Capítulo IV

Candy deseó por primera vez ser esa mujer que todos decían que era porque así no le dolerían tanto las mentiras que inventaban de ella.

¡Cuánta infamia!

En el Hogar de Pony educaban a los niños con amor y bajo los conceptos Católicos de la Hermana María. No eran ningunas niñas fáciles ni ningunas enamoradizas, sino niñas que esperarían a su hombre hasta el matrimonio. Porque a diferencia de las señoritas de sociedad, esas niñas conocían el mundo y la realidad, y no eran ningunas tontas enamoradizas que caían redonditas ante las seducciones de cualquier galán y así arruinarse la vida. Porque ésa era la realidad. Como le había sucedido a la señorita Armstrong-Jones que se escapó con un chico antes de casarse, quedó embarazada por supuesto y ahora madre soltera fue execrada de la sociedad y ningún hombre la respetó más sino que quedó como fácil con la carga de un hijo sin padre por el resto de su vida. El chico no, es un hombre después de todo, y al cansarse de ella pues era muy joven como para tener responsabilidad paternal, la dejó y ahora está felizmente casado con una señorita digna que no tuvo amoríos antes del matrimonio. Eran las chicas las que quedaban marcadas de por vida por esas tonterías de enamoramientos jóvenes e impulsivos que no sabían controlar y los niños producto de eso terminaban en orfanatos. Y eso sería así por el resto de la existencia de la humanidad, aunque los bohemios Europeos insistieran en lo contrario alegando que la sociedad cambiaría en un futuro, aunque otras culturas menos prejuiciosas dijeran lo contrario, era un realidad de la humanidad que no cambiaría y eso lo aprendían por la experiencia las chicas que vivían con los pies puestos sobre la tierra, como ella y las del Hogar de Pony. Conocía muy bien las consecuencias del amor. Por eso las chicas inteligentes se cuidaban.

Candy tenía un corazón muy grande, y sí, ella una vez fue así cuando el amor era un hechizo mágico y hermoso, y se enamoró desde muy pequeña de su príncipe, y de Anthony, pero era un amor puro e inocente que toda esa gente enlodaba con sus mentiras.

Ella apenas estaba despertando como mujer y eso ocurrió anoche con el beso de Albert. El amor inocente había pasado a amor de hombre y mujer como debía ser. A diferencia de muchas de esas amigas de Eliza y de muchas otras que se las daban de "damas". La mayoría terminaba como la señorita Armstrong-Jones, o como la señora Jettenbach: una esposa amargada llena de hijos de un hombre que se la pasaba con otras, pero con un apellido muy respetable y eso era lo más importante ¿No? O si no, el resto de esas chismosas terminaba como Eliza.

Eso era lo que más le dolía, que mientras las damas de sociedad se metían en enredos amorosos, ellas las huérfanas eran las que se llevaban toda la mala fama y algunas pagaban muy duramente por eso. Sobre eso Candy ni nadie del Hogar pensaban porque era demasiado horrible. Pero como decía Jesús- y Candy se aferraba a su crucifijo, el que le regaló la Hermana María hacía años atrás- No juzgar pues sólo Dios podía, porque los caminos del Señor eran misteriosos.

Pero a ella cada día le costaba más confiar en el Señor, pues era demasiado duro e injusto lo que pasaba. Algunas veces llegó incluso a reclamarle al Señor, llorando, de por qué ocurría lo que ocurría…

Entonces fue cuando lo vio, a Albert allá en el Hogar, y entonces Candy entendió los caminos del Señor, todas esas reflexiones que tuvo a lo largo del camino llegaron a una conclusión, entendió: La vida la había hecho ser lo que era ahora y no otra señorita Armstrong-Jones o otra señora Jettenbach. Sólo tenía quince años cuando perdió a Terry, tanto mejor, era demasiado joven y ese amor impulsivo la cegó. Gracias a eso ella estudió, se hizo profesional y ahora trabajaba sanando enfermos y niños huérfanos en vez de haberse casado a los dieciséis con Terry y quedar como ama de casa por el resto de su vida. Gracias a eso ahora estaba allí con el amor verdadero, comprensivo y acorde a ella esperándola. No le importó ya todo lo que pasó en el mercado, no le importó lo que pensaran los demás, no le importó los años de soledad y tristeza que a la final no fueron muchos, y que la fortalecieron y le dieron más personalidad y sabiduría.

