Las habitaciones de su casa, que normalmente le parecían idóneas, adornadas con muebles que se adaptaban a las nuevas tendencias, de repente se veían llenas de vida y de color cuando Antonio, repentino, le bendecía con su presencia. Daba la impresión de que la luz que venía de la calle brillaba con más fuerza y las tonalidades de la ropa, de la tapicería, de los muebles adquirían un matiz vibrante que ensimismaba.

Él era consciente de lo que suponían esos cambios, esa alegría que le llenaba el estómago y esas mariposas que parecían revolotear con fuerza, rozando las paredes del mismo, mientras escuchaba a Antonio cantar al ritmo de la radio. Lo había tenido claro desde hacía años, quizás hasta siglos, aunque hubiese intentado resistirse a la realidad.

Durante una larga temporada, Francis se había conformado con su presencia, su temporal compañía y con esos pequeños encuentros cariñosos en los que sentía que Antonio le pertenecía, que nada más que él ocupaba esa atolondrada mente. Pero, para su sorpresa, aquello empezó a saberle a poco y terminó por decirle fuerte y claro: "Quiero que nos veamos más a menudo".

Cualquiera que conociese a España sabría que aquella frase no tuvo el efecto deseado. Nadie dijo que con él sería fácil, pero lo tenía claro desde el principio, así que no desistió. Le tomó las manos, le dejó claro que le gustaba estar con él y que quería verle con frecuencia, como amigos pero en vista de, quizás, algo más. Sudó frío, todo lo que no había sudado en su vida, mientras Antonio no respondía, su expresión congelada un reflejo del pasado.

Pero fue maravilloso ser testigo de su sonrojo mientras asentía y le decía un simple: "vale".

Francis se mantenía al margen, apoyado contra el marco de la puerta de la cocina, mientras veía a España ir y venir. Abría alacenas, sacaba lo que necesitaba para proseguir con la elaboración de la paella y después las volvía a cerrar. Una de las ventajas de estar viéndose con él era que, cuando menos lo esperaba, le visitaba con alguna excusa de lo más variopinta.

Incapaz de resistir más esa imagen sin formar parte de ella, Francis avanzó hasta plantarse detrás de él, rodeó su cintura con sus brazos y se inclinó para besar su nuca. Aunque no fue testigo de ello, el hispano sonrió con ternura al sentir los mimos de su acompañante.

— Hay que ver lo que te gusta arrimarte —apuntó, palmeando las manos entrelazadas en su cintura.

— Me gusta demostrarte lo cariñoso que puedo llegar a ser, amor.

— Eso y arrimar la cebolleta.

— Vaya, me has pillado —replicó, bromista, y acto seguido, arrimó su cintura hasta que la parte delantera estaba apretada contra el trasero del varón de cabellos castaños que, de inmediato, se puso a reír.

— ¡De verdad que eres incorregible, Francis!

— Así te gusto. ¿O acaso me equivoco?

La dulce risa del hispano se apagó y, con cuidado de no golpearle, entornó el rostro para poder verle. En él, sus labios se curvaban en una agradable sonrisa que aceleró su corazón, que le elevó a un cielo que últimamente visitaba de manera asidua.

— Sí, así me gustas.

El vuelco al estómago fue tan fuerte que por poco le fallan las piernas de la emoción. Por suerte no fue así, por lo que pudo apoyar una mano en esa mejilla perfecta de su compañero y se inclinó para besarle, sentido, tierno. Casi de inmediato, éste le correspondió de igual manera al ósculo, lo cual envió algo parecido a una descarga eléctrica por todo su cuerpo y le incitó a continuar.

Abrumado por la intimidad del contacto, por ese aire cariñoso que excedía el de mejores amigos, el de personas que buscan pasar el rato y olvidar la soledad, España se apartó un poco, lo suficiente para poder hablar mirando esos hechizantes ojos azules, en los cuales leía sentimientos profundos que le llenaban el corazón de dicha y miedo al mismo tiempo. Su voz, después del beso, parecía un susurro, como si temiera que ésta se rompiera y diese a conocer todos sus secretos.

— Se va a enfriar la comida.

— Sólo un minuto más, cher.

Antes de que pudiera responder, Francis volvió a besarle.