No se había percatado de lo mucho que había extrañado su hogar, sino hasta que su característico aroma impregnó su nariz; hasta que sus oídos se adueñaron de los leves ruidos de la gente paseando por sus calles, ofreciendo la venta de algún producto, de los niños jugar mientras sus madres hacían las compras. Sintió una pizca de nostalgia antes de abrir la puerta de su departamento. ¿Será que él también sentía lo mismo? Ella lo vio por el rabillo del ojo. La mitad de su rostro estaba totalmente cubierta por sus largos cabellos negros, aún más desaliñados que antes, como la viva prueba de los dos años de frías estancias en cuevas, de fogatas interminables, y baratas posadas que jamás había creído pisar alguna vez. Aunque su semblante imperturbable se mantenía firme, ella simplemente podía leer el brillo de sus negros ojos. Ese tipo de cosas no le pasaban desapercibidas. Y es que lo conocía tanto, tanto como su palma de la mano, como si fuese una extensión de su mismísima alma. ¿Acaso lo era? La conexión que Sakura tenía con él era realmente indescriptible. No tenía límites: iba mucho más allá de lo físico, de las distancias, de todo vano intento de trasmitirlo en palabras, en tontos símbolos. La puerta se abrió de un crujido, sonido que casi le dio la bienvenida a casa y le rogó a la vez por un poco de atención a la vieja y oxidada cerradura.

A veces, los planes no tienen ganas de ocurrir como uno exactamente lo espera. Sakura había inhalado profundo, con cierta esperanza de descubrir en su departamento el aroma de bellos recuerdos; sin embargo, el pesado olor a polvo y humedad la invadió casi al instante, provocando una inconsciente contención de su respiración por unos segundos. Dura realidad. Apretó aún más a su bebé Sarada entre sus brazos, en un acto claramente maternal. Tampoco recordaba que su vieja casa sea tan pequeña como para tres integrantes. Ni tan llena de telarañas en todos los rincones...

—¡Oh, Shannaro! —Sakura suspiró rendida, las piernas le dolían al haber viajado por varios días, y más aún por cargar un bebé en sus brazos entretanto. Realmente no estaba preparada para afrontar una larga sesión de limpieza.

El hombre a su lado esbozó una irónica sonrisa, provocando que sus ojos se cierren y un leve murmuro resuene por su nariz. Sasuke realmente se lo esperaba.

—Lo siento, Sasuke-kun, no creí que estaría todo tan... —la mujer arrugó la frente, en un gesto de duda— abandonado...

—No hace falta que te disculpes, Sakura —con cierto fastidio por prevenir la reacción de su esposa, apretó el puente de su nariz, acaso obteniendo la paciencia que requería.

Sasuke dio unos pasos al interior de la residencia y, acto seguido, cerró la puerta tras de sí.

—¿En verdad piensas quedarte aquí? —Sakura volteó a verlo, con sus ojos ligeramente sorprendidos.

Él rompió el contacto visual inmediatamente. Y es que lo que estaba por decir rompería por completo su semblante, su orgullo de hombre y de Uchiha.

—Hmp. ¿Dónde tienes un plumero, Sakura? —pocas veces el rubor se le subía a las mejillas de esa forma

Ella entreabrió sus labios, desconcertada. Tras unos segundos sin habla, se percató de la pesadez de su silencio y, ciertamente, la mirada de su esposo clamaba por unas palabras de ayuda. Sakura recobró la sonrisa en su rostro, relajando al fin la postura del azabache.

—Ten un segundo a Sarada, cariño. Iré a buscar las cosas para limpiar.

Luego de recibir un murmuro como aprobación, Sakura le entregó con especial cuidado a la pequeña y se marchó en un ligero paso. Su esposo la cargó de manera inexperta en su único brazo, aún no se acostumbraba a ese tipo de situaciones, Sakura era quien siempre la llevaba. Al sentir el brazo de su papá, Sarada comenzó a lanzar risas al aire y sus mejillas adquirieron rápidamente un tono rosado. Sasuke abrió sus ojos con sorpresa. La mandíbula se le había tensado; ¿por qué ella reaccionaba de esa forma al verlo? Sus pequeñas manitas jugueteaban con sus largos cabellos negros y lo incitaban a acercarle más su rostro. Él no se molestó en apartarla. Al contrario, Sasuke estaba completamente aferrado a ese cálido sentimiento.

