Capítulo VII
En un conocido bar de Chicago, el joven Leagan pasaba el resto de su solitaria noche tomándose un trago de whisky junto a una taza de cacahuates. Retorciéndose de la rabia recordaba las palabras de Albert Andrew de esa tarde "Es hora de reconocer que la amo, y que le he propuesto ser mi novia, por lo tanto ya ves… Ella es y será Andrew por todos lados. Mi hija adoptiva y mi esposa".
Quería tirar el vaso y estrellarlo contra el espejo frente a él. Era un hecho que Candy era la novia de Albert Andrew, y se iban a casar tarde o temprano.
Muy adentro de él y a pesar de su arrogancia, Neil amaba a Candy, pero no toleraba sus desprecios ni su indiferencia. Orgulloso había pasado casi toda su vida molestando a la chica y ayudando a su hermana a arruinarle la vida. Y no se arrepentía, ella lo había rechazado y ahora se encasquetaba encima al hombre más rico y poderoso de Lakewood.
Candy no sería feliz y de eso él y su hermana se iban a encargar.
Al rato llegaron al lugar sus amigotes de siempre, con los cuales solía reunirse en dicho bar de vez en cuando. Entre ellos estaban dos antiguos compañeros del Colegio San Pablo, muy buenos cómplices a la hora de fastidiar a Candy, por cierto. De hecho, todos ellos apoyaban a Neil contra la chica.
Así eran los hombres en realidad, nada más necesitaban una pequeña excusa, un ligero sinsabor, para juntarse todos contra una mujer.
-Hola Neil ¿Qué haces? ¿Estás emborrachándote?- habló Robert Emerson, uno de esos antiguos compañeros de clases.
-Meh, algo así- gruñó Neil escuetamente luego soltó- Maldita sea- soltó frustrado.
-¿Qué rayos te pasa esta noche, Neil?- se fastidió su amigo Robert Emerson.
-Candy…- musitó el aludido cabizbajo.
-Otra vez esa huérfana, vaya. Creí que todo estaba muy bien, después de lo mal que le fue a la huerfanita esa en su fiesta de cumpleaños, jaja- su amigo Fred Swardson se sentó al lado de Neil y pidió un trago –El espectáculo fue memorable. No sé para qué te pones así por ella, ni siquiera es tan bonita la pecosa esa-
Neil lo miró furioso y soltó con fuerte aliento a alcohol:
-Resulta que la huerfanita pecosa atrapó al jefe de la familia Andrew-
-¿Qué? ¿Al salvaje de los animales? ¿Su padre adoptivo?- se asombró el llamado Fred Swardson- Qué vergüenza-
-Sí, a Albert Andrew. Y ojalá fuera solamente un salvaje, pero es un aristócrata muy respetado- babeó Neil y se tragó la última gota del whisky de su vaso –Más poderoso que nosotros los Leagan-
-Dios, el tipo no levanta cabeza. Primero es una especie de hombre-mono que vive con puros animales, y ahora se busca de novia a esa marimacha huérfana- despotricaba Robert no sin dejar de recordar los golpes que Candy le había dado algunas veces. No perdería la oportunidad de vengarse- Bueno el hombre-mono y la Tarzán, no está mal la parejita-
-Es que ella lo sedujo, ya saben las mañas de esas chicas- mintió Neil despechado –Es una chica fácil y eso conquista a todos. Esperemos Albert se canse de ella una vez que la use-
-Oh sí, seguro, así es- bromeaban los otros amigos- Para eso son las chicas fáciles, para uno desahogarse y luego se botan. Nada de seriedad con ésas-
Era un grupo de jóvenes muy bien vestidos allí, hablando mal de las mujeres todo el tiempo. Cosa nada rara. Pero había en el bar esa noche un hombre que estaba de visita en Chicago y era socio de Albert Andrew, Todd Matters are su nombre, sureño, de Texas, y estaba allí para tratar de unos negocios con los Andrew, precisamente.
Al oír a los jóvenes se interesó mucho y disimuladamente se acercó a ellos para oír la conversación.
-Esa Candy no descansará hasta atrapar a un hombre rico que la haga una señorita respetable, pero nunca será respetable- gruñía Neil sin cansarse de mentir para reparar su hombría herida.
-No, nunca lo será,jajaja. Esas chicas, ya saben- bromeaban los amigos.
-Ya sabemos, sí, la pecosa tiene su historial, Anthony, Terry y por ahí dicen que Archie el esposo de su mejor amiga. Un hombre casado… Dios- despotricaba Robert emocionado por la venganza. Candy varias veces había humillado a aquellos chicos en el colegio San Pablo, e incluso después, y era una mujer valiente y digna que los intimidaba: la formula nefasta para que se dedicaran a destruirla.
