Capítulo IX
Era el mes de vacaciones y los niños tendrían mucho tiempo libre por las mañanas. Candy pensó que podrían aprovechar para organizar paseos con Albert.
Tal vez podían ir hasta Chicago, y visitar el zoológico ¡Cuánta emoción! Sus ojos brillaban ante la idea.
Ya nada de lo que había pasado días atrás la perturbaba más. El mundo en realidad era el que estaba enfermo, no ella ni Albert.
Candy todas las noches se sentaba frente a la luna y pensaba en lo dichosa que era, en cambio las demás personas, todas vivían en medio de la hipocresía, los engaños, las mentiras, la codicia, las apariencias… La actitud de todas las personas era en realidad el reflejo de lo que pasaba en su interior, y eso le hacía sentir mucha compasión. Eliza, Neil… a la final ellos inspiraban pena, eran como eran por lo amargados que estaban. Y esas señoras esposas de los socios de Albert, pobres señoras, todas eran presas de una sociedad absurda y nunca tuvieron la oportunidad de vivir diferente. Ella tuvo la oportunidad de vivir diferente y eso se debió a que fue huérfana.
Candy no sentía ni pena ni vergüenza por ser huérfana, ya lo había reflexionado antes, aquel día del mercado: si ella hubiera nacido en una familia respetable ahora sería como Eliza o como tantas chicas tontas o señoras de sociedad prisioneras de muchos prejuicios.
El ser huérfana le dio la oportunidad de crecer libre y dueña de su propio destino.
Y esos hombres, como los amigos de Neil, eran tal como Albert decía, vivían en un eterno pleito, una guerra interminable y una absurda amargura contra las mujeres que eran de hecho la otra mitad del mundo. Era de imaginar cómo vivían esos hombres todos los días de su vida pensando cada minuto en mujeres, para bien o para mal. No, no era nada envidiable, y lo que hacían contra otros seres humanos que eran igual a sus madres: Eso lo llevarían en su conciencia por el resto de la vida aunque se negaran a verlo.
En cambio allí estaban ellos. Candy recordó el día del picnic, no había ni una sola amargura, ni un sólo cargo de conciencia en las almas de ella, sus amigos o Albert.
Sonrió y aspiró el aire de la noche que entraba por su ventana. Ya pronto se acostaría con el dulce recuerdo de su príncipe de la Colina con su sonrisa bondadosa, siempre allí con ella como un ángel; y con la ilusión de volverlo a ver al día siguiente, y pasar más momentos juntos.
Cerró la ventana y corrió las floreadas cortinas. Ya en bata la chica se dirige a su cama, apaga la lámpara de noche y se acuesta. Era bastante tarde, siempre se aseguraba que todos los niños se hubieran acostado y que la Hermana María o la señorita Pony no la necesitaran más para retirarse a su cabaña.
Ya era una mujer por lo tanto debía tener su propia casa.
Se preguntó dónde viviría cuando se casara con Albert, aunque eso no ocurriría pronto ella igual ya soñaba con eso todas las noches. Lo que más deseaba era vivir en la casa del bosque, estaba segura. Y Albert estaría feliz de vivir allí con ella, sólo ellos dos.
Arrullada por esas ensoñaciones de amor, Candy poco a poco se queda dormida.
Se vio a sí misma en medio de un abismo y abajo, muy abajo, el mar se estrellaba contra las rocas. El viento le sacudía su bata violentamente y ella temió perder el equilibrio y caerse al vacío.
De repente un golpe muy fuerte hizo que Candy se sobresaltara de tal manera que pierde el equilibrio y cae. Cae.
Saltando sobre la cama la chica se despierta sudorosa y agitada. Pero ya no estaba en ningún acantilado sino en su cuarto ¿Había sido un sueño? No estaba segura, ella oyó un ruido y de eso estaba segura. Hace silencio y escucha atentamente…
Otra vez el golpe.
-Dios mío- exclama y se para de la cama sin prender ninguna luz. Atisba por la ventana y no ve nada, pero esos ruidos ¿De dónde venían? El Hogar de Pony estaba oscuro.
Seguro fue algún animal, o las ramas de los árboles que a veces se caían.
Esperó un rato y luego más tranquila regresa a la cama.
Entonces se dio cuenta que estaba en realidad muy sola allí en la cabaña, en un lugar que era el borde de un espeso bosque, que los demás en el Hogar no la oirían. Una punzada de miedo le apretó el pecho y su instinto le hizo desear tener a Albert a su lado. Pero luego recapacitó, nunca necesitó a nadie, ésa no era ella, así que no se acostaría sino que averiguaría primero lo que estaba pasando. Fue al armario y buscó algo que le sirviera de arma. De hecho pensó en los asadores, o en el hacha que usaba para cortar leña.