Permaneció de pie, sin mover su cuerpo ni un milímetro del lugar. Sarada ya se había dormido para cuando Sakura volvió con los elementos de limpieza. Parece que jugar con su papá la había cansado. La pelirrosa observó esa escena con ternura.

—Encontré este moisés. Aunque es un poco pequeño, Sarada puede dormir en él de momento —Sakura lo colocó en el suelo y sacudió las blancas sábanas. Subió la vista hacia su esposo, con cierta mirada de complicidad.

Él comprendió lo que ella le estaba diciendo. Con extrema cautela para no despertarla, y en movimientos tal vez demasiado lentos para el ninja, depositó a la beba sobre su ceñida nueva cama. Sarada murmuró algunas risas entre sueños.

—Oh, parece que está contenta, Sasuke-kun —Sakura meció el moisés con dulzura.

—Hmp.

—Al fin tendrá dulces sueños, en una cama confortable. ¿Verdad?

Sasuke asintió con la cabeza. Los primeros meses de Sarada habían sido difíciles para ellos. Ya no podían dormir en alguna cueva como antes —aunque Sasuke siempre intentaba que su esposa duerma cálida y bajo un techo—, y como no en todos lugares había cunas de bebés, tuvieron que hacer varias improvisadas en el camino. Sin mencionar que sus trayectos cada vez eran más interrumpidos, pues Sakura tenía que darle el pecho tras algunas horas, o la pequeña Uchiha simplemente comenzaba a llorar porque quería descansar. Por esto y otras razones, ambos coincidieron en que lo mejor era regresar a la aldea cuanto antes. Afortunadamente, su última parada había sido en el País de la Hierba, donde recibieron el apoyo de Karin y Suigetsu en la vuelta a Konoha.

—Deberías descansar, Sakura —la gruesa voz de su esposo la sacó de sus pensamientos.

Ella volteó a verlo y su reacción fue inmediata. Con sus manos quiso reprimir su risa, mas unos risueños soplidos salieron por su nariz delatándola. Sasuke arrugó la nariz en un semblante sombrío.

—¿Qué es lo gracioso, Sakura?

Y es que no todos los días gozaba de ver al Uchiha batir un plumero de forma inexperta, más haciendo el ridículo que siendo funcional. Él la observaba expectante, su esposa a veces resultaba ser un tanto molesta.

—Lo siento, Sasuke-kun —ella tenía las mejillas levemente sonrosadas por aguantar la carcajada—. Déjame ayudarte.

—Tsk.

Pese a su actitud de enfrentamiento, Sasuke sonrió ladinamente cuando la vio acercarse. Tal vez tener una sesión de limpieza no sea tan malo después de todo.

—En primer lugar, creo que debes sacarte esto, cariño. Te será incómodo si no lo haces —Sakura desabrochó su larga capa negra satisfactoriamente, y la apoyó sobre un sillón.

Él se limitó a observarla actuar, sin rechistar. Realmente no tenía ese tipo de confianza con nadie más en este mundo, —ni en el otro posiblemente, si es que lo había—. Luego, ella se alejó para recoger su largo cabello rosa en una coleta, pues le había crecido lo suficiente en este tiempo, y tomó otro plumero. No se molestó en ocultar su soberbia. Definitivamente le mostraría cómo se hacía. El Uchiha, por su parte, la desafió en un gesto inquisitivo. Sabía lo competitiva que ella podía llegar a ser, aún en aspectos tan simples y cotidianos como éste. Realmente era molesta, pensó. Pero el cabello atado le quedaba ciertamente atractivo.

Sakura se subió a una silla para ganar la altura suficiente, y llegar así a quitar hasta la más recóndita telaraña. Sintiendo la mirada de su esposo sobre su espalda, se inclinó aún más sobre la punta de sus pies, y en un preciso movimiento sacudió el plumero idóneamente.

—¿Lo ves, Sasuke-kun? —su voz lo hacía ver completamente sencillo.

