Capítulo V

La comida se organizó animadamente en la pequeña estancia de la casa junto a la cocina. El Hogar estaba más acondicionado ahora gracias a las remodelaciones que Albert había hecho, pero aún seguía siendo un edificio pequeño y faltaban cosas por hacer.

Todos los niños más los cinco adultos hacían una multitud allí dentro, el almuerzo transcurrió bulliciosamente en el acogedor lugar rodeado de ventanas que daban al bosque, y más con todo el asunto del teléfono que George instalaba. De hecho el Hogar necesitaba un enorme cableado que llegara hasta el poste de teléfono más cercano para poder tener la línea.

El trabajo sería complicado y necesitarían muchísimo cable. George bufó cansado ante aquello.

En fin, se olvidaron del asunto del teléfono y conversaron de todo un poco durante la velada.

-Ah, esas cosas modernas- refunfuñaba la señorita Pony, pues ya la edad le pegaba, pero era una mujer muy saludable a así que Candy confiaba que la tendría por muchos más años- Jamás he visto una de esas películas. Me dan miedo-

-Dicen que Terry rechazó la propuesta de hacerse actor de cine- comentó Candy sin querer, no podía evitar recordar a Terry cada vez que podía- Eso leí en el periódico. Su amor es el teatro no el cine-

-Bueno, estoy de acuerdo- opinaba la Hermana María- El teatro es lo mejor y nunca pasará de moda-

-Pero mucho me temo que el cine es el futuro- comentaba Albert a propósito –El mundo cambiará, debe cambiar-

-En algunas cosas no cambiarán nunca Albert- dijo Candy sin mencionar por qué decía eso. Ella no le había contado lo que ocurrió en el pueblo y no sabía si debía hacerlo.

Albert suspiró olvidándose un poco de su comida.

-Tengo fe que habrá una sociedad más justa, Candy, que todos los seres humanos tendrán los mismos derechos. Ya hay movimientos que están promoviendo que las mujeres voten- agregó con optimismo.

-¿Será que nos dejarán?- la Hermana María sonaba incrédula, pero debía ocuparse de recoger los platos de los niños que ya terminaron de comer y debían asearse para asistir a otras clases.

-Eso tiene que permitirse. Ya basta de este tonto patriarcado- gruñó Albert – Se ha negado hasta ahora la educación de las mujeres para que los hombres sean los inteligentes y se sientan los dueños del mundo dominando a todos. No sé qué gusto puede sentir un hombre en tener de compañeras a mujeres que son como mascotas-

-Eso es cierto- Candy se estremeció ante aquella realidad. Ella había vivido en su propia carne la diferencia entre ser una muchacha sin educación a una muchacha educada con armas para valerse por sí misma en la vida: Y eso se lo había dado Albert. Estaría eternamente agradecida con él por eso. Un hombre con las posibilidades le había dado a una mujer la oportunidad que no tendría nunca por sí sola. Pero eso debía cambiar, como dijo Albert.

Dios la había bendecido así que Candy no tenía derecho a quejarse de nada.

-No me había dado cuenta de la tiranía de ciertos grupos hasta que vi lo que vi en África. No es justo. Yo no podría vivir así, sabiendo que estoy sometiendo a otros seres humanos. Y me avergüenza ser Británico cuando los Británicos son unos bárbaros en India- acaloradamente el joven se retorcía en su silla. Los adultos estaban muy inmersos en aquella conversación revolucionaria.

Solamente con Albert, Candy podía expresar todas sus ideas pues ambos pensaban igual y eso era maravilloso. Era muy difícil que un hombre pudiera acoplarse a su manera de pensar, lo que único que ella lograba era que la juzgaran mal.

Albert y Candy se tomaron de la mano al fin cuando terminaba toda la comida y los niños se habían marchado a la capilla otra vez, pues ambos habían decidido dar el paso y querían anunciarlo a la señorita Pony y a la Hermana María.

-Yo sé que una vez fui el padre adoptivo de Candy y por eso nuestra relación puede verse extraña- dio la iniciativa Albert- Pero…yo. Yo amo a Candy y… quiero que sea mi novia-

Ambas mujeres soltaron una exclamación aunque no estaban del todo sorprendidas. De hecho, nada sorprendidas.

