Solía despertarse con el sonar de una alarma, y al abrir los ojos, tener la visión de una fría y gris habitación de un hotel, llena de humo de cigarrillo y olor a alcohol. Pero esa vez no era así, esa vez lo que había ante él era un ambiente soleado y perfumado de flores, con el cantar de un gallo en la lejanía.
El resplandor iluminaba todo el cuarto, puesto que las cortinas habían quedado abiertas, y Terry recordó toda la noche anterior. Estaba en el Hogar de Pony.
Debía ser media mañana y alguien tocaba la puerta.
Enseguida se pone de pie y vestía lo mismo que el día anterior, pues en realidad no tenía más nada qué ponerse. Debía ir a la puerta, y en su mente se imaginó a Candy, allí parada bajo el umbral. La ilusión lo hizo volar, despejado y fresco como si se hubiera despertado hace horas, y gira el rústico picaporte.
Una niña como de unos cinco años de edad lo observaba con curiosidad en la entrada de la cabaña, y venía sola. Terry no vio a nadie más alrededor, así que supuso que la niña era del Hogar.
-Supongo que te escapaste, pequeña- le dijo. Ella no respondió –Espérame aquí, tengo que llevarte de vuelta al Hogar ¿Bien?-
Apresurado fue al baño a arreglarse un poco para luego salir otra vez.
Cerró la puerta de la cabaña y tomó a la pequeña de la mano.
-Ven, vamos a llevarte de vuelta-
Ella obedece tranquila y juntos emprendieron el sendero que llegaba hasta el edificio, pero no tuvieron que caminar mucho para encontrarse a Candy que venía frente a ellos.
Todos se encontraron en medio del sendero.
-¡Hola!- Terry sonríe ante la feliz coincidencia.
-Terry, y ¡Lolo!- ella se había fijado en la niña –Cielos, es que la estaba buscando-
-Tranquila- Terry sabía –Creo que esta señorita se les escapó, y se fue a la cabaña sola- el joven ríe por primera vez y era como volver a ver al adolescente que había conocido en el colegio San Pablo.
-Oh por Dios- dice Candy atontada y luego se dirige a Lolo -¿Por qué hiciste eso?-
La niña no responde sino que la mira con timidez.
-Es muy callada- comentaba Terry, a lo que Candy le contestaba:
-Es que ella es muda-
-Oh, ya veo- se encoge de hombros y aún con su pequeña mano en la suya, él se la pasa a Candy.
-Ven, vamos a desayunar querida. Y tú también Terry- sonó alegre y relajada. Pareciera que la noche anterior no hubiera existido.
-Es muy pequeña ¿Qué edad tiene?-
-Bueno, ya sabes. Aquí es difícil saber la edad de los niños- Candy le recordó que ella tampoco sabía el día en que nació. Nadie podía saberlo, y lo mismo ocurría con Lolo- Pero debe tener cinco años-
Los tres llegaron al Hogar en donde estaban todos ya dispersos en sus distintas actividades. Había un grupo de niños esperando en las escaleras, y la señorita Pony estaba sentada en una mecedora a un lado. El cabello lo tenía blanco, pero de resto parecía muy saludable todavía.
-Yo, bueno, supongo que me marcharé…- empezó a decir él con timidez.
-No, no tienes que marcharte- le interrumpe Candy –Ven a comer con nosotras-
Terry y Candy se miraron, luego entraron todos al Hogar a tomar el desayuno.
Y nunca llegó a ir al pueblo. Después de comer y de estar un rato en aquella mesa de madera rodeado por toda la buena gente del Hogar de Pony, Terry olvidó por completo la vida que dejaba atrás.
No extrañaba nada.
Esa tarde, vagó solitario por los hermosos parajes de los alrededores, pensando en que su vida debía cambiar por completo. En ese paseo se encontró con Candy, que contemplaba el lago en que solían hacer picnics los domingos ella y los niños, y cuyas aguas llegaban hasta la casa de Albert en el bosque.
