Capítulo XIII
Estaba traumatizada, no lo podía negar.
-Candy ¿Estás bien?- oyó la voz de Albert lejana.
-No, no estoy bien-
-Claro que no lo estás, es el mismo campo donde murió Anthony-
Ella se quedó estática y su caballo parecía que también, habían pasado muchos años pero lo reconocía.
-Oh Dios mío... en el mismo lugar- Candy había tenido la visión en el mismo lugar donde murió Anthony. Habían crecido árboles y plantas, pero lo reconocía. Albert se le había acercado -Vi algo horrible- le contó casi sin voz.
-Estás impresionada. Debemos irnos de aquí, son demasiadas cosas- le decía Albert escondiendo la escopeta en el fardo de la silla para que ella no la viera más.
-¡Vi algo horrible, Albert!- gimoteó ella con voz golpeada.
-Son cosas de tu mente, estás impactada. Los nervios de anoche, el encuentro con el alcalde, la escopeta... este lugar. Te asustaste... Lo siento, debí saberlo-
-Ese caballo moribundo…- Candy parecía que no lo oía, tenía muchas imágenes impactantes en su mente.
-¿Qué caballo? Oh...- Albert no entendía pero luego recordó -Te impresionaste. Es un caballo muy anciano y tiene todo el cuerpo enfermo. Lo estoy dejando allí para que muera tranquilo, eso es todo, Candy, tranquila-
-La muerte, Albert, la muerte- ella no se bajaba del animal, sostenía con fuerzas las riendas. A su lado, Albert la observaba impotente.
-Viviste algo traumatizante cuando tenías sólo doce años, no pretendas que no haya nada en tu mente- él se había acercado lo suficiente para sostener su mano y reconfortarla- Caballos, perros de caza... este lugar. Yo no puedo imaginarme lo que fue haberlo visto, haber sido testigo... Tú lo fuiste- pronunció con ahínco - lo siento mucho-
Ella reaccionó con unas lágrimas que secó automáticamente.
Tomó su mano con firmeza mientras el caballo se movía bajo sus piernas. Era cierto todo lo que le decía, había sido una fuerte alucinación producto de sus temores. Estaba aterrada por la agresión que sufrió y ese miedo lo trasladaba hacia la persona que más quería y por la que más temía: él.
-No sé qué problemas te buscaste antes que tienes esa escopeta ni para qué la quieres. No puedes salvar a todos los animales, Albert-
-Y tú no puedes salvar a toda la gente- la atajó él. Ella era una persona que había sacrificado mucho por los demás, aunque Albert debía agradecerle que lo hubiera hecho por Susana; de no haber sido así ella y Terry estarían casados ahora, para bien o para mal -Prométeme que te vas a cuidar mucho, que nunca buscarás problemas. Prométemelo- le rogó con la imagen del parque inglés y el desconocido que se le cruzaba como un fantasma, como si fuera la visión de un enemigo futuro -Que vas a estar a mi lado siempre y que vas valorar tu vida primero antes que cualquier otra cosa-
-Te lo prometo- Albert le respondía con mucha seguridad.
-Que no vas a arriesgarte por mí-
Ante esas palabras Albert se queda en silencio, eso no lo podía prometer.
-¡Prométemelo! -
-No, porque yo daría mi vida por ti- le respondió él y Candy supo que no tenía oportunidad de que cambiara de parecer.
Ninguno de los dos caballos se movía, Candy y Albert se miraban fijamente. La expresión en los ojos de él le quitaban las palabras.
-Vamos- al fin giró las riendas para que el caballo gris retomara el camino al Hogar.
Cuando Albert y Candy llegaron al Hogar de Pony, una carreta estaba esperando. Era Tom, que parado junto a la señorita Pony y la Hermana María esperaba a la chica con rostro impaciente.
-¿Tom?- Candy llegó rápidamente en su caballo y se apeó de un salto. Ella y Tom se abrazaron -¿Qué haces aquí? ¿Cómo supiste?-
-Yo lo llamé cuando entré a la casa- le explicó Albert que venía más atrás.
Los perros olfatearon y juguetearon con la carreta de trabajo y los caballos de Tom.
-Sí, apenas me llamó Albert por teléfono, vine corriendo- correspondió el muchacho mucho más relajado.
