Capítulo XIV

El caballo galopó entre las arboledas dejando una estela de tierra tras de sí.

Lady iba a la cabeza de la jauría siguiendo un rastro perdido en el bosque. Albert no sabía hacia dónde lo llevaba la perra pero a medida que iba avanzando ya empezaba a tener una corazonada.

Pero algo confundió a los perros, o eso creía Albert, la perra lo desvió hasta una cabaña abandonada en medio del bosque que Albert nunca antes había visto.

Era ya tarde y la poca luz que había desaparecería por completo. No podía decirse que le gustaba la idea de investigar esa casa en plena noche, pero por la seguridad de sus seres queridos, Albert tomó su escopeta y se acercó.

El lugar estaba abandonado, pero era un abandono reciente. No había muebles según pudo ver el hombre desde afuera, rodeó la propiedad y cada vez más un nudo se le hacía en el estómago. El olor era horrible, la desolación era notoria y lo que encontraba era cada vez peor…

El caballo relinchó, ahora Albert entendía por qué sus perros lo habían llevado hasta allí: había trampas para oso, lobos, venados… Albert tenía el estómago contraído… habían huesos y rastros de pelaje en un cobertizo de la parte trasera.

"Cazadores" pensó con rabia viendo con sus ojos los despojos de actividades brutales y clandestinas allí. Pero no creía saber quiénes eran. Pensó si aquello tenía relación con la gente que atacó el Hogar de Pony, pero su mente le decía que no.

¿Por qué tendrían que molestar los cazadores el Hogar de Pony o a Candy? El problema era con él, con Albert, no con Candy.

Ahora su preocupación era mayor.

Sin perder más tiempo ordenó a sus perros buscar el rastro en otra parte y como locos los animales echaron a correr de allí.


Ese día en la ciudad, George estaba muy ocupado llevando a la Tía Elroy a hacer unas compras y demás diligencias. Todo iba muy normal y hubiera sido un día para olvidar de no ser por el hecho de mientras esperaba en el automóvil, George descubre a Neil Leagan, en su automóvil iba con otros hombres.

Por alguna razón a George le llamó mucho la atención el hecho, tal vez por el suceso acontecido en el Hogar de Pony, no lo sabía, pero encendió el automóvil y empezó a seguir a Neil, aprovechando la espera que faltaba por la señora Elroy. Muy atrás el automóvil siguió a Neil por unas calles y George creyó que nada lograría con eso. El coche de Neil se detuvo en un café de una zona muy poco frecuentada por la aristocracia, de hecho era una zona pobre, y los cinco hombres se bajaron y entraron en el lugar.

George no le vio nada de especial a aquello, así que regresó al banco donde estaba la Tía Elroy y se estacionó en el mismo lugar como si nada.


Lady y Luke no le daban descanso. Ahora iban hacia el sur, pasando la granja Cartwright de Tom, pasó la granja de los Sanderson, a la final la desesperación y el cansancio se apoderó de él. Entonces, en algún momento de la joven noche, brillantemente iluminada por la gran luna llena, Albert y sus perros llegan hasta una propiedad muy acomodada, y según recordaba era la finca de los Jackson, propietarios del Banco de Lakewood y con sucursales en Chicago y varias ciudades de la zona.

El hombre detuvo su caballo y llamó a los perros.

Bordeando el alto enrejado que guardiaba la propiedad, Albert se preguntaba si Lady y Luke se habían equivocado de rastro o si había algo allí que tuviera relación con los vándalos que buscaba.

Era muy extraño que los perros lo hubieran llevado hasta allí. Albert tuvo un mal presentimiento.

Primero fue una cabaña abandonada de algún cazador (Albert prefería pensar que allí solamente se mataron animales), el cual seguramente desertó de sus macabras actividades gracias a él, y luego era la finca acomodada del banquero Jackson. Y ambos lugares estaban relacionados con los que amenazaban la seguridad de su Candy.