Ella estaba allí ilesa de todo, con su dignidad intacta, sin nada de qué arrepentirse para ser amada por un hombre decente que la respetaría. En cambio esas criticonas del mercado, muchas de ellas terminarían arruinadas. O como Eliza, que estaba soltera y nadie le prestaba atención.

Y su Albert, honesto y genuino, un hombre decente que le había contado de sus dos amores fugaces en África que no le dejaron nada sino la certeza de que él no podía entablar relación alguna con alguien que no amara así que no pretendería seguir perdiendo su tiempo tratando de amar a otras mujeres sólo porque sí, porque así tenía que ser, además que no tenía problemas en demostrar su soledad cuando otros encubrirían todo eso con mentiras.


-Hola Candy- saludó Albert cuando Candy llegó con su cesta de compras algo estropeada por el altercado en el mercado.

-Hola- saludó ella con un rostro muy distinto al que dejó atrás en el pueblo.

Sorprendido al ver el estado en el que la chica llegaba exclamó:

-Pero, Candy ¿Qué te paso?-

-Ah, me caí- soltó ella con una sonrisa radiante.

-¿Te caíste?- torció el gesto el hombre.

-Sí. Es que todo está enlodado por la lluvia de esta mañana ¡No hay nada más resbaloso que el lodo, ay! Yo venía por una de esas colinas y ¡Zaz! Mis pies patinaron y rodé como una pelota-

-¿Rodaste como una pelota?-

-Sí, y aterricé en medio de una guarida de conejos-

-¿Qué?- Albert y George escuchaban a Candy con fascinación.

Candy se echó a reír y los dos hombres se contagiaron por aquella alegría y no se imaginaban cuánta alegría tenía Candy en ese momento. Se oían cantos que veían del Hogar, eran los niños que estaban en la capilla con la Hermana María.

-Bueno, bueno, déjame ayudarte con eso- Albert tomó la cesta de Candy –Hay que lavar todo que está tan sucio. También puedo ayudarte con la comida-

-Pero Albert, ¿No tienes trabajo que hacer? He oído que los negocios de la familia están algo complicados estos días-

-Candy, he contratado gente para que se encargue de eso. Para eso tengo dinero, no puedo dejar a mis animales solos y ellos lo saben. Que esa gente se encargue de los negocios de los Andrew, yo no más. Así que esos viajes me los quito de encima ¿Verdad George?-

-Sí, así es Candy- respondió el aludido- Y no nos importan los refunfuños de la Señora Elroy- guiñó el ojo el hombre y Albert rió.

-Bien, entonces supongo que no hay problemas- sonrió ella- ¿Y qué rayos es eso?- Candy notó que algo traía el coche de George, una cosa bien fea de color gris.

-Eso, querida, es un moderno y revolucionario teléfono- dijo Albert con orgullo- Y lo compré para ti… eh, para el Hogar-

-Ah, esas cosas- Candy recordó lo que era un teléfono.

-Sí, es que estamos en el futuro, la gente se ve en pantallas de cine y habla por medio de cables ¿Qué tal? Hay que modernizarse- canturreó Albert alegre.

-Sí, eso supongo- Candy se echó a reír imaginándose ella en una de esas películas mudas tan populares. Como Charles Chaplin- Vamos, quédense a almorzar con nosotros- y le tendió su mano a Albert.

Emocionado Albert ve aquel gesto, y se le inflamó el corazón ¿Era una señal? ¿Una forma de decir "Albert, somos novios"? Algo ocurriría durante ese almuerzo, lo sabían los dos, pues muchas cosas había que hablar.