El Uchiha tuvo que contenerse para no bajar la vista hacia el imponente trasero de su esposa tras ese ceñido pantaloncillo blanco. El natural movimiento de sus caderas al ladearse para limpiar, sumado a la perfecta estatura que esa silla le otorgaba, hacían de esa tarea algo verdaderamente complicado. Una fina gota de sudor se deslizó por su frente. No es que él se considerara un pervertido; estaba enteramente confiado en que no lo era. Había conocido a varios de esos en su vida, y agradecía no pertenecer a ese grupo de idiotas. Sin embargo, no podía evitar ser un hombre y, de vez en cuando, se sorprendía de encontrar a su mente fantaseando con esa mujer, aun cuando ella no lo provocaba intencionalmente. Como en esta ocasión.

Sasuke apretó los dientes discretamente. Ella no iba a dejar de demostrarle cómo demonios limpiar correctamente hasta que él le dé la razón, admitiendo contra su dignidad que el conocimiento que tenía en el área simplemente era menor al de ella. Era caprichosa y de voluntad inquebrantable.

—Sakura —la llamó

—¿Mh? —ella arqueó la espalda para verlo, algunos mechones se habían desprendido de su improvisada coleta— ¿Qué ocurre, Sasuke-kun?

El aludido suspiró rendido.

—Sólo deja de hacer eso —se dio media vuelta

Sakura alzó una ceja, desentendida. ¿Por qué demonios actúa de esa forma?, pensó.

—No entiendo qué te sucede, pero no te quedarás allí parado —lo regañó con total confianza—. Puedes encargarte de limpiar nuestra habitación. Yo terminaré con el living, y luego iré a ayudarte.

Aunque Sasuke no la estaba observando, tan sólo con oír el firme tono de su voz le bastaba para visualizar la expresión de su rostro. Con el fin de evitar una discusión innecesaria, dio un murmuro de aprobación a sus palabras, y se limitó a obedecer. No le avergonzaba tener ese tipo de reacción con ella, tenía bastante en cuenta su inflexible carácter y sus escasas posibilidades de manejarlo.

El azabache se dirigió a la habitación y comenzó a limpiar con cierta brusquedad en sus movimientos. Él no era suave, preciso, ni delicado, como su esposa. Maldijo en sus adentros. Realmente no era algo que disfrute hacer. En otro momento, se hubiese desconocido, se hubiese sentido ajeno a sí mismo; sin embargo, ahora mismo, privilegiar el bienestar de algunos sobre el suyo, no era algo impropio en sus conductas. Por lo que, aun lamentándose de no poseer su otro brazo, ni de manejar tan aplicadamente aquél plumero como su katana, simplemente continuó con lo suyo, esperando con eso librarle un poco de peso a su esposa.

Sasuke ni siquiera había terminado con la mitad de la habitación cuando la dueña de sus pensamientos irrumpió su calma. Se dio la vuelta para verla, con una cara que probablemente haga llorar del miedo a Sarada si lo veía.

—Oh, qué lento eres, Uchiha —ella tenía las manos firmes sobre su cintura, y una expresión divertida.

—Tsk —Sasuke sonreía ligeramente, realmente le atraía su confianza para desafiarlo.

—Ya he terminado por allá, Sasuke-kun. ¿Me dejas ayudarte?

Él volvió su atención al movimiento del plumero. Su falta de respuesta era suficiente; ella comprendió que no estaba con ánimos de aceptar su ayuda. Claro, no iba a terminar de destruir su orgullo por completo; si acaso una pizca quedaba, a ella se aferraría hasta no tener más opciones.

—No tienes remedio —Sakura negó con la cabeza, su sonrisa aun no desaparecía. Se acercó a su esposo en una fracción de segundo, tomando de imprevisto el elemento de su mano—.¿Por qué no vas a comprar algunas verduras para la cena? De paso, si quieres, puedes ir a lo de Kakashi-sensei. Recuerda que él quería verte.

Sus ojos negros se clavaron en ella con determinación.

—No me iré, Sakura. Dije que te ayudaría —su voz era pausada.

