-¿Albert?-

Ya habían pasado dos días y Candy no sabía de él.

La casa estaba silenciosa y oscura. Tom y Candy tenían vagas esperanzas de encontrarlo allí.

-Estoy aterrada, Tom- susurra ella y luego se echa a llorar.

A Tom no le quedaba más que abrazarla y consolarla. Desde aquella noche no sabían de Albert y él nada podía hacer.


Sus perros estaban muertos y la ira que sintió fue muy grande.

Lo único que sus impulsos le hicieron hacer fue irse a las montañas, perderse y cazar a aquellos responsables del peligro que corría Candy.

O tal vez era para todo huir de todas las cosas que estaban atacando su mente. No lo sabía.

Vigiló la cabaña del bosque por dos días y comprobaba que en efecto estaba abandonada, entonces Albert la destruye, saca todas las cosas horribles que allí albergaba y las quema. Todas, no quedaba nada. Él mismo había acabo con aquella gente y si ahora regresaban para ajustar cuentas, no le importaba. Los volvería a enfrentar.

Pero ya la posibilidad de que fueran los cazadores los hombres que estaban buscando perdía vigencia. La cabaña estaba destruida, y era solo un objeto fantasmal, recuerdo del pasado. No era el presente.

El presente era otra cosa, y seguía siendo un peligro.

Tenía miedo de acercarse a Candy y al Hogar, o tal vez estaba cometiendo la peor imprudencia al alejarse así.


Ese día esperó a puertas del Hogar con el corazón en la mano, y no llegó nadie más que George con ninguna noticia de Albert.

George le aseguraba que no corrían ningún peligro en el Hogar de Pony, pero a Candy no le preocupaban ellas, le preocupaba Albert y lo que había ocurrido con él.

George no parecía tan preocupado como ellas al respecto. Tal vez eran los métodos de Albert de desaparecerse así, lo que era ya costumbre.

Ella no quiso saber más y se retiró a su cuarto. No podía sentirse tranquila, porque estaba experimentando otra vez esa sensación de abandono que sintió con Terry.

Se negaba a creerlo, con tantos planes que tenían, a puertas de una vida junto a Albert… No, algo extraño estaba ocurriendo y ella no podía hacer conjeturas. George seguramente tampoco sabía nada de Albert, es solo que no quería asustarla más de lo que estaba.

El paisaje que se veía desde la ventana era el del campo que venía directamente de la carretera, como si pudiera sentarse allí eternamente esperando ver llegar a Albert por aquel camino.

Y así llegó el atardecer con todos los cantos de los pájaros que ya se despedían del día, y Candy se había quedado dormida sentada frente a la ventana. Eso, hasta que algo la hizo despertar, no sabía qué, pero abrió los ojos y se puso de pie; corrió las cortinas para cerrar para la noche cuando vio algo que la detuvo. Se pegó al cristal para distinguir, allá en el camino a poca luz, los rayos del sol morían en el horizonte, pero el resplandor era suficiente para que Candy pudiera ver una figura.

Muy pequeña por lo lejos que estaba, pero ya había entrado en el campo que se podía ver desde allí y a la chica le dio un vuelco el corazón, porque era alguien que venía caminando por el camino.

Y Candy pensó en Albert.

Salió corriendo del cuarto y se topó con la Hermana cuando iba camino a la puerta de salida. Pero no le dijo nada, sino que alguien venía por el camino.

-¡Pero niña, ten cuidado!- la Hermana la detuvo y le recordó la situación, y Candy volvió a la realidad.

-Pero…- ella iba a discutirle pero luego recapacitó- Es cierto, podría ser uno de los atacantes. Lo acabo de ver por la ventana-

Entonces la Hermana y Candy se pegaron a la ventana esperando ver al desconocido, o no verlo si ya se había escondido. Pero allá venía, venía caminando tranquilo.

-No parece ser nadie sospechoso- dijo Candy –No es ninguno de ellos, si lo fuera no se dejaría ver tan claro. Ellos piensan que Albert está aquí y saben que estamos protegidas-

La Hermana no se convencía, su mano sostenía el brazo de Candy.

Pero una inquietud se apoderaba de la chica:

-Hermana, creo que me es conocido. ¡Lo conozco!- decía, y a medida que se acercaba el hombre, podían notar a un caballero de ropas finas de viaje y sombrero de copa. Ahora Candy quería abrir para verlo.

-Oh, Dios- la Hermana creyó que también lo conocía –Pero ¿Será posible?-

Candy tomó la escopeta y abrió la puerta cuando el hombre llegaba a la entrada del Hogar, y se dejó ver, parada firme bajo el marco, con el arma y sin ningún tipo de miedo.

-¿Quién eres? - dijo alzando la voz, llena de miedo y autoridad, pero luego soltó- ¿Eres tú, Terry?-