-Y gracias a Dios, nos hizo compañía- decía la señorita Pony acercándose a Albert- Tom tampoco tiene idea de quiénes pudieron andar anoche por aquí-
-No perdamos tiempo- anunció Albert dispuesto a empezar a trabajar con sus perros en la cabaña -¿Ya vieron todo el lugar?-
-Pensamos que era mejor dejarlo todo con el menor rastro de nosotros posible. Como me dijiste que venías, Albert, con perros- comentó Tom, parado muy cerca de las mujeres.
-Muy bien- el hombre se apeó y todos juntos cruzaron bordeando el edificio del orfanato para seguir el sendero a la cabaña atrás. Todos los niños tenían las caras apretujadas contra los vidrios de las ventanas curiosos viendo todo. Pero la Hermana María les ordenó quedarse en su salón de clases hasta que ella les dijera.
-Vamos muchachos- Albert guiaba a los perros- Olfateen-
-Les diré por dónde estuvieron esos tipos anoche y lo que tocaron- Candy fue con él y señalaba la puerta forzada y luego las ventanas rotas.
Muy entusiasmados los perros olfateaban.
-¿Vas a...?- Tom a todas ésas se le acerca a Albert que observaba todo a unos metros del lugar, y le habla con voz baja.
-Tengo una escopeta en la silla de mi caballo...Voy a ver si los perros pueden seguir un rastro, Tom-
-¿Y si son peligrosos? ¿Qué opina Candy?- terció Tom.
Albert le clava los ojos:
-Candy no está muy de acuerdo. Pero yo voy a buscar a esos hombres y los encontraré, Tom. Sean peligrosos o no-
-¿Fueron a la policía?-
-Las autoridades no van a hacer nada porque estas mujeres no son nada ante la ley- rezongó el hombre con mirada severa. En eso, Candy se les acercaba más concentrada en la cabaña que en ellos.
-Albert, Tom ¿Qué haremos si estos perros dan con alguien?-
-Ya veremos, Candy, ya veremos- Albert suspiró e hizo silencio. Luego algo pensó Tom que interrumpió el silencio:
-Candy tal vez yo pueda reunir algo de dinero, entre los amigos, para que ustedes puedan comprar estos terrenos y así...- Tom quiso dar una idea para que las autoridades tomaran en cuenta a la señorita Pony y a Candy -Si son propietarias pues...-
-No, Tom- Albert lo cortó en seco -¿Crees que no he pensado eso antes? Si Candy o la señorita Pony pudieran comprar este terreno yo ya las hubiera ayudado, hace tiempo-
-Albert, yo no iba a pedirte dinero para eso, ni lo iba a aceptar. Es demasiado dinero- intervino Candy -Yo trabajo y algo ahorro. Ahorraría para…-
-Yo podría prestarte el dinero, y luego tú me lo vas pagando. Pero ese no es siquiera el caso- sentenció Albert severo, guiando a sus perros otra vez -No pueden comprar ninguna propiedad porque son mujeres, y no tienen esposo. El esposo es el que puede comprar-
-Pero ¿Acaso estas montañas tienen dueño?- bufó Candy infinitamente indignada, impotente, frustrada.
-¡JA!- Albert soltó un gruñido enorme -ESO es lo peor de todo. ¡Estas montañas no tienen dueño, Candy! Pero cuando se necesita de la ley, la ley entonces ve que "ustedes no son dueñas de la propiedad" No hay ningún ultraje a lo que no es ninguna propiedad ¡Este maldito mundo es un circo!-
Candy y Tom no sabían si echarse a reír o a llorar. Era la vida en realidad un caos sin sentido.
-Entonces olvidemos la ley que jamás hemos necesitado- resopló ella tristemente –Y ¿Qué vamos a hacer con un rastro?-
-Ya lo veremos- Albert se había ido al otro lado de la cabaña con Lady, ordenaba a la perra percibir algo entre lo que había golpeado la puerta anoche.
La perra y sus compañeros encontraban muchas cosas, pero Albert les ordenaba un rastro en específico, ese olor foráneo que estaba entre los pedazos de madera.
Finalmente con desespero los perros ladran y quieren seguir al bosque, asustada Candy ve que habían encontrado algo:
-No Albert, no vayas- estaba todavía con la sensación de la visión que tuvo. Candy sentía que la desgracias estaba detrás de ella de toda su vida. Su primer amor se lo llevó la muerte, su segundo amor, una tragedia, y ahora su Albert... ¿Qué se lo llevaría? ¿La mano desalmada de un ser sin corazón?
-Voy a investigar, pero tú quédate aquí-
-NO ALBERT-