¡El hacha! Candy pensó en el hacha que tenía ahí mismo dentro de la cabaña y dio gracias a Dios.
No más miedo, no más intimidaciones por parte de abusivos, de gente que se creía superior a los demás, por cualquier razón, su posición social, su sexo o su raza. No más.
En el cobertizo al lado de la pequeña cocina de la cabaña estaban las herramientas, y tal como recordaba el hacha la había guardado allí. Era pesada por supuesto, no eran cosas para mujeres pero eso no la detuvo, Candy bastante había trabajado cortando leña para los inviernos y ahora agradecía eso más que nunca.
Entendió en ese momento lo útil que era haber sido una chica varonil. La mayoría de las mujeres eran criadas como si estuvieran hechas de cristal cuando en realidad con una educación distinta una chica podía ser tan capaz como un hombre. Gracias a eso ella tenía ahora las armas para defenderse.
¡Qué afortunada era! No tenía que envidiarle nada a nadie.
Orgullosa estaba de todos sus trabajos a la intemperie, de sus viajes sola cuando se tenía que valer por sí misma, sin ningún hombre a su lado. Candy asió el hacha con fuerza y fue hacia la entrada de la cabaña.
Otra vez el golpe, esta vez más fuerte ¡Venía de la puerta! El corazón le saltó pues sus temores de mujer estaban allí pero su fortaleza la hacía poder controlarlos y no flaquear.
-¿QUIÉN ES?- gritó pensando que podría ser alguien del Hogar. Pero como respuesta obtuvo un golpe aún más fuerte. Corriendo la chica se acercó a la puerta hacha en mano…
Entonces lo que vino después fue abrumador, salvajemente empezaron a golpear la puerta, tal vez a patadas, cada vez más fuerte para derribarla.
-NO ESTOY INDEFENSA AQUÍ, COBARDES- gritaba ella.
Oyó unas risas de hombres, y por la ventana cruzaron varias siluetas. Habían hombres afuera de la cabaña, ya no había dudas de eso.
- ¡COBARDES! VENGAN, NO ESTOY INDEFENSA. TENGO UN HACHA Y SÉ MANEJARLA-
-Mujercita- las voces de los hombres se oían por varias partes -Mujercita, te haces la valiente pero espera a que te mostremos lo que es un hombre en verdad. No tienes ningún chance jajajaja-
Estaba aterrorizada pero el miedo no le nublaba la mente, al contrario, una ira salvaje le daría las fuerzas necesarias para luchar o morir.
Los hombres empezaron a reventar los vidrios de la cabaña, todos los vidrios de las ventanas y los pedazos volaban peligrosos por todas partes. Candy no bajaba el hacha, esperaba tener la más ligera oportunidad, que se atrevieran a entrar para usarla.
Gritaba como loca esperando que la oyeran en el Hogar, lo que sin duda iba a pasar. Unas luces no tardaron en encenderse en el edificio y gente empezó a salir.
-ENTREN Y VERÁN, LOS VOY A HACER PEDAZOS CON MI HACHA. PORQUE NO ME TOCARÁN- decía y no era ya ninguna mujercita acobardada, era una fiera dispuesta a todo por defenderse, incluso a morir.
Las siluetas corrían por todos los alrededores de la cabaña. Se oyeron muchos golpes, todas las ventanas estallaron, las puertas estaban destruidas pero ella no vio a nadie entrar.
Oyó voces de niños que gritaban y enseguida el ataque cesó.
Con ojos desorbitados Candy no vio más nada, no más golpes destruyendo la puerta, ni movimiento afuera de las ventanas. Con la respiración y el corazón desbocado se quedó expectante con el hacha lista para cualquier cosa.
-¡Candy Candy ¿Qué pasa?!- la Hermana María llegó angustiada atravesando el sendero con una lámpara en la mano, y no sabía lo que pasaba pero encontró todo destruido allí, la puerta de entrada a la cabaña estaba casi derribada.
La mujer y los niños que habían llegado se quedaron perplejos hasta que las luces se encendieron dentro. Entonces se atrevieron a entrar y encontraron a Candy arrinconada junto a la chimenea de la casa aferrada a un hacha, bañada en sudor y lágrimas.
La Hermana corrió a consolarla, calmarle el shock.
-Cuidado cuidado- repetía la chica -¡Hay hombres peligrosos allá fuera! Cuidado-
-No, Candy, no hay nadie, no vimos a nadie- la calmaba la Hermana.
-Es verdad no hay nadie- ratificaban los niños que revisaban todos los alrededores con sus lámparas de aceite.
Con ojos muy abiertos, Candy no dejaba de mirara hacia la puerta. Lo peor que había experimentado esa noche no era precisamente el ataque sino lo que ella sintió que era capaz de hacer…