—¡Shannaro! ¡No me subestimes, cariño! —ella alzó su puño, provocando que el Uchiha arrugue sus ojos en una especie de sonrisa.

Él observó a su esposa subirse a una pequeña mesa con su plumero. Sí, su plumero. Se lo había arrebatado, ¿cómo podía interpretarse eso, si no es como una derrota?

—Tú ganas, Sakura —le dio la espalda—. Pero no te la dejaré tan fácil la próxima vez.

—Sí, sí, como digas... —con voz incrédula, lo vaciló

Sasuke amagó la risa antes de abandonar la habitación. Realmente hablaba en serio, aunque ella no lo sabía.

Las calles de la aldea tenían un aroma tan peculiar. ¿Cómo es que sus sentimientos se mantenían? Lo había evitado por tanto tiempo, pero jamás pudo desgarrarlo de su alma por completo. Entendió que había emociones que sólo se encontraban en los lazos verdaderos. Su apariencia no era la misma, él ni siquiera era ya el mismo. El tiempo le había dejado varias cicatrices en el cuerpo, algunas arrugas en su rostro, y el pesar de no haber estado en su hogar todos estos años. Hallándose frente a la icónica torre del Hokage, se sorprendió por los visibles cambios de ésta. ¿Por qué, pese a todo, sentía complaciente a su corazón? Curiosamente, hoy era de esos días en los que el sol parecía abarcarlo todo. No podía ser un escenario más perfecto. La leve brisa del otoño mecía las amarillas hojas, y algunas otras crujían bajo sus pies en cada movimiento. Sintió sus largos cabellos volar radicalmente, dejando a la vista su poder ocular. Al ingresar a la torre, algunas personas lo observaban en un aire demasiado molesto. Otras, murmuraban sin siquiera importarle que él podía escucharlos. Siguió avanzando hasta su objetivo, ignorando sin mucho esfuerzo esas actitudes irritantes, que él ya había previsto de todas formas que ocurrirían. Sasuke inhaló el aroma a ambientador y desinfectante que parecía ahondar cada espacio.

Se detuvo frente a la puerta del Rokudaime. En realidad, no esperaba hacerlo. Pero una frenética y fastidiosa voz que en cualquier estado reconocería se asomaba desde el otro lado. No tuvo más opción que recargarse contra la pared y esperar. Llevaba sus ojos cerrados, lamentándose por perder el tiempo de esta forma, y más aun de tener que oír conversaciones innecesarias sobre su persona.

—¿¡De veras, viejo!? ¡El teme no me ha dicho nada!

—Claro que no te lo dirá, si ni siquiera te habla para saludarte.

—¡Eso ha sido muy cruel 'ttebayo! —gritó sin reparo

—Si ya has entendido, puedes retirarte, Naruto —su voz sonaba realmente abatida.

—¡Déjeme verlos, sensei! Hace años no me reúno con mis amigos, usted también debe extrañarlos. ¡Y más ahora que tienen una niña 'ttebayo! ¿¡Por qué soy el último en enterarme!?

—Lo sé. Pero debes entender que acaban de llegar de un largo viaje —suspiró rendido—. Además, son una pareja ahora. Tienes que darle su espacio.

—¡Ellos no deben pensar lo mismo! —contraatacó

Sasuke, con su semblante inexpresivo, pensó que no podía estar más errado.

—Naruto, déjame terminar mi trabajo, ¿quieres? —su tono de voz se volvió rígido

El rubio balbuceó algunas irreconocibles palabras para luego abrir la puerta con fuerza. No obstante, su expresión resignada se transformó drásticamente al toparse con su mejor amigo, tranquilamente recargado sobre esa pared. Definitivamente no se esperaba aquello.

—¡Teme! —amplió una enorme sonrisa, chocando su puño en su hombro

El Uchiha abrió al fin sus ojos al sentir su tacto. Sin embargo, tal vez no debería haberlo hecho; su expresión era demasiado sombría e intimidante. Aunque, por más molesto que le resultara, en verdad le alegraba ver a su ruidoso amigo.

—Hablaremos más tarde. Tengo asuntos que atender —recordó que, además de visitar a Kakashi, Sakura le había pedido comprar unas verduras.