-No es nada de extraño entre ustedes dos- dijo la Hermana con una sonrisa– No están haciendo nada malo, muchachos- y sonrió alegremente. Sabía que para Candy era un gran paso volver a abrir su corazón al amor pero estaba lista y por eso ocurría: Candy había sanado y ahí estaba como una mujer nueva dispuesta a empezar un camino iluminado por el sentimiento más puro.

Albert y Candy se miraron apretando sus manos y ella se sonrojó muchísimo. Estaba algo temerosa por eso, por entrar otra vez en esos terrenos tan tramposos del amor, pero nada más tenía que ver a su Albert para que esos temores se disiparan.

-Vaya vaya ¡Voy a traer mi famoso pie de manzana para celebrar!- la señorita Pony se animó muchísimo pues eran ellos la pareja más hermosa que había visto en su vida. Albert era el muchacho que ella quería para Candy, lo quería tanto como a ella, que para la señorita Pony era su hija adoptiva más querida.


A Albert le costó mucho marcharse a su casa después de todo un día en el Hogar. El teléfono al fin no sirvió para nada y a George no le quedó más que regresarlo al carro; los niños querían a Albert como a un padre pues éste los enseñaba y jugaba con ellos. Había prometido traer caballos y animales para ellos y así, todo transcurrió hasta que llegó la noche en un dos por tres.

Por un rato Candy y Albert se quedaron sentados en la puerta del Hogar contemplando el cielo estrellado, asimilando ese acontecimiento que se había presentado en sus vidas los últimos dos días.

Se tomaron de la mano.

-Candy- habló él con suave voz- Estoy muy feliz-

Ella le sonrió y apretó su mano, y el rubor no se iba de su rostro todavía.

-Yo… yo también- ella trató de disimular su voz quebrada por la emoción.

-Siempre te amé, aunque antes era de una forma distinta- decía él –Cuando vivíamos juntos en la calle Magnolia, era distinto, nuestra amistad era genuina-

-Yo era una niña para ti. Y tú eras mi amigo nada más-

-Sí, así es. Ah, las cosas de la vida- rió él.

-Y ¿Qué pasó con ellas, Albert, con Keila y Mulah, de África?- ella quería saber más detalles de los romances en la vida de Albert. Cuando Albert le contó sobre eso, eran amigos nada más, ahora que eran novios el tema se hacía más profundo.

-No lo sé, nunca más supe de ellas, nunca más nos escribimos. Pasó y luego se perdieron y no me interesa saber más. Yo no amaba a nadie. Creí que las amé pero no. Yo sólo lo intenté…- susurraba él. Luego hizo silencio como si algo lo atormentara –Candy… bueno, quiero contarte cosas de mí, porque ahora tú y yo debemos sincerarnos por completo con respecto a esas cosas-

-Sí lo sé- ella se puso más colorada todavía ante eso. Tal vez no estaba del todo preparada para indagar en los terrenos íntimos entre novios, pero era hora de eso.

-La verdad de por qué me fui de casa a vivir solo, lejos de la sociedad…- empezó a contar él. Candy notó que era algo que no le había contado nunca a nadie- Yo apenas tenía dieciséis años, era un niño, pero a esa edad la sociedad empieza ya a presionarlo a uno. Cuando se es varón, ya sabes…-

-Oh, Albert, sí, lo sé- Candy entendía a qué se refería él y sintió una profunda tristeza.

-Se burlaban de mí los otros chicos y los hombres, me decían "Éste todavía no conoce mujer", y "Eso hay que arreglarlo, hacer al chico un hombre"-

Albert no quería continuar con aquellos recuerdos tan desagradables pero necesitaba desahogarse con Candy. Ella lo apoyaba en todo, y su apoyo lo hacía continuar.

