi castillo. Lord Tully está necesitando jóvenes fuertes y voluntariosos que construyan el puente levadizo y las catapultas que los Hombres de Hierro destruyeron. Así que te preguntaré: ¿sabes nadar?
Y así comenzó el camino de fundación de su propia casa.
Nota de la autora: Gracias a Lucy (High Flying Birds) por betear esta viñeta y por su infinita paciencia.