—¿¡Eh!? ¿Por qué todos me dicen lo mismo, 'ttebayo? —suspiró ciertamente frustrado.

Sasuke amagó una leve sonrisa.

—Usuratonkachi.

—¡Iré a verlos hoy, no importa lo que me digas! Kakashi-sensei me comentó que están en la casa de Sakura-chan.

—Hmp. Puedes venir a la noche —y sin decir nada más, se adentró en la oficina del Sexto, como quien escapa notoriamente de una innecesaria conversación.

Tras él, unos animados murmuros se oían. El rubio no podía evitar exclamar la felicidad del reencuentro, sin importarle el lugar en el que estaba. Aquello no le duró mucho, pues fue reprendido por el joven Nara rápidamente. Sasuke enderezó sus ojos frente al Sexto.

—Kakashi —saludó.

—Vaya, qué revuelo causas en la gente —él no se veía realmente sorprendido de su presencia

—Hmp. Gracias por respetarnos —habló, refiriéndose a su familia—. Él es demasiado molesto para entenderlo por su cuenta.

—Descuida. Llevo varios años haciéndolo —sonrió bajo la máscara—. Es bueno verte, Sasuke.

—Lo mismo digo —asintió con su cabeza.

Luego de esa especie de presentación tras tanto tiempo sin verse, el azabache agradeció que vaya al grano. Fueron unos largos minutos, en los que el Uchiha se limitó a responder las directas preguntas de quien alguna vez fue su sensei, tanto sobre algunos descubrimientos que lograron en su viaje, como también de sus próximos planes en la aldea. Y claro, Kakashi fue lo suficientemente ingenioso para aprovechar la oportunidad de cuestionarle también sobre su pequeña hija. Se sentía verdaderamente un abuelo. ¿Cómo es que sus alumnos habían crecido tan pronto?

—Es todo por hoy, Sasuke. Puedes irte —arrugó sus ojos en una cálida sonrisa.

Asintió con la cabeza y se dio media vuelta, buscando la manija de la imponente puerta con su mano. Sin embargo, antes de abandonar la habitación, frenó en seco; se veía casi obligado por una Sakura invisible y de dura expresión a soltar sus compasivos pensamientos.

—Puedes venir a conocer a Sarada cuando estés disponible. Sakura se alegrará de verte —y antes de esperar siquiera una respuesta, cerró la puerta definitivamente, dejando al Sexto entre incrédulo y feliz.

Sasuke caminaba por la aldea en un paso notablemente ligero, esquivando extrañas miradas, proyectado en él y sus pensamientos. Convenciéndose de que, pese a que se sentía incómodo por aquél planteo a su ex sensei, había hecho lo correcto. Inevitablemente, le fastidiaba que todo el mundo quiera ver a su hija. ¿Qué era lo entretenido de eso? Él simplemente no podía comprender esa efusividad en los demás. Su esposa, sin embargo, lo veía con una normalidad por demás inalcanzable para su entendimiento, y sabía por sus expresiones que le hacía feliz compartir a Sarada con sus seres queridos. Tan sólo por esa razón, lo soportaría. Su hija tampoco parecía quejarse al respecto.

Entró a la primera verdulería que vio y pidió bastantes tomates para la cena. Se aseguró de llevar alguna que otra mercadería más, por si acaso lo necesitaban. Cuando estaba por pagar, una molesta voz se interpuso en el acto.

—¿De compras, Sasuke? Seguro tu esposa te ha mandado —Kiba quiso disimular la gracia, pero la punzante ironía de su voz lo delataba.

—Tsk —antipático, se apresuró a pagar. No tenía tiempo para estupideces.

—Uy, qué insensible. Pobre Sakura —dijo en un susurro, lo suficientemente audible para el Uchiha.

En un impaciente movimiento, Sasuke agarró las bolsas de verduras y marchó del lugar satisfactoriamente. No era la primera vez que le insinuaban aquello, pero no le daba importancia, la gente solía hablar sin saber. Él se encargaba de demostrarle su cariño a Sakura de las puertas para adentro. Su fruncido ceño se vio reemplazado por una sonrisa de complicidad, y continuó con su camino, observando las mismas amarillas hojas danzar.