No toleraban que una mujer los hubiera puesto en su lugar, así que eso había que redimirlo de alguna manera.
La venganza corría por las venas de todos.
El hombre que estaba de visita a todas éstas no entendía mucho de la conversación, Todd escuchó que Albert Andrew se había comprometido con una chica de mala reputación. Pensó que era algo malo para una familia con la que tenía negocios tan importantes.
El hombre terminó su trago pensativo y se retiró dejando a los jóvenes divirtiéndose a costa de humillar a la tal Candy.
-Hola, Candy- saludó Albert con una sonrisa, en puertas de su casa esperando listo a que llegara el carro de George con Candy adentro. Estaba vestido con un traje gris, camisa blanca y corbata negra, y traía una caja de bombones en su mano. Apenas el carro se estaciona frente a la casa Candy se baja sin esperar a que George le abriera la puerta. No estaba acostumbrada a tales modales.
-Hola…- saludó ella muy sonrojada. Parecía que nunca hubiera hablado con Albert, de hecho él también estaba así, como si nunca hubiera vivido con ella bajo un mismo techo. Todo era totalmente diferente ahora.
-Estás muy bonita- comentó él con torpeza, viendo el vestido que compró ya puesto en su Candy. Ella era igual de hermosa con el vestido o con la simple braga de trabajo que usaba en el Hogar.
-Bueno… ¿Nos vamos?- fue lo que dijo Albert impaciente.
-Sí- rió la chica notando la caja que traía él y que mantenía en su mano sin hacer nada con ella.
-¡Ah! esto es para ti- al fin el joven se recuerda que tenía un regalo para ella. Candy lo toma emocionada y se lo agradece.
George ahora sí pudo abrirle la puerta a la chica que volvía al automóvil acompañada por Albert.
-Bueno, ehh- empezó a hablar él –ah sí, lo de hoy, bueno-
-Vamos a una reunión ¿No?- lo ayudó ella –En… la mansión de tu familia-
-Sí, eso. Bueno, Candy yo desde hoy quiero que empieces a involucrarte en mis cosas- explicaba Albert y por la ventana pasaban los árboles que rodeaban la casa de Albert en el bosque. Era encantador –Para eso es todo esto. Estaré con mis socios que quiero que conozcas y bueno… tú debes ser parte de mi trabajo, conozcas de todo lo de la familia Andrew-
-¿Que sea tu socia?- adivinó Candy.
-Sí, eso. Socia porque bueno, si…-
-Si ¿Qué?- Ella abrió mucho los ojos y fantaseó. El joven Andrew se sonrojó mucho.
-Bueno, yo quiero que seas mi novia, Candy, y digo, ya lo eres supongo. Pues bien, estas cosas son serias para mí ¿Entiendes?-
-Sí, Albert- ella apretó la caja de bombones contra su pecho.
-Es un compromiso, un noviazgo serio. Yo…- y Albert quiso soltar la frase "me quiero casar contigo ya", pero no era prudente cuando apenas habían hablado de noviazgo. No sabía cómo iba a reaccionar ella, Candy había sufrido demasiado y cualquier cosa dudosa que viniera de un hombre la iba a tomar muy mal- Te voy a presentar como tal en la sociedad, Candy-
Se tomaron de las manos y los labios de ella besaron tiernamente a Albert en la comisura de sus labios. Él quiso responderle con otro beso más apasionado pues ardía en sus entrañas pero George estaba allí, y todo era muy nuevo.
-Estoy muy feliz- dijo ella al fin recostándose de su pecho perfumado.
-Yo también-
La mañana en la mansión Andrew estaba tranquila, la Tía Abuela permanecía en su cuarto todavía a causa del resfriado y no había nadie más que un tropel de empleados. Albert recordaba su soledad cuando vivía allí.
La casa le traía muchos recuerdos, de Anthony y su hermana, y de resto, solamente los empleados eran su compañía. Por eso estrechó esa amistad con George que aún estaba allí con él.
Los sirvientes recibieron con mucha alegría a Candy ya que muchos de ellos eran amigos y solían asistir a todos sus cumpleaños y fiestas de Navidad. No faltaron las galletas, el café, los aperitivos para tan importante reunión para Candice White Andrew.
En la sala donde el miércoles estuvieron Albert y Neil ahora estaban unas damas engalanadas de finos vestidos con encajes y joyas. Todas admiraban la decoración de la casa, exquisita en obras de arte y estilo, y no repararon en ellos.
En el despacho estaban los hombres y para allá iban Albert y Candy tomados del brazo.
-Buenos días, señor Andrew- Todd Matters fue el primero en saludar a los recién llegados. Enseguida reparó en Candy y la identificó como la chica de la que había oído hablar, la prometida de Albert Andrew.
-Buenos días, caballeros- Albert saludó radiante a los cinco hombres que estaban esperándolo.
