Capítulo X
Todos los días, antes de comenzar la jornada de trabajo, Albert iba al Hogar de Pony a verse con Candy. Y ese día ella le agradeció eso más que nunca.
Después del ataque Candy fue llevada al Hogar, y no durmieron por el resto de la noche, cerraron puertas y ventanas y se mantuvieron en vilo acompañados por una taza de té. A la final nadie vio nada, y Candy no podría identificar ni quiénes y ni cuántos habían estado en el bosque. Lamentaron mucho el hecho de que haya fracasado el intento de instalar un teléfono en el Hogar...incluso la señorita Pony ya se daba cuenta de la utilidad del novedoso aparato.
Nada más tenían por hacer, era muy frustrante.
Esperarían hasta el día siguiente para pensar en lo que se debía hacer.
Cuando el automóvil de Albert llegó, Candy salió corriendo a su encuentro. La Hermana María y la señorita Pony iban detrás de ella, todas con rostros apesadumbrados.
-Hola Candy...- Albert venía muy contento pero enseguida se da cuenta que algo pasaba -¿Pasa algo?- la chica se refugia en sus brazos.
Eso todavía no formaba parte de sus costumbres mañaneras, el joven con el pecho comprimido busca una respuesta en las mujeres que la acompañaban, entonces la señorita Pony le habla:
-Ven a ver- suspiró la buena mujer empeorando la angustia de Albert.
-Candy ¿Qué pasa?- él todavía no aceptaba que su Candy estuviera tan acobardada. Pero ella escondía el rostro entre sus brazos.
Con el corazón agitado, Albert sigue a las mujeres hasta la cabaña y no hizo falta acercase mucho para notar el ataque: habían pintado mensajes ofensivos en las paredes y el joven sintió una punzada de ira clavándosele fuerte y caliente en su estómago.
-Dios mío ¿Qué...?- la cabaña que él con tanto cariño hizo para Candy estaba destruida. Asió los brazos de la joven y le hizo mirarlo a los ojos -¿Estás bien? Dime- y la estudió buscando heridas o golpes.
-Estoy bien- la angustia en el rostro de Albert hizo que ella reaccionara, que no fuera egoísta ni exagerara las cosas -Estoy bien, tranquilo-
-¿Cómo voy a estar tranquilo?- esos mensajes pintados en las paredes le encendían de rabia. Y las ventanas estaban todas rotas.
-Unos hombres estuvieron aquí anoche y no sabemos por qué- explicaba la Hermana.
-¡Y atacaron a Candy!- agregó indignado.
-Gracias a Dios no lograron entrar- la Hermana se santiguó una vez más.
-Dios, Dios- furioso Albert empezó a dar vueltas, y a cada paso veía la magnitud del ataque- ¿Quién rayos? ¿Viste algo?- le preguntaba a Candy.
-No-
-Pero algo debiste ver, a alguien-
-Solo vi sombras, lamentablemente-
-Pero esto no puede ser- Albert sacudía la cabeza sin creerlo. Conocía lo que era sentirse impotente, lo había vivido en África, en la guerra, pero nunca habían agredido a alguien que le importara tanto.
-Creo que debemos ir al ayuntamiento, Albert- le dijo Candy y no daba ningún paso más cerca del lugar, se mantenía alejada.
-Oh, sí, claro que sí. Hiciste bien en esperarme, a mí me van a oír- decía ofuscado.
-No quería alarmarte, pero tenía un susto horrible- se excusaba ella.
-¡Y no es para menos! Tienes toda la razón para alarmar- después de despegar la vista de la cabaña y de lanzar miradas nerviosas hacia el bosque enderredor, Albert le toma la mano a Candy -Vamos, no perdamos tiempo-
-Bien, eso deben hacer. Vayan- la señorita Pony los apuraba, ella y la Hermana se mantenían muy juntas y alejadas también de la cabaña.
-Este ya no es un lugar tan seguro- le dijo Albert y la mujer meneó la cabeza. Con un poco de pena él las observó a las dos -¿Estarán bien?-
-Sí, no se preocupen- La Hermana lo tranquilizó con una sonrisa.
-Tengan cuidado- concluyó Albert -Esperamos no tardar mucho-
Candy también se despidió y apurando el paso la pareja se aleja de la cabaña camino hacia el Hogar y al coche que estaba estacionado frente a la cerca.
