-Hola, Candy-

El hombre estaba muy emocionado, y Candy no podía pronunciar palabra alguna mientras estudiaba pasmada al recién llegado.

-Terry- la Hermana María que estaba detrás de ella hablaba primero. Estaba igualmente sorprendida y sin ninguna duda de quién era el visitante.

-Hermana- Terry se quita el sombrero en un gesto de saludo -Yo espero no llegar en mal momento. Me disculpo si no fue anunciada mi llegada-

-¿Desde cuándo estás aquí?- antes de que la Hermana respondiera, la joven habla con un hilo de voz. Y cuando los ojos de Terry voltean a verla otra vez, Candy nota la diferencia.

Eran ojos llenos de una profunda tristeza.

-Llegué hace poco. Desde el tren no he dejado de caminar hasta llegar... aquí-

-Debes estar muy cansado y sediento- se excusó la Hermana María quien sabía que era un encuentro muy impactante para Candy -Pasa, les buscaré algo de tomar-

-Lamento mucho lo de Susana, por eso te creía lejos. No hace mucho que...- Candy no concluyó la oración. Era todo demasiado doloroso, y el recuerdo de Susana se hizo más lúcido que nunca.

-Yo ya no tengo nada que hacer en Chicago- Terry entra al Hogar y lo encuentra mucho más arreglado que la última vez que estuvo allí- Y además, recibí tu carta-

-¿Mi carta? ¿Qué carta?-

Un silencio se apoderó de los dos.

-Yo... no te he escrito ninguna carta- replicaba Candy con una sensación de estar en alguna historia de fantasmas.

La decepción en el rostro de Terry era abrumante. Candy resopla, y cierra la puerta:

-Disculpa, pero es que las cosas no han estado bien últimamente- se disculpaba.

-Por eso vine, por el montón de rumores que he oído desde que recibí esa carta- el joven no dejaba de explorar el lugar. Sin duda que todo lucía mucho mejor que antes, y hasta tenían un teléfono, aunque parecía estar desconectado y en desuso.

Terry fue a verlo.

-¿Están bien?- pregunta directamente, mientras, intentaba conectar el aparato.

-Bueno...- ella busca las palabras en medio de tanta confusión -Ha pasado tanto tiempo...Yo... Terry ¿Cómo has estado tú?-

Ella tenía también muchas cosas que preguntarle. El joven se veía demasiado delgado y enfermo, ésa era la verdad. Y no dejaba de pensar en la carta, y se empezaba a formar la teoría de que todo eso venía del mismo origen.

Terry le respondía con una mirada desoladora.

-Disculpa, es que- ella se sintió como una tonta.

-Me enteré que estás comprometida con Albert ¿Es cierto?- fue directo, demasiado directo.

-Sí- ella entonces supo que lo de la carta era una excusa de Terry, para venir a Lakewood. No existía tal carta, pensó, así que no la mencionaría más.

-Me alegro mucho, en verdad-

La respuesta de él era honesta y su rostro triste se iluminó.

El joven suspiró y paseó la mirada por el Hogar.

-Esto es tan tranquilo y tan hermoso. La verdad no extrañaría nada la ciudad si viviera aquí-

Era extraño, pero no se sentía en total confianza para hablar con Terry como antes. No sabía si contarle toda la verdad, de que tenía días que no sabía de Albert, que tenía miedo, y que también tenía miedo por él.

-¿Dónde te alojas, Terry?-

-Iré al pueblo-

-Es que...bueno, han habido asaltos y robos- le informaba- Por eso te pregunto, no estamos tan tranquilos como antes. Y ya es muy tarde, no sé, creo que ahora hay que tener mucho cuidado en los caminos-

La Hermana María aparecía con jugos y panecillos. Ambas observaban a Terry con cierta preocupación.

-¿No pensarás irte caminando al pueblo ahora?-

-He caminado más de lo que puedan imaginar. No me importa ahora, te he visto, Candy, y eso era lo que más necesitaba-

-No, quédate aquí esta noche. Mañana vienen Tom y George- Candy insistió- Y entonces podrán ir al pueblo-

El joven notó la angustia en el rostro de ella, y supo que las cosas en realidad no andaban del todo normal.

-Creo que no puedo aceptar ese ofrecimiento- respondía él.

-Tenemos ahora una cabaña para huéspedes. Por favor, quédate-

Por alguna razón, Candy necesitaba que él estuviera allí esa noche. No sabía si era por el vacío que sentía ante la ausencia de Albert, por la incertidumbre que tenían al no saber si estaban solas en realidad, o porque necesitaba cuidar a Terry quién, aunque él nunca se los dijera, sabía que estaba enfermo.