-Ya sabes lo que querían hacer conmigo, pero yo no lo acepté. Muchos chicos son obligados, así es la vida, es normal ¿No? Pero yo no lo acepté y me fui. Yo iba a ser hombre a mi manera, no así ¿Entiendes?-

-Eso es monstruoso, Albert, lo sé, tan triste y tan malo para la mente, y para ver a las personas como un producto. Y no es nada normal, pero nadie quiere entenderlo. Obligar a los niños a "ser hombre" con… ¡Bah! Hiciste bien en no aceptarlo- Candy se estremeció, ella tampoco apoyaba esa costumbre, y sabía que Terry también había pasado por lo mismo, se lo contó una vez, de una manera menos íntima que la de Albert, pero se lo contó y con mucha dificultad. Y el negarse a eso había acrecentando su rebeldía y distorsionado más su percepción de las mujeres.

-Bueno, entonces así viví mucho mejor y de eso ya conoces tú todo- sonrió más relajado –Nos conocemos ya bastante bien tú y yo con ese lado de mi vida. Y bueno entonces en África conocí estas buenas mujeres. Primero a Keila y luego un tiempo después a Mulah. Ellas eran mayores que yo, y tenían hijos abandonados por sus padres, por supuesto. Qué historias tan injustas y tristes, Candy, lo que vi en África me marcó. Casi todas las mujeres tienen que criar a sus hijos solas, las que sobreviven al nacimiento. Hay muchísima irresponsabilidad y eso casi es algo natural y normal. Tal vez me conmoví de Keila y Mulah, y la falta de apoyo de los hombres que tenían, y confundí eso con amor. El asunto es que ya estaba listo, nadie me obligó a iniciarme, yo lo hice cuando sentí que quería y con quien quería que fuera-

El hombre se encogió de hombros con indiferencia.

-Duraron pocos mi dos romances, fueron cosas fugaces y vacías, salí de uno y entré en otro creyendo que así amaba yo. Porque estaba influenciado por la presión: tenía veintiún años y ya era hora, ya sabes- El rostro de Albert estaba triste, como si viviera otra vez en aquellos años- Era muy joven para tener más personalidad al respecto, y no dejarme influenciar. Y estaba confundido, porque veía que no me enamoraba. Creí que eso era el amor, pero me equivoqué y sólo quedó en mí un vacío horrible-

Hubo silencio entre los dos y el aire fresco les trajo los aromas del bosque.

-Pero me sirvió de mucho la experiencia, para no volver a cometer los mismos errores y así esperar pacientemente el amor. Si me llegaba bien, y si no, también. Así debe ser, Candy- Albert sonrió olvidando las malas sensaciones –Y aquí está mi recompensa por eso… encontré el amor verdadero-

-Y no permitiremos que nuestros niños tengan esa mentalidad, Albert, que nuestras niñas caigan en un negocio monstruoso. O que cometan los mismos errores que nosotros ¡Oh Albert!- la angustia por todo el destino de sus niños oprimía el corazón de Candy.

-Estos niños son como mis hijos, no permitiré nada de eso- Albert se comprometió de tal manera que Candy deseó besarlo, pero aún estaba muy fresco todo lo del noviazgo que no se hacían a la idea –Yo estoy aquí para ti y para ellos-

-Albert… - estaba demasiado conmovida. Y ella debía sincerarse -Yo también debo decirte algo. En realidad no me caí esa mañana por el camino hacia acá- confesó ella.

-Oh, Candy ¡Algo me lo decía! Tú no mientes ¿Qué pasó?-

-Tuve un altercado en el mercado, me encontré con Eliza y sus amigas y comenzaron a decir cosas horribles de nosotros. De lo de anoche… y fue allí donde tropecé con un puesto de frutas y caí al lodo-

Albert sintió la puñalada de la ira en su pecho.

-¿Qué dijeron?- soltó.

-Ya saben de lo nuestro. Parece que todo el mundo sabía de lo nuestro menos nosotros- respondió ella –Critican que yo me haya enamorado de mi padre adoptivo…- Candy no quería repetir las palabras malintencionadas que había oído, quería olvidarlas. Tampoco entraría mucho en los detalles.

-Dios. Debemos seguir luchando, mi amor- fue lo que dijo él lleno de rabia, pero el momento era demasiado feliz como para que eso lo afectara.

Ella lo abrazó agradecida, y él la abrazó de vuelta y quedaron muy juntos, sintiéndose el uno al otro y protegidos por una burbuja con ese abrazo, los dos contra el planeta entero.

Lo necesitaban, estar entre sus brazos el uno del otro era su refugio.