Meneó la cabeza cansado y se retiró.

Ahora tenía una hipótesis nueva: O eran los amigos de Neil que odiaban a Candy o eran sus enemigos los cazadores que la estaban usando a ella para herirlo a él.

Por eso su preocupación con la que regresaba al Hogar de Pony era doble.


Albert no tenía ni idea de lo que Neil y sus amigos conversaron esa tarde mientras él buscaba rastros en el bosque.

En un bar de los bajos fondos, Neil Leagan, Butch Jackson, Robert Emerson, Fred Swardson y un sujeto llamado Doug Mandini, hijo de una familia de inmigrantes Italianos, discutían acaloradamente en un rincón.

El ambiente estaba pesado, mucho humo de cigarrillo nublaba la visión y la poca luz de las lámparas de aceites hacían a la idea de que era de noche.

-Yo no les dije que hicieran nada de eso- gruñía Neil, tratando de controlar su voz para que otra gente no lo oyera -¿Cómo se les ocurre actuar sin mi consentimiento?-

-¡Querías que esa chica supiera cual es su lugar!- gruñó Butch, el más temible de los hombres allí reunidos. De hecho él no era muy amigo de los Leagan, ni él ni su familia. Lo que pasaba es que Neil se juntaba con gente que ni siquiera conocía del todo.

-Enseñarle- lo apoyaba Doug.

-No quiero que actúen si yo no lo orden- rasguñó Neil cada palabra -¿Han entendido? Yo soy el jefe aquí, y tengo una reputación que cuidar-

-Tú no tienes reputación, Neil- se rió Fred –Todo el mundo sabe que le haces la vida imposible a Candy-

-CALLATE- Neil se paró de su silla como un resorte y casi tira al piso su jarra de cerveza.

Sin embargo Neil Leagan debía reconocerlo:

-Tal vez no reputación, pero sí posición. ¡Yo soy un aristócrata! No un matón-

Los cuatro hombres torcieron el gesto…

-¿QUÉ?- bufó el joven Leagan.

Nadie le dijo nada, eso molestó más a Neil.

-Neil, no te hagas el inocente… Eres un matón igual que nosotros- le dijo Butch con una sonrisa tranquila.

-Te comportabas como uno en el colegio San Pablo. Eso no era cosa de ningún noble aristócrata- afirmaba Fred.

Neil primero quiso explotar como un volcán, pero luego su estado de ánimo pasó a la resignación. Le restregaban la verdad en su cara.

Se sentó en su puesto otra vez y tomó su jarra de cerveza en silencio.

-Tenemos que seguir, dominar el rebaño porque todo se nos está yendo de las manos- habló Robert –A esa Candy hay que escarmentarla mucho más para que deje de ser tan envalentonada, tan prepotente y creerse igual a un hombre ¡Hay que detener eso, Neil!-

-Sí, así es- celebró eso Butch.

-Es verdad- el joven Leagan al fin habló.

Pero a Neil no le preocupaba ese ideal en realidad, ni reparar su masculinidad herida. Lo que él quería ahora era separar a Albert de Candy.

-Vamos a seguir, muchachos, pero esta vez yo ordeno cómo son las cosas, yo soy el jefe aquí. Que les quede claro- puntualizaba clavando su dedo índice sobre la madera de la mesa.

Todos parecían muy de acuerdo con eso excepto Butch Jackson.

-Iremos al Hogar de Pony y les demostraremos que ellas están solas e indefensas en este mundo. Que ningún Albert con sus amigos las va a poder proteger- Neil empezó a rascarse la barbilla, pensando, maquinando.

-Tú conoces cazadores, Fred. Quiero que nos consigas pieles de animales muertos, huesos, cuerpos, cabezas. Nos convertiremos en monstruos y el Hogar de Pony no enfrentará simples seres humanos sino monstruos..-

Allí en un rincón del bar a media luz los cinco hombres planeaban en secreto cosas macabras.