Capítulo XII

Candy opinaba que Albert tenía demasiados animales.

El jardín estaba lleno de cercas y enrejados, para albergar a distintos animales, y los más grandes los tenía atrás, en el lado de la casa que estaba cubierto por el bosque.

Estaba segura de que si encontraba hipopótamos necesitados de atención también los traería y los tendría en el lago de alguna manera. Sacudió la cabeza.

-Estas cabras son del señor Cartwright- le explicaba a propósito de su interés –Tienen parásitos y no dan buena leche-

-Tuviste que construir un nuevo enrejado para ellas. Albert no sé cómo te das a basto con el trabajo. Tal vez yo podría ayudarte en algunas horas-

-No Candy, tu tiempo del día está ocupado en el Hogar. George me ayuda de vez en cuando, y Archie también- le decía él tranquilamente.

-No todo, podría hacer espacio- insistía ella preocupada. Era demasiado trabajo y no tenía ayudantes. La Tía Elroy estaba furiosa porque además del tiempo, Albert usaba el dinero de la familia en su hospital veterinario.

No sólo era el cuidado de los animales enfermos o heridos sino la limpieza del lugar.

En un pequeño cobertizo atrás de la casa estaban cuatro caballos, y dos de ellos los ensillaría Candy. Un tercero era una yegua con su potrillo y el cuarto… el animal estaba en un rincón hecho un hueso, de su pelaje pinto no le quedaba casi nada. Una punzada de dolor atravesó a Candy al verlo, estaba muy enfermo el caballo y daba lástima.

Candy pensó que en vez de mantenerlo con vida, había casos en que mejor era ayudarlos a morir. Pero como enfermera ese pensamiento era tabú.

Los caballos sanos los ensilló con experticia mientras esperaba a Albert. No perderían tiempo.

Albert entró a la casa a buscar algo y luego sale cuando Candy tenía los caballos ensillados, acompañado por sus perros.

-¿Qué es eso?- la chica clava los ojos en lo que traía Albert en sus manos y un frío recorre su espalda.

Albert toma por las riendas el caballo gris y se monta ágilmente. Los perros líderes del grupo supuso eran Luke y Lady, le seguían con fidelidad:

-Tú sabes lo que es- le dice él.

-Albert…- ella observa con temor el cañón de la escopeta, brillante, frío y terrible -¿Qué haces con una escopeta?-

-Hay que tomar precauciones- él montado sobre el caballo espera a que ella haga lo mismo con el caballo marrón oscuro.

-Esas cosas son horribles, no me gustan, no quiero tenerlas cerca… No sé qué haces con una de esas- meneaba la cabeza –Tú… ¿Serías capaz de usarla?-

-Eso depende de lo que hagan- respondió sin chistar y sus ojos azules se ensombrecieron –Y a quién se lo hagan-

-¡Albert!-

-Fui soldado, Candy ¿Te olvidas? Yo… usé rifles- dijo con amargura y no quería enfrentar la mirada de Candy - Yo…- y no puedo decir lo que tenía pensado.

-Albert… ¿Tú…?-

-No lo recuerdo, lo sabes, pero estoy seguro que hice cosas terribles-

Ella sabía que él tenía pesadillas, que vivía atormentado por las cosas que no recordaba, que le pesaba lo que pudiera haber hecho en la guerra, de que hubiera arrebatado vidas. Entonces la chica se da cuenta de algo:

-¿Y por qué tienes perros de caza, Albert? Tú no cazas animales…-

El no respondió y dejó a Candy con una expresión desconcertada, pensado en las cosas que pensaba cazar Albert con escopetas y perros de caza, si no eran animales exactamente. Se estremeció, de hecho, ella nunca supo por qué lo detuvieron las autoridades la última vez.

-Albert ¿Tú serías capaz?-

-Por ti haría lo que fuera- le respondió él con voz increíblemente gruesa y una seguridad terrible. Ella se estremeció aún más pero no únicamente de miedo.

Debían hablar más sobre eso, indagar. Ella tenía que apaciguar los tormentos de Albert.

-No sigas arrastrando eso que pudiste haber hecho- le dijo ella al fin- Eso no te define como persona. Estuviste obligado, eso fue todo- Él la miró pensativo y luego de un rato le insistió que montara para regresar al Hogar de Pony.

Ambos salieron a caballo y bordearon el lago acompañados por los perros, nuevamente Candy sueña con que algún día viviría en ese hermoso lugar. Sí.

Cabalgaron con los perros apresurados y la angustia se apoderó de la chica. Pensó en el miedo que debían tener los niños, y la Hermana… después de lo que pasó anoche, ya no era nada lo mismo. De hecho ella estaba diferente, como mucho más consciente de los peligros del mundo, como si alguien le hubiera abierto los ojos y le hubiera hecho ver que podía acabarse todo así en un abrir y cerrar de ojos. Pero no por obra de la naturaleza o de Dios como tanto había visto en el pasado y eso era lo peor.

Recordó el esquelético caballo moribundo con el pecho oprimido. Era como un fantasma. En un dos por tres la vida se iba, y lo más triste de todo es que miles de persona al igual que animales, perdían la vida porque otro lo decidió.

Detuvo el caballo, Anthony murió porque estuvo sobre un caballo. ¡La muerte la perseguía! ¡La sentía respirándole sobre la nuca!

Anoche esos atacantes no tenían ni una pizca de escrúpulos, el miedo de los demás nos les causaba nada y no sabía hasta qué punto eso le había afectado la mente. Había gente que no tenía la sensibilidad, ese fino y delicado escrúpulo que era lo único que impedía que alguien acabara con una vida. "Porque otro lo decidió" Candy estaba impresionada, entonces le pareció que el bosque era algún lugar de Europa, de Inglaterra, estaba en Inglaterra ella. Se habían ido a vivir allá. Se vio con Albert caminando por un parque, y eran mayores los dos, estaban casados desde hacía tiempo e iban del brazo disfrutando el paseo, con una sonrisas de felicidad en sus frescos rostros.

Entonces vio al hombre, se apareció cortándoles el camino, un hombre que era un ser humano, pero tan diferente… la pistola que llevaba en su mano no le repugnaba, la vida no significaba nada. Era un casco vacío como tantos seres humanos que se levantaban en el mundo, y que no sentía respeto por el milagro que era el existir, el vivir. La pistola cruel y fría se alzó ante sus ojos.

-Dios mío, no lo haga, piedad- se oyó a sí misma decir con voz lejana. Pero piedad no tenía el hombre, ni escrúpulos, ni sensibilidad. Albert lo enfrenta para protegerla a ella, pero ella no quería –No, no lo hagas, Albert-

Horrible creación de la humanidad, el arma hecha para matar con fino cañón apuntaba el rostro de Albert y la mirada implacable del desconocido sin alma.

-¡No mates a mi Albert, por favor!- las lágrimas de desesperación hacían mella en el hombre.

Un disparo desgarraba los oídos y así de simple se acababa con una vida. El hombre no era consciente y no le importaba, y así de simple y sin que nada se lo impidiera le quitaba la vida a una persona digna y buena.

Con los ojos muy abiertos Candy veía eso con horror justo en ese momento, algo salido de la nada. Su mente la atormentaba, era el final de ellos dos, su Albert quedaba respirando con dificultad en sus brazos con un disparo en la cabeza y ella gritando como si con eso pudiera retener la vida que se le escapaba por culpa de un ser sin escrúpulos.

¿Era eso una visión? El cuerpo se le enfrió pues nunca había tenido una visión así. Era como si estuviera prediciendo el futuro.

Tuvo la loca idea que eso se le había presentado para que ella lo evitara a toda costa.