Capítulo III
-Tú todavía lo amas, Candy- Albert tenía los ojos aguados y apretaba su cuerpo contra el de ella, sintiendo su calor y sus temblores –Por favor, no huyas de mí-
Ella no sabía, ahora Albert la miraba con esa dulzura y se olvidó por completo de Terry. Las lágrimas se las secó él y vio el deseo en sus ojos azules y quiso besarla.
Candy experimentaba algo nuevo, porque con Albert se sentía completamente distinta a aquella vez con Terry y estaba sorprendida por eso. Aunque no debería estarlo, Terry en el colegio era sólo un chiquillo que la obligó a besarlo, en cambio Albert era un hombre de verdad.
Embelesado después de secarle las lágrimas él se le acerca, y ella no hizo nada sino entregarse a sus labios.
Suave y lentamente Albert acaricia sus labios y ella recibe aquel beso con gusto. Era su primero y verdadero beso de amor, que le hizo temblar las entrañas desde lo más profundo.
Entonces, relinchos de caballos, alguien llegaba. Después de estar en otro mundo, Candy y Albert se separan aturdidos por lo que había pasado.
-Oh, ya los encontré. Gracias a Dios, qué susto- era Tom que después de todo el altercado con Eliza y Neil había tomado su caballo para ir a buscar a Candy. No muy lejos venían Archie y Annie igual, a caballo, y todos llevaban unas lámparas de aceite. Muy preocupados habían salido en busca de su amiga.
-¡Candy!- Annie fue la primera en apearse para correr a sus brazos.
Las amigas se abrazaron y Candy se desahogó contándole lo desagradable que fue la jugarreta de los Leagan. A todas éstas, Albert permanecía aturdido al margen de todo aquello.
-No sabemos si fueron los Leagan, lamentablemente- bramó Archie saltando del caballo –Ellos lo niegan todo-
-Yo sé que fueron ellos- dijo Albert y estaba confundido, ya la ira hacia los Leagan había desaparecido. Ahora sólo había una inmensa felicidad en él.
De hecho los hermanos Leagan con su jugarreta habían hecho que Albert y Candy se unieran. Fue un bien lo que resultó de todo eso. Los propósitos de Eliza se voltearon contra ella misma.
Esa noche Candy no pudo dormir y se pasó horas frente al espejo: Lo reconocía, siempre amó a su príncipe de la colina, que ahora era ese hombre que fue su padre adoptivo, ese hombre que fue su mejor amigo ¿Pero quién más podría ver eso? Nadie. Todos los demás sólo verían algo que juzgar mal.
¡Qué complicada se le volvía la vida! Pero tal como le había dicho Albert, en su corazón estaba Terry también. Pero Terry era una ilusión, un fantasma... Albert era ahora su realidad.
Se asomó por la ventana y estiró la vista como si con eso pudiera llegar hasta la casa del bosque de los Andrew donde vivía Albert con sus animales, solitario, esperando siempre por ella, y pensaba qué estaba haciendo en esos momentos.
No podía imaginar que más allá de aquellos bosques Albert al igual que ella estaba en la ventana de su habitación deseando poder mirarla, saber qué estaba haciendo.
Pero ahora ¿Cómo iban a enfrentar ese amor? Él, que fue su padre adoptivo, y que lo era todavía ¡Ya no más! Esa imagen se quedaría en el pasado así tuvieran que luchar contra el mundo entero… porque el mundo entero vería mal a su Candy, a él no, porque la gente solamente se ensañaba contra las mujeres y más si eran como ella, huérfanas…
Albert debía proteger su reputación, el saber que ellos se amaban destruiría a Candy.
Oh, una punzada de dolor empañó su felicidad. Golpeó la ventana ¡Qué mundo tan injusto! Se repetía frustrado.
Sólo una luz había en la casa, inmersa en la oscuridad de las montañas. Eran las lámparas que iluminaban la mitad del rostro del hombre en la ventana. Albert se retiró de ésta y cerró sus ojos meneando la cabeza. Tenía en su cuerpo y en sus labios muy vivo el candor de su amada.
Se estremeció de amor.
La casa de campo era todavía muy modesta pero ya había de hecho electricidad en Lakewood y teléfonos. Observó Albert que el progreso avanzaba a pasos agigantados. Pensó que era hora de instalar el teléfono en el Hogar de Pony y así podría hablar con su amada sin que nadie más se metiera.
