Capítulo XVIII
-Es lamentable-
Albert servía una taza de té Africano a Candy y a Tom esa tarde en su casa del bosque. Era un té indígena que le enseñó a preparar Keila, hacía ya muchos años atrás. El aroma de la infusión traía muchos recuerdos a Albert, de hecho, le pareció una enorme casualidad que recordara a Keila justo en esos momentos en que hablaban de Terry.
Candy había terminado sus labores, Albert también, y por las tardes ser reunían en su casa o en el Hogar a tomar el té y a cenar.
Albert mayormente cenaba en el Hogar de Pony. Esa noche lo hacían en la casa de Albert y Tom pasaba de visita también.
Después de la noticia de lo de Terry, Albert tocaba el tema constantemente y Candy se preguntaba si ese asunto le preocupaba. Había mucho silencio entre los dos al respecto, tal vez hacía falta romper el hielo al respecto, hablar.
Eso hacía Albert.
-Es mejor no leer nada de lo que dicen las noticias… no creo que haya nada verdadero allí- Candy al fin comentaba.
-¿Crees que regrese a Inglaterra?- intervino Tom a todas ésas.
Albert y Candy sabían que Terry estaba en Nueva York, aunque no con muchos detalles. Los periódicos, como decía Candy, variaban mucho sus versiones sobre la vida misteriosa de Terrence Graham.
-De Terry no sabemos nada en realidad- Albert tomó asiento y cruzó las piernas- Él… se ha vuelto un extraño para nosotros-
-Sí, así es- dijo Candy – la vida de él ya no tiene nada que ver con nosotros- añadió severamente, que Tom y Albert intercambiaron miradas –Terry es un extraño ahora-
Y dejó las cosas sin más nada qué añadir.
Una vez terminada la cena Tom se marcha a su casa, especialmente para dejar a Candy y a Albert solos (las miradas de Albert se lo pedían)
Y así los dos salen a la noche y se pasearon por los jardines de la casa, que eran en realidad un terreno con enrejados que dividían cada lugar para un animal dentro del zoológico casero de Albert.
Por lo general era un lugar rústico, con muchas hierbas silvestres y matas sin nada en especial, y con la luz del sol se veía el descuido típico de un lugar donde viven animales. Pero esa noche en medio de una plateada oscuridad, el zoologico era un jardín romántico completo para Candy y Albert.
Pasaron por donde estaban los caballos y Candy observó que ya no estaba el caballo flaco y enfermo que vio el otro día. Ya había fallecido. Tanto mejor, el animal ya descansaba en paz.
Eso le hizo recordar su visión, aquel día tan extraño en que salieron a cazar criminales con los perros. Un frío le recorrió el cuerpo y le ocasionó un estremecimiento.
-¿Estás bien?- Albert le tomó de la mano, ella lo recibió con gusto. Sonrió –Sé que esto no debe ser fácil para ti-
-¿Lo de Terry y Susana?- los dos pasaron el establo y se detuvieron junto a la fuente que proveía de agua a los animales del jardín… uno parado frente al otro con sus manos unidas, con el sonar del agua armonizando con el canto de los grillos de la noche- Me ha traído de vuelta demonios del pasado, sí… no puedo negar eso, no puedo ocultarlo. Pero, Albert- Candy apretó su mano con la mirada fija en él- He sanado, y he sanado porque tú está aquí conmigo-
Estaban muy juntos y muy enamorados, sentían el ardor del amor recorrer su piel.
-Estamos juntos ahora, y juntos lo podemos enfrentar todo-
Los ojos de Albert brillaban bajo una pálida luna que apenas iluminaba el jardín, y la ternura en el rostro de Candy lo invitaba a saborear esos rosados labios de ella.
Los animales dormitaban mientras Albert besaba a Candy junto a la fuente, un beso largo, suave, hermoso.
Ella se apretó a Albert y podía estar así toda la vida, protegida entre sus amorosos brazos.
En esos momentos la espera se les hacía muy difícil, a los dos.
El rugido de un animal los sacó de su ensoñación, se separaron y rieron. Con frecuencia el zoológico de Albert interrumpía el silencio de la noche en el bosque.
-Albert, eh, creo q… que…- tartamudeaba Candy.
-Sí, es tarde, sí sí-
Resoplaron ruidosamente los dos, añorando el romántico paseo que ya se terminaba. Y callados.
Porque en realidad sus ojos lo decían todo.
¿Cuándo se casarían?
Tirada sobre la cama Candy daba vueltas y vueltas, feliz, sintiendo el calor de Albert en su cuerpo.
No le importaba que fuera apresurado, hablaría con él para fijar una fecha para su matrimonio.
Eso pensaba Candy esa noche en su cuarto del Hogar. Todo el edifico estaba bien cerrado y perros guardianes traídos por Albert custodiaban la propiedad (Ellas insistían que Albert se fuera a su casa, que nada más podía hacer)
Pero tenía la sensación de que allá afuera estaba él cuidando el Hogar, él y sus animales, en el bosque.
Tal vez Albert haría una hoguera como en los viejos tiempos.
Candy se levantó de la cama y fue a la ventana y la abrió y lanzó un beso a la noche, pensando en Albert.
Y no muy lejos bajo las frondosas ramas de los robles, Albert siente la presencia de Candy. Lo acompañaban Luke y Lady, y había encendido una hoguera.
Él vigilaba que no hubiera ningún peligro cerca de Candy.
Tuvo la sensación de tener a Candy cerca y suspira, porque el calor de su cuerpo lo tenía muy presente. Sus labios sobre los suyos…
El fuego se apagaba y Albert se dispone a encenderlo de nuevo, pero algo lo detiene: sus perros, estaban presintiendo algo.
Alerta, Albert elimina todo rastro de la fogata y se esconde tras los robles y espera. Sus dos perros ahora le aseguraban que había algo en el bosque, algo inquietante.
