Bueno, yo escribo estos fics y tal vez me olvide o no sepa con todo lujo de detalles muchos datos de la historia original.

Tal vez invente algunas cosas por esa razón, espero que no sea así, al menos yo baso mis fics en los datos verdaderos de la historia y sus personajes.

Si invento algo es por otras razones.


Capítulo II

El día de su cumpleaños número veinte, la vida de Candy cambió para siempre porque un corazón tan grande y hecho de bondad y amor no podía cerrarse para siempre.

Los días de primavera eran claros y las flores de Mayo celebraban en los prados y montañas, como si supieran de la alegría que reinaba en el pequeño orfanato oculto en el bosque. Albert le había preparado una fiesta en el pueblo, con música y bambalinas de colores adornando los patios y las casas, y muchos dulces hechos por ellos mismos, todos para Candy. La Tía Abuela estaba furiosa de que Albert y Archie Cornwell se hubieran metido en semejante fiesta pueblerina, haciendo dulces y postres en la cocina de aquel orfanato. Como si no fuera suficiente que Albert dedicara su tiempo y dinero en reconstruir el mencionado lugar, involucrado tanto con niños huérfanos y para siempre aferrado a aquella hija adoptiva de la que nunca pudo liberarse la familia Andrew. Desatendía los negocios y los asuntos familiares, y sabía muy bien que en sus viajes tampoco lograba que su sobrino y responsable de la familia se separara de esa chica. Más bien resultaba lo contrario, los unía más.

La Tía Abuela decía que Candy no era una Andrew y nunca lo sería, pero en el futuro no le quedaría más que aceptarlo.


Todo el mundo celebraba porque amaban a Candy, los únicos que se retorcían de envidia eran los Leagan, que encerrados en su mansión urdían un plan para arruinarle la velada.

-Pero hermanita, Albert estará allí- Neil había torcido el gesto mientras se paseaba nerviosamente por toda la sala.

-Qué- bufó Eliza- ¿Ahora le tienes miedo, hermanito? Pareces una gallina ¡Compórtate!-

-A ti no es a quien ése le da golpes a cada rato- se quejó Neil haciendo un drama -Es a mí-

Eliza no le hizo caso y siguió pensando sentada muy tranquila en el lujoso sofá de la sala.

-Pero Albert no tiene que enterarse. No tendrá ninguna seguridad de que fuimos nosotros- rió al fin la amargada mujer con una mirada maquiavélica.

-¿Tú crees? Albert lo averiguará, todo lo que sea con Candy lo averigua... pues ya sabes- canturreó Neil.

-¿Que ya sé qué?- graznó Eliza.

-Pues que Albert está enamorado de Candy, eso. ¿Todavía no te das cuenta?-

-NO- Eliza se levantó de la silla -¡Eso no es cierto! ¡Estás alucinando, hermanito!- ladró rabiosa.

-No te engañes. A estas alturas ¿Quién no se da cuenta de eso?-

Eliza se quedó roja y sin argumentos, porque su hermano tenía razón y ella simplemente se negaba a verlo. Los desprecios de Albert habían herido su orgullo así que ahora se vengaría de Candy. La mujer sonrió y musitó unas últimas palabras:

-Pobre tonto, se va a arrepentir de haberme rechazado. Porque Candy ama es a Terry-


El día de la fiesta Candy sorprendió mucho a Albert cuando él lleno de ilusión la felicita por sus recién cumplidos veinte años y tenía en su mano una caja de chocolates para darle a su amiga. Para aquel entonces el joven aristócrata ya tenía veintisiete años y muy bien llevados.

-Bienvenida a los veinte, señorita- saludó y Candy lo vio tan parecido a Anthony. Esos veinte... ella ya no podía ver a los muchachos con ese amor platónico de antes, de cuando amó a Anthony y a Terry. Si Anthony hubiera vivido ella estaría casada con él y feliz... Albert se le parecía tanto... era tan masculino y atractivo. Sí, ella a veces luchaba contra ciertos nuevos sentimientos que la atacaban con frecuencia ¡Pero la vida le había quitado todo! A su familia ¡Le quitó a Anthony y a su Terry! ¡Todo!

-Hoy no es mi cumpleaños, Albert- replicó ella con indiferencia. Nunca antes Candy había tenido esa actitud en su cumpleaños, estaba sentada en una de las mesas observando a la gente ir y venir por todo el festivo patio.

-¿Qué dices, Candy?- Albert alzó las cejas y la caja de chocolates que tenía se quedó en su mano.