Suspiró. Mañana iría al Hogar con esa excusa y debía estar feliz pero la realidad ensombrecía sus sueños.
Después de las amenazas de Albert, los hermanos Leagan estaban más deseosos de venganza y de arruinar una posible relación de Candy con él.
Al día siguiente de la fiesta, muy temprano, quiso la mala suerte que Candy se encontrara con Eliza y sus amigas en el mercado del pueblo. Ella andaba radiante que los ojos le chispeaban pues la vida y el amor inflamaban su corazón y a pesar del altercado en su fiesta, el beso de Albert le hizo olvidar todo como por arte de magia. La noche pasada al fin se durmió en paz arrullada por el calor de su cuerpo que aún sentía en el de ella.
Ahora estaba allí en el mercado comprando frutas y verduras frescas, como si no existiera nada más en su vida que la noche que pasó en el bosque con Albert. Asombrada pensaba en cómo el mundo que la rodeaba podía cambiar gracias a un sólo instante.
No se dio cuenta que Eliza andaba por allí, y cuando lo hizo ya era demasiado tarde:
-¿Ya se enteraron, chicas?- bramó la voz de Eliza para que todos en el lugar la oyeran- Candy al parecer ya olvidó a Terry y ahora se arrojó a los brazos de Albert Andrew, ¡Su padre adoptivo! Qué vergüenza, me contaron que ayer en la noche los encontraron en el bosque… haciendo cosas vergonzosas-
Todo el mundo se escandalizó, las damas de sociedad que caminaban por allí voltearon a ver a Candy ante un chisme tan feo. A nadie le importaba que Albert también estuviera metido en ese chisme, solamente juzgaban a Candy.
-¿Estás segura Eliza? Eso es horrible. ¿Es que Candy es así tan fácil? Primero un hombre luego otro hombre, ¡Y Albert es su padre!- decía con escándalo y en voz alta una de las amigas de Eliza.
Candy se vio en medio de un montón de gente que oía eso y que volteaban a mirarla, porque claro, era demasiado horrible lo que decían. De repente se sintió muy mareada, y los recuerdos de lo que ocurrió en el establo del colegio San Pablo con Terry le golpearon brutalmente la mente.
-Todo el mundo sabe lo de Candy con Terry, y el historial que tiene esa chica, por eso la echaron del colegio San Pablo. Ahora esto, con su padre adoptivo… ¡Estas huérfanas sin educación moral! ¡No tienen nada que hacer sino perseguir hombres y más si son ricos!- decían otras mujeres.
-Claro, debe ser herencia de la madre. Quién sabe qué mujer fue ésa- sentenció Eliza.
Candy no le hacía caso a las habladurías pero allí estaba sola en medio de una multitud desconocida que la miraba con desprecio y aquellas últimas palabras de Eliza fueron puñales.
Un hombre que salió de la nada pasó al lado de ella tan rápidamente que la tropezó y del golpe Candy fue a parar encima de un puesto de frutas y cayó al piso enlodado.
Su vestido se llenó todo de barro y tierra, y allí en el piso quedó y nadie la ayudó a pararse. La cesta con las compras se esparció por todo el lugar y a ella no le quedó más que recoger sus cosas en medio de habladurías y marcharse de allí.
Candy se marchó del pueblo con la frente en alto pero por dentro lloraba ante las palabras y juicios crueles de la gente.
Toda su vida la "huérfana fácil", porque eran hijos del pecado, que anda de hombre tras hombre. No soportaba eso, jamás la respetaron, jamás fueron capaces de ver lo que ella era, toda la vida ignoraron su dignidad.
Ahora su amor por Albert era un horror.
¿Por qué su corazón la traicionaba enamorándose de Albert? Candy se odió por eso, porque ella no quería amar más. Pero el dulce rostro de él se le presentaba ante sus ojos y no podía evitarlo; el beso en sus labios, su cuerpo… Candy no lo podía evitar, su príncipe la amaba por sobre todas las cosas: Y ella, ella en realidad siempre lo amó, de hecho, desde aquel día en la Colina de Pony.
Nadie entendería eso nunca.
Su vestido manchado de lodo y polvo ennegrecía su dicha.
Cuando llegó al Hogar a lo lejos vio el elegante carro de George, y un hombre alto con el cabello rubio al viento estaba parado junto a éste. Era su Albert que a las puertas del Hogar de Pony la esperaba ilusionado.