Todd Matters el Texano, un Inglés llamado Richard Walden, los dos de San Francisco, los señores Anderson y Marshall y un Chino que representaba a los Andrew en Hong Kong, Siao Han.
Los cinco hombres observaron a Candy con curiosidad y Albert enseguida procede a presentarla.
-Caballeros, mi novia la señorita Candice White Andrew- presenta con sus ojos azules muy brillantes de la emoción. Candy se sonrojó como una tonta.
-¿Andrew también?- el Chino notó lo del apellido.
-Oh, sí, es que ella…- Albert no esperaba que aquel tema surgiera así en aquel momento- Ella es una muchacha que la familia Andrew adoptó, señor Han-
-Ah, ella es su hija adoptiva- el señor Marshall alzó las cejas y ante aquello Albert y Candy se sintieron un poco incómodos.
-Sí, la verdad es que nuestra historia es bastante peculiar pero muy larga y no estamos aquí para eso- se excusaba él- Candy- se refirió a ella- Puedes sentarte, por favor-
Los hombres se miraron extrañados, no entendían por qué Albert hacía que Candy se quedara con ellos.
-Mi esposa estará encantada de conocerla, señorita Andrew- dijo el señor Walden- Está allá afuera ¡Ah! Seguro que tiene muchas cosas que hablar con usted-
-Oh, no. Candice viene conmigo, ella será parte de nuestra reunión- anunció Albert y los cinco hombres lo observaron atónitos.
-Ah, pero es una reunión de negocios seria. Solamente debemos hablar de negocios y la señorita claro no tiene nada que ver con eso, Albert- zarandeaba Todd Matters y a Albert le hirió eso de reunión "seria".
-Señor Matters- Albert había entendido la reacción de los hombres. Obviamente estaban diciéndoles que el lugar para Candy era afuera con las otras mujeres pues en una reunión de negocios seria no habían mujeres –Candy será parte de nuestra reunión porque quiero que ella sea socia junto conmigo-
Hubo un silencio en todo el despacho, y Candy se sintió muy incómoda ante la mirada de aquellos señores tan elegantes, pues los hombres claramente encontraban que Candy no debía estar allí, que era una locura la idea de Albert. Todd Matters y Richard Walden soltaron una risita como si todo eso fuera un chiste.
-Albert, me encantaría conocer a las señoras- ella tomó el brazo de él otra vez con una sonrisa relajada- El jardín esta precioso todo soleado ¿Qué más quiere una mujer que andar viendo las flores?- dijo ella en tono de broma, muy acostumbrada a tales situaciones. Pero Albert no lo tomaba como broma, estaba muy serio y la candidez que había tenido toda la mañana se apagó con aquello.
Ante el silencio de todos, Candy volvió a insistir alegremente:
-Te espero afuera, Albert, en serio. Tengo unas ganas de probar esas exquisiteces que prepararon los cocineros-
Con un gesto él accedió y Candy se despidió de los señores y salió a la estancia dejando el lugar gris y aburrido. Al cerrarse la puerta Albert se dirigió al escritorio muy seriamente para tratar los asuntos para los que había venido, pero muy decepcionado de no poder hacer lo que quería hacer. Pero accedió a la petición de Candy porque pensó que ella tenía razón y que tal vez debían ir más despacio con todo.
Afuera Candy se encontró con las tres mujeres muy acomodadas y coquetas que la saludaron secamente, pero ella estaba de muy buen humor por su salida con Albert así que nada empañaba su ánimo.
Los tiempos cambiaban, notaba ella, la gente de la aristocracia ya no eran Lords ni Ladies sino señores un poco más relajados en todas las maneras cortesanas. Pero aún seguía siendo la aristocracia y ella jamás sería de la aristocracia así fuera parte de la familia Andrew porque esas cosas eran de cuna, y la diferencia social era abismal, y lo sería siempre. Ante esas meditaciones suspiró cansada.
Se acercó a la mesa y comenzó a comer los deliciosos dulces, además Dory andaba por allí, y ella la saludó animosamente. Dory, uno de los servicios de la mansión se acercó a Candy y ambas muchachas se pusieron a hablar despreocupadamente.
Sorprendidas las tres mujeres ven aquello con recelo y empezaron a murmurar, hasta que una de ellas, la esposa del señor Walden, llamó la atención de Candy:
-Hola, debes ser la amiga de Albert, la hija que adoptó siendo él todavía un muchacho- dijo la señora con amabilidad.
-Oh sí ¡Qué historia la nuestra ¿No?!- rió Candy con la boca llena de pan dulce. Dory consideró prudente marcharse, cosa que Candy no hubiera considerado nunca.
-Y dime ¿Qué cuentas, linda? ¿Qué es de tu vida?- la animó la señora a que se acercara a ellas.