Durante todo el viaje en el automóvil, Albert permaneció silencioso y sombrío. A su lado Candy le apretaba la mano:
-Fue un susto, pero ya pasó- su sonrisa era sincera pues otra vez se sentía muy segura -Ya verás que el que sea que haya hecho eso no lo volverá a hacer-
Albert agradeció el gesto pero no opinaba lo mismo que ella.
El pueblo era pequeño y bastante sano todavía en comparación con las grandes ciudades. La civilización humana a medida que crecía también se llenaba de un cáncer de corrupción y crimen que Albert no terminaba de aceptar. Él viajaba mucho pero cuando estaba en esos ambientes de sociedad (había visto algunas cosas que simplemente no iba a nombrar) deseaba más regresar y apartarse de todo con sus animales para nunca más volver.
Ahora pensaba que ni siquiera apartándose de la sociedad se lograba escapar del cáncer de la humanidad.
El alcalde era un hombre mayor a quien los Andrew conocían muy bien, así que gracias a que a Candy la acompañaba Albert la recibió sin contratiempos. Era una mañana sin muchas ocupaciones después de todo.
-Buenos días, señorita Andrew- el hombre sintió ganas de reírse puesto que ya había oído los rumores de que Albert y Candy se habían enamorado, por lo tanto si se casaban, ella pasaría de ser la señorita Andrew a ser la señora de Andrew. Y eso le parecía gracioso.
De hecho todos en el pueblo hablaban mal de Candy por eso. Su relación era vista casi como un incesto, pero el alcalde en realidad no estaba del lado de esas habladurías.
-Venimos por un asunto muy serio- Albert no dio cabida a tantos saludos- Anoche atacaron unos vándalos el Hogar de Pony-
-¿Qué?- el viejo alcalde se quedó un poco perplejo. Reaccionó luego- Vaya, entonces siéntense, siéntense-
Era demasiado desagradable tener que revivir los eventos para Candy, se imaginó tener que denunciar cosas más graves y vergonzosas... Y encima el oficial encargado tuvo que estar presente también. Candy sintió una enorme pena por la mujeres que tenían que pasar por eso.
Al menos Albert estuvo a su lado todo el tiempo y eso la ayudó mucho. No se imaginaba cómo sería enfrentarlo sola.
-¿Y bien? Hay que salir a buscar a los criminales y encarcelarlos- apenas terminó de hablar ella, Albert se levanta y puntualiza con un dedo sobre el escritorio del alcalde.
-Bueno, sí, pero- el oficial interviene -Un momento-
-¿Un momento qué?- Candy ante ese comentario apoyaba la inquietud de su amado.
-Ciertamente fue un acto vandálico pero si no me equivoco no rompe ninguna ley- el alcalde habló con dificultad, tamborileando sus dedos sobre la madera.
Albert y Candy se miraron, era como si les hubieran echado un valde de agua fría encima.
-¿Que... no rompe ninguna ley?- Candy balbuceaba.
-¡Ataque a una propiedad privada!- Albert entendía mejor y conocía más de leyes que ella.
-Sí, es verdad señor Andrew... pero... Creo recordar que el Hogar de Pony pues no es dueño exactamente de esos terrenos... Según la ley pues no es tal propiedad privada..-
Albert se quedó sin habla, y Candy a todas ésas no entendía mucho.
-Señores. Hubo un ataque anoche a una mujer sola, en su propia casa...- Albert sacó voz con esfuerzo -Un ataque violento, físico, y sin mencionar el ataque moral- él respetó el deseo de Candy de no mencionar nada de los mensajes escritos en las paredes.
El alcalde y el oficial se sintieron incómodos.
-Sabemos que fue un ataque vil. Lo que queremos decir es que, lamentablemente, ante la ley... pues no hay agresión-
Meneando la cabeza Albert asimilaba los hechos, pero con dificultad.
-Las señoritas allá presentes en realidad no son dueñas de esa propiedad, de hecho- opinaba el oficial, más directo y tranquilo que el alcalde.
A Candy se le enfrió el corazón, según parecía habían ido a denunciar a unos criminales y ahora sentía que la criminal era ella, y su familia del Hogar.
