Capítulo XVII

"Por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado entró la muerte" recitaba Candy ante los niños reunidos bajo el techo de la pequeña capilla. Un rayo de luz se colaba por el sucio ventanal, y caía directamente sobre el crucifijo colgado en el altar "Y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron"

Se quedó pensativa con la biblia colgándole de una mano.

-¿Candy?- uno de los niños susurró al ver que ella no continuaba leyendo.

La chica reacciona y vuelve a retomar el pasaje de Romanos:

"Ahora bien, el don de Dios supera con mucho al delito. Pues si por el delito de un solo hombre todos fueron castigados con la muerte, por el don de un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos la abundancia de la vida…"

Qué increíbles palabras, reflexionaba Candy. La muerte de Susana la había impactado más de lo que esperaba.

La muerte… un castigo sobre la humanidad y el último enemigo a vencer, pero también estaba la salvación para quienes estaban con Jesús.

Fijó su atención en el crucifijo y dijo "¿Ahora qué, Señor? Ahora que encuentro mi camino con otra persona, Tú vuelves a traer el pasado a mí ¿Por qué?"

Rezó por el alma de Susana y porque al fin tuviera paz.

Candy estuvo ausente durante toda la clase con los niños, si bien presente en cuerpo pero ausente en alma.

Pensaba demasiado en Terry y lo que haría ahora que Susana lo había liberado con su muerte de la carga que llevaba sobre sí. Porque él no estaba bien, lo leía en los periódicos, y no eran solo chismes de farándula como le decía Albert, no, Terry estaba mal.

Le había llegado una nueva e inesperada preocupación.


En esos tiempos el Hogar de Pony seguía con sus actividades cotidianas sin más altercados. Candy estaba dedicada a ayudar a Albert apenas tenía tiempo de escaparse de sus tareas en el orfanato.

Así fue como después del almuerzo, ella tomó su chaqueta y su cartera y salió.

-¿A dónde vas, Candy?- preguntaba la hermana María -¿Vas a verte con Albert?-

-Sí, de hecho, voy con Tom. Regreso a la noche- respondió sin estar muy segura si vería a Albert después.

-Candy, ten cuidado- la señorita Pony angustiada sentía el peso de la impotencia de ya no tener la autoridad para no dejarla salir.

La chica se despidió y emprendió su camino.

Estaba sola, así nació, así creció, así ha sobrevivido y Albert no podía acompañarla cada segundo de su vida, no todavía, así que debía seguir viviendo su vida sola. Iría a la granja de los Cartright a buscar a Tom y no había nada malo de eso.

Caminó por los senderos montañosos muy animadamente oyendo el canto de los pájaros. Y nada apagaba la llama de su espíritu, pues las penas en Candy se ahogaban en su ánimo inquebrantable.

Le preocupaba Albert y ese nuevo problema que se sospechaba había surgido la otra noche cuando hablaron con Tom en la sala del Hogar. Eso no era nada bueno: hombres con planes de venganza contra él.

No lo soportaba, tenían que hacer algo.

¿Pero qué? Simplemente ¿Qué? Dos hombres estaban en la cárcel desde hacía unos años gracias a Albert y ya no había remedio para eso.

Candy entonces lloró, porque presentía que si de verdad aquello que sospechaban era cierto… no había solución pacífica posible.

No hacía falta visitar a Tom y seguir hablando del asunto para que él le dijera exactamente lo mismo que ella ya sabía : "Candy, han aparecido unos hombres para vengarse de Albert y pueden hacerte daño a ti si te juntas con él"

Tragó saliva con dificultad por el nudo en la garganta que tenía.

En definitiva habían aparecido una serie de eventos últimamente que parecían querer interrumpir su noviazgo, eso y lo de Susana que había ocasionado que sentimientos conflictivos e indeseables regresaran… Eran como señales, cosas que se habían presentado para interrumpir el curso del amor entre ella y Albert que hacía poco había comenzado.


Albert tal vez no estaba al tanto de todo eso que pensaba Candy, pero sí le rondaba la mente la idea de que Terry pudiera intentar estrar en contacto con Candy otra vez, Terry que ahora era un hombre distinto y además libre. La última fotografía que vio de él con respecto a lo de Susana le inspiró temor y desconfianza.

Fue como si viera en él una determinación rabiosa de desafiar su suerte, de recobrar lo que la vida le había arrebatado.

No se imaginaba lo que vendría por el lado de Eliza. Ninguno de los dos pensó en Eliza en medio de todo eso.

Todos se enfocaron en la nueva hipótesis que los distraía de los Leagan.


Eliza Leagan apenas tuvo en sus manos una muestra de caligrafía de Candice White Andrew tuvo la ocurrencia de escribir una carta.

Primero lo hizo por diversión, pero luego con cada palabra que escribía su determinación se afianzaba::

"Querido Terry.

Con dolor recibimos la noticia del fallecimiento de la pobre Susana, han sido ya cuatro años con ella, imagino la gran pena que envuelve tu corazón en estos momentos.

Yo, como sabrás, estoy tratando de hacer mi vida en Lakewood, trabajo en el Hogar de Pony y todos mis amigos están aquí conmigo. Me encantaría que vinieras a ver lo hermoso y próspero que está todo por aquí.

Debo informarte que me he comprometido con Albert Andrew, hace unos meses, después de llorar muchos años por ti y por el amor que nunca pudo ser…

Pero siendo honesta conmigo mismo y contigo que eres y siempre serás parte de mí, confieso que siempre ocuparás un lugar muy especial en mi corazón.

Nunca dejaré de amarte, Terry

Candice White Andrew"

Esa carta la escribió Eliza y la puso en un sobre tal como si fuera del Hogar de Pony y al día siguiente muy temprano en la mañana y en medio de una espesa y fría bruma… Eliza Leagan fue al correo y la puso.

Fue un acto pasional, pero sabía que Albert jamás le correspondería, que Terry tampoco, entonces…

Si buscaban la manera de vengarse de Albert y Candy ella y su hermano, pues esa carta podría ayudarlos mucho y de una manera que no los involucraría a ellos dos directamente.

La mujer sonrió plenamente muy complacida mientras se marchaba de la oficina de correos.