-Nadie sabe cuándo es mi cumpleaños ¿Te olvidas que mi madre me abandonó en un bosque y que hoy es nada más el día en que me encontraron?-

-Candy...- a Albert se le encogió el corazón ante la tristeza que se había adueñado del rostro de la cándida chica. Rodó una silla y se sentó al lado de ella -Eso ya no importa ¿No ves la gran familia que tienes? Mira- él le mostró a toda la gente que con cariño había colaborado con su fiesta y que ahora estaba ahí alegre. Candy ante sus palabras reflexionaba, luchó contra la agobiante sombra que opacaba su día y no dejó que la cegara tanto, así que agradeció mucho la compañía de su Bertie.

-Yo no merecía nada de lo que me pasó- le dijo al fin -Recuerda todo eso, recuerda-

Albert estaba perturbado con aquella conversación. No estaba acostumbrado a aquel cambio en su Candy, no lo aceptaba, le dolía ver las cosas que estaban últimamente en el alma de su Candy.

-Pero tú estuviste siempre conmigo, Albert- ella quería tomar su mano y refugiarse en su pecho, pero ya era demasiado mujer para eso y los sentimientos no eran los mismo. Ahora ella y Albert debían mantener la distancia, ya no eran niños -Pero no quiero que ensucies tus manos de sangre por mí, tratando de defenderme de un mundo que siempre me agradecerá ¿Me oíste?-

-No, yo siempre te protegeré y si alguien se atreve a aunque sea mirarte mal lo mataré- el rostro gentil de Albert se tiñó de celos de hombre enamorado.

-Albert...- ella se estremeció como nunca ante aquello. Pero en ese momento llegaba la señorita Pony y Tom, todos a sentarse allí con ellos, y Candy olvidó los pensamientos negativos que había tenido y finalmente sonrió. La mesa estaba llena de dulces y ponche, y estaban allí seres que amaba, y que la amaban a ella.

-¿Quieres bailar, Candy?- invitó cortésmente Albert y parecía ese príncipe de los cuentos de hadas que llenaban de sueños su infancia... Porque eso era en realidad.

-¡Sí, claro!- exclamó Candy dando un salto y con un gesto acepta tan galante proposición y otra vez era la pecosa de siempre. Candy y Albert van al centro del patio donde una banda tocaba música, Annie y Archie bailaban... y no muy lejos Eliza y Neil sentados en un rincón aparte observaban con sorna toda la celebración. No muchos de la aristocracia se habían presentado en la fiesta, nadie de las familias más importantes, ni Andrew ni Leagan, excepto Archie y... Eliza y Neil, quienes habían asistido como unos corderitos muy inofensivos.

Albert y Candy bailaron, de hecho se pisotearon mutuamente, en medio de risas y juegos. Annie bromeaba con ellos pues ella y Archie eran mejores bailarines, pero Albert no permitiría que se llevaran todos los aplausos así que ellos tenían que bailar mejor.

Así la tarde transcurrió feliz hasta temprana la noche cuando Candy debía abrir el resto de los regalos. Fue entonces que llegó mensajero allí para entregar un paquete especial a la señorita Candice White Andrew, hija adoptiva de los Andrew.

¿De Broadway? No había ninguna nota sino un sello de Broadway, Nueva York, y Candy pensó en una persona: Terry. Agarró el regalo mientras todos los demás estaban ya recogiendo las cosas de la cena celebrada, distraídos con otras cosas y charlando entre sí, excepto Eliza y Neil que desde su rincón la observaban, y se apartó para abrirlo en privado...

Abrió la caja con ilusión pues hacía mucho tiempo que no sabía de Terry, de vez en cuando se escribían, sí, pero hacía tiempo que él no lo hacía. Así que era de esperarse que al menos en su cumpleaños se acordara, y allí dentro había un regalo. Se encontró con una tela negra que cubría su regalo, una tela negra que ella removía revelando recortes de periódico que mostraban el rostro de Terrence Grandchester... Eran titulares de noticias: "El actor Terrence Graham Grandchester encontrado ebrio en conocido bar del este"... "Terrence Graham, de amores con Lady Smith, esposa Susana no comenta nada al respecto"... "Crítica a la obra "La importancia de llamarse Ernest" por pobre desempeño de famoso actor"... Candy sacaba y sacaba recortes con desagrado y rabia, otro más: "Terrence Graham, alcoholizado" y sus manos comenzaron a llenarse de una asquerosa baba y con horror vio que la caja estaba llena de gusanos horribles y sucios... "Intento de suicidio de actor Terrence Graham"... y aquellos asquerosos gusanos cubriendo los pedazos de papel y escurriéndose por sus manos...