Estaba sola, lo que era curioso, especialmente cuando la niña Lolo no se le despegaba. Terry pensaba con mirada extraordinaria que Candy era toda una mujer y que ya era la madre de aquella pequeña.
-Hola Candy- se acercó a ella y se sentó a su lado. De repente era como estar otra vez en Escocia. Ella lo vio llegar en silencio- ¿Cómo estás?-
Se notaba que estaba muy callada, y en definitiva que algo debía estar ocurriendo en su corazón.
-Nada, bueno, es que…- ella respira profundo- Me alegra tanto verte. He sabido muchas cosas sobre ti…-
-Cosas malas de seguro- atajó él. El lago era pequeño, que casi nadie sabía que estaba allí, y Candy lucía tan hermosa con sus bragas de jeans y camisa florida…
-Bueno…-
-Candy, yo sé todo lo que han publicado los periódicos- admitió él con tranquilidad. Candy no quería decir nada, pues todos ellos, Annie, Archie, el mismo Albert comentaban de vez en cuando las cosas que leían en los periódicos sobre Terry.
Candy sintió una profunda tristeza, y le cruzó por la mente el recuerdo de su día de cumpleaños en que tuvo aquel desagradable altercado que la llevó justamente a besar a Albert.
-Me gustaría ver a Annie y Archie- comentó Terry con aire soñador.
-Y a ellos les encantaría verte- Candy se animó, porque era como reunirse todos los amigos del colegio San Pablo, allí otra vez, como si no hubieran pasado los años- Son tan felices- suspiró.
-Sí, supe de su boda, y de su niña. Me alegro por ellos- dijo él, luego hizo una pausa para continuar- Y tú, Candy ¿Eres feliz?-
Ella se sobresaltó mucho. "¿Era feliz?"
-¿Dónde está Albert?- él pensaba que vería a Albert ese día, después de todo era el prometido de Candy.
-Yo, la verdad…- si bien al principio el tiempo separados había hecho de Terry un extraño, ya eso se perdía. Ese día eran ellos dos los mismos jóvenes estudiantes del colegio San Pablo.
La joven se puso de pie y paseó por la orilla de la laguna. Por un momento evadió la mirada de Terry pero luego lo enfrentó:
-Hace días que no sé de él, ésa es la verdad. Es que han pasado cosas-
-¿Cosas? ¿Qué cosas?-
La joven volvió junto a Terry, se sentó sobre la grama otra vez y se dispuso a contarle todo.
Al amanecer, el hombre se había acercado al Hogar, había observado todo alrededor y era quietud. La gente del Hogar dormía, y suponía que Candy en la cabaña también lo hacía, y deseó ir a hablar con ella. Albert tenía intensiones de regresar esa mañana y hablar con Candy sobre sus noches en la montaña, pero algo lo detuvo.
Tal vez era una intuición, o tal vez no, pero extrañaba a su amigo Pouppé quien de seguro le habría mantenido al tanto de muchas cosas allí. Pero Albert estaba solo ahora, no tenía ningún amigo, a sus perros los habían matado y sus amigos animales estaban todos en la casa del bosque.
Se sintió muy solo, pero estaba seguro de que escuchó el motor de un automóvil, muy a lo lejos si es que no fue su imaginación.
Entonces la corazonada, Albert dio la media vuelta y se fue al camino, a buscar el origen de aquel sonido pues tenía la certeza de que algo encontraría. Con mucha precaución de que nadie lo viera, aún faltaba por esclarecer el día, caminó un largo trecho sin saber lo que le esperaba.
Para su sorpresa sí lo encontró: a lo lejos distinguió que en efecto, había un automóvil estacionado bajo unos árboles, fuera del camino.
Obviamente había llegado hasta allí con intenciones de ir al Hogar y se había estacionado. Albert se apresuró a acercarse a dicho vehículo y empezó a oír las voces que cuchicheaban dentro de éste.
Cuchicheaban, no, se reían, y la corazonada le era todavía más fuerte. Tenía que asegurarse, así que se acercó más y más, oculto tras los árboles, hasta que identificó el susodicho automóvil.