-Bien- Albert se paró de la silla- Señor alcalde, le planteamos la agresión, les advertimos que hay tipos peligrosos amenazando a la gente del pueblo...- le toma del brazo a Candy insinuando que ya habían terminado -Es lo que teníamos que hacer. Ahora eso es responsabilidad de ustedes. Deben tomar medidas, investigar ¿Eh?-
Los hombres todavía titubeaban y eso no lo toleró Albert así que les dio la espalda.
-Vámonos, Candy-
-Tal vez no debimos irnos así- ya fuera del edificio, Candy detiene el paso con deseos de volver a entrar.
El joven suspiraba como si no quisiera hablar.
-No Candy, nada más podemos hacer. No van a oír-
-Pero- ella no estaba del todo de acuerdo con desistir tan radicalmente –Estás siendo muy cortante. Hay que hablar-
-Vámonos, en verdad te lo digo porque sé que es así- él evitó su mirada –Ya antes he tenido problemas con "la ley", conozco esto… Tengo experiencia-
Candy recordó a qué se refería, él había estado detenido algunas veces por luchar por los derechos de los animales. Entendió y ya no intentó regresar al ayuntamiento.
Agobiado por una enorme decepción el rostro de Albert era otro. Finalmente ella desiste y junto a él esperan a George que llegaba con el coche para recogerlos.
-No podíamos permitir que sacaran el tema de la propiedad del terreno del Hogar, eso era lo que iban a hacer- gruñó él una vez en el auto mientras salían del pueblo.
-¿Cómo pueden? Estamos denunciando algo grave-
-Por que así son, así son las leyes, así es la política, así es la gente. Primero es ver dónde está el provecho para ellos mismos, antes de pensar en los demás. Lo que hicimos fue recordarles que esos terrenos no son de ustedes-
-Oh Dios- exclamó Candy al fin y Albert dio un golpe seco sobre el asiento con su mano de la frustración que cargaba encima.
-No quiero que te quedes allí. De hecho no quisiera que ninguna de ustedes se quedara allí. Es peligroso y ya vemos que las leyes de ninguna manera las apoyan. Están desprotegidas- hizo una pausa con cansancio, y se restregó el rostro - Y ya vemos que a nadie le importa porque no son propietarias, porque son mujeres solas, porque son niños huérfanos…-
-Pero Albert ¿Dónde vamos a vivir?-
Él se quedó callado.
El automóvil finalmente arriba a la casa y hospital veterinario de Albert que estaba ubicado en el bosque.
-Puedes irte George, tienes trabajo- al bajarse los dos, él despide a su amigo -Te agradezco que me apoyes como amigo-
-Yo siempre seré su chofer, señor- le decía George.
-Eres mi amigo, más que chofer, George-
Candy se había ido a dar una vuelta cerca y despejar sus ideas, el bosque que rodeaba la casa de Albert hacía de jardín también. Y debido a los animales la casa tenía ahora una cerca que cerraba el terreno.
-No tengo otro lugar donde vivir. El Hogar es nuestra casa- decía con aire distante.
-No quiero que estés sola- le ratificó él- Es obvio que te buscan a ti. Los demás están más a salvo que tú-
-He vivido toda mi vida sola, Albert. Sé que me ayudaste mucho, que fuiste el único que siempre estuvo conmigo... Y estás. Pero nunca necesité de un hombre- soltó con cierto tono molesto.
-Te dejé sola muchas veces en el pasado, lo sé. Pero no más. Ahora me tienes a mí siempre-
Candy reaccionó, aquello fue hermoso. A la luz del sol sonrió embriagada por la dulzura de su príncipe.
-Sólo te digo que no pienses que porque sigo sola me va a pasar algo malo…-
-¡Ya te pasó algo muy malo!- él le quitó las palabras.
Lo miró fijamente: tenía razón.
-El mundo ya no es como antes, Candy, y cada día hay más y más peligro para los mas indefensos... para los marginados. Lo estás viendo-
-No tengo a donde ir, y no te voy a pedir que me pagues un hotel o un guardaespaldas-
-Yo quiero...- Albert impulsado por el momento soltaba esas palabras, pero luego se calló.
Candy se quedó expectante y aquello obligó a Albert a continuar:
-Quisiera que vivieras aquí conmigo, para protegerte siempre-
Ella abrió mucho los ojos y sus labios temblaron, pero Candy no pudo pronunciar palabra alguna.