-¿Tienes novio ya? – preguntó otra señora un poco más metida que la señora Walden y quería oír algunos chismes –Ya estás en edad ¿Eh?- soltó a propósito de la presión que tenían las mujeres de casarse y embarazarse antes de los treinta porque si no quedaban viejas, solteronas y sin hijos. Qué horror.
-Ehhhhh- a Candy le cayó de sorpresa la pregunta pero ya debía hacerse a la idea, como había hablado con Albert. Trató de limpiarse un poco las manos de las migajas –Bueno, Albert y yo nos hicimos novios hace poco- y le brillaron los ojos ante eso, tal como a Albert.
-Oh, qué hermoso- sonrió la señora Walden con algo de honestidad.
-Ayy niña, entonces ya entras en una nueva vida- carraspeó otra señora de rasgos Asiáticos, la señora Han, que era en realidad hija de un Inglés y una China. La cultura China era diferente a la Americana, aunque los señores Han eran bastante Occidentales a pesar de ser Chinos- Menos mal que nosotros hemos vivido mucho en Inglaterra, porque si no… este matrimonio no lo hubiera aguantado yo-
Candy se quedó callada.
-Ya sabrás cómo son los hombres. Unos galanes muy hermosos durante el noviazgo pero luego… ya verás niña que después viene lo duro- soltó la señora Marshall interviniendo en la conversación- Las exigencias-
-Ah, bueno, Ruth- la regañó la señora Walden.
-Ruth nada, querida, así son los hombres. Una deja de ser una cuando se casa y pasa a ser de ellos, a hacer todo lo que ellos dicen, lo que quieren, son unos bebés más para cuidar. Prepárate ¿Cómo te llamas, linda?- dijo Ruth.
-Candy, eh, Candice White Andrew-
-Bueno, Candice, eso. Te casas y enseguida es a tener hijo tras hijo de los que tienes que ocuparte totalmente, porque si no, ellos se ponen bravos y te dejan por otra mujer más joven y sumisa- proseguía Ruth muy alegre con su taza de té en la mano.
-¿Qué?- balbuceó Candy atontada por aquella conversación. De repente pensó, si se casaba ahora a los treinta años tendría nueve hijos… y se asustó. ¿Cómo iba a evitar eso si se casaba? Porque el unirse con un hombre era para eso. Y a los cuarenta, porque Albert y ella se casaban para siempre, Candy se imaginó con veinte hijos, más los niños del Hogar que nunca abandonaría.
¿Quería eso? No, ciertamente no. No quería hijos por ahora, de hecho.
Las otras señoras asintieron con rostros penosos y miraban a la chica como si vieran la última vez que ella iba a ser joven, delgada y feliz.
-Y algunos golpean, como le sucedió a la señora Campbell, la de Boston -meneaba la cabeza la señora Walden- Pobre, terminó en un hospital, qué pena-
-Bueno, no todos los hombres golpean a las mujeres. Albert por ejemplo nunca sería capaz de eso- comentó Candy un poco cohibida por esa extraña situación.
-Al principio parece que no, pero cuando llegan las emociones fuertes y los problemas, hum, los hombres muestran su lado violento, y si una no es una buena chica… golpean y duro- decía la señora Han pues en China era normal que esto sucediera- Al menos los occidentales tienen mejores leyes. En China no somos nada ante un hombre y bueno, hasta las niñas pueden ser asesinadas por sus padres si no las quieren-
Candy estaba con la boca abierta, ella creyó que hablar con las señoras le iba a enseñar cosas del matrimonio, de la relación con un hombre ahora que ella y Albert estaban dando el paso, pero lo que estaban haciendo era llenarla de temores.
Porque ella no sabía absolutamente nada de la vida en pareja, había vivido con Albert como hermanos, pero eso era distinto. No sabía cómo podía ser un hombre con su mujer. Creía que aquellas señoras eran las que sabían la verdad.
Para aquellas mujeres era una conversación muy normal y muy cotidiana pero Candy estaba bastante intimidada.
Se resistía a ver a su Albert bajo aquel lente que presentaban las señoras experimentadas, señoras que sabían de la vida conyugal y no como ella que no sabía nada y que tal vez tenía la cabeza llena de fantasías. Era muy desagradable pensar al menos en la posibilidad de que la realidad fuera así.
Como si no fuera suficiente, Candy no podía comportarse como ellas, la diferencia era notoria, esas señoras claramente la miraban como una campesina y se sentía como un bicho raro allí entonces pensó que si así era en un rato de visita con esa gente de sociedad ¿Cómo sería entonces si se casaba con Albert y la sociedad iba a ser su día a día?
Una situación no menos incómoda vivía Albert dentro del despacho con sus socios. Creía que todo iba a ser muy fácil ese día pero ambos se equivocaron.