Candy tirá la caja la piso presa de un repentino ataque de nervios, y todos en el lugar voltean a verla, se sacude los gusanos que habían caído sobre su vestido de fiesta llenándolo de sucia baba y pantano. "El cerdo de Terry" una última nota cae al piso.

Eliza y Neil estaban viendo un tremendo espectáculo y la chica estalla en llanto y sale corriendo del lugar.

Alarmado Albert no entiende lo que pasa hasta que ve la caja y los recortes de periódico en el piso, y enfurecido va hacia la mesa de los hermanos Leagan.

-Ustedes ¿Que hicieron?- les grita dando un fuerte golpe sobre la madera. Neil da un salto de susto.

-¿Por qué nos acusas, Albert? El correo le trajo eso a Candy ¿Qué tenemos que ver con eso?- Eliza hablaba muy aireadamente.

-No puede uno venir tranquilamente a una fiesta de campesinos porque ya ves lo que pasa, hemanita- dramatizó Neil.

-Yo sé que ustedes están detrás de todo esto. Si llego a comprobarlo...- Albert enfurecido agarra a Neil por el cuello, y como un muñeco de trapo era Neil entre las manos de Albert, y lo tira la piso, y en cuanto a ella, agarra el balde de ponche y se lo echa encima completo a Eliza Leagan.

Albert había visto la caja y lo que contenía y rápido se interna en el bosque detrás de Candy que se perdía de su vista, y corrió con experticia pues toda su vida la pasó más en la naturaleza con sus amigos los animales que en la civilización. Porque Albert odiaba a la gente y a la sociedad, lo que había visto en África y la guerra habían cambiado aún más su ya indómita forma de ser.

Candy llorando corrió y corrió hacia la montaña, sufriendo una especie de crisis nerviosa que en alguien como ella era muy raro, o lo solía ser pero ya no. Era el peso de la madurez que a sus tempranos 20 ya estaba empezando a surgir, cuando las amarguras de la vida ya no son pasadas de largo por su adolescencia.

"¿Por qué me abandonaste madre? Te necesito tanto ahora" lloraba desconsolada y así llegó hasta un claro del bosque y se abrazó a un árbol. La luna empezaba a brillar en el cielo cuando Albert la encuentra, creía que no podría dar con ella ahora que caía la noche pero gracias a Dios la encontró.

Ella lo vio llegar y todavía se aferraba al árbol.

-Candy, querida Candy- dijo con suavidad acercándose.

-No aguanto más- sollozó Candy refugiándose en los brazos de su más querido y devoto amigo después de mucho tiempo de distancia.

-Oh, Candy, caíste en una tonta trampa de Eliza y Neil- la consoló Albert.

-No es una tonta trampa, es una realidad-

-¿Lo de Terry?- a Albert se le encogió el corazón de dolor y celos ante aquello, porque Candy nunca olvidaría a Terry.

-Está mal y es por culpa mía. Todo lo que es de él ahora es culpa mía-

-Terry es un imbécil, Candy, no es culpa tuya eso, sino culpa de su debilidad- soltó Albert celoso pero luego recapacitó -Candy Candy Candy ¿Te crees todo lo que dice la prensa? La mitad de esos chismes son mentira, mi niña-

Las palabras y el consuelo de Albert la tranquilizaron y ella dejó de llorar y lo abrazó más. Definitivamente se sentía muy diferente ahora entre aquellos brazos, un calor la invadió y la reconfortó, como nunca antes había sentido en brazos de alguien. Su corazón se aceleró y le dio vergüenza haberse puesto de esa manera por Terry. Ya nada de eso le importaba tanto, la crisis pasaba.

-No permitas que esos tontos te arruinen tu cumpleaños, estabas feliz mi amor- dijo su dulce voz y Candy se sonrojó y se echó para atrás de sorpresa que el árbol la sostuvo.

Entonces Albert enormemente enamorado al fin, gracias a aquellos celos que lo hicieron despertar y reconocer lo que estaba pasando, se le acercó más y Candy no podía huir, el árbol la acorralaba y no quería huir. Era totalmente diferente a aquella vez en el colegio San Pablo con Terry, ahora no había nada de resistencia en sentir el cuerpo de Albert apretándose contra el de ella, sino un profundo y caliente deseo. La mujer estaba allí, ardiendo, no más la niña, y esperó sin ningún reparo alguno el beso de los labios de su príncipe de la colina.