-¿Qué ha sucedido contigo?-

La cabaña estaba bien acomodada y no se percataba Terry que era de Candy. Estaba muy cansado y ya era muy tarde, así que no quería hablar más, pero aceptaba quedarse por una noche.

Aceptaba con mucho gusto.

Candy estaba preocupada por su quebranto, y no quería dejarlo solo así. Quería hacerle miles de preguntas.

-Estoy bien- le respondía él.

-Has pasado por mucho. Lo de Susana es demasiado reciente- ella sacudía la cabeza, sintiéndose impotente –Y yo… lo siento demasiado, en verdad-

Entonces, Candy llora. Consternado por eso, Terry va con ella, pero no la abraza como lo haría si fuera otra época.

-No lo lamentes. Ella no iba a vivir mucho. Créeme que es mejor así- él quería decirle que para él había sido un alivio. Pero no era un comentario apropiado para hacer.

Los dos estaban allí solos y distantes, parados en medio de aquella sala oscura.

-Me alegró mucho el saber de tu relación con Albert- Terry la animaba- Se te nota en tus ojos, en todo tu ser, que eso te hace feliz-

Candy se ruborizó.

-Candy, estás radiante y hermosa- sonreía su querido Terry.

-Es así. Pero…- ella recobra la compostura- por ahora, solo quiero saber qué te pasa. Quisiera que hablaras conmigo- ella toma su mano ligeramente, como la hacían los amigos.

-Solo estoy cansado, es todo- él fuerza una sonrisa- Me siento como si nunca hubiera descansado-

-Claro, por todo este tiempo que estuviste en el camino. Estás pálido y muy delgado- susurraba Candy con poco aliento. Pero ya era muy tarde para dar más- Descansa por favor. Si necesitas algo, solo ve a la casa y te atenderemos, no importa la hora-

-Gracias- dijo él sin más y se alejó de ella.

Solo un "gracias" y bastó para que Candy sintiera un gran vacío. Se retiró y por la vereda caminó a oscuras hasta llegar al Hogar, y allí fue a encerrarse en su cuarto a pensar.

Era muy tarde y no había luna esa noche. Nada se veía más allá de su ventana.

No podía ver desde allí la cabaña donde esta Terry, y tampoco podía ver más el camino que más allá llegaba a donde estuviera Albert.


Las montañas a plena noche eran solamente soledad y vacío. Silencio, negrura y, de vez en cuando, el canto de algún animal nocturno.

Una pequeña luz se podía ver en medio de un bosque de figuras tenebrosas, adentro, donde solo los lobos solían aventurarse.

La fogata ardía tímidamente, iluminando apenas el rostro del hombre que la contemplaba.

Pensativo, Albert no despegaba sus ojos azules de aquellas llamas. Le pesaba demasiado el haber alejado de su Candy, sin avisar siquiera. Pero había alejado la amenaza esa misma noche de su desaparición y ahora estaba a la caza, no podía acercarse al Hogar.

Desde esa noche no se habían acercado al Hogar, ninguno de ellos. Ahora sabía que eran varios, se lo decía su intuición.

Albert era una sombra terrible y perdida en el bosque, un hombre enorme que se aparecía de la nada y que estaba a punto de atrapar a los individuos que se acercaban al Hogar.

Ya los había visto anoche, sus siluetas cobardes espiando.

Era como un animal acechando, no sabían de él, por ahora, pero lo sabrían.

Ya no tenía a sus perros, no, ni nada, pero no los necesitaba. Agarraría a uno de ellos. Solo uno le bastaba.