¡Bueno, yo espero tener buena memoria. No releo los capítulos anteriores cuando escribo uno nuevo! XD Mala costumbre tal vez jaja. Espero no olvidar detalles o ser repetitiva o algo :P


Capítulo VI

Candy iba corriendo de un lado para otro, cantaba, bailaba por todo el Hogar aquellos días. Había sido una semana soñada y aquel viernes siguiente acompañaría a Albert a una reunión de negocios por primera vez, en la mansión Andrew.

Necesitaba la ayuda de Annie, para que la peinara como toda una señorita de sociedad, y así lucir bien con el vestido nuevo que Albert le había regalado. Candy no entendía mucho de aquellas modas, pero lo hacía todo por él, quería verse como una digna princesa para su príncipe.

Nada más que eso ocupaba la mente de Candy, desde el día de su cumpleaños, y de su primer beso de amor verdadero. Por las noches ella no podía ser la misma, no podía quitarse la ropa ya como lo hacía antes, ahora tenía todos los deseos de una mujer enamorada, por lo tanto vivía muy sonrojada e imaginando cosas.

Los dos estaban a puertas de presentar su noviazgo en público, llenos de optimismo e ilusión.


La tarde del miércoles Albert había comprado el vestido en la ciudad, y después de eso se propuso pasar por la mansión Andrew para atender a sus empleados, aunque no era su agrado. Fue cuando se encontró con una visita de Neil Leagan y su madre que charlaba con la Tía Abuela, a propósito de su estado de salud.

La Tía Abuela había padecido una fuerte gripe que los preocupó mucho a todos.

Era lo último que quería hacer Albert esos días, tener que ver a los Leagan… Por supuesto todos notaron la vestimenta del señor William Andrew, literalmente como la de un obrero, y no como la de un hombre de su posición. Ceñudo el joven hombre trató de ignorar a los Leagan, pasando de largo, pero tenía cuentas pendientes con Neil que le impedían hacer eso que deseaba.

-Buenos días- saludó secamente y Neil temblaba al verlo. El joven Leagan en realidad no tenía ningún interés en toparse con Albert, pero le importaba demasiado estar de buenas con la Tía Abuela Andrew –Neil- Albert se dirigió a él, para su desgracia- Qué bueno que te encuentro por aquí, quería hablar contigo-

-¿Conmigo?- sonrió Neil con voz temblorosa- Vaya, no veo para qué, señor Andrew, debe estar muy ocupado- decía con mucha educación.

-Ven conmigo Neil, vamos a llevar esta caja allá a la estancia y hablamos- ordenó Albert impertérrito. El vestido de Candy lo dejaría en la mesa para luego ir al despacho de la casa.

Neil trastabilló pero no se atrevía a negarse. Se disculpó ante su madre y la Tía Abuela y siguió a Albert con nerviosismo.

Albert y él llegaron en silencio a la estancia continua al despacho que daba al gran jardín, y desde los ventanales se veían las fuentes y las flores. Era un lugar realmente exquisito. Tranquilamente Albert coloca la caja sobre la mesa y comenta:

-Es un regalo para Candice White Andrew- dijo el nombre completo de su amada- Vamos a salir juntos este viernes- y al decir esto voltea a mirar a Neil con ojos penetrantes.

-Oh, qué bien- gruñó Neil fastidiado ¿Qué rayos le importaba a él eso?.

-Candice White Andrew ¿Sabes qué significa eso, Neil?- sugirió Albert y al no recibir respuesta del hombre que lo acompañaba prosiguió tranquilamente dándose unas vueltas por el lugar- Mi Candice, miembro de esta familia, es tan dueña como yo de esta casa y mis negocios, porque…- se detuvo junto a Neil muy cerca- Candice y yo hemos tenido una amistad de toda una vida, hemos vivido juntos tantas cosas. Es hora de reconocer que la amo, y que le he propuesto que sea mi novia, por lo tanto ya ves… Ella es y será Andrew por todos lados. Mi hija adoptiva y mi esposa- soltó sin miramientos.

Albert sonrió pues el corazón se le inflamó de cándida emoción con aquellas palabras, muy a pesar de que estaba con la desagradable compañía de Neil Leagan.

-Oh, bien- los ojos de Neil centellaron- Entonces tú te ganaste el corazón de la… "doncella"- soltó celoso y humillado, recordando los golpes que le había dado Albert cuando hacía unos años lo había alejado de Candy.

Ante el tono con que Neil pronunció "doncella" Albert reaccionó con un salto, sabía lo que había detrás de aquella insinuación, pero no dijo nada y se controló.

-Dile a tu hermanita que sé lo que le hicieron a Candy en el mercado, sé lo que hacen ustedes- Albert se le acercó y tomó la solapa del traje de Neil, con los ojos rojos de ira pero eso no lo notó Neil- Yo soy un hombre pacífico, Neil, soy un buen Cristiano y mi conciencia está limpia, y me enorgullezco de eso. No quiero ser injusto con nadie ni me voy a rebajar a ciertos niveles. Pero las cosas tienen sus límites…- su voz adquirió un tono amenazante- Ten en cuenta que en lo que se refiera a Candy yo no razono. Te lo advierto-

Así lo soltó y dejó callado a Neil y fue a su despacho donde trabajaba el asesor que había contratado para llevar los asuntos de la familia.

Neil Leagan se sintió humillado ante eso, entonces ya estaba todo claro, Albert se quedaba con Candy quien se había atrevido a rechazarlo… No le quedó más que pasearse iracundo por la estancia, dar un último vistazo al jardín y dar la media vuelta para volver donde su madre.


El viernes llegó y Candy se arregló como nunca. La Hermana María la veía ir y venir con frenesí que temía que se fuera a tropezar y caer al piso y romperse la nariz.

-Tranquila niña- decía detrás de ella.

George vendría a buscarla para llevarla a la casa de Albert en el bosque y de allí se irían juntos a la mansión.

-Está preciosa nuestra Candy ¿Verdad?- comentaba la señorita Pony radiante de felicidad- Y Albert, la quiere tanto. Estoy muy feliz y ¡Ah, ojalá pudiera tomarles una foto así-

-No quiero ser aguafiestas, pero estoy algo preocupada- decía la Hermana un poco nerviosa y luego de una pausa agregó- Candy y Albert van a enfrentarse con la sociedad, señorita Pony-

-Pero si ya habían ido a fiestas juntos- le dijo la señorita Pony con un gesto confuso.

-No como novios- susurró ésta con gravedad -Ay, no sé. Pero estoy preocupada –

La Hermana María miró a Candy bailar con los niños por todo el recibo con su vestido nuevo y una espina la tenía clavada en el alma aunque tratara de verdad no ser pesimista.