Capítulo XV

-Hermanito, no estás siendo inteligente- Eliza Leagan estaba muy aburrida esa noche y oía a su hermano con ensoñación –Si lo que quieres es separar a Albert de Candy, en lo que yo te apoyo completamente, no te servirá ese método de la intimidación. Eso hará que Albert se aferre más a ella, tonto-

-Candy no pensará en bodas si hay problemas tan graves en su querido orfanato, querida- la atajó Neil orgulloso de su plan –Al menos boda no habrá-

A Eliza una chispa le brilló en los ojos de repente.

-Para separarlos lo único que hay que hacer es que venga otro y se interponga, o otra- dijo acicalándose el cabello.

-¡JA!- rió Neil – Sobre todo eso. Tú que lograste muchísimo con Albert en todos estos años, querida hermanita-

Ese punto era ponerle el dedo sobre la llaga a Eliza. Se puso roja de ira.

-Olvídate, Albert no es de esos, nunca le interesó otra y ahora menos que Candy es su novia. No habrá manera de meterle otra mujer por los ojos, te recomiendo que involucrarnos en semejante embrollo no será ventajoso para nosotros-

Eliza quiso discutirle eso a su hermano pero no pudo, ni ella podía negar aquella realidad.

-Pero Candy…- se le ocurrió a Neil –Candy es enamoradiza, eso es hum hum muy malo jajaja, sí, muy malo para cualquiera-

Al principio Eliza no entendía qué quería decir su hermano pero poco a poco fue dándose cuenta:

-Oh, eso es muy cierto. Una chica enamoradiza es como un ladrón: cuando el ladrón deja de robar y dice que ya se rectificó… nadie le cree, siempre la gente desconfiará de él. A la chica enamoradiza le pasa lo mismo, toda la vida tendrá la fama y la desconfianza-

La mujer empezó a pasearse feliz por el comedor de la mansión ante la sonrisa afirmativa de Neil.

-Así es, hermanita, así es. Como Anthony murió ella ¡Zas! Se olvida de él en un dos por tres para enamorarse de Terry, se olvida de Terry para enamorarse de Albert ¿Qué tal si viene uno nuevo? Nadie pondrá en duda que también se olvidó de Albert para enamorarse de otro ¿Pero quién podría ser?- pensaba y pensaba Neil –Alguien a quien se le pueda meter por los ojos…-

-¡Ja!- ahora era Eliza quién se mofaba del plan de Neil –Nadie, querido hermanito, seamos realistas. Candy no se interesará en nadie más. Ella ha dado con su verdadero amor, y de casualidad, porque juró no volver a amar y hacerse monja. Nosotros somos los que estamos inventando esta patraña-

-Pero no estoy diciendo que ella se enamore de otro, estoy diciendo que podemos hacer creer a Albert que ella se enamoró de otro-

A Eliza le brillaron los ojos y la sonrisa, pero luego Neil la desilusionó:

-No, pero pensándolo bien… aquí no hay nadie con quien mezclar a Candy- fue lo que dijo Neil gruñendo.

-Hummmm, aquí no lo hay, y no habrá un "nuevo" amor para Candy, sí, es verdad. Peeroooo…-

Neil se quedó en ascuas, con los ojos muy abiertos, esperando oír lo que su astuta hermana tenía en mente.

-Pero podría favorecernos la providencia y un viejo amor podría volver-

Fue lo que dijo Eliza con mirada siniestra, como si estuviera invocando algún mal espíritu que le cumpliera algo que de por sí solo no se realizaría.


La chica venía corriendo con Tom acompañándola cuando Albert se aparecía por el sendero oscuro:

-¡Albert! ¡Albert!- ella corrió hacia él.

El hombre salta de su caballo y corre hacia ella. Y a la luz de la luna llena Candy y Albert se abrazan.

-¡Albert, estaba tan preocupada por ti!- Candy se albergó entre sus brazos sintiendo una paz profunda –Me dejaste y te fuiste- y lo apretaba fuerte.

-Estoy bien, mi amor. Tenías que estar segura aquí, perdóname pero era mejor así-

-Albert, yo voy a estar contigo en todo, en la seguridad y también en el peligro. Yo debí ir contigo- en serio lo apretaba para que no volviera a irse así. Nunca, nunca de los nuncas.

Él reflexionó.

-Perdóname, Candy- admitió –Pero temía encontrar algo a lo que no quería exponerte a ti-

-¡Pero tú te exponías a él! Dime, Albert ¿Qué temías encontrar en el bosque en realidad?-

Albert, Candy y Tom, que andaba cerca, empezaron a caminar hacia el Hogar con sus caballos y los perros donde los demás los esperaban con lámparas de aceite encendidas y rostros angustiados.


El fuego de la chimenea estaba encendido y la señorita Pony y la Hermana María dejaron solos a Candy, Albert y a Tom después de la cena para encargarse de acostar a los niños y arreglar un cuarto para Candy quien dormiría allí otra vez, pero también para dejarlos hablar a solas.

-Candy, yo creo que no ignoras del todo que yo he tenido algunos problemas con cierta gente de esta zona. Tú tampoco Tom ¿No es así?-

-Bueno, en realidad- Tom no recordaba mucho -¿Es algo relacionado con los Thompson?-

-Sí- afirmó Albert. Estaban todos sentados en los sillones de mimbre que decoraban la sala muy modestamente. El Hogar de Pony era muy sencillo pero cada cosa estaba cuidada y limpia, y los arreglos que hacían cada vez lo convertían en un lugar acogedoramente encantador –Los Thompson eran unos cazadores furtivos que mataban venados y alces de las montañas-

-Pero Albert…- Candy intervino –La caza no es ilegal-

-No desgraciadamente, pero lo que esos hombres hacían, Candy, era… era - el hombre sintió una sensación desagradable en el estómago pues no podía describir lo que había visto –El asunto es que yo usé mis influencias, mi dinero para meterlos en la cárcel-

-Albert…- la chica desaprobó eso pero solamente porque la razón se lo decía, no su corazón- Yo quisiera que todos esos cazadores desaparecieran de la faz de la Tierra, pero lo que hiciste no fue muy legítimo ¿No es así?-

-No-

Tom y Candy intercambiaron miradas.

-¿Entienden? Tengo algunos enemigos porque yo les he fregado el negocio y el sadismo a unos cuantos de esos salvajes, valiéndome de ciertos medios-

-Unos salvajes que te has echado encima tú- sacudió la cabeza la chica, preocupada.

-Es muy posible. Y los Thompson no han sido los únicos-

-Albert ¿Quieres decir que piensas que lo que pasó en la cabaña de Candy tuvo que ver con esos cazadores?- intervino Tom que golpeteaba el piso con los tacones de sus botas.

-No estoy seguro, pero tengo ahora la hipótesis-

-¡No! El asunto es conmigo, de eso no tengo duda. Es conmigo, no contigo- Candy se negaba reconocer aquella horrible realidad. No la soportaba. Prefería tener ella los enemigos, no su Albert- Créeme, Albert, es conmigo- añadía con un nudo en la garganta.

-Hum- lamentó Albert –Hum- murmuraba –Estoy preocupado. Es que… ¡Antes teníamos un sólo peligro ahora son dos!-

-Pero… Albert ¿Por qué piensas que los cazadores están preocupados por ti ahora cuando has vivido muchos años aquí?- analizaba Tom poco convencido. Aunque bastante experiencia tenía él con el asunto de los cazadores y sabía los problemas que ocasionaban.

-Porque ahora estoy comprometido con Candy, porque quiero casarme, quiero formar una vida nueva en la que seré muy feliz ¿Entiendes? Antes no era feliz, era un ermitaño. Ahora que soy feliz la envidia empieza a atacarlos a todos- Albert se levantó de la silla muy molesto y frustrado y se quedó parado frente a la chimenea -Así es-

Hubo un silencio en toda la sala momentánea y los sonidos del bosque entraban a raudales por la ventana junto con el viento. Ahora no había tranquilidad en nada de eso, en las ventanas abiertas o en los ruidos de afuera…

Candy fue con él y posó su mano sobre el hombro de Albert:

-No pienses eso, tal vez somos nosotros los que estamos creándonos todos esos demonios. Albert, busquemos a esos cobardes que de seguro no es nada de lo que te imaginas. No te sientas mal, lo que hiciste en el pasado estuvo muy bien- le aseguraba ella –Eres un buen hombre, mejor que todos, y son las buenas intensiones las que ve Dios-

Con esas palabras Albert se sintió mejor, él tomó sus manos y así frente a la hoguera Candy y Albert estaban dispuestos a enfrentar